viernes, 9 de diciembre de 2016

La importancia de llamarse Kirk

Decía Oscar Wilde en "La importancia de llamarse Ernesto" (1895) algo así como que nunca cambiaba, excepto en sus afectos. Kirk Douglas cumple hoy un centenario de vida y parece no haber cambiado en absoluto, excepto tal vez en sus afectos, dos mujeres y cuatro hijos después con sus respectivas esposas (algunas valen por dos) parece que estamos ante la efigie del gran Kirk, el gladiador, el tramposo y el coronel. Aunque a simple vista no sepamos diferenciar entre Espartaco y la Katherine Helmond de "Brazil" (Terry Gilliam, 1985), uno de los grandes referentes en lo que a cirugía plástica cinematográfica respecta. El señor Douglas fue el primero el comprender la importancia de llamarse Kirk para triunfar en el caldo de Hollywood, donde su auténtico nombre, Issur Danielovitch, hubiese sonado a comunista acérrimo y probablemente hubiese sido víctima de la pluma de Hedda Hopper, mucho más peligrosa que el Comité de Actividades Antiamericanas. Probablemente el nombre nació de la brillante mente publicitaria, como la del visionario Hal B. Wallis, quien terminaría ofreciéndole su primer papel relevante en el cine con "El extraño amor de Martha Ivers" (Lewis Milestones, 1946). Pronto todos descubrimos que no era un galán habitual, había algo místico en esa barbilla que había nacido para hacerle la competencia a Cary Grant, entonces aparecieron el Método y los grandes papeles que le alejaron de la popularidad que en aquellos años disfrutaban los intérpretes de comedia, ganándose así el respeto del público y la crítica. Después de estos cien años sin duda pasará a la historia por ser el único actor al que se le resistió un Oscar por un biopic, ni "Champion" (Mark Robson, 1949) ni "El loco del pelo rojo" (Vicente Minnelli , 1956) lograron otorgarle el tan apreciado galardón. Más tarde la Academia le concedería el Oscar Honorífico en 1996, en un momento de crisis de salud, aunque ya han pasado veinte años y el actor sigue en plena forma, en 2011 hizo su última aparición en estos premios, bromeando sobre su relación con los mismos.


En estos últimos años hemos podido verle en las grandes celebraciones familiares que Catherine Zeta-Jones comparte en las redes sociales, últimamente proponiéndonos el juego de las siete diferencias entre Kirk y Michael, su hijo, a cada cual más avejentado. Entre el Honorífico, el Oscar de Michael Douglas como productor de "Alguien voló sobre el nido del cuco" (Milos Forman, 1975) y el de actor por "Wall Street" (Oliver Stone, 1987), éste sería la auténtica compensación de la Academia a Kirk, y el Oscar a la Mejor Actriz de Reparto de la nuera por "Chicago" (Rob Marshall, 2002) hacen que un 4% de su vida sean los premios que Academia dedicó a toda su prole reconociendo si figura como la del último actor del cine clásico, que aún hoy continua sonriendo, aunque parezca que físicamente no pueda dejar de hacerlo. Si se recordará eternamente a Kirk será gracias a dos grandes genios de Hollywood, dos nombres que aparentemente no tienen nada en común y que hicieron del hombre del hoyuelo en la barbilla una auténtica estrella. Joseph L. Mankiewicz es uno de los nombres más grandes de la industria, a lo largo de su carrera tuvo varias etapas de esplendor y en todas ellas se vio el rostro de Douglas. La primera en "Carta a tres esposas" (Mankiewicz, 1949) un clásico intemporal que miraba con humor las screwball comedias de Hawks y Cukor, y la segunda, más madura y personal, con "El día de los tramposos" (Mankiewicz, 1970). El otro genio fue Stanley Kubrick, casi un colega con el que levantó dos de sus proyectos más personales, pues iban más allá de lo que transcurría en la pantalla. Con "Senderos de gloria" (Kubrick, 1957) vimos la estrategia militar desde un lado completamente diferente, dando lugar a una interminable época de cine bélico que dio a la industria algunos de sus mejores clásicos. Con "Espartaco" (Kubrick, 1960), Douglas se entregó como productor y ofreció la mayor lucha para terminar con la Caza de Brujas, comenzando por destacar en los créditos el nombre de Dalton Trumbo, uno de los diez de Hollywood. Recientemente declararía el actor: "Mi mayor logro ha sido acabar con las listas negras". Decenas de cintas más le confirman como uno de los más grandes, "El gran carnaval" (Billy Wilder, 1951), "Acto de amor" (Anatole Litvak, 1953) o su mítica "20.000 leguas de viaje submarino" (Richard Fleischer, 1954). Incluso Fernando Trueba le ha hecho compartir escena con Penélope Cruz en "La Reina de España" (2016), por lo que hoy, cien años después, más que vivo, que también, se confirma como eterno.

