sábado, 16 de junio de 2018

Muerto el padre, se acabó la rabia

El pasado lunes acudí a la proyección de "Matar al padre" (Mar Coll, 2018) en la Academia de Cine, una miniserie exquisita que enmarca la reciente historia de España a través de la caída en desgracia de un homo hispanicus. La directora logra una narración limpia rebosante de una comedia deliciosamente aburguesada, cuyo primer acierto es matar a Freud después de llevarlo a la literalidad, para ofrecernos la imagen de un padre perdido dentro de su propia fórmula, la culminación de un cabeza de familia cuya extrema organización y perfección no hace más que abocarle al desastre. Se trata de una comedia amarga. Siempre he dicho que las mejores comedias son aquellas que no tienen ninguna gracia, la serie falta a esta máxima en algunos gags, pero la sigue en su trama principal. Una historia gris vertida sobre personajes con luz, la tristeza emana de una rutina puramente biográfica, no digo autobiográfica pues no se trata de la vida de su creadora —de la que probablemente haya muchos guiños— sino porque es una biografía común. En todos los personajes parece haber algo de nosotros mismos, nuestra psique encadena las distintas relaciones de la ficción a experiencias de la mundanalidad. Somos nosotros, nuestro padre, la psicóloga y el vecino místico, de ahí el drama y la comedia implícita en nuestra propia existencia. Hay un factor narrativo muy importante hasta llegar a este punto, una descripción muy precisa de los personajes y una capacidad brillante para las relaciones entre los mismos. Coll nos lleva a este sentimiento biográfico desde los títulos de crédito que simulan un pasado a los protagonistas de esta serie. Pero, por encima de todo está el acierto en la elección de Gonzalo de Castro, actor todoterreno, antihéroe y personaje central de la película. Y digo película, pues, pese a su duración, ha de verse del tirón, como hicimos en la Academia, es un mundo tan innegable que no se presta a la fragmentación por semanas. Movistar la ofrece, como buena VOD, a la buena fe del consumidor, pero háganme caso, cocinen una buena cena y dense un atracón, sólo así podrán disfrutar de la evolución real de nuestro personaje.

Greta Fernández

Es curioso, porque en todo el contexto de "Matar al padre" persiste un poso literario, no filosófico ni cinematográfico, se trata de algo rigurosamente retórico. Coll escribe con buena letra, al alimón con Valentina Viso y Diego Vega, una serie divertida y reposada, su comicidad viene en muchas ocasiones de la larga meditación sobre todas las posibilidades que nuestro personaje central puede tomar, empezando por conocer las posibilidades del actor que lo interpreta. Así pasamos por varios perfiles que siguen una degradación notable, desde el bien posicionado abogado que narra sus batallas históricas en la mesa hasta el abuelo arruinado y mojado en el monte catalán. Hay en esta prosa de Mar Coll y sus colaboradores una influencia clara de una generación de escritoras con una notoria narrativa oral, sigue el rastro de la "Nubosidad variable" de Carmen Martín Gaite, en su manera de observar el mundo a través de personajes que cuentan sus experiencias a viva voz. Si la escritora salmantina utilizaba la alocada vena poética y filosófica de la psicóloga Mariana León en la novela citada, Coll cuenta aquí un hombre que vive todo en primera persona, su comunicación con el exterior —en este caso con el espectador— es pura y desaforada, consecuencia paradójicamente de su excesivo control. La propia Martín Gaite sentenció que para que una ficción fuera creíble no tenía porqué ser verosímil. Aquí estamos ante un "fenómeno Alcántara" pues, como a la familia de "Cuéntame cómo pasó", al protagonista le ocurren todas las desgracias posibles, desde el divorcio a la ruina por la estafa piramidal de Madoff. "Matar al padre" es sin duda una obra mayor y profunda, una comedia con la que ríes, recuerdas y disfrutas con el siempre genial Gonzalo de Castro, y en general con un reparto frescos, llenos de rostros que empiezan a sonar, jóvenes, y no tan jóvenes, que empiezan a matar al padre, como Greta Fernández, Marcel Borràs, Laia Manzanares y algunos rostros más de "Cites". Muerto el padre, se acabó la rabia. Al menos esto llegará a pensar el personaje en su fase hipocondríaca con referencias woodyallenescas. No dejen escapar esta serie en tiempos de cambio, político y climático.

