jueves, 30 de mayo de 2019

Un adiós a Pin Morales

Conocí a Pin hace solo unos meses, paseaba por la calle Luchana con Marisol Carnicero, la que fuera directora de producción en sus rodajes con Berlanga. Enseguida quedé cautivado por este hombre, con bastón y gafas, cuya imagen quedará en mí para siempre. Me llega la noticia del fallecimiento de Pin Morales, más de un mes después de su deceso el pasado seis de abril. Noticia que solo puedo recibir con la enorme rabia, tristeza y prepotencia que sugieren estos casos. El bagaje cultural de Pin era inmenso, iba desde el diseño de muebles a la pintura, recuerdo que estaba preparando una exposición hace unos meses. Su casa, frente al Palacio de Oriente, era a la vez un estudio y un lugar mágico –al menos eso me pareció– lleno de espejos y de sus pinturas, inmensas, trazos fuertes en negro sobre blanco. Era fascinante. Entrar allí, entre reflejos, luces y cuadros, para finalmente descubrir el salón con vistas a la inmensidad del Palacio Real. Es de esas imágenes que nunca olvidaré. Me contaba que Carlos Berlanga, su amigo, asistía allí asiduamente en sus buenos tiempos. Para mi todo lo que contenía aquel lugar era fascinante. Pin me sacó también un guión perfectamente cuidado y encuadernado de "Entre Tinieblas" (Pedro Almodóvar, 1983) del que había sido decorador. Dentro tenía alguna foto con Carlos y recortes relacionados con la película. Su labor en el cine empezó de la mano de Berlanga, con "Patrimonio Nacional" (1981), donde también participó en el departamento de vestuario. Logró esa fantasía de palacio prominente y sustancioso, aquejado por detalles rancios, como aquel retrato de Franco que sorprendía a López Vázquez. "Tu madre ha cambiado mucho", decía el Marqués de Leguineche. "Qué va, pero si sigue con los retratos de Franco", sentenciaba su hijo Luis José.


La carrera de Pin Morales, va desde Berlanga, con quien trabajó además en la tercera entrega de la saga Nacional, hasta Almodóvar, con quien completó la fantástica "¿Qué he hecho yo para merecer esto?" (1984). Siempre acompañado de Román Arango, su compañero, de ambos se dijo en sus primeras exposiciones conjuntas allá por los años setenta que eran "dos artistas singulares que exponen en común porque así gustan de hacerlo". Juntos hicieron también su carrera en el cine, y juntos diseñaron los figurines para "Ritmos" del Ballet Nacional de España, que tras su estreno en 1984 se ha seguido representando en múltiples ocasiones. Lo cierto es que me quedo con las ganas de haberle conocido más, de haberle estudiado más. España es uno de esos países que tiende a olvidar, lo cierto es que se vende muy mal. Pero Pin, de saber total y brillante sentido del humor, merece ser recordado. Escribo estas palabras mientras recuerdo a su perro correr de un lado a otro, tirar de la correa por la plaza de Ópera, mientras Pin le seguía feliz. También recuerdo a la vecina que le traía los dulces y una pequeña caja de latón donde guardaba sus preciadas galletas. En fin, Pin Morales se ha ido y nuestro es el deber de conservar su legado. Nuestro es el deber de no olvidar. Hasta siempre, Pin.

domingo, 24 de marzo de 2019

Pedro al desnudo

Un chico ve con su madre "Eva al desnudo" (Joseph L. Mankiewicz, 1950) doblada al español, le explica que la traducción correcta del título sería "Todo sobre Eva". Su madre le responde que «Todo sobre Eva suena raro». Han pasado veinte años del estreno de "Todo sobre mi madre" (Pedro Almodóvar, 1999), y ahora es su director quien se desnuda ante el espectador con su última película: "Dolor y Gloria" (Almodóvar, 2019). Una película que transpira cine, verdad –pero con el exquisito sentido plástico de la puesta en escena que caracteriza al director manchego–. Mis películas favoritas de Almodóvar son puro cine clásico, noir, dialéctica y puro melodrama. "Dolor y Gloria" no tiene nada de eso, se trata de un retrato interior, confidencias de un artista que habla consigo mismo y con quien quiera escucharle. Algunos medios han querido venderla como "la película de Almodóvar que gustará incluso a los que no le gusta el cine de Almodóvar". Definitivamente no. Uno debe estar interesado en la figura de uno de los mayores directores de nuestro país para disfrutar de su último film, una muestra de sus rutinas, de sus dolores –ilustrados por Gatti–, de sus fobias y de su excelente sentido del humor. La escena del coloquio en el Doré, donde Almodóvar escoge a Julián López como intermediario, es la mejor escena cómica de su cine, en varios años. Partiendo desde la excelente interpretación de Antonio Banderas –redimido por el dolor en la mayor parte del metraje– que, sólo aquí, se permite una imitación descarnada, divertida y ágil del director: es Almodóvar. La película, con un enorme sentido del ritmo, huye del acomodamiento. Esta escena viene seguida de otra, inmediatamente, puro drama: con la heroína de por medio. En otro momento de la película, crucial, el doctor le pregunta al personaje de Banderas: "¿Qué va a ser su próximo proyecto? ¿Drama o comedia?". Banderas va a responder algo sobre el proceso creativo cuando cae redondo víctima de la anestesia. Almodóvar no tiene miedo en reírse de sí mismo ("Tengo unas revistas en las que sales, vestido de mujer, que pronto se nos olvidan esas cosas"), porque confía en su arte. Algunos lo han tachado de ególatra. No lo creo, teniendo dos Oscar sólo nos ha enseñado el Bafta.

Raúl Arévalo, Pedro Almodóvar y Penélope Cruz

Asier Etxeandía
Decía que no creo que pueda gustar este film sin conocer el cine anterior de su director, o al menos disfrutarlo como un buen cinéfilo que va descubriendo pequeños guiños a su persona y a su arte. Banderas, lee y subraya, señala frases de otros –grandes autores– que describen perfectamente su estado anímico. "Estoy solo..." empieza a leer en uno de sus libros. Esta manía, o simple rutina, ya la vimos en el personaje que interpretaba Marisa Paredes en "La flor de mi secreto" (Pedro Almodóvar, 1995). La estructura narrativa de "Dolor y Gloria", directamente conectada con "La mala educación (2004), es otro tesoro, otra oda al cine. En ese monólogo que es "La adicción", que tan brillantemente interpreta Asier Etxeandía, habla en todo momento del cine, de su infancia, de la salvación, de las ganas de hacer pis al escuchar el agua en "Esplendor en la hierba" (Elia Kazan, 1961) o bajo la voz de Marilyn. De cómo su cine olía a orina y jazmín. De cómo todas las noches rezaba por las estrellas que ilustraban su álbum para que no les pasara nada: "No lo conseguí, ni con Natalie [Wood] ni con Marilyn". La película viaja por los recuerdos del director, salta de un personaje a otro, con total naturalidad, no echamos en falta una despedida, no nos preguntamos qué ha ocurrido con la Cecilia Roth del principio. Almodóvar navega por el pensamiento humano, y habla, ríe. No llora. "Los actores piensan que son mejores si lloran, pero la verdad está en aguantar el llanto". Todas las escenas de su infancia, junto a la inmensa Penélope Cruz, están tratadas con una belleza sublime. Veo, por primera vez en el cine de Almodóvar, como se desprende de todo artificio, para fijarse en los pececillos jaboneros, y en un grupo de mujeres que tienden la ropa sobre los juncos, mientras Rosalía canta "A tu vera". Todo bajo la mirada del niño Asier Flores, una mirada que es la de la nostalgia, la del chico del coro y la del primer deseo.

Pedro dirige a Julieta Serrano y Antonio Banderas

Almodóvar y Rosalía
La película menos almodovariana de su director, es la más Almodóvar. El retrato de la soledad de un hombre: "Todo lo que he ganado lo he invertido en esta casa, en estos cuadros". Un creador incapacitado para crear, por el dolor. Un chico que recuerda a su madre. Después de Penélope, aparece Julieta Serrano, como la Francisca Caballero que todos conocemos, la del dentista de "¿Qué he hecho yo parece merecer esto?" (1984) y la del programa de literatura de "Kika" (1993). Pero también es la de Chus Lampreave, la del refranero de "La flor de mi secreto" y la tía Paula de "Volver" (2006). Julieta Serrano nos vuelve a hablar de de su mortaja, de sus rosarios, de la tía Petra y de esas expresiones que sólo pertenecen a la madre de Almodóvar, que parece andar "como vaca sin cencerro". Hoy vemos a Julieta Serrano, igual que vimos a Chus o a doña Francisca, pero se nos atraganta la sonrisa, nos emocionamos. Vemos a Serrano caminar del brazo de Banderas y entendemos toda una relación que ha valido algunos de los momentos más brillantes de nuestro cine. Citaría aquí otra frase de Salvador Mallo, el personaje de Antonio Banderas, pero creo que es mejor que la vean. "Dolor y Gloria" llega distinta a cada persona, sería complicado abrir un debate sobre ella, no tiene una trama que te puede interesar más o menos, no tiene un personaje divertido y otro melodramático. No es dolor y gloria, el dolor y la gloria van en uno. En muchas de las películas de Almodóvar hemos visto a distintos personajes "ir a pillar", bien: nunca como en esta película, con la escena del cuchillo. Es simplemente ilustrativa, una gracieta. Pero es puro Almodóvar, no está Huma Rojo esperando en un coche, ni le pegan una paliza a Rossy de Palma, no es almodovariano, aunque esté su estética y su sentido del humor.

lunes, 25 de febrero de 2019

There's Something About Oscar

Olivia Colman puso algo de humor —y sentido— a la gala
La opinión pública ha sido unánime, el pasado domingo el Dolby Theatre de Los Ángeles acogió una de las peores ceremonias de los Premios Oscar. También una de las más cortas en años, lo que confirma que no es la duración lo que hace que la gala se haga más o menos pesada. Los problemas llegaban hace unos meses con la noticia de que Kevin Hart, el cómico convenido para conducir la gran noche del cine, decidía apartarse del evento tras la aparición de unos tuits comprometedores. Lo cierto es que si los hubieran leído al comienzo de la gala, la noche habría ganado mucho. Ni la gran Tina Fey estuvo oportuna —junto a Amy Poehler y Maya Rudolph— al comienzo de la ceremonia, claro que puede que el problema viniera de aparecer justo después de la actuación de los que algunos siguen llamando Queen. Unos chistes sobre los problemas que han concernido a la preparación de la gala y todo arreglado, Oscar al canto para Regina King (Mejor Actriz de Reparto por "El blues de Beale Street", Barry Jenkins, 2018). Primer síntoma de que algo raro ocurría en Hollywood, estábamos ante una noche negra para el cine, en todos los sentidos. Nadie le quitará a "Black Panther" (Ryan Coogler, 2018) sus tres premios de la Academia, decisiones que olían a chamusquina ya que todos dábamos por hecho que los premios a Mejor Vestuario y Diseño de Producción serían para "La Favorita" (Yorgos Lanthimos, 2018), una auténtica obra maestra, de época y con una relevante acogida por parte de la crítica. El film del cineasta griego, al que algunos comparan con el maestro Kubrick —que nunca recibió un Oscar por su labor como director—, es una auténtica obra de arte, grandes angulares, frivolidades varias y una historia de ambición shakesperiana. Todo el reparto es un regalo, al final Olivia Colman se alzó con la estatuilla a la Mejor Actriz por su papel en la película, ofreciéndonos el discurso más divertido de la noche. Lo cierto es que parecía ser el "único premio justo" de la velada. "¡Ahhhh Lady Gaga!", sentenció Colman al final de su discurso, en referencia a la cantante que estaba nominada en su misma categoría y que ya se había alzado con el Oscar a la Mejor Canción Original por "Shallow" de "Ha nacido una estrella" (Bradley Cooper, 2018).

Angela Basset y Javier Bardem presenta "el premio de Cuarón"

Cate
Parecía que los académicos se habían puesto de acuerdo para premiar a las minorías étnicas con el simple propósito de fastidiar al presidente Trump. Fue Javier Bardem quien tuvo que poner el acento político —y en castellano— hablando de muros y fronteras a la hora de presentar la Mejor Película Extranjera, premio que venía prácticamente dado de antemano a la "Roma" de Alfonso Cuarón, que también se alzó con los premios a Mejor Fotografía y Dirección. Todo muy repartido. No le faltó sentido del humor al cineasta mexicano al decir que "me encanta la categoría de Mejor Película Extranjera, porque crecí viendo grandes películas extranjeras como Tiburón o El Padrino". Lo cierto es que a este paso los mexicanos van a poder construir el muro a base de "óscares", pues en los últimos años han sido cinco los premiados a Mejor Director de esta nacionalidad, y eso sin contar los de Lubezki o los de Mejor Película. Este año no pudo ser para "Roma", saltó la sorpresa con "Green Book" de Peter Farrelly, aunque desde el Oscar al Mejor Guión Original ya pudimos ir preparándonos. ¡Algo pasa con Hollywood! Ferrelly, director de comedias sofisticadas como "Algo pasa con Mary" (1998) o "Dos tontos muy tontos" (1994), ha escogido un gran año para estrenarse en la dirección en solitario —sus grandes éxitos los dirigió junto a su hermano Bob— con una historia de racismo y homofobia en la América de los 60'. Mahersala Ali, con un peculiar gorro de lana, recogió el Premio al Mejor Actor de Reparto por su interpretación en la película. Sobria, calmada. Una película agradable. Una buddy movie. La opción menos arriesgada, la más "académica". ¿De verdad la han creído mejor película que otros títulos como "La favorita" o la estupenda "El vicio del poder" (Adam McKay, 2018)? ¿O no se han atrevido a votar el film de una reina inglesa y sus "compañeras" o al biopic del vicepresidente más temido de USA? El Oscar a Rami Malek estaba cantado, nunca mejor dicho, aunque yo hubiese preferido al gran Christian Bale y su Dick Cheney a base de tartas —engordó varios kilos para meterse en la piel del vicepresidente—. Poco que destacar en una gala sin presentador. En una Alfombra Roja llena de ridiculeces, en la que Glenn Close se disfrazó del Oscar que se le escapaba y hasta la imprescindible Cate Blanchett resultó cursi con su Armani Privé.

El equipo de Green Book recoge Mejor Película

jueves, 17 de enero de 2019

Obituarios


Siempre he sentido una atracción innata por los obituarios, tanto para leerlos como para escribirlos. Hay algo enternecedor en las palabras que se desprenden del teclado hacia un "recién muerto" como diría Igor en "El jovencito Frankenstein" (Mel Brooks, 1974), cuya adaptación ahora triunfa en madrileño Teatro EDP Gran Vía —sugerente patrocinio para el antiguo Teatro de la Luz—. Retomando el hilo. Más allá de las bonitas palabras que siempre surgen en el recuerdo de un difunto, hay algo de morbo en esta rama periodística, más incluso que en la sección de sucesos donde cientos de periodistas se agolpan al rededor de un pozo de 25 centímetros de diámetro. Lo primero que miro todos los años en Wikipedia es el primer muerto, este año el puesto ha sido para Ludwig W. Adame, historiador austríaco reconocido por su estudio de Oriente Medio y Afganistán. La muerte es también una enorme fuente de conocimiento, obviamente no para el finado sino para aquellos que leen sobre la vida del mismo. ¿Hubiera conocido al profesor Adame si no hubiese fallecido el 1 de enero de 2019? Probablemente no. Como tampoco me hubiese enterado del lanzamiento del último disco de David BowieBlackstar— si él no hubiera fallecido dos días después. Aún siendo un gran admirador de su persona, lo cierto es que tenía su actualidad musical un poco perdida aquel 8 de enero de 2016. La muerte nos acerca a las personas. Pero cuando las conoces es distinto, el morbo está en la disección discreta de un cadáver admirado. Si conocemos las luces y sombras del muerto nos convertimos en confidentes de una vida que termina perteneciéndonos. No me gusta escribir obituarios cuando he conocido al protagonista del artículo, sin embargo, es en esos momentos cuando sentimos la necesidad de escribir.

A 17 de enero ya he recibido la noticia del fallecimientos de tres personas conocidas: un vecino, un político y un amigo de la familia. Todas ellas me han afectado en mayor o menor medida, sólo con una he llorado —y este será el único detalle morboso que verán en este artículo—. No obstante, las tres muertes me han demostrado que según vamos enterrando a nuestros seres queridos nuestra actitud empieza a adquirir un importante grado de inviolabilidad. No es que nos importe menos, sino que el acto de morir deja de impresionarnos, que no de afectarnos. Pero, con el tiempo, los funerales empiezan a convertirse en actos sociales que sólo impresionan a los niños y al servicio. Mi abuelo empezó asistir prácticamente todas las semanas al funeral de un amigo, hasta que el suyo fue inevitable. Las tres personas conocidas que nos han dejado estos días compartían entre ellas una relativa juventud, todas estaban en la peligrosa franja de los "setenta y...", uno venía enfermo, pero los otros dos han sorprendido a familiares y amigos con su repentina muerte. Hace unos días un grupo de ancianos discutía en un típico bar español porque eran impares para jugar al mus, había fallecido uno de ellos y ahora se veían en ese dilema, cuando de repente uno se levantó y dijo con sorna: "No os preocupéis, la semana que viene volveremos a ser pares". Una cruel imagen castiza que a mi parecer define perfectamente nuestra relación con la muerte. La muerte es no poder volver a hablar con una persona. Por eso sentimos la necesidad de escribir obituarios, de recordarles, porque es una manera de estar con ellos, de hablar con ellos.


La primera de esas tres personas en fallecer fue Carlos de la Torre, el pasado 7 de enero. Parece mentira que le esté recordando, parece mentira que no esté. Crecí cerca de su figura, un hombre elegante, siempre de buen humor, cabecilla en las reuniones, amigo de sus amigos, era el bon vivant por antonomasia. Su nombre está ahora mismo en todos los kioskos, pues fue el primero en quién pensé para la despedida de Embassy que organicé con María Jesús Manrique —viuda del gran Berlanga—, comida que relato en el artículo que se publica en el actual número de Vanity Fair. Carlos era uno de los personajes de la jet set madrileña, siempre había estado ahí y guardaba anécdotas brillantes, historias de nuestra historia, que contaba con toda naturalidad. Quedó retratado como personaje en alguno de esos planos abarrotados que componía Berlanga, porque su cine era un vivo retrato de su círculo personal, vivencias, amigos y anécdotas componían el grueso de sus películas. Y Carlos estaba ahí, pero también estaba en Santoña, donde veraneaba estos últimos años, y en Toledo, de donde se sacó un marquesado cuando una vez le preguntaron en las Fallas de Valencia por su status, para completar una crónica social. Llevaba tiempo sin hablar con él cuando le escribí hace menos de un mes a cuenta del artículo donde salía mencionado, me lo agradeció y dejó pendiente una charla. "Ya hablamos".

Carlos de la Torre (con gafas) en una escena de "Nacional III"

Juan Cueto
Poco después recibía la noticia de la muerte de Juan Cueto, imprescindible en la crónica de la televisión, un gran pensador al que conocí como vecino y al que redescubriría a través de la publicación de una colección de artículos bajo el nombre de "Yo nací con la infamia". Siempre portando su característico bigote. Egoístamente solo puedo pensar en no haber tenido el valor suficiente para cruzar con él algo más que un "buenos días" o un "¿qué tal sigue?" y esas frases poco comprometidas a las que se acostumbran los vecinos. Cueto era un grandísimo periodistas al que descubrí tarde, sin embargo, su sentido del humor sobre el papel es una de las claves que merecen la pena ser recordadas y puestas en valor, en un mundo donde la prensa parece ahogada por lo políticamente correcto. La pluma de Cueto mantenía una facilidad absorbente para incidir en los temas más banales convirtiéndoles en buen periodismo. Así, podía hablar perfectamente de la audiencia de "¿Dónde estás corazón?" con Cantizano como del último spot publicitario de Freixenet.

Vicente "Tini" Álvarez Areces
Por último, hoy he recibido la noticia del fallecimiento de Tini Areces, ex-presidente del Principado de Asturias y senador por el Partido Socialista. Un hombre cercano y una bellísima persona, por encima de sus responsabilidades políticas. Cuando le conocí era Presidente del Principado, estábamos en la Expo de Zaragoza y recuerdo perfectamente como paró el habitual séquito que acompaña a los políticos, para saludar a mi abuelo. Ese mismo día me regaló un pin con la bandera de Asturias —ya saben que el pin es la distinción inequívoca de los políticos—. La última vez que le vi fue hace unos mese, en el funeral de mi abuelo. Me abrazó, nos abrazó. Dijo de mi abuelo que era una persona "afable, simpática y un trabajador de luchó duramente por la empresa. Nos deja una huella imborrable en Gijón, donde tiene una familia muy querida". Vicente Álvarez Areces tampoco se quedaba corto, abanderado siempre por su sonrisa, le recordaré siempre por su cercanía y su amabilidad. Era un hombre querido, a veces poco más se puede decir de un hombre —más incluso si ese hombre es político—. Mis pensamientos están estos días con las familias de Carlos de la Torre, de Juan Cueto y de Tini Areces. No es habitual que un obituario termine con una nota de pésame, pero ya les he dicho que no me gusta escribir obituarios de personas a las que conozco. 

martes, 13 de noviembre de 2018

España es Berlanga

Y Berlanga es España. Se cumplen ocho años del fallecimiento del gran genio valenciano y hoy, su apellido, es más citado que el de Rajoy entre los contertulios de la televisión. Para muchos Berlanga es inolvidable, el hombre, el erotómano, el pensador, pero lo que está claro es que lo berlanguiano es eterno. Su forma de definir nuestro país, nuestra gente, nuestras maneras, nuestros gritos y nuestras tradiciones le han convertido en un símbolo con forma de falla. Berlanga es el Quevedo del siglo XX, supo reflejar la picaresca española como nadie, imprimía en cada personaje una andanza de un nuevo Lazarillo, que dejaba anticuado a Don Anónimo, su autor. Los grandes intelectuales de nuestra época recurren a él y su cine para hacerse los chistosos en sus artículos y tertulias. Incluso impuesto como «negro», Berlanga, sigue siendo actual, divertido y brillante. La actualidad le trae a la palestra en cada noticiario, y su legado forma parte de la conciencia intelectual y artística de un país, del nuestro. El Berlanga creador nunca se olvidará, confío en que siempre habrá un pequeño ratón de biblioteca que sepa rescatarle del olvido. De momento me encuentro con una memoria colectiva muy reciente y adelantada, tanto del Berlanga "director" como del Luis "hombre". Rafael Maluenda prepara un documental, bajo el título de "B!" que promete ser el mayor documento sobre el autor de films como "Plácido" o "El Verdugo". El proyecto cuenta con el apoyo de grandes personalidades del cine, desde Concha Velasco a Alexander Payne, un contraste interesantemente berlanguiano. Por otro lado, el Ámbito Cultural de "El Corte Inglés" prepara un Homenaje por el 40º Aniversario de "La escopeta nacional", el próximo 20 de Noviembre, fecha particularmente apropiada para el evento. A partir de las 19:30h se rendirá culto al gran Berlanga en el Corte Inglés de Callao, demostrando que sigue vivo, que su legado va más allá de sus películas, que Berlanga es España y cultura popular.

El próximo 20N en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés 

lunes, 5 de noviembre de 2018

De Shakira nadie se olvida

Lentejuelas a contrapelo. Sábanas de seda. Vajillas de duralex. Persona. El perfil de Najwa contra la inmensidad del mar. Un karaoke. Un vestido de noche sobre la arena de la playa. Trato de encontrar tiempo para hablar de "Quién te cantará" (Carlos Vermut, 2018), pero me cuesta, porque es una película que no se puede reducir a una crítica. Es puro sentimiento, imágenes, grafismo, música. Al final la trama es lo de menos, aunque funcione como una bonita fábula sobre el poder, la admiración y el arte. Una famosa cantante pierde la memoria, su representante acudirá a su mejor imitadora para que le enseñe a ser ella misma. Desde esta premisa nos sumergimos en un mundo marcado por la estética, el desafío y la interpretación. La grandeza de Najwa Nimri es que interpreta en todo momento, el personaje (Lila Cassen) está haciendo de sí mismo, existe en ella un lenguaje corporal que va más allá de lo verosímil, y es lo que hace que cada escena se convierta en dogma de fe. Esa cámara lenta presentando a Natalia de Molina como una suerte de Hermano Mayor rompe-cristales y maltratadora, un personaje alejado de todo el entramado central y que, sin embargo, termina por darle sentido a todo. Najwa es arte, Natalia es España. Y entre ambas está Eva Llorach, el exquisito portento que Vermut a descubierto y que nos sirve en forma de un personaje sencillo y puro, pero un personaje. No aspira a más. Carme Elías completa el reparto con un papel que había sido pensado para Marisol que, retirada desde hace décadas, es la sombra que se interpreta entre bastidores. Hablan de que el film es almodovariano, el ansia del crítico por etiquetar, puede que haya un par de referencias al cine de Almodóvar y un plano calcado de "Tacones lejanos" (Pedro Almodóvar, 1991), pero la esencia es puramente de Vermut. Como en "La isla desnuda" (Kaneto Shindô, 1960), la película favorita de la cantante protagonista, la fuerza natural del cine, de lo visual, arrastra una historia que termina por distanciarse de lo que realmente nos está contando. Después de todo, el film de Sindô no deja de ser otra de esas vanidades de la antigua Lila Cassen.


No estamos ante la desfasada puesta en escena de "Magical Girl" (Carlos Vermut, 2014), sin embargo, de ella rescata un particular sentido del humor. La mujer que imaginaba la cara de sus amigos al ver caer a su bebé por la ventana, se ha transformado en una frívola cantante descontenta con su imagen, harta de ser vegana, manteniendo ese humor seco que contiene la mueca, pues no termina de romper en risas. La fotografía del inmenso Eduard Grau es cautivadora, cada fotograba es un regalo. En plena recuperación, aún en la clínica, el personaje ve la imagen de Shakira y no duda en reconocerla, de Shakira nadie se olvida. Tuve la suerte de asistir al estreno de "Quién te cantará" en el Cine Capitol, donde vivimos una experiencia sensitiva metafílmica, pues en ese mismo escenario se vive una de las escenas culminantes del film. Fue un estreno extraño, los Javis fueron a por sus palomitas, Santi Alverú cogió buen sitio en las primeras filas y Carlos Areces subió a por sus refrescos en el último momento, cuando ya no hay gente. Hasta ahí, todo normal. Pero con la proyección el público empezó a romper en aplausos con cada productora, había un ambiente de juerga nunca vivido en un estreno. Pronto todo se rompió con las impactantes imágenes del comienzo, sobre la playa. Había ganas de ver la película y eso se notó, como pocas veces he vivido en un estreno. Enrique López Lavigne vuelve a consagrarse como el productor más audaz del panorama español, y es que es tan heterogéneo como acertado. Con "Quién te cantará" trae de vuelta a uno de los grandes del cine español reciente, y es que como dijo Carlos Vermut ese día sobre el escenario: "No he hecho la película que quería, hemos hecho una mejor". El film es sin duda lo mejor que ha dado esta temporada nuestro cine, una postal etérea, una historia fiel con un humor asilvestrado, una pieza exquisita para guardar como recuerdo sobre una repisa. Después de esto, ¿quién nos cantará? ¿Amaral?

Carme Elías y Carlos Vermut

lunes, 22 de octubre de 2018

Noche de estreno

El pasado 17 de octubre se celebró el estreno mundial del musical El Médico, en el Apolo de Tirso de Molina. Se trataba del primer musical original español que se abría a todo el mundo, ya que los grandes éxitos de los teatros de Gran Vía no son más que licencias de los éxitos de Broadway. Al evento asistiría el mismísimo Noah Gordon, autor del bestseller que da nombre al musical. Entonces me llamaron para que llevara a distintas personalidades, conozco a uno de los productores y él me hizo el encargo. Yo, que nunca había ejercido como relaciones publicas, me vi tirando de agenda, pidiendo teléfonos y discutiendo con secretarios perdidos en las apretadas agendas de sus celebrities. La serie de Netflix, Paquita Salas, retrata por encima la intensidad que suponen los estrenos. Incluso llegamos a ver a Piti Alonso en uno de los capítulos, junto con David Sánchezforma una de las parejas profesionales más fuertes del sector. No hay programa de Corazón en que no vea a David dirigiendo el photocall. Pero lo que vemos en Paquita… no es más que la punta del iceberg. 


Un servidor, con Noah Gordon
La convocatoria era complicada, el mismo día se celebraban los premios de Harper’s Bazaar, evento que organizaban David y Piti. Afloró en mi el alma competitiva. Llegado el día del estreno me enfrenté a anulaciones en el último momento, que no son más que sitios vacíos que se deben cubrir con algún famosillo del montón. Por suerte el equipo del musical tenía una gran organización. Una vez allí sólo había que dejarse llevar por los flashes y los Gin-Tonics“Están sirviendo copas desde que llegamos, esto parece una discoteca”, me decía el actor Guillermo Montesinos. Cuando tantos conocidos se reúnen en un espacio tan pequeño las anécdotas se suceden y los comentarios cargados de ironía empiezan a aflorar. “Qué cantidad de ejecutivos”“Poniendo la barra tan temprano se arriesgan a que algunos no vean la obra”. “Está el ministro ese tan gracioso”. “Los toreros estos están en todas partes, menos en la plaza”. “Ésta se ha operado tanto que no la he reconocido”Y demás joyas que nuestros queridos famosos dicen de sí mismos. Eugenia Martínez de IrujoFrancisco RiveraÓscar Higares, Cristina PiagetLydia Bosch y un largo etcétera. Los rostros se sucedían ante la atenta mirada del gran autor: Noah Gordon, con el que tuve la suerte de hablar en el intermedio de la obra: “Me fascina la música”, al fin y al cabo era lo único que podía entender. Por otro lado, la puesta en escena es una maravilla, un desfile técnico exquisito, números musicales deliciosos perfectamente armonizados con los trucos de Jorge Blass y el vestuario de Lorenzo Caprile, que sobre las tablas parece volver a sus orígenes. Por no hablar del inmenso elenco, que cuenta, entre un larguísimo reparto, con la grandísima Sofía Escobar, venida directamente desde el West End de Londres. 

El gran Guillermo Montesinos


Los musicales son largos y las celebrities tienen la vejiga pequeña, el intermedio colapsó los cuartos de baño. Santiago Segura, reconocido amante de los musicales, apostó por tomarse un helado mientras atendía a ese grueso de pequeños nicolases que todavía logran colarse en los eventos, y que se dirigen a uno como “Santi, amiguete”sin conocerlo de nada. Lo digo yo, que cada vez que me encuentro con Santiago me tengo que presentar. Al final del segundo acto, los ministros empiezan a revolverse, no quieren ser atropellados por la marabunta por lo que ven la última actuación desde el pasillo. Allí estaban, Juan Ignacio Zoido Fátima Bañez acompañados de su comitiva, pegados a la puerta y deshaciéndose en aplausos. Carmen Lomana fue la primera —cuando hay clase, hay clase— en coger buen sitio junto a la salida, con el Cabify esperando en la puerta del teatro, no olvidemos que se ha postulado como candidata a las próximas elecciones por la alcaldía de Madrid. Todo salió dentro de lo convenido, al final pude hablar con Massiel“Parece una ópera, es espectacular”, había visto la obra. Le recordé cuando nos conocimos en los Goya, junto a Julita Salmerón, la protagonista del exquisito documental Muchos hijos, un mono y un castillo, que se hizo con el premio. “Sí, claro, este mismo domingo ceno con Julita en familia”, me dijo Massiel entusiasmada y divísima enfundada en unanimal print de leopardo. Cuando la ganadora de Eurovisión abandona la barra el estreno se puede dar por concluido, permítanme el chiste para concluir el artículo y un sonoro “olé”, como el que soltó Willy Montesinos cuando terminó su escueto discurso Noah Gordon. Los estrenos mejor dejárselos a David y Piti.