domingo, 21 de mayo de 2017

Cuéntame por qué pasó

La semana pasada, la muerte de Miguel Alcántara en "Cuéntame cómo pasó" (creada por Miguel Ángel Bernardeau, 2001-actualidad) conmocionó a todos los televidentes de la ficción española. Cuando me enteré de que el personaje de Juan Echanove en nuestra serie más longeva iba a desaparecer los nervios empezaron a dominarme, estábamos acostumbrados a que parte de los personajes principales fueran muriendo de forma indiscriminada en series como "Los Soprano" (David Chase, 1999-2007) o "The Walking Dead" (Frank Darabont, 2010-actualidad). Sin embargo, los Alcántara se habían convertido en un reflejo de nosotros mismos, verles cada jueves es compartir una noche en familia, por lo que el adiós de Miguelón ha significado lágrimas y tragedias que han impuesto sobre nosotros el luto televisivo definitivo. Las excusas que la productora de la serie ha soltado respaldada por el equipo de guionistas vienen a justificarse en un "rejuvenecimiento de la historia", por lo que explicarían también el adiós de Pili (Lluvia Rojo) la semana anterior. Incluso conociendo lo que iba a ocurrir en el capítulo, llegado el momento mi corazón se rompió en mil pedazos, comencé a llorar desconsoladamente, en parte por el cariño que le tengo al actor que lo interpreta y en parte por su magnífica interpretación, esos ojos gélidos que permanecen abiertos hasta que finalmente parecen perder su último reflejo de vida. Acciones que se toman por los propios intereses de algunos y que terminan por acabar con el corazón de sus espectadores más aventajados.


Miguel Alcántara Barbadillo nació con la serie para marcharse después durante algunas temporadas a su adorada Francia, volvería por fin al final de la séptima temporada para quedarse y ganarse a su gente. Parece mentira que un comunista terminase por convertirse en el personaje más querido de la serie, pero aquel taxista del Atlético de Madrid era mucho más, su campechanía, su risa, su manera de llevar el Bistrot a base de bocadillos, sus gritos y sus fueras de sí e incluso su reciente incursión en el mundo del dinero junto a Paquita nos hicieron comprenderle y quererle para siempre. Estaba ahí desde los buenos tiempos, los de Fernán-Gómez y Tony Leblanc, junto a su hermano en la ficción (Imanol Arias) forjó una de las parejas televisivas más fuertes de la pequeña pantalla, algo propio de Echanove ya que se había ganado al público español junto a José Coronado en "Hermanos de leche" (Pablo Ibáñez y Carlos Serrano, 1994-1996). El mismo público que había disfrutado del duelo interpretativo Arias-Echanove en películas como "Tiempo de silencio" (Vicente Aranda, 1986) o "La flor de mi secreto" (Pedro Almodóvar, 1995) tuvo a esta pareja de amigos al frente de la ficción española más importante de todos los tiempos, una pareja que hoy se rompe entre las polémicas que desde hace año embriagan el aura de "Cuéntame cómo pasó", desde la Inés de ida y vuelta a los papeles panameños. Sólo espero que la salida de Echanove implique que volvamos a verle en nuestras salas, ya que prácticamente todos los actores que se han destinado como fijos a la serie han desparecido del plantel cinematográfico. Nos cuentan que pasó por rejuvenecer la serie, yo seguiré declarándome como mayor fan de la serie mientras no me toquen a doña Herminia.

domingo, 14 de mayo de 2017

"Amar" en 2017

Pocas películas han reflejado una relación sentimental del siglo XXI como "Amar" (Esteban Crespo, 2017), desde la completa falta de inocencia (aquella fantasía inestimable que ya solo parece residir en las comedias románticas) a la profunda y rabiosa desesperación de la ruptura, esta sí, algo excesiva en el metraje, lo que no hace más que aportar el sentido trágico del drama, un recurso casi teatral que nos recuerda que estamos ante un elemento de ficción, una obra creada, no un documental ni nada que se le parezca. "Amar" es entrega absoluta, una historia que rebosa luz desde su primera —y desconcertante— escena, y que se apaga ante un destino que se muestra irremediable desde el primer momento, quizás ese sea su mayor punto de desagrado hacia el público, la destrucción de la esperanza desde prácticamente el primer fotograma. Esteban Crespo levanta este proyecto tras su nominación al Oscar al Mejor Cortometraje por "Aquel no era yo" (2012), aunque nazca a partir del cortometraje que escribió junto a Juan Carlos Carmona con el mismo título, "Amar" (2005), que no es  otro que el comienzo del largometraje que ahora se estrena en salas, cambian algunas determinaciones y actitudes pero el resultado termina por ser el mismo, un punto de partida unificador que marcará el profundo sentimiento de dolor que se irá desmenuzando sobre el resto de la película. La juventud, la inmadurez o el propio juego de acercarse a la madurez son el bonito esqueleto que construye esta relación de una pasión tan intensa como fugaz.