Gonzalo de Castro junto a Mar Coll

sábado, 9 de junio de 2018

La rosa de San Jorge

"Qué más darán las múltiples decepciones que se han de desencadenar tanto en nuestro divagar como en nuestras aficiones en fechas de infortunio, si logramos renovar la ilusión de los días mágicos en el tiempo de las pasiones."
Jorge  Berlanga

Hay una rosa secando bocabajo en la cocina. Jorge ha ido a recogerme al colegio. En casa, él escribe hasta la hora del Pasapalabra, durante el rosco se concentran las llamadas telefónicas del día, al final las letras son lo de menos. Cenamos juntos, con mi madre, y si es día de serie la vemos. Los martes, "Los misterios de Laura". Los jueves, "Cuéntame cómo pasó". Desde pequeño había medrado en mí, inconscientemente, la necesidad de vivir como una familia normal. Fue una carencia que no comprobé hasta que Jorge fue a recogerme al colegio esa mañana. Siempre he tenido ha alguien que viniera a por mí, pero Jorge nunca lo había hecho, cuando lo hizo fue un subidón de emociones. Nunca he sido tan feliz como los años que viví con Jorge, claro que coincidió con los años felices. Se fue demasiado pronto, duele esa idea meramente egoísta nacida del deseo de alargar aquellos años felices. Hoy apenas hay tiempo para pasiones y los días mágicos quedan cada vez más lejos. Con cierta asiduidad leo sus artículos, temiendo que un día no encuentre material nuevo con el que reír una última vez con él, busco en hemerotecas y en las antiguas carpetas de mi madre donde sus párrafos lucen amarillentos, gastados por el tiempo y que, sin embargo, años después continúan certeros. Permanece en mi la esperanza de que nunca leeré el último punto, la última coma, porque Jorge se quedó a mitad de palabra, interrumpido por una llamada en mitad del rosco. Cuenta la leyenda que de la sangre del dragón que mató san Jorge brotó una rosa. Hay una rosa secando bocabajo en la cocina. 

Agita el bastón. Ríe. Inventa palabras. Pesca. Rema. Ya no quedan recuerdos nuevos, son flashes trastocados por el baile que une en el tiempo mente e imaginación, fotografías, palabras, sus propias palabras, recuerdos de otros, artículos escritos bajo la misma influencia adulterado que ahora me invade. Me gusta leer sobre Jorge, en general me gusta leer sobre las personas a las que conozco, y sobre mi. Es reconfortante, lo único peor a que hablen mal de uno es que no hablen, que diría el poeta. Me encanta ver como Ussía, por ejemplo, recuerda, cuando le es conveniente, el viaje que realizó con Jorge por Islandia. Disfruto viendo como su figura de caballero trasnochado brota como las burbujas del champán en las columnas de opinión de sus colegas. La última, una de David Gistau en la que habla del dandismo y del señoritismo desvalido y, tomando a Jorge como la referencia más cercana, dibuja una escena en la que se levanta a encenderle la chimenea. He soñado que Jorge no está muerto. Era algo real, no le veía, no venía a recogerme, pero estaba vivo, le sentía vivo, porque cada vez veo más necesario que viva. Y vive, vive en esa figura que Gistau describe, está esperando en la cama y se levanta siempre que alguien le enciende la chimenea. Nunca encendimos la chimenea de la casa de Príncipe de Vergara, no era de verdad, un ornamento ficticio puesto ahí para alimentar el mito que fuma en pipa. Me despido porque este artículo me ha quitado las fuerzas, he caído, agotado, emocionado, porque no estás aquí, me voy a buscarte un rato.

