miércoles, 16 de mayo de 2018

Luis Alvargonzález Romañá, mi abuelo

La muerte se presenta de muchas maneras, el imaginario literario y cinematográfico nos la ha mostrado de distintas formas. Hemos reído y hemos llorado con la muerte, la hemos burlado e incluso hemos fantaseado sobre el más allá. Tanto que cuando llega la realidad resulta decepcionante. Sin avisar y a medio desayunar recibo una llamada de mi padre: “El abuelo”. No. La muerte de mi abuelo, Don Luis Alvargonzález Romañá, me sorprende, cuelgo y lloro, no están las líneas telefónicas para empañarlas en lágrimas, después cojo el primer autobús a Gijón. La tristeza no llega tanto con la muerte, al fin y al cabo entre esquelas y funerales uno está entretenido, como con la ausencia. El sentimiento de vacío. El volver a aquella mañana soleada en la que vi a mi abuelo por última vez yéndose feliz a almorzar con un buen amigo, casi como en el final de “Casablanca”. No hay nada tan emocionante en la muerte de un familiar como sentir el cariño verdadero de todos aquellos que le rodearon durante su vida.

Siempre he sido curioso sobre el pasado de mi familia, y más teniendo en cuenta el cariño que la villa de Gijón tiene a los Alvargonzález. El día que el tío Juan Alvargonzález González, también desaparecido, me enseñó la Fundación quedé fascinado con todo el desfile de retratos y documentos. Me sentí como el Marqués de Leguineche: “¡Estos cuadros son mi familia!”. Esta curiosidad me ha llevado a revisar los cajones de las casas de mis abuelos. Cualquier cosa, desde una fotografía a una esquela arrugada, me llevaba a preguntar y a averiguar la historia que había detrás. Así compuse la historia de la vida de mi abuelo. Empezando por los tíos, los de mi abuelo, esa clase de tíos modelo que continúan siendo “Los Tíos” cinco generaciones después. “Eres igual que el tío Antonio”, me decía mi tía el otro día. Antonio Alvargonzález, el hombre que levantó Alvargonzález Contratas, la empresa que heredó y situó mi abuelo, imprimiendo así una de mis fotografías favoritas, él con un traje gris, un puro y una enorme sonrisa. Su padre, Luis Alvargonzález Prendes, ilustre médico gijonés falleció en el exilio, en La Habana, donde vivía su mujer, Lucrecia, con sus dos hijos. Cuando hablaba de su época en Cuba a mi abuelo se le iluminaba el rostro, aparece una fotografía suya con un enorme pez espada, risas recordando la anécdota persiguiendo el pescado. Cuba es también su etapa deportiva. Digno heredero de su padre, quien fuera uno de los grandes nadadores de la costa cantábrica, mi abuelo se convirtió en uno de los atletas más prometedores de la isla, llegando a ser propuesto como candidato para los Juegos Olímpicos. Esta etapa se cierra con una enorme fotografía enmarcada, años después, Luis Alvargonzález Romañá y el medallista cubano Javier Sotomayor se saludaban calurosamente, calculo que durante la época en la que Sotomayor recibía el Príncipe de Asturias de los Deportes. 

A su etapa de atletismo en Cuba le sigue su vuelta a España, el Club de Regatas y la aparición de Los Tíos como figura paterna. En el salón de casa se yergue una enorme fotografía del tío Manolo “Ñolé”. “Patricio eres casi tan elegante como el tío Ñolé”, me dice mi abuela. María Estela Martínez, no la de Perón, como bien le dijo mi abuela a un agente de aduanas ante la confusión durante un viaje a Estados Unidos. María Estela Martínez de Alvargonzález, nada menos. Me resulta imposible pensar en mi abuela como viuda, ella y el abuelo eran uno solo, son uno solo. Juntos hasta para romper los récords en la categoría senior del Real Club de Golf de Castiello. María Estela Martínez, campeona de drive. También me gusta ese título. Juntos vivieron una etapa en París, apenas hay fotografías, sin embargo, la historia de amor y el marco de la ciudad ha creado en mi el recuerdo –esa fantástica sensación de crear recuerdos que nunca existieron– de “Ariane”, y esas películas en blanco y negro que devienen tras un mágico narrador. Lo que sí existe es el cariño que ambos me profirieron desde niño, un amor puro que durará eternamente.

Desde pequeño he querido dedicarme al cine, de ahí las referencias que acompañan el artículo. Obviamente mi abuelo quería un médico o un abogado, pero nada me hizo más ilusión que su risa cuando vio uno de mis primeros cortometrajes. “Estudia, estudia y estudia”, me dijo toda la vida. Y otra vez la imagen del gran empresario con el puro en la mano y la enorme sonrisa. Luis Alvargonzález Romañá, un hombre querido. Gracias.

                                                                 Artículo publicado el 15 de mayo de 2018 en el diario "El Comercio"

Luis Alvargonzález Romañá

jueves, 10 de mayo de 2018

Wild Wild Netflix

Los sirios no tienen Netflix, cuando la enorme empresa comercial estadounidense conquiste las pocas fronteras que a día de hoy se le resisten llegaremos a un tratado de paz mundial por sólo 7'99€ al mes. La multinacional con sede en Los Gatos, California, tiene poder absoluto sobre sus subscriptores, te hará ver lo que ella quiere que veas y lo peor de todo es que te gustará, lo recomendarás y harás que otros vean lo que ella ha querido. Por eso he sucumbido al atractivo salvajismo de "Wild Wild Country" (Chapman y Maclain Way, 2018), la serie documental de la que todo el mundo habla —como se vendería en los tiempos de la pop publicity—, un experimento adictivo que sorprende con cada una de sus revelaciones. El espectador asiste a su visionado como los rajnishes a los discursos del Osho, limpian su rutina con declaraciones sorprendentes, atónitos ante lo que una secta fue capaz de hacer desde un pueblo perdido del estado de Oregón, Estados Unidos. Los testimonios de algunos de los protagonistas que participaron en el tinglado son desgarradores, incluyendo a una voraz, cínica, impertinente y genial, Ma Anand Sheela. Estas declaraciones se contrastan con las de los habitantes de Antelope y demás personalidades que lucharon contra el movimiento del Bhagwan, siempre rociadas por un inevitable sentido del humor que hace más llevadero el asombro ante lo que esta secta puede llegar a hacer detrás de sus momentos de oración y de amor libre. "Me acusaron de crímenes terribles, más bien de intento de todos ellos", sentencia Sheela tras una de sus oscuras sonrisas. Sheela, secretaria de Bhagwan, responsable de mover los millones de las empresas del Osho. Este es el punto más interesante de Bhagwan, es probablemente el único líder espiritual abiertamente capitalista, punto clave lleno de humor que los hermanos Way utilizan para incitar a crear leyenda. ¿Por qué el Bhagwan no fue enterrado con su reloj de diamantes?

Ma Anand Sheela

He leído en algunos artículos que "Wild Wild Country" es un análisis sobre la religión y la inmigración que ayuda a comprender el episodio de Oregón. Personalmente, yo no había oído hablar de ninguna secta que bailaba vestida de naranja, lo más parecido que había visto eran los Hare Krishna que Woody Allen había retratado en "Hannah y sus hermanas" (1986). "No fastidies, tú un Hare Krishna. ¿Te vas a rapar la cabeza, ponerte una toga y bailar en los aeropuertos? Te confundirán con Jerry Lewis", decía el personaje de Allen en busca de una identidad religiosa. Los rajnishes, con sus ropas rojizas y su impostada sonrisa, no andan lejos de la aguda mirada del genio de Brooklyn. Por todo ello, "Wild Wild Country", va más allá de una religión de manual y un fraude migratorio, se trata de un relato sobre el poder y el orgullo. Sheela es la auténtica protagonista, no un místico fallecido hace décadas en sospechosas circunstancias. Se trata del retrato del ascenso de Sheela a la cabeza de la organización, cargándose a su predecesora, y de cómo, cegada por el orgullo, perdió al Osho en su plan por la conquista de la incorruptible América y del mundo (sic). La serie tiene todos los elementos de una ficción, arquetipos, fraude, sectas, secretismo, América, religión, consecuencias legales e incluso tentadores cliffhangers al final de cada episodio que hace el documental adictivo. Sin embargo, los hermanos Way huyen de lo fácil, se esfuerzan por mostrar una imagen lo más limpia posible, que el espectador saque sus conclusiones a partir de las declaraciones en bruto de los protagonistas de esta historia. La mejor muestra de ello es un borroso final ¿feliz?, en el que Sheela nos sonríe cuidando ancianos dementes en un centro suizo. "Era como una hermosa película de Fellini", esa frase de Sheela se me quedó grabada, me sorprendía según avanzaba en el documental y me daba cuenta de que Fellini era relevado en momentos por la dureza física y visual de Pasolini. Hagan caso a lo que les dice Netflix y, si no la han visto ya, vean "Wild Wild Country".

lunes, 30 de abril de 2018

La isla de Anderson

Wes Anderson se ha convertido en sí mismo durante las últimos dos décadas, cada film es un ejemplo de ello. Sus películas tienen un look hipster, muy marcado, refinado —sólo él puede convertir un vertedero en una hermosa historia de marionetas japonesas— y pulcro, cada fotograma de Anderson replantea nuestro concepto del arte naíf. Estas características lo tienen vendido por completo, de otros cineastas pueden decir "esto es de Bergman, seguro" y que en realidad sea uno de esos intentos de Woody Allen o Bille August, pero Wes Anderson con sus planos a noventa grados y sus diseños como forillo de escena siempre será él. Si te gusta su cine te gusta todo, excepto "Life Aquatic" (Wes Anderson, 2004), que se ve gracias al delicioso reparto que Anderson consigue para todos sus proyectos. "Isla de perros" (Wes Anderson, 2018) le confirma como uno de los grandes de la animación contemporánea, un homenaje a Miyazaki y Kurosawa que por fin podrán ver nuestras infantas, pero que en realidad resulta uno de los mayores auto-homenajes que hemos visto en el cine. Es demasiado Wes Anderson, incluso para él, algo perdido en la cultural oriental, hasta ha cogido a Yoko Ono para un pequeño papel, es una película de animación en la que estamos deseando que los actores originales se quiten su máscara perruna, desde Bill Murray a Anjelica Huston. ¡Qué divertido hubiese sido ver a Tilda Swinton como el alocado Oráculo! El humor es demasiado fino y falta la emoción de la animación, que sí estaba en la que es para mi su obra más redonda: "Fantástico Mr. Fox" (Wes Anderson, 2009). Así como todo el cine del director reza por ser una hermosa adaptación animada, "Isla de perros" parece necesitar la realidad para la que es su fábula más elaborada. Esto no quita que sea una de las grandes cintas del año, es simplemente un deseo personal que nace de mi necesidad de ver a Bryan Cranston tras ese malhumorado perro callejero.


Wes Anderson junto a sus personajes
Todo film de Wes Anderson es una joya, cuidada hasta el detalle, y debe ser vendida como Pandora en la Teletienda. "Isla de perros" nos sumerge en un mundo que resalta lo bello de lo más sucio, Isla Basura, alguno diría que no se lo ponga tan fácil a los críticos, pero su inevitable tallo humano le permite alimentar el film con deliciosas referencias que burlan a la animación clásica. ¿Japoneses que hablan inglés? Si así lo oyes en "Isla de perros" es porque cuentan con una intérprete en las escenas necesarias, ideas delirantes cuya ironía se hace más evidente en este mundo animado. Otra de las divertidas propuestas de Anderson es la estructuración de la historia, lejos de optar por la narración cronológica nos ofrece el flashback que necesitamos en el momento precioso, y además advierte con un gran letrero: Flashback. Hablar de Wes Anderson es hablar de estética, pero en este caso es hablar de arte y todo el trabajo que ello implica parece haber despistado la mordacidad que suele acompañar su estilo, como ya ocurrió en "Life Aquatic", Wes Anderson —como Renée Zellweger o Meg Ryan— ha sido víctima de su estética. "Fantástico Mr. Fox" tenía alma propia, los personajes te seducían con su particularidades y extravagancias, jugaban con la propia vena salvaje que de pronto abandonaba la narración protocolaria, una divertida sagacidad que hubiese entusiasmado al propio Roald Dahl. Aquí el homenajeado es otro, al comienzo hay rastros de ese humor delirante como la reflexión antes de pelear por una bolsa de basura de la que no se conoce el contenido, pero pronto se abandona por el relato. Pero nunca llega al surrealismo de los sueños de Miyazaki, pese haberse trasladado a Japón para contar la historia. Si te gusta Wes Anderson te fascinará "Isla de perros", pero tendrás tiempo para echar de menos los rostros de las voces.

domingo, 29 de abril de 2018

Campeones de taquilla

Aprovecho el anterior post en el que hablaba de la importancia del cine comercial para hablar de "Campeones" (Javier Fesser, 2018), la que ha sido sin duda una de las revelaciones de la temporada con más de un millón de espectadores, siete millones de euros recaudados y un gran apoyo de la crítica. Una película hecha desde el corazón, pero ante todo una comedia de un autor muy personal y reconocible, la historia de un grupo de chavales con discapacidad que participan en un torneo de baloncesto y salvan a su entrenador de su terrible episodio vital. Suena un poco a fábula y cuento de hadas, en cierto modo lo es, pero el surrealista sentido del humor de Fesser no deja que el metraje caiga en el sentimentalismo, metiendo así situaciones absurdas o sosteniendo un plano emotivo hasta que no puedes evitar la carcajada. Protagoniza el film Javier Gutiérrez, no hay producción española en la que su rostro no haya pasado por el casting, sobre el que se suceden los clichés, porque en ese punto el film no pretende ser innovador, como en una comedia romántica todos sabemos que los protagonista van a acabar juntos, pero sí en cómo llegan hasta ese punto. Luisa Gavasa está deslumbrante en un papel demasiado breve, aunque con una ingeniosa sorpresa final. Es el tipo de personajes que nos llevan al Fesser más divertido: la madre castrante sin pelos en la lengua, el autobusero salvaje o el dependiente pringado. Personajes geniales que salan el dulzor y que resultan algo desaprovechados, casi anecdóticos, el humor más negro sobrevuela en todo momento la película, pero no llega a atacar nunca. Es cierto que no es el estilo de Fesser, pero tampoco están esos personajes estrambóticos, sacados de lo más profundo de su imaginario y que crearon su propio universo en "El milagro de P.Tinto" (Javier Fesser, 1998) con su enorme salvajismo sacado de su propia naturalidad.


"Campeones" cuenta con un reparto central brillante, todos y cada uno de los actores con discapacidad han sido escogidos con lupa para sacar el mayor partido posible a su lado cómico, especialmente divertido es el personaje de Jesús Vidal, el hipocondríaco más risible desde los buenos tiempos de Woody Allen. Fesser se atreve también con un humor físico y fonal que no defrauda a lo largo de toda la cinta, algunas escenas deberían llevar subtítulos para entender los diálogos. Todo este reparto central tiene la naturalidad y el desacostumbrado humor propio del cine de Fesser, el mismo que le falta al grueso de la película, el desarrollo argumental es demasiado sencillo y desaprovechado. Echamos de menos esos negros adoptados que caían del cielo o las ancianas que hacían cruzar a sus cegatos acompañantes cuando el semáforo estaba en rojo. "Campeones" ha tenido un éxito irrefutable, sin embargo, he observado como alrededor de toda la promoción y de la propia exhibición, el film, se ha convertido en una paradoja del miedo. Cuando vi con mi padre por primera vez el trailer en una sala de cine nuestras carcajadas pronunciaron más aún el silencio de la sala, nadie reía, miraban las mismas imágenes que yo y decían: "¡qué bonita, habrá que ir a verla". Semanas más tarde, con mi primo, en unos multicines, no podíamos evitar reírnos ante el silencio de la sala, no sabían si reírse, ni siquiera sabían si lo que habían dicho era gracioso, porque no se le entendía, en mi opinión ese era el auténtico gag. Con el desarrollo de la trama empezaron a levantarse las risas, siempre moderadas, y luego llegó el final, que juega con el propio cliché que antes comentaba, en el que todos sabemos lo que va a ocurrir. La sorpresa levantó en mi y en mi primo una enorme carcajada, miré hacia atrás y vi a gente emocionada. Me aburren mucho las películas bonitas, por suerte "Campeones" admite varias lecturas, por ello se han convertido en los campeones de taquilla esta temporada, y en un divertido experimento sobre el miedo. ¡Bravo Fesser!

La historia (viral) del Hombre Lapa

Es sorprendente la capacidad de renovación de Fernando Colomo, tal vez el director que mejor ha sabido adaptarse a la época en la que rueda desde que su "Tigres de papel" (1977) se convirtiera en la bisagra que abriera la puerta del aperturismo cultural de los ochenta, además de ser un título clave en el cine de la Transición. "La vida alegre" (Colomo, 1987) fue otra muestra de su increíble adaptación al medio, políticos libertinos, infidelidades, enfermedades venéreas y Verónica Forqué. ¿Hay algo que represente mejor la década de 1980? Ahora con "La tribu" (Fernando Colomo, 2018), el director madrileño más gamberro de nuestro panorama ha sabido acercarse con un sencillo y brillante sentido del humor a la era del reguetón y los programas de talentos de Telecinco, aunque produzca Atresmedia. La historia se sostiene y se disfruta por un guión sólido y simple que forjan tres de los grandes maestros de la neocomedia romántica española, Joaquín Oristrell, Yolanda García Serrano y el propio Colomo, partiendo de una divertida idea como es componer la vida de un hombre a partir de un vídeo viral, que es un chiste en sí mismo. El resto del film son dos historias de amor básicas, la de un hijo y una madre y la de un alumno y una profesora de baile, rociado con una comedia blanca que se agradece, con la excepción de que en ocasiones cae demasiado en el gag, claro que es lo que confirma a Paco León como el rey del mismo. Una interpretación genial, en completa armonía con Carmen Machi, que desde su reivindicativo papel de madre trabajadora de Badalona vuelve a dar una lección de baile al cine español. Se trata de otro film que entra dentro de ese género que he definido aquí como "películas espectáculo", aquellas que no difieren mucho de un programa de talentos, films de zapping, pero que como los contorsionistas de Got Talent podemos ver una y otra vez embriagados por el mismos sentimiento de alucine.


Colomo dirigiendo a Manuel Huedo
Se respiran aires de cambio en el cine español, "La llamada" (Javier Calvo y Javier Ambrossi, 2017) fue un síntoma de juventud y renovación en un cine comercial que estaba empezando a quedarse anclada en comedias autonómicas y thrillers engañados por su propio guión. Porque no debemos engañarnos, claro que hay un cine español joven, vibrante, nuevo, ecléctico, bonito, diferente, nombres como Jonás Trueba, Elena Trapé, Oliver Laxe o Eduardo Casanova. Pero lo que la gente ve son las producciones de Atresmedia, Telecinco Cinema y, con suerte, alguna con la participación de TVE, algo difícil de cambiar, por lo que resulta más sencillo que la calidad o al menos el entretenimiento de calidad, empieza a entrar en estas producciones. "La tribu" no tiene más interés que el de ser una película que se deja ver con facilidad, una comedia divertida que no va a decepcionar al espectador medio y un trabajo brillante de Colomo, con su peculiar cameo al comienzo del film. Cuando fui a ver el film tenía la referencia de unas "mamis de Badalona" que habían ido a un concurso de talentos, la idea no me seducía, pero los artífices de "La tribu" han compuesto una historia muy atractiva alrededor de todo ello, un film que se torna en videoclip y que seguimos viendo con el mismo ritmo. También se aprecia en el film un afán por contentar a todo el mundo, algo que juega en su contra en un determinado momento, se trata una de las máximas del cine comercial y Colomo sabe jugar a ello, como también sabe hacer un film pequeño a lo "Caro diario" (Nanni Moretti, 1993) y sombrarnos con la magia de su "Isla bonita" (Colomo, 2015). Así pues nos encontramos en "La tribu" con algo de insta-alfalfa televisiva, pequeña dosis de escatología torrentiana en esos hijos inútiles y una importante cantidad de humor simple, que arranca carcajadas, siempre con un genial Paco León en el centro.

sábado, 14 de abril de 2018

Miloš Forman, un adiós

Me he despertado con la triste noticia del fallecimiento de Milos Forman —he conseguido poner la cosa rara encima de la "s" en el título pero es demasiado complicado como para ponerlo cada vez que escriba su nombre, para el caso nos entendemos igual—. Leo algunas de los escuetos y cumplidores obituarios que acaban de publicarse, hace 7 minutos, todos comienzan con "el director de títulos como Alguien voló sobre el nido del cuco o Amadeus ha muerto en Estados Unidos a la edad de 86 años". Yo puntualizaría, no es el director de "títulos como", es el maldito genio que hizo "Alguien voló sobre el nido del cuco" (1975) y "Amadeus" (1984), dos de mis películas favoritas y sin lugar a dudas dos de las mayores obras de arte que ha dado el cine. La primera una joya, un film pequeño que encierra una humor oscuro y que, sin lugar a dudas, definió a Jack Nicholson como el loco más heavy de Hollywood. Se llevó cinco premios de la Academia, incluyendo el de Mejor Director para Forman,   recordándonos los tiempos en que los americanos premiaban con certeza. Todavía recuerdo con terror la fría mirada de Louise Fletcher desde su cabina de enfermería, el cuello terso y una mirada profunda que se hunde en cada paciente pastilla tras pastilla, mientras el personaje de Nicholson está cada vez más sumido en su propia mentira. Ya es uno de ellos. Forman se convirtió en el Spielberg de los locos, se escapaban, tenían aventuras, montaban en barco y, como E.T., el protagonista termina enchufado a una máquina. "Amadeus" es otra genialidad, completamente distinta en su forma, pero al fin y al cabo otro retrato de admiración y locura. Mi acercamiento a ella fue progresivo. En 2006 se estrenó "Copying Beethoven" (Agnieszka Holland, 2006), cuando la vi en el cine desarrollé una especie de obsesión por ella, cuando al fin la tuve en DVD no paraba de verla. Tenía algo adictivo, las imágenes, la época, un abominable Ed Harris luciéndose como nunca en un protagonista de personalidad exagerada y, por supuesto, la música. Aún hoy me quedo en estado de trance en esa escena final en la que dirige la novena con su joven apuntadora guiándole como en un sueño.

Pelucas y talco en el set de "Amadeus"

Después de la pasión que levantó en mi el biopic sobre Beethoven, cuál sería mi sorpresa al descubrir que había otro film sobre Wolfgang Amadeus Mozart. No tarde en hacerme con una copia de "Amadeus" y caí rendido ante la prosa lírica de Milos Forman. Una obra de arte total que avanza con la propia música y cuyo abultado y pomposo final a ritmo de Réquiem es uno de los mejores tratados en la historia del cine. Con el film nació un mito, la rivalidad entre Mozart y Salieri. Hoy cualquier listillo que haya visto más de un documental de La 2 te dirá que dicha rivalidad no existió, me da igual, es una película que además, elevó al cine al séptimo cielo, confirmó, por si había dudas que el cine es un arte como la pintura o la literatura, porque solo el arte puede crear mitos. Milos Forman fue un gran cineasta, con un sentimiento puro del cine, desde los documentales obligados por el régimen de su Checoslovaquia natal nunca perdió una de las bases de su cine, el deseo, el ansia, de libertad. Claro que hizo más películas, títulos como "Hair" (1979) o "Valmont" (1989), a la sombra de "Las amistades peligrosas" (Stephen Frears, 1988), adaptaciones de la misma novela, aunque el guión de la de Forman es del gran Carrière. Hay mucho de documental en el cine del gran Milos, al menos en la idea original de narrar con personajes reales, aunque su gran maestría se demuestra a la hora de convertir esa realidad en una suerte de sueño, pura magia. Ya lo he declarado varias veces y lo repetiré cuanto haga falta, soy un apasionado de los biopics, y Milos Forman es el cineasta que mejor ha sabido rodarlos, alejado de los dejes y manías que tiene toda historia real, sabía coger la realidad y convertirla en la enorme y sensacional mentira que es el cine. "Amadeus" es la cumbre de ello, pero lo demostró con creces en "El escándalo de Larry Flynt" (1996), "Man on the moon" (1999) —cine metalingüístico que traspasa las fronteras del falso documental mimetizándose con el propio protagonista y convirtiéndose en un monólogo del mismo, una genialidad que merecería artículo a parte— o "Los fantasmas de Goya" (2006), la más floja de todas, pero aún así con grandes interpretaciones, incluyendo el rol debut de Cayetano Martínez de Irujo como el Duque de Wellington. Con Milos Forman se va un genio de la vieja escuela, uno de los estandartes sobre los que antaño se sostenía el cine, se va un gran director, pero ante todo, el gran hombre que levantó esas dos obras clave en la historia del cine.

sábado, 31 de marzo de 2018

Ready Spielberg One

Es el gran creador del cine, el hombre que inventó una generación, uno de los pocos cineastas que ha logrado averiguar cuál es el material del que están hechos los sueños. Steven Spielberg vuelve a la gran pantalla mientras su anterior film, "Los archivos del Pentágono" (2017), aún continúa en cartelera. Poco o nada tiene que ver ese excelente e intenso thriller periodístico con "Ready Player One", la película que me lleva a escribir este artículo, un sueño de cinta nostálgica que navega ente los recónditos mundos del futuro virtual. Forjando así una de las bases del cine de Spielberg, la heterogeneidad, siempre con una filmación sobresaliente, un ritmo frenético y una calidad que película tras película nos recuerda que por algo Hollywood es la meca del cine. Es imposible no admirar al viejo Spielberg porque él es el cine, sin él no entenderíamos el Séptimo Arte tal y como hoy lo entendemos, forjó nuestra infancia, la de nuestros padres, crecimos con él, le debemos todo nuestro imaginario cinematográfico. Últimamente no escribo sobre films de Hollywood, no porque no me gusten o no vaya a verlos, disfruté mucho con la última de "Star Wars" y "Gorrión rojo" (Francis Lawrence, 2018) —de la que tal vez escriba más adelante— me ha parecido una de las grandes genialidades del último cine comercial, "La forma del agua" (Guillermo del Toro, 2017), undécima adaptación de la Bella y la bestia, sencillamente no me dijo nada nuevo, aunque he de reconocer que es estéticamente impecable. Escribo sobre cine porque me gusta llegar a los creadores, que compartan mis artículos —obviamente cuando están de acuerdo— e incluso que me respondan de alguna manera, establecer un diálogo cinéfilo a través de las redes, y eso a nivel Hollywood es más complicado. A veces hay suerte, siempre quedará en mi memoria el retuit de Carrie Fisher de una de mis críticas sobre "Star Wars" donde hablaba de su polémico peinado, pero hablar de Spielberg es hablar de cine, y eso traspasa redes, críticas o retuits.


Si hablo de todo ello no es por pura vanidad, también es porque viene al caso con "Ready Player One", experiencia de cine metalingüístico que reflexiona sobre un mundo en el que todos estemos conectados en un juego de realidad virtual llamado OASIS. Spielberg dirige con maestría un guión frenético y ágil que trata con un brillante sentido del humor una realidad triste y gris, identificamos rápidamente a nuestro héroe y a nuestro villano, poco a poco vamos entrando en un juego que no tiene marcha atrás —excepto para superar algunas pruebas— y nos sumergimos en la magia del cine, Spielberg ha necesitado mucha de esa para hacer creíble esta distopía. La acción transcurre como una conversación continua entre la realidad y el juego, donde todo son referencias, homenajes y nostalgia, el propio Spielberg llama a algunas de sus más queridas criaturas como "El gigante de hierro" (Brad Bird, 1999) o el DeLorean de "Regreso al futuro" (Robert Zemeckis, 1985), para conformar un imaginario referencial al que todos acudimos con asiduidad en nuestra ordinaria vida de ocio. El reconocido crítico Carlos Boyero decía no haber conectado pues "nada de eso [juegos de ordenador, consolas] forma parte de mis distracciones ni de mis adicciones". Personalmente tampoco soy un gran consumidor de videojuegos, tuve mi época pero terminó en el baúl de los recuerdos —probablemente por saturación—, cuando jugaba tampoco era un gran maestro de la consola, solía aburrirme de los juegos complicados, es decir, todos aquellos a los que no encontraba el fallo algorítmico que me permitía ganar sin esfuerzo. Lo que siempre he disfrutado es ver cómo jugaban otros a los que sí se les daba bien el mundo cibernético, primos y amigos se enfrentaban a guerras brutales y lograban combos que para mi eran inimaginables, siempre con la tensión de que podían morir en cualquier momento. Spielberg logra esta sensación a la que aporta todo un mundo de valores cinematográficos que, tratándose de él, absorbemos y nos tragamos como esponjas.


Al ver "Ready Player One" viajo directamente a una de esas películas de la infancia que te da vergüenza reconocer que te encantaba, es más, que incluso te afrenta haber visto. Pero hay demasiados testigos para no reconocer ahora que fui uno de los grandes fans de "Spy Kids 3D: Game Over" (Robert Rodríguez, 2003), con aquel magnífico Sylvester Stallone como el malvado Juguetero. No es decir ninguna tontería que ambos films están directamente conectados, la idea de Rodríguez llegó con más de una década de antelación, aunque el trabajo de Spielberg es indudablemente más atractivo. La sensación de sentar al espectador como público de un protagonista que es también espectador de su propia suerte es deliciosa, también sirvió como principal "objeto científico" de "Avatar" (James Cameron, 2009). Spielberg logra elevarlo al máximo y jugar con su delicioso y arquetípico juego de Hollywood, no nos engañemos, a todos nos gustan esas películas con buenos y malos enmascarados donde siempre triunfa el bien, y en eso Spielberg es un maestro. Es el director de cine por excelencia, cuando dices que te quieres dedicar al cine nadie dice: "¡Anda el Hitchcock!" o "¡Carmen, mira con lo que nos sale el Álex de la Iglesia este!". Siempre se oye un sonoro "¡Mira el Spielberg!". Mark Rylance realiza un trabajo excepcional, para su papel el director juega con aquello a lo que apeló Billy Wilder en su "Sunset Boulevard" y deja que el mundo (virtual) entero esté narrado por un personaje que lleva años muerto. Brillante también Simon Pegg del que no puedo decir más que el punto que sigue a continuación."Ready Player One" nos habla del futuro, del cine, de los videojuegos y nos trae lo mejor de Spielberg y Hollywood, siéntense y disfruten de cómo juega el maestro.