jueves, 8 de diciembre de 2016

La llegada de Villeneuve a la Sci-Fi

Hubo un tiempo en que la ciencia ficción, término que no sería acuñado hasta la década de 1920, fue el género del futuro, relatos de lo inesperado que sorprendían con una brillante y verosímil narración, normalmente gracias a extranjerismos y teorías basadas en presuntos datos científicos que todos dábamos por ciertos con tal de mantener cierta esperanza sobre la historia. La Sci-Fi (abreviatura del inglés que empleo para no repetir "ciencia ficción") tiene un origen netamente francés, fruto del imaginario liberal revolucionario que caracteriza al pueblo gano. Precisamente se considera a Daniel Jost de Villeneuve uno de los precursores de este género con la publicación en 1761, aún bajo el absolutismo monárquico borbón, de "Le voyageur philosophe dans un pais inconnu aux habitants de la Terre". Después llegarían Mercier, Verne y finalmente el paso de la literatura al cine con Méliès, uno de los más implicados en dotar a sus fantasías utópicas de un carácter académico científico. Hoy es otro Villeneuve, Denis Villeneuve, natural del Canadá francés quien nos devuelve con su quimérica visión a la verdadera Sci-Fi, aquella donde los avances científicos, las naves especiales y los extraterrestres son un mal necesario para reflexionar sobre la condición humana. "La llegada" (Denis Villeneuve, 2016) rescata una ciencia ficción que poco tiene que ver con las grandes sagas de guerras intergalácticas, o incluso con el "Blade Runner" (Ridley Scott, 1982) que el propio director devolverá a la vida el año próximo con "Blade Runner 2049". Está más ligada a ese "Viaje a la Luna" (Georges Méliès, 1902), donde los pizpiretos científicos trataban de comunicarse con los lunáticos, y por supuesto se ve en línea directa con "Encuentros en la tercera fase" (Steven Spielberg, 1977) y su mítico François Truffaut comunicándose a través de aquellos sonidos inolvidables.


"La llegada" es por tanto una mirada esperanzadora hacia el ser humano, una especie de pretexto que nos justifica y nos salva con una nueva oportunidad, quizás en ello esté el matiz más inverosímil de la película. Todo el desarrollo del conocimiento humano y la comprensión de la lengua es lo que la distancia de aquel cine de Spielberg, dotado de una bondad innegable que aquí se pierde en la estricta formalidad que embriaga todo el guión. Una responsabilidad argumental requisito para mantener el pretendido rigor que puede llegar a levantarnos cierta sonrisa cuando huye levemente del protocolo, mientras esta fachada de suma elegancia cinematográfica no es más que una excusa para filosofar sobre un futuro que tiene el tiempo contado. Es en este momento donde conecta con cierta aura trascendental de "2001: Una odisea del espacio" (Stanley Kubrick, 1968), con quien incluso tiene algún que otro guiño visual, como esa nave que guarda ya cierta apariencia física con el monolito de Kubrick y a la que se le sacan planos muy favorecedores al recuerdo del cinéfilo. Villeneuve ha mostrado aquí no solo su gran capacidad como narrador de historias, sino también su gran inteligencia como humano prudente a la hora de descargar toda la pretenciosidad que termina por destrozar el mito de "2001...". Otra astuta propuesta del director canadiense ha sido la de situar a Amy Adams como protagonista absoluta, una fémina capaz de convencer al mismísimo General Shang, dejando atónitos a Jeremy Renner y Forest Whitaker y a un público que se entrega desde el primer momento. La narración que propone Eric Heisserer en el guión es el punto más atractivo del film, sobre todo por la creación del flash-ahead que los freaks reciben con entusiasmo junto a los heptápodos. Quede remarcar que la enorme alabanza hacia el film no es más que el fruto de la falta de un buen producto en el mercado habitual y probablemente se vea incrementada por la espera del siguiente film de Villeneuve. "La llegada" es una magnífica película pero no parece verse destinada a la trascendencia.