miércoles, 6 de junio de 2018

El reino de Julita

Llego tarde al visionado de "Muchos hijos, un mono y un castillo" (Gustavo Salmerón, 2017), pero he seguido muy de cerca su recorrido desde el estreno en el Festival de Toronto y, una vez visto, merece ser reconocido en este espacio como la gran obra que es. Durante este tiempo el documental era uno de esos títulos que te vienen a la cabeza creando en tu subconsciente unas ganas ardientes de verlo. Incluso conocí a Julita durante el cocktail posterior de los Premios Goya. El film acababa de ser galardonado esa noche y por lo poco que había podido ver, Julita era de esos seres arrolladores que se ponen el mundo por montera, lo que había hecho que sucediera un fenómeno que he denominado como "admiración instantánea", algo que ya me sucedió con "Carmina o revienta" (Paco León, 2012).  Bajo los efectos de este prodigio vi a Julita, agasajada por las grandes estrellas del cine español, sentada en medio del ágape junto a Massiel mientras el Goya era agitado de un lado a otro y fotografiado por doquier. Me acerqué a ella y la felicité, era su noche, ya había entrado la madrugada y estaba cansada pero eso no le impedía seguir sonriendo con garbo y soltar algunas de las grandes joyas del naturalismo español. Hoy he visto el documental y sólo deseo volver a verla, reír con su humor diáfano e investigar todas y cada una de las cajas etiquetadas que guarda en su armario. Este tesoro filmado nos muestra a Julita y a toda la familia Salmerón en sus peores momentos y, sin embargo, sólo son capaces de arrancarnos carcajadas. Es deliciosa la mirada negra y sádica que la matriarca tiene de la muerte —la aguja, el cassette y el hábito—, todo el documental es una comedia amarga que Julita ilumina con su espontaneidad y su buen hacer. Se crece cuando su hijo Gustavo pulsa el botón de grabar, "resucita" como bien dice en uno de los extras del DVD, tiene el don del espectáculo, es una gran actriz, sin duda la mejor en hacer de sí misma.


Se trata de un documental al uso sobre la figura materna del director, hasta que esta madre resulta ser Julita Salmerón, una mujer de armas tomar que ha tenido todo lo que soñaba y ha perdido algunas cosas, de las que no pueden aparecer en sus trasteros. "Yo no tengo al Diógenes", salta cuando se le acusa de acumular demasiados "recuerdos". Pero según avanza el metraje vemos a una familia caótica que ha heredado el gusto de su madre por el "coleccionismo": cuando uno pregunta "¿Estas macetas las vamos a tirar?", no tarda otro en responder: "No, son mías". Y es precioso, porque todo ello responde al ideal romántico de la familia. La figura de Julita es un producto perfecto para película, se trata de una madre, más berlanguiana que almodovariana, con todos sus respectivos clichés —desde el tuppper al pensamiento impostado hacia la muerte— que complementa con una gozosa rama de excentricidad y originalidad. Siempre me he sentido ha traído por el mundo que rodea a mis abuelos y bisabuelas (sólo conocí a dos, no es que el gobierno de Sánchez me haya empezado a afectar), les grabo siempre que puedo y viendo a Julita he visto sus reacciones, su actitud, su vida. "Muchos hijos, un mono, y un castillo" enfoca a Julita Salmerón, pero es el vivo retrato de España, con su gloria y padecimiento, sus contradicciones y discordancias. Lo que convierte al documental en una obra maestra, en un ejercicio que podemos ver de forma incansable, es su tratamiento narrativo, un ejercicio exquisito de montaje con un clímax brillante: el ensayo del funeral de Julita. Ella lo tiene claro, "Si me muriera... ¡Qué bien! ¡Qué descanso!", pero nosotros ya no podemos vivir sin Julita y sin el magnífico sentido del humor de la familia Salmerón, también el de Antonio, el patriarca, el que mejor las suelta. Ha nacido una estrella, ahora sólo queremos verla y disfrutarla. ¡Viva Julita!