De verdad, excentricidades a parte, es una buena película.

El relato es clarificador, una historia clásica que juega con los sentimientos y con las (malas) decisiones, Esteban Crespo se alía con su director de foto, Ángel Amorós, para clavar esa imagen limpia y juvenil, de lo que acabará por tornarse en sórdido y desesperanzador tan solo con unos tonos de diferencia. La relación central del film es tan fuerte que hasta entorpecen las "aburridas" y complicadas relaciones de adultos, aunque como espectadores no tenga precio esa divertida —por no decir traumática y de esquivez hacia la historia— escena con Natalia Tena y Nacho Fresneda actuando como padres que son, poniendo a la vez la dosis de veteranía interpretativa y anteponiéndose así a tanta hormona liberada. A partir de ese momento la historia comienza una pendiente hacia lo épico que casi nos desencaja, las fiestas, el autobús, la fuga del tanatorio y esa cumbre con nombre de capítulo —irreverente— de una novela de Pérez-Reverte: "La cama del rey". De aquí pueden partir algunas críticas que he leído en las que se hablaba de "falta de decisión", "momentos de exceso" y "desequilibrada", completamente de acuerdo con estos críticos que no han hecho más que definir lo que es una relación de juventud. Para lo que, en mi opinión, el trabajo de filtración, documentación e incluso voyeurístico de Esteban Crespo resulta inmejorable, con decisiones brillantes como la de esos dos protagonistas, María Pedraza y Pol Monen, asilvestrados y prácticamente noveles ante las cámaras. Si algo hay que agradecer a Crespo es esa Greta Fernández, radiante en su perversión como amiga de confidencias, a la que veremos este año en "No sé decir adiós" (Lino Escalera) y "La enfermedad del domingo" (Ramón Salazar).

martes, 9 de mayo de 2017

El futuro... ¿para cuándo?

El cine sueña desde hace tiempo con un futuro imaginario, una idealización absurda basada en el avance tecnológico que siempre termina por volverse en nuestra contra. ¿Por qué va a ser mejor que los coches vuelen o que los anuncios sean en forma de holograma? Marinetti fue el ejemplo práctico de que el futurismo termina siempre en fascismo, está en el propio devenir del hombre la ambición a hacerse con todo. Quede ahí la famosa revisión que James McTeigue hizo en "V de Vendetta" (2006) del "1984" de Orwell o los Replicantes de la mítica "Blade Runner" (Ridley Scott, 1984), que volverán a darnos la lata este octubre. Siempre siguiendo la tendencia de un inconformismo con nuestro presente, se levantan tramas a partir de teorías científicas, como "Life (Vida)" (Daniel Espinosa, 2017), o se vuelve a copiar el estilo de Scott con Takeshi Kitano al estilo de "Ghost in the Shell" (Rupert Sanders, 2017), dos obras de una excelente producción técnica que quedan vacías, como cáscaras sin alma que no se creen lo que contienen y se van desmoronando según avanza el metraje. Excepto por pequeñas excepciones, el divertido y pretencioso final del film de Espinosa, el futuro cinematográfico está en una terrible crisis creativa, ya lo dijo Pedro Barbero ("El futuro ya no es lo que era", 2016). Paradójicamente la ciencia ficción ha encontrado su mejor refugio en la comedia, como el propio ser humano, desde "Regreso al futuro II" (Robert Zemeckis, 1989) a "Guardianes de la galaxia Vol. 2" (James Gunn, 2017), la disposición de la raza humana a reírse de sí misma ha tenido siempre un buen futuro.