lunes, 5 de diciembre de 2016

1898. Los últimos de Filipinas

España ha sido siempre cuna del péplum y el cine épico, su característico perfil orogénico ha dado pie a convertirse en escenario natural de este género que hizo las delicias de Hollywood en la década de 1960, tomando a Samuel Bronston como mecenas, quien trajo aquí grandes producciones como "El Cid" (Anthony Mann, 1961) o "55 días en Pekín" (Nicholas Ray, 1963). Aunque el cine histórico no ha abandonado nunca nuestro país nunca había tenido un carácter historiográfico, hasta la llegada de "El Ministerio del Tiempo" (TVE, 2015-actualidad), que precisamente dedicaba dos de sus episodios más largos y oscuros a la resistencia española en Baler, cuerpo argumental de "1898. Los últimos de Filipinas" (Salvador Calvo, 2016). Una historia que marca a España como el fin de sus cuatro centurias de Imperio, sólo el régimen de Franco pudo hacer de ello algo grande (en "Los últimos de Filipinas", Antonio Román, 1945). La versión de Calvo es sin duda mucho más deshonrosa y poderosamente visual que aquella versión, aunque ambas compartan un reparto de lujo. El film que habita estas semanas en nuestra cartelera parece nacido para la televisión, el planteamiento, la estructura, el guión e incluso muchos de los actores y el propio director son ya atributos que relacionamos con la pequeña pantalla, donde probablemente (con una buena publicidad) hubiese tenido un mayor recorrido. Todo ello que no quite mérito a un film espectacular que rescata la épica de antaño y que, pese a lo dicho, se esfuerza al máximo para ser un largometraje. Una fotografía que nos lleva directamente a los grandes trabajos de Álex Catalán, se palpa constantemente las cascadas de agua de "La isla mínima" (Alberto Rodríguez, 2015), y la imparable música de Roque Baños, un maestro que ha salvado más de una película con sus partituras. 


Cuando Pilar Miró proclamó la fuerza del teatro clásico español adaptando en 1996 "El perro del hortelano" (Lope de Vega, 1618), se dejó en el aire una serie de adaptaciones brillantes que aún hoy esperamos mientras repasamos los "Estudio 1" (TVE, 1965-1984). Sin embargo cuando Pablo y Javier Olivares tomaron la historia como el nuevo hit de nuestra era parece haberse apuntado todo el mundo, y la época colonial es la que más gusta al público. "1898. Los últimos de Filipinas" es fruto de todo ello, el mismo título oficial ya nos suelta una de esas fechas que todos dejábamos sin subrayar para los exámenes. Si la versión de Román era prácticamente un canto al alma española desde la derrota, Salvador Calvo se sitúa en las antípodas, ofreciendo la deshonrosa y sucia batalla que levantaron una serie de españoles incomunicados, más cercanos a "La guerra de los locos" (Manolo Matji, 1986) a lo que colabora un brillante Javier Gutiérrez, que recoge la estela de un Eduard Fernández que parece dejarse morir para no ocupar todas las nominaciones al Goya al Mejor Actor. El guión de Alejandro Hernández maneja con eficacia los tonos de suspense, de rabia y de acción (esta última muy medida e inteligentemente repartida), sin embargo el proyecto es de tal calibre que los personajes quedan descolgados y el final se va alargando de innecesarias cámaras lentas, muy televisivas por otro lado. Otro elemento excelente del guión es el personaje de Patrick Criado pues, como el espectador, lo ve todo desde fuera e incluso grita eso que todos estamos pensando desde nuestra butaca: "¡No vais a morir por España, vais a morir por imbéciles!". El reparto está intachable, y la cinta juega con el enfrentamiento de dos generaciones, con Luis Tosar al frente. Así podemos ver por primera vez juntos a Ricardo Gómez y su voz de Carlos Alcántara en las carnes de Carlos Hipólito, o disfrutar de cómo Karra Elejalde fuma la pipa de la paz con Carlos, Rey Emperador (Álvaro Cervantes). Cumple con sus funciones historiográficas siendo el brillante retrato de una épica donde el héroe es vencido, en lo cinematográfico no mide bien los personajes y los tiempos. En algún momento me vino a la cabeza "El Dorado" (Carlos Saura, 1988), en el sentido más pedante del término. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