Antonio, el mono y Julita

lunes, 4 de junio de 2018

Terry Gillian de la triste figura

El semblante de Terry Gilliam se yergue entre la irreverencia y la provocación, el Monty Phyton más  cinematográfico ha superado todo tipo de obstáculos para estrenar su particular visión del Quijote, hasta un derrame cerebral que por poco convierte a Cervantes en el hombre que mató a Terry Gilliam. "¡Qué se joda Cervantes!", clama Gilliam completamente recuperado en el estreno de "El hombre que mató a Don Quijote" que clausuró el Festival de Cannes. Algunos días después asisto atónito a la proyección del film, el hidalgo caballero se abre paso en un jolgorio disimulado, hasta que una anciana, que momentos antes había vivido su propia odisea para llegar a la novena fila, suelta con ese tono que caracteriza a las señoras: "Hija, ¿pero qué es esto?". En ese momento rompo en una enorme carcajada, Gilliam sigue con su sueño y nosotros asistimos aturdidos a su santa "cordura", como define el universo del Phyton mi buen amigo Hipólito García Fernández "Bolo", que cuenta también con un pequeño papel en esta desventura absurda de caos y locura en la que todo tiene cabida, desde terroristas islámicos o productores con seductoras esposas a frívolos y excéntricos millonarios que se divierten con la merced de los tristes tramoyistas del cine. Porque detrás de esta opera magna, que reúne las grandes virtudes que el director parecía haber olvidado en pos de lo estrictamente cinematográfico, hay una exquisita fábula que Gillian traza como un canto de amor al cine, tomando para ello uno de los personajes más reconocidos de la literatura universal. Y lo hace como sólo Terry Gillian podría haberlo hecho, planos, escenas, una detrás de otra, escrito con líneas discontinuas en las que aparecen algunos destellos, aplaudidos, del Quijote original. Me sigue comentando Bolo, que fue también stand in de Alonso Quijano, que el rodaje era un caos, productores de varias nacionalidades recopilando las facturas y cabezas de gigantes en mitad del set. Un poco como se refleja al comienzo del film.

Pryce, teatro, artificio y oficio.

La cinta comienza en un rodaje, la típica relación del genio-creador y las musas, algo que Gilliam mantiene con mucha coherencia dentro del desorden provocado y provocador del film. La mirada del director es tan amplia como los grandes angulares que se cuelan atrayendo el centro y deformando las esquinas, estamos dentro de la desquiciada mente de Don Quijote, pero nuestro hidalgo dejó hace tiempo los libros de caballerías. Jonathan Pryce, el único hombre capaz de hacer hiperrealista el surrealismo, ya fue un quijotesco funcionario futurista en el "Brazil" (1985) de Terry Gilliam, interpreta al propio Quijano. En Pryce, soberbio, siempre hábil y medido en el momento de la carcajada —también para la señora de la fila nueve—, se reencarna el espíritu de amor cinéfilo, pues su personaje se cree Quijote por haberlo interpretado en la obra de ese genio-creador del que hablábamos antes. Ese director, fácil álter ego de Gilliam, es interpretado por Adam Driver, rostro más que habitual en la plantilla hollywoodiense, que termina por encarnar el ideal romántico que perpetuará a nuestro caballero por los siglos de los siglos. Porque Gilliam es un romántico, en él, irreverente creador, perdura la tendencia al artificio, el amor por mostrar las costuras de la imperfección que sin querer la hacen perfecta. Esos gigantes y cabezudos del tercer acto, totalmente teatralizados, son prófugos de "Las aventuras del barón de Münchausen" (Terry Gilliam, 1988), y ese Sancho acolchonado en un vertedero, es heredero directo del imaginario visual de los mendigos de "El rey pescador" (Gilliam, 1991) que viajan ahora de Nueva York a la Mancha. Y de repente Rossy de Palma y Sergi López, con acentos extraños, ilegales en un pueblo fantasma cuya ascendencia árabe nos remite a Cide Hamete Benengeli, entramos en el juego del propio Cervantes. "¡Qué le den a Cervantes!", vuelve a clamar Gilliam. Yo ya me he perdido hace tiempo, no entiendo nada, solo disfruto y río atónito, me he convertido en la señora de la fila nueve. Se apodera de mi la subjetividad que me invade cuando el cine traspasa la pantalla y se enreda en las butacas. "El hombre que mató a Don Quijote" es lo más Terry Gilliam que nunca veremos. Al final aparecen los nombres de Jean Rochefort y John Hurt, dos Quijotes que fueron y también se perdieron en el sol que ya cae anaranjado. 

miércoles, 16 de mayo de 2018

Luis Alvargonzález Romañá, mi abuelo

La muerte se presenta de muchas maneras, el imaginario literario y cinematográfico nos la ha mostrado de distintas formas. Hemos reído y hemos llorado con la muerte, la hemos burlado e incluso hemos fantaseado sobre el más allá. Tanto que cuando llega la realidad resulta decepcionante. Sin avisar y a medio desayunar recibo una llamada de mi padre: “El abuelo”. No. La muerte de mi abuelo, Don Luis Alvargonzález Romañá, me sorprende, cuelgo y lloro, no están las líneas telefónicas para empañarlas en lágrimas, después cojo el primer autobús a Gijón. La tristeza no llega tanto con la muerte, al fin y al cabo entre esquelas y funerales uno está entretenido, como con la ausencia. El sentimiento de vacío. El volver a aquella mañana soleada en la que vi a mi abuelo por última vez yéndose feliz a almorzar con un buen amigo, casi como en el final de “Casablanca”. No hay nada tan emocionante en la muerte de un familiar como sentir el cariño verdadero de todos aquellos que le rodearon durante su vida.

Siempre he sido curioso sobre el pasado de mi familia, y más teniendo en cuenta el cariño que la villa de Gijón tiene a los Alvargonzález. El día que el tío Juan Alvargonzález González, también desaparecido, me enseñó la Fundación quedé fascinado con todo el desfile de retratos y documentos. Me sentí como el Marqués de Leguineche: “¡Estos cuadros son mi familia!”. Esta curiosidad me ha llevado a revisar los cajones de las casas de mis abuelos. Cualquier cosa, desde una fotografía a una esquela arrugada, me llevaba a preguntar y a averiguar la historia que había detrás. Así compuse la historia de la vida de mi abuelo. Empezando por los tíos, los de mi abuelo, esa clase de tíos modelo que continúan siendo “Los Tíos” cinco generaciones después. “Eres igual que el tío Antonio”, me decía mi tía el otro día. Antonio Alvargonzález, el hombre que levantó Alvargonzález Contratas, la empresa que heredó y situó mi abuelo, imprimiendo así una de mis fotografías favoritas, él con un traje gris, un puro y una enorme sonrisa. Su padre, Luis Alvargonzález Prendes, ilustre médico gijonés falleció en el exilio, en La Habana, donde vivía su mujer, Lucrecia, con sus dos hijos. Cuando hablaba de su época en Cuba a mi abuelo se le iluminaba el rostro, aparece una fotografía suya con un enorme pez espada, risas recordando la anécdota persiguiendo el pescado. Cuba es también su etapa deportiva. Digno heredero de su padre, quien fuera uno de los grandes nadadores de la costa cantábrica, mi abuelo se convirtió en uno de los atletas más prometedores de la isla, llegando a ser propuesto como candidato para los Juegos Olímpicos. Esta etapa se cierra con una enorme fotografía enmarcada, años después, Luis Alvargonzález Romañá y el medallista cubano Javier Sotomayor se saludaban calurosamente, calculo que durante la época en la que Sotomayor recibía el Príncipe de Asturias de los Deportes. 

A su etapa de atletismo en Cuba le sigue su vuelta a España, el Club de Regatas y la aparición de Los Tíos como figura paterna. En el salón de casa se yergue una enorme fotografía del tío Manolo “Ñolé”. “Patricio eres casi tan elegante como el tío Ñolé”, me dice mi abuela. María Estela Martínez, no la de Perón, como bien le dijo mi abuela a un agente de aduanas ante la confusión durante un viaje a Estados Unidos. María Estela Martínez de Alvargonzález, nada menos. Me resulta imposible pensar en mi abuela como viuda, ella y el abuelo eran uno solo, son uno solo. Juntos hasta para romper los récords en la categoría senior del Real Club de Golf de Castiello. María Estela Martínez, campeona de drive. También me gusta ese título. Juntos vivieron una etapa en París, apenas hay fotografías, sin embargo, la historia de amor y el marco de la ciudad ha creado en mi el recuerdo –esa fantástica sensación de crear recuerdos que nunca existieron– de “Ariane”, y esas películas en blanco y negro que devienen tras un mágico narrador. Lo que sí existe es el cariño que ambos me profirieron desde niño, un amor puro que durará eternamente.

Desde pequeño he querido dedicarme al cine, de ahí las referencias que acompañan el artículo. Obviamente mi abuelo quería un médico o un abogado, pero nada me hizo más ilusión que su risa cuando vio uno de mis primeros cortometrajes. “Estudia, estudia y estudia”, me dijo toda la vida. Y otra vez la imagen del gran empresario con el puro en la mano y la enorme sonrisa. Luis Alvargonzález Romañá, un hombre querido. Gracias.

                                                                 Artículo publicado el 15 de mayo de 2018 en el diario "El Comercio"

Luis Alvargonzález Romañá

jueves, 10 de mayo de 2018

Wild Wild Netflix

Los sirios no tienen Netflix, cuando la enorme empresa comercial estadounidense conquiste las pocas fronteras que a día de hoy se le resisten llegaremos a un tratado de paz mundial por sólo 7'99€ al mes. La multinacional con sede en Los Gatos, California, tiene poder absoluto sobre sus subscriptores, te hará ver lo que ella quiere que veas y lo peor de todo es que te gustará, lo recomendarás y harás que otros vean lo que ella ha querido. Por eso he sucumbido al atractivo salvajismo de "Wild Wild Country" (Chapman y Maclain Way, 2018), la serie documental de la que todo el mundo habla —como se vendería en los tiempos de la pop publicity—, un experimento adictivo que sorprende con cada una de sus revelaciones. El espectador asiste a su visionado como los rajnishes a los discursos del Osho, limpian su rutina con declaraciones sorprendentes, atónitos ante lo que una secta fue capaz de hacer desde un pueblo perdido del estado de Oregón, Estados Unidos. Los testimonios de algunos de los protagonistas que participaron en el tinglado son desgarradores, incluyendo a una voraz, cínica, impertinente y genial, Ma Anand Sheela. Estas declaraciones se contrastan con las de los habitantes de Antelope y demás personalidades que lucharon contra el movimiento del Bhagwan, siempre rociadas por un inevitable sentido del humor que hace más llevadero el asombro ante lo que esta secta puede llegar a hacer detrás de sus momentos de oración y de amor libre. "Me acusaron de crímenes terribles, más bien de intento de todos ellos", sentencia Sheela tras una de sus oscuras sonrisas. Sheela, secretaria de Bhagwan, responsable de mover los millones de las empresas del Osho. Este es el punto más interesante de Bhagwan, es probablemente el único líder espiritual abiertamente capitalista, punto clave lleno de humor que los hermanos Way utilizan para incitar a crear leyenda. ¿Por qué el Bhagwan no fue enterrado con su reloj de diamantes?

Ma Anand Sheela

He leído en algunos artículos que "Wild Wild Country" es un análisis sobre la religión y la inmigración que ayuda a comprender el episodio de Oregón. Personalmente, yo no había oído hablar de ninguna secta que bailaba vestida de naranja, lo más parecido que había visto eran los Hare Krishna que Woody Allen había retratado en "Hannah y sus hermanas" (1986). "No fastidies, tú un Hare Krishna. ¿Te vas a rapar la cabeza, ponerte una toga y bailar en los aeropuertos? Te confundirán con Jerry Lewis", decía el personaje de Allen en busca de una identidad religiosa. Los rajnishes, con sus ropas rojizas y su impostada sonrisa, no andan lejos de la aguda mirada del genio de Brooklyn. Por todo ello, "Wild Wild Country", va más allá de una religión de manual y un fraude migratorio, se trata de un relato sobre el poder y el orgullo. Sheela es la auténtica protagonista, no un místico fallecido hace décadas en sospechosas circunstancias. Se trata del retrato del ascenso de Sheela a la cabeza de la organización, cargándose a su predecesora, y de cómo, cegada por el orgullo, perdió al Osho en su plan por la conquista de la incorruptible América y del mundo (sic). La serie tiene todos los elementos de una ficción, arquetipos, fraude, sectas, secretismo, América, religión, consecuencias legales e incluso tentadores cliffhangers al final de cada episodio que hace el documental adictivo. Sin embargo, los hermanos Way huyen de lo fácil, se esfuerzan por mostrar una imagen lo más limpia posible, que el espectador saque sus conclusiones a partir de las declaraciones en bruto de los protagonistas de esta historia. La mejor muestra de ello es un borroso final ¿feliz?, en el que Sheela nos sonríe cuidando ancianos dementes en un centro suizo. "Era como una hermosa película de Fellini", esa frase de Sheela se me quedó grabada, me sorprendía según avanzaba en el documental y me daba cuenta de que Fellini era relevado en momentos por la dureza física y visual de Pasolini. Hagan caso a lo que les dice Netflix y, si no la han visto ya, vean "Wild Wild Country".

lunes, 30 de abril de 2018

La isla de Anderson

Wes Anderson se ha convertido en sí mismo durante las últimos dos décadas, cada film es un ejemplo de ello. Sus películas tienen un look hipster, muy marcado, refinado —sólo él puede convertir un vertedero en una hermosa historia de marionetas japonesas— y pulcro, cada fotograma de Anderson replantea nuestro concepto del arte naíf. Estas características lo tienen vendido por completo, de otros cineastas pueden decir "esto es de Bergman, seguro" y que en realidad sea uno de esos intentos de Woody Allen o Bille August, pero Wes Anderson con sus planos a noventa grados y sus diseños como forillo de escena siempre será él. Si te gusta su cine te gusta todo, excepto "Life Aquatic" (Wes Anderson, 2004), que se ve gracias al delicioso reparto que Anderson consigue para todos sus proyectos. "Isla de perros" (Wes Anderson, 2018) le confirma como uno de los grandes de la animación contemporánea, un homenaje a Miyazaki y Kurosawa que por fin podrán ver nuestras infantas, pero que en realidad resulta uno de los mayores auto-homenajes que hemos visto en el cine. Es demasiado Wes Anderson, incluso para él, algo perdido en la cultural oriental, hasta ha cogido a Yoko Ono para un pequeño papel, es una película de animación en la que estamos deseando que los actores originales se quiten su máscara perruna, desde Bill Murray a Anjelica Huston. ¡Qué divertido hubiese sido ver a Tilda Swinton como el alocado Oráculo! El humor es demasiado fino y falta la emoción de la animación, que sí estaba en la que es para mi su obra más redonda: "Fantástico Mr. Fox" (Wes Anderson, 2009). Así como todo el cine del director reza por ser una hermosa adaptación animada, "Isla de perros" parece necesitar la realidad para la que es su fábula más elaborada. Esto no quita que sea una de las grandes cintas del año, es simplemente un deseo personal que nace de mi necesidad de ver a Bryan Cranston tras ese malhumorado perro callejero.


Wes Anderson junto a sus personajes
Todo film de Wes Anderson es una joya, cuidada hasta el detalle, y debe ser vendida como Pandora en la Teletienda. "Isla de perros" nos sumerge en un mundo que resalta lo bello de lo más sucio, Isla Basura, alguno diría que no se lo ponga tan fácil a los críticos, pero su inevitable tallo humano le permite alimentar el film con deliciosas referencias que burlan a la animación clásica. ¿Japoneses que hablan inglés? Si así lo oyes en "Isla de perros" es porque cuentan con una intérprete en las escenas necesarias, ideas delirantes cuya ironía se hace más evidente en este mundo animado. Otra de las divertidas propuestas de Anderson es la estructuración de la historia, lejos de optar por la narración cronológica nos ofrece el flashback que necesitamos en el momento precioso, y además advierte con un gran letrero: Flashback. Hablar de Wes Anderson es hablar de estética, pero en este caso es hablar de arte y todo el trabajo que ello implica parece haber despistado la mordacidad que suele acompañar su estilo, como ya ocurrió en "Life Aquatic", Wes Anderson —como Renée Zellweger o Meg Ryan— ha sido víctima de su estética. "Fantástico Mr. Fox" tenía alma propia, los personajes te seducían con su particularidades y extravagancias, jugaban con la propia vena salvaje que de pronto abandonaba la narración protocolaria, una divertida sagacidad que hubiese entusiasmado al propio Roald Dahl. Aquí el homenajeado es otro, al comienzo hay rastros de ese humor delirante como la reflexión antes de pelear por una bolsa de basura de la que no se conoce el contenido, pero pronto se abandona por el relato. Pero nunca llega al surrealismo de los sueños de Miyazaki, pese haberse trasladado a Japón para contar la historia. Si te gusta Wes Anderson te fascinará "Isla de perros", pero tendrás tiempo para echar de menos los rostros de las voces.