Ciudad futurista de "Ghost in the...", perdón de "Blade Runner"

España tampoco es diferente, "Acción Mutante" (Álex de la Iglesia, 1993) enmarca un futuro apocalíptico desde la comedia más bestia e irreverente, con la gran suerte de que con nuestros medios nunca optaremos a copiar el mapa conceptual de "Blade Runner", como se ve descaradamente en la cinta de Rupert Sanders. Con "Eva" (Kike Maíllo, 2011) entramos en otro de esos terrenos farragosos de inteligencia artificial y autómatas que corresponden al desarrollo psicosexual de mente humana, perfectamente ejemplificado en el androide placebo que interpretaba Jude Law en "A.I. Inteligencia Artificial" (Steven Spielberg, 2001). También algo de esto hay en "Ghost in the Shell", donde la sexualidad de Scarlett Johansson sale a relucir en cada escena, incluso (o por supuesto) cuando habla con su maestro, un indomable Kitano que resulta lo mejor de la película, manteniendo su japonés original. No olvidemos que la mejor adaptación cinematográfica del clásico de Robert Louis Stevenson es "El planeta del tesoro" (John Musker y Ron Clements, 2002), con sus bufones robóticos y extraterrestres a bordo del galeón solar, de lo que se deduce que el futuro es mejor cuando imita a lo clásico o lo que Nietzsche definiría como eterno retorno. A partir de esta conclusión se levanta la mejor película futurista de los últimos años, "Interstellar" (Christopher Nolan, 2014), partiendo de la deriva ecológica del planeta y completa con esas teorías físicas que nadie entiende pero que disfruta dejándose guiar por el firme pulso de Nolan, además del logro de encerrarse en una nave espacial sin caer en el precedente de "Alien, el octavo pasajero" (Ridley Scott, 1979). ¿Para cuando el auténtico futuro?

Jessica Chastain y Casey Affleck ante los campos de "Interstellar"

jueves, 4 de mayo de 2017

Todo Ordaz

El cine patrio sigue sin buscar el yodo que cure la brecha entre sus dos grandes frentes, el de las grandes películas que quieren que todo el mundo vea para hacer sus apuestas en los Goya y las pequeñas producciones —cada vez más prolíficas— donde navegan desde hace tiempo una serie de nombres repletos de creatividad, delicadeza y entrega cinematográfica. Aquí entran tanto "Mimosas" (Oliver Laxe, 2016)"Amar" (Esteban Crespo, 2017) o la última remesa de Jonás Trueba como autores consagrados como la primera Isabel Coixet, el primer Cesc Gay o el Rafael Gordon de siempre que acaba de estrenar "Todo Mujer" (2015) y que solo se puede disfrutar en cines selectos, como la Sala Berlanga, aunque no por mucho tiempo. Es cierto que si la brecha sanase este cine no sería igual, tan libre, tan evadido y cercano, se convertirían en otro tipo de proyectos, absortos del presupuesto. "Todo Mujer" guarda en sí misma una capacidad innovadora anclada en lo clásico, una belleza innata que va más allá de la historia, está en la fotografía, en la música, en todo lo que hoy conlleva poner la palabra "mujer" en una obra registrada en la propiedad intelectual. Los pocos fallos técnicos —además de algún corte que tiene su encanto— se reflejan cuando intenta ir más allá, la película es tan pura que no necesita de cámaras lentas o efectos especiales que muevan una piedra, basta con que sea "Todo Mujer" y mucho más si ésta es Isabel Ordaz. Es una película casera, en el buen sentido, por la importante significación de la casa en la historia, por lo tangible del hogar entre esas paredes destartaladas, por la despedida de una madre y la vuelta de una hija a los muros que despiertan en ella el asma de su infancia, por la acogida, "por todo lo que ha pasado en esta cama".


Casi se puede identificar al director, con su gorra y todo, entre los fotogramas de esta delicada historia que él define como una fábula, pero que en realidad es más oscura pues Esopo echaría en falta los animales, La Fontaine el verso, y ambos la moraleja. Porque no hay nada más triste y duro que una fábula sin moraleja, ahí queda la que el espectador se quiera aplicar, pero la dureza está en la mirada de esa mujer fuerte (débil y fuerte otra vez) que permanece en ese plano final frente a la Iglesia. "Todo Mujer" es todo Isabel Ordaz, la que sufre, llora, la que siempre sigue adelante —pese a sufrir el síndrome del suicidio de Moe Szyslak— y nos sorprende con una frase para la historia (de las que se recogen varias en el film, incluso sin venir a cuento) que resulta tener un giro cómico y nos resuelve la escena con toda la delicadeza y soltura que solo tienen las grandes actrices. El personaje que interpreta Ordaz es muy poderoso, todo gira alrededor de ella, está en la más siniestra soledad y rodeada por todo al mismo tiempo, en ocasiones alcanza un misticismo equiparable al que asumió como Teresa de Jesús en "Teresa, Teresa" (Rafael Gordon, 2003), lo es todo y no es nada. Se le ha equiparado con la Giulietta Masina de Fellini, pero yo veo una italiana más racial, una Sophia Loren algo destrozada por la vida, esa escena de la mujer ante al campo (en nuestro film, segoviano) por la que la Loren ganó el Oscar en "Dos mujeres" (Vittorio De Sica, 1960), todos se acuerdan de ella, aunque ahora mismo no estoy seguro de haber visto la película. Es esa fuerza, esa capacidad de atravesar los fílmico para gravarse como una imagen, como un recuerdo, lo que impone de la interpretación de Isabel Ordaz. Una película que reflexiona sobre la vida, invita a ello durante la misma, como invita a llorar y a reír, pero sobre todo a pensar, indispensable labor para un reflejo qué es puro Kierkegaard, o la condición de la existencia humana. 

lunes, 1 de mayo de 2017

¡Don Palomo! El torero de Linares

La muerte de Don Sebastián Palomo Linares ha caído un jarro de agua fría sobre los lectores habituales del "ABC", cuyas esposas no confirman la noticia hasta que ven la portada del "¡Hola!" cada miércoles, y sobre todo sobre sus hijos, enemistados con el torero —al menos de cara a la prensa rosa— y sedientos de una herencia que parece reducirse a una discreta cuenta bancaria y, probablemente, a los cuadros del polifacético Palomo que les habría dedicado con afecto. Natural de Linares, cuna de grandes personajes de la cultura de nuestro país, tales como Raphael, Miguel Blesa o la joven Natalia de Molina, y lugar que acogió la cogida final de Manolete, todo parecía pronosticar el futuro del joven torero. En una triste actualidad en la que los antitaurinos ocupan las portadas, mientras las familias de los grandes toreros llenan los tanatorios, no cabe más que acoger los nuevos tiempos con una doble verónica que vaticine una buena faena. Hacia la década de 1960 se produjo una corriente social por la que toda persona de renombre salía de su profesión para convertirse en un maniquí de moda vestido por los medios, Palomo Linares no huyó de ello y pasó a ocupar portadas y reportajes convirtiéndose en un torero de revista, para su defensa huelga decir que fue un pionero en ello ahora que solo parecen existir los de este tipo, a los que vemos acompañados de esas bellas damas que miran atentas la plaza con el luto preparado. Hubo Don Palomo de cortar un rabo en Las Ventas para imponer su arte con la muleta, eclipsado por las toneladas de papel cuché empleadas en su persona.

Palomo Linares tras charlar con Pablo Iglesias

Palomo enjaulado junto a Marisol, "Solos los dos"
Sin embargo, como reza el refrán "hasta el rabo, todo es toro", y Palomo era él mismo de cabo a rabo, triunfó en el cine de la mano de una crecidita Marisol que entonaba la música de Junior en "Solos los dos" (Luis Lucía, 1968), película infumable de éxito popular que hoy engruesa la lista de emisiones de "Cine de barrio" junto a "Una señora estupenda" (Eugenio Martín, 1970) —de un mayor cariño cinematográfico con la racialidad de Lola Flores a la cabeza— y "La Carmen" (Julio Diamante, 1976) sus otras dos aventuras cinematográficas. Ésta última toda una declaración a nuestro folclore, labor indispensable de Diamante en nuestro cine, al que le debemos la conservación por puro amor al arte de nuestra tradición, junto a directores como Carlos Saura o José Luis García Sánchez. Tampoco es casualidad que, tras cortar el rabo en Madrid en 1972, se convirtiese en uno de esos grandes nombres del toreo para estereotipar España fuera de nuestras fronteras, así ocurrió en "El espejo" (Andrei Tarkovsky, 1975) donde aparecía un grupo de españoles admiradores de un tal Palomo Linares, todo un lujo ser el referente español en una de las mejores filmografías europeas. Sin duda se convirtió en uno de los mayores referentes de la tradición del toreo para el cine, al menos desde aquella hermosa "Tarde de toros" que Vajda rodaría para la historia en 1956. Siguiendo la corriente que se dio en los 90' por resucitar a las viejas glorias dedicadas entonces a desempolvar las decenas de premios entregados en pueblos de los que son miembros de honor, Sebastián Palomo Linares fue llamado a interpretar un pequeño papel como el rey Melchor en "Los ladrones van a la oficina" en uno de los capítulos más familiares de la serie. Así se pondría el broche final a la carrera cinematográfica de Don Palomo.

Los toreros también "van a la oficina"

La faceta que me llevó a conocerle fue la pintura, una de sus mayores pasiones probablemente nacida del aburrimiento, pues parece ser el camino más fácil para el personaje reconocido que se aburre, una triste verdad para los auténticos pintores que miran con buenos ojos (véase la fotografía que acompaña este párrafo) un posible apadrinamiento. Será casualidad, pero toda esta serie de pintores por aburrimiento se decantan por el arte abstracto, compruébense así los catálogos de Paloma San Basilio o Jordi Mollà, éste último el gran vencedor en esta categoría al lograr encasquetar diez de sus obras a Johnny Depp. Lejos queda el día en el que Palomo Linares quedara asombrado antes las voluptuosas formas de Madame Bobarín, y también aquel día en el que yo le conocí después de visitar la galería de Guillermo de Osma. Mi abuela advirtió su presencia, yo, confiado por el atractivo de Bobarín que había cautivado al torero/actor/pintor, fui decidido a saludarle con un sonoro "¡Buenos días, Don Palomo!", a lo que él, sin apenas torcer la mirada, contestó sonriente: "Lo siento, hoy no tengo nada encima". Satisfecho con la anécdota que me guardaría hasta su obituario escribo hoy estas líneas recordándole con humor y alegría, con el aura celestial que siempre envuelve a los muertos en el día de su óbito. Vistiendo un luto sobre mi teclado, que hoy llora como si fuese una de esas viudas que permanecen mirando la arena ensangrentada por el toro y por su difunto, todo en uno.

Sebastián Palomo Linares ante una de sus obras

domingo, 30 de abril de 2017

Schrader trae los salvajes 70'

Cuentan que de una infancia repleta de religión y prohibiciones surgió la brillante mente de Paul Schrader, cuya pluma, siempre afilada, ha logrado traernos algunas de las historias más violentamente cinematográficas de todos los tiempos, desde "Taxi Driver" (Martin Scorsese, 1976) a "La última tentación de Cristo" (Scorsese, 1988), con obras tan estimulantes como "Fascinación" (Brian De Palma, 1976) entre medias, los guiones de Schrader han sido como heridas en carne viva que no paran de sangrar ante el espectador. Sus incursiones en la dirección se han visto marcadas por su pasado como escritor y "Como perros salvajes" (Paul Schrader, 2016) no es una excepción, un  film que tiene todos los componentes de su grandes obras perfilados con un desbordante sentido del humor. Como el personaje que el propio director se ha permitido interpretar en la película, El Greco, estamos ante un cineasta que se alimenta del cliché jugando con la idea preconcebida de la cultura general para darle una vuelta, convirtiendo así una historia habitual de secuestros y mafia en una comedia casi surrealista, completamente setentera y con un imponente espectro visual. Los 70' vuelven a estar de moda, cuando el cine parecía haberse dulcificado, "El exorcista" (William Friedkin, 1973) vuelve con un jugoso formato de serie y Scorsese vuelve a sus orígenes con "The Irishman" (2018), cuyo reparto nos pone los pelos de punta: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Harvey Keitel y Bobby Cannavale.

Schrader como El Greco

Mano a mano, Scorsese y Schrader
En un panorama edulcorado por las nuevas versiones de las películas de Disney en carne y hueso era necesaria la vuelta a la bestialidad y ferocidad del cine que fue reconocido como "el Nuevo Hollywood", que inauguró la década de 1970. Lo que resulta más preocupante es que esta vuelta tenga que venir de mano de sus creadores, todo un placer cinéfilo por un lado, pero una triste realidad para dentro de unos años. De momento disfrutamos con joyitas delirantes al estilo de "Como perros salvajes", donde encontramos a un autoparódico —y por ello más acertado— Nicolas Cage, al mando de una cuadrilla de tres completada por Christopher Matthew Cook y un apoteósico Willen Dafoe, que nos inicia en el film con una escena entro lo kitsch y lo salvaje que nos posiciona para el resto del metraje. A esta vieja ola que llega con retardo se pueden añadir títulos como la genial "Killer Joe" (William Friedkin, 2011) que descubrí recientemente por el canal TCM, una auténtica obra maestra donde sobra todo y no falta nada, a veces pesadas, lo cierto es que logran recuperar la auténtica esencia de aquellas producciones de bajo presupuesto que han pasado a la historia del cine, y Matthew McConaughey borda un malo de cine. Mientras en el film de Friedkin se percibía un humor más negro y sucio, en la cinta de Schrader, que ya pasó algo desapercibida en su estreno el pasado enero, nos enfrentamos al absurdo. Es el momento de disfrutar de la últimas obras de los grandes genios del Nuevo Hollywood, y de empezar a preocuparnos por el futuro de este legado.

Una escena de la brutal "Killer Joe" de William Friedkin

sábado, 15 de abril de 2017

Redescubriendo "El crack" de Garci

Recientemente volví a ver "El crack" (José Luis Garci, 1981), lo que me llevó al visionado de "El crack dos" (Garci, 1983), y a su vez a darme cuenta de que estaba ante dos films grandiosos, elegantes y rudos al mismo tiempo, como las viejas películas del Hollywood negro, y sobre todo ante dos obras poco mencionadas entre lo mejor del cine español. Estas dos piezas son el culmen de todo el conocimiento clásico que más tarde expondría su director en su programa "¡Qué grande es el cine!" (1995-2005), ejemplos de la maestría que en ocasiones se empeña en disimular este gran cineasta con cuatro nominaciones a los Oscar, incluyendo el premio por "Volver a empezar" (1982). El premio que se yergue entre la producción de las dos películas que traigo hoy a primera plana, un perfecto chute al ego notable en la segunda parte de "El crack", con un Arturo Fernández a la altura del mejor villano de James Bond. José Luis Garci sería uno de los principales guionistas de la Tercera Vía, movimiento cinematográfico que pretendía reconciliar al cine intelectual con el comercial de la mano de rostros como José Sacristán o Concha Velasco, este lastre perseguirá a la gran parte de la filmografía del director, cuyo gusto cinematográfico es exquisito aunque en ocasiones no de con la historia adecuada. "El crack" se olvida de todo ello, tiene ese componente comercial, con Alfredo Landa encabezando el reparto, pero no eso lo que busca... ¿qué pintaba en ese momento el vecino del quinto haciendo de detective privado? Uno de los mayores homenajes al cine jamás imaginados.

Landa y Garci durante el rodaje de "Las verdes praderas" (1979)

Lo que podría haberse convertido en un "Harry el sucio" (Don Siegel, 1971) a la española, o incluso una parodia ibérica de Bogart y Bacall, con Landa y María Casanova, consigue impregnarse en el celuloide de una forma deslumbrante, de la barbería madrileña al Madison Square Garden de Nueva York estamos ante una obra de belleza vertiginosa y cruel, pues es en sí misma una desaparición de esa belleza. La escena de la explosión del coche quedó impregnada en mi imaginario cinéfilo para siempre, tenía ganas de llorar y no podía, mi respiración se paró por unos momentos ante el primer plano de la mirada de Germán Areta (Landa), puro cine. Pese al dolor que marca el resto del film el metraje sigue adelante sin pardear, sumiéndonos en una historia —escrita al limón con Horacio Valcárcel— que termina por ser lo de menos para entregarse al Séptimo Arte por completo. Esta sensación de cine masticable se corrobora con los papeles de Miguel Rellán y José Bódalo (a quien Garci consagraría para la eternidad con su Roxiu de "Volver a empezar"), inmensos profesionales que muestran lo mejor de nuestro cine, una capacidad de reparto con la que Hollywood no puede competir. Durante años soñamos con una tercera entrega de la saga del detective Areta, lo que desestimamos con el fallecimiento del gran Alfredo Landa, hace ya cuatro años. Esta semana hemos recibido la magnífica noticia de que José Luis Garci planea rodar una precuela de esa deliciosa saga con Víctor Clavijo al frente, lo que no hace más que incrementar la necesidad de revisitar y redescubrir estos clásicos.

Garci durante el rodaje de la que dijo sería su última película, "Holmes & Watson. Madrid Days" (2012)