Oh, polémica Navidad

La irascibilidad de nuestra sociedad es una terrible consecuencia de una absurda libertad que nos ataca como arma de doble filo. Hoy en día poco hace falta para levantar una polémica, entre el feminismo, el nacionalismo y la "responsabilidad social", resulta casi imposible ser políticamente correcto en una sociedad donde serlo ya es incorrecto. Antes eran las propias películas las que levantaban ampollas entre los exacerbados, ellas mismas se buscaban que quemasen las salas donde se proyectaban. Ahora, para hundir una película, si es preciso se recatan palabras que el director dijo hace más de un año y que no tienen nada que ver con el contenido del film. Cuando volví del Festival de San Sebastián en el que le fue entregado el Premio Nacional de Cinematografía a Fernando Trueba, tuve la suerte de acudir a un pase de "París-Tombuctú" (Luis García Berlanga, 1999) en la Academia de Cine en su formato original, poco antes de empezar dos ancianas comenzaron a discutir sobre la dirección del film. Una de ellas juraba por lo más sagrado que si le habían metido en una película "del Trueba ese" abandonaría la sala sin pensarlo, tuve que resolverle la duda para darme cuenta de que el cine está perdido. No le interesaba en lo más mínimo lo que iba a ver, lo más probable es que había ido para salirse, para contar la anécdota en sus reuniones de los miércoles de que "se había marchado de una película del Trueba ese". La estrategia quedó completamente destruida por mi intervención y hubo de tragarse el film completo de Berlanga, soltando algunas risas que igualmente hubiesen aflorado en "Belle Époque" (Fernando Trueba, 1992) si en los títulos se hubiese suprimido un nombre. Quién sabe si ocurriría lo mismo con "La Reina de España" (Fernando Trueba, 2016), aunque el guión de esta última esté bastante alejado de aquella, o del de su propia predecesora, "La niña de tus ojos" (Fernando Treuba, 1998).


La última polémica que trae de cabeza a la gente más ridícula es un cartel publicitario de la serie "Narcos" (Netflix, 2015-actualidad) en la madrileña Puerta del Sol, donde se ve al actor Wagner Moura, caracterizado como el narcotraficante Pablo Escobar, acompañado por una simpática felicitación: "Oh, blanca Navidad". Un eslogan brillante, original y divertido que vuelve a llevarnos a aquella publicidad sin complejos, a aquel tiempo en el que no estábamos censurados por la libertad. Este pequeño gesto ya ha traído consigo cientos de viejas chillonas con gafas de culo de vaso, jóvenes proabortistas que se tiran pintura roja por encima en los sanfermines y yonquis a base de metadona que quieren ser concejales, todos ellos seres malpensados que buscan una segunda lectura a una navideña y cariñosa felicitación. Se leen comentarios como "estas series sólo hacen daño a la sociedad", que muestran una vez más a la basura como destino del producto audiovisual, a merced de las audiencias, lo que no es viral se desecha y eso conduce a la ignorancia cinematográfica y cultural en general. Los niños son cada vez más viejos, y los viejos cada vez se parecen más a sus padres. Cabe aquí perfectamente una reivindicación a la famosa frase de Alfred Hitchcock: "Siempre haga que el público sufra tanto como sea posible", necesitamos que la cultura vuelva a hacernos sufrir. Incluso las películas subvencionadas con el águila del franquismo eran más punzantes y ácidas que las plastas históricas y burdas comedias que habitan hoy en nuestras carteleras. Hitchcock pudo hablar desde su posición de dominante de masas, sin embargo Charles Bukowski (provocador nato) declaró bajo las incesantes críticas de los padres de los anteriormente citados: "¿Dónde han ido a parar las audiencias que eran capaces de elegir y discriminar?". Todo nos lo dan hecho en molde, sólo espero que el cartel de "Narcos" presida en fondo navideño el día de las campanadas.

