lunes, 1 de mayo de 2017

¡Don Palomo! El torero de Linares

La muerte de Don Sebastián Palomo Linares ha caído un jarro de agua fría sobre los lectores habituales del "ABC", cuyas esposas no confirman la noticia hasta que ven la portada del "¡Hola!" cada miércoles, y sobre todo sobre sus hijos, enemistados con el torero —al menos de cara a la prensa rosa— y sedientos de una herencia que parece reducirse a una discreta cuenta bancaria y, probablemente, a los cuadros del polifacético Palomo que les habría dedicado con afecto. Natural de Linares, cuna de grandes personajes de la cultura de nuestro país, tales como Raphael, Miguel Blesa o la joven Natalia de Molina, y lugar que acogió la cogida final de Manolete, todo parecía pronosticar el futuro del joven torero. En una triste actualidad en la que los antitaurinos ocupan las portadas, mientras las familias de los grandes toreros llenan los tanatorios, no cabe más que acoger los nuevos tiempos con una doble verónica que vaticine una buena faena. Hacia la década de 1960 se produjo una corriente social por la que toda persona de renombre salía de su profesión para convertirse en un maniquí de moda vestido por los medios, Palomo Linares no huyó de ello y pasó a ocupar portadas y reportajes convirtiéndose en un torero de revista, para su defensa huelga decir que fue un pionero en ello ahora que solo parecen existir los de este tipo, a los que vemos acompañados de esas bellas damas que miran atentas la plaza con el luto preparado. Hubo Don Palomo de cortar un rabo en Las Ventas para imponer su arte con la muleta, eclipsado por las toneladas de papel cuché empleadas en su persona.

Palomo Linares tras charlar con Pablo Iglesias

Palomo enjaulado junto a Marisol, "Solos los dos"
Sin embargo, como reza el refrán "hasta el rabo, todo es toro", y Palomo era él mismo de cabo a rabo, triunfó en el cine de la mano de una crecidita Marisol que entonaba la música de Junior en "Solos los dos" (Luis Lucía, 1968), película infumable de éxito popular que hoy engruesa la lista de emisiones de "Cine de barrio" junto a "Una señora estupenda" (Eugenio Martín, 1970) —de un mayor cariño cinematográfico con la racialidad de Lola Flores a la cabeza— y "La Carmen" (Julio Diamante, 1976) sus otras dos aventuras cinematográficas. Ésta última toda una declaración a nuestro folclore, labor indispensable de Diamante en nuestro cine, al que le debemos la conservación por puro amor al arte de nuestra tradición, junto a directores como Carlos Saura o José Luis García Sánchez. Tampoco es casualidad que, tras cortar el rabo en Madrid en 1972, se convirtiese en uno de esos grandes nombres del toreo para estereotipar España fuera de nuestras fronteras, así ocurrió en "El espejo" (Andrei Tarkovsky, 1975) donde aparecía un grupo de españoles admiradores de un tal Palomo Linares, todo un lujo ser el referente español en una de las mejores filmografías europeas. Sin duda se convirtió en uno de los mayores referentes de la tradición del toreo para el cine, al menos desde aquella hermosa "Tarde de toros" que Vajda rodaría para la historia en 1956. Siguiendo la corriente que se dio en los 90' por resucitar a las viejas glorias dedicadas entonces a desempolvar las decenas de premios entregados en pueblos de los que son miembros de honor, Sebastián Palomo Linares fue llamado a interpretar un pequeño papel como el rey Melchor en "Los ladrones van a la oficina" en uno de los capítulos más familiares de la serie. Así se pondría el broche final a la carrera cinematográfica de Don Palomo.

Los toreros también "van a la oficina"

La faceta que me llevó a conocerle fue la pintura, una de sus mayores pasiones probablemente nacida del aburrimiento, pues parece ser el camino más fácil para el personaje reconocido que se aburre, una triste verdad para los auténticos pintores que miran con buenos ojos (véase la fotografía que acompaña este párrafo) un posible apadrinamiento. Será casualidad, pero toda esta serie de pintores por aburrimiento se decantan por el arte abstracto, compruébense así los catálogos de Paloma San Basilio o Jordi Mollà, éste último el gran vencedor en esta categoría al lograr encasquetar diez de sus obras a Johnny Depp. Lejos queda el día en el que Palomo Linares quedara asombrado antes las voluptuosas formas de Madame Bobarín, y también aquel día en el que yo le conocí después de visitar la galería de Guillermo de Osma. Mi abuela advirtió su presencia, yo, confiado por el atractivo de Bobarín que había cautivado al torero/actor/pintor, fui decidido a saludarle con un sonoro "¡Buenos días, Don Palomo!", a lo que él, sin apenas torcer la mirada, contestó sonriente: "Lo siento, hoy no tengo nada encima". Satisfecho con la anécdota que me guardaría hasta su obituario escribo hoy estas líneas recordándole con humor y alegría, con el aura celestial que siempre envuelve a los muertos en el día de su óbito. Vistiendo un luto sobre mi teclado, que hoy llora como si fuese una de esas viudas que permanecen mirando la arena ensangrentada por el toro y por su difunto, todo en uno.

Sebastián Palomo Linares ante una de sus obras

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