Hitchcock al servicio de las modas

lunes, 28 de noviembre de 2016

Famosos en los fogones

Cuando funciona una fórmula sólo hace falta camuflarla con un look distinto para volver a captar cientos de espectadores, para ello TVE, con su extraña forma de renovación de programas, ha decidido ofrecernos su mítico MasterChef con una serie de famosos que se defienden con gracia ante los fogones. Como en todo reality show nos encontramos con una serie de catastróficas escenas en las que vivimos todos los rifirrafes, lágrimas y amores que se ponen sobre la mesa con total naturalidad. ¿Hay alguna edición del programa culinario más famoso del mundo en la que no lloren todos sus concursantes? MasterChef Celebrity no iba a ser menos. Desde luego se debería dedicar algún programa de investigación, al estilo Évole o Comando Actualidad, donde se estudiase el efecto sentimental que producen este tipo de programas sobre los telespectadores. Y que al menos alguien nos respondiese a la pregunta, ¿son estos los auténticos famosos? Porque sí es así a algunos es mejor no verles fuera de su papel, o como la genial Loles León que nunca abandona su papel, histriónica y natural, resulta el personaje más humanizado de esta edición, junto con Cayetana Guillén-Cuervo, pura dulzura y belleza ante esta olla a presión. El resto de concursantes siguen su cometido, los guionistas del programa tienen un amplio juego con ellos y nos ofrecen un repertorio delicioso de clichés y frases épicas, que de vez en cuando sufren un giro inesperado. Véase el programa de la semana pasada, donde El Cordobés, tan cariñoso con su mujer y alegre, abandonó el programa entre humillación y humildad. Aunque me quedo con el "Estaba cantado" de Loles, a la marcha de Estefanía Luyc.


Solamente María del Monte podía haberse marchado por la puerta grande como lo hizo, con cita directa a "Morena Clara" (Florián Rey, 1936) y un semblante flamenco por delante. Lo que demuestra que la existencia del guión llega hasta cierto punto, pues con los famosos guárdese uno cuidado. Miguel Ángel Muñoz y Fernando Tejero deben de ser los mejores actores del mundo, pues ni se puede ser tan brillantemente optimista como el primero, ni tan rencoroso como el segundo. Claro que los comentarios subtitulados de Tejero y Loles en lo alto, mientras otros cocinan, podría formar un spin-off por sí solo. Loles lo demostraba recientemente en "La Reina de España" (Fernando Trueba, 2016), existe cierta humanización en su personaje que nos hace reconocernos como producto español. Y por encima de todo esto están los jueces, esos seres omnipresentes, capaces de humillas al más débil, y a los que se les borra la rigidez en cuento expulsan al concursante. Claro, ya no es suyo, ahora vuelve a ser su amigo. Una extraña relación que se da programa tras programa, en esta y todas las ediciones, y que conforma el esqueleto de vanidades y rivalidades que compone y sustenta el mundo de la televisión. Benito Pérez-Galdós comparaba la vida con el trayecto de un tren en "La novela en el tranvía" (1871), hoy estamos más cercanos a un programa de MasterChef, unos entran y otros se van, y mientras permanecen, lloran, se critican, se aman y ganan pruebas absurdas para terminar marchándose. Disfruten pues de este divertido retrato de la vida que cuenta con unos intérpretes de lujo, puede que al telespectador un millón le regalen un dedo de Cayetana, o una Minipimer de Loles.

domingo, 27 de noviembre de 2016

La reina de sus ojos

Entre polémicas ha llegado a los cines "La Reina de España" (Fernando Trueba, 2016), un homenaje a la industria que recupera una esencia y glamour que no veíamos desde que Hollywood dejó de hacer aquellas descomunales superproducciones de cine épico que disfrutaba de nuestra España como decorado natural. Trueba es consciente de esa época, ha cultivado su cinefilia con las reposiciones de estas grandes cintas en los cine de doble sesión y en la filmoteca, por todo ello se ve como cada plano está cuidado con mimo, por él y por todos los actores a los que se ve gozar con el reencuentro dieciocho años después de "La niña de tus ojos" (Fernando Trueba, 1998). Las declaraciones del director cuando recibió el Premio Nacional de Cinematografía no calaron con la intención con la que se habían formulado, y en las últimas semanas se han rescatado con la intención de boicotear el film, que con ese título tan nacional tiene gran parte de la publicidad servida. El despliegue de la distribución ha sido también más que considerable, no solo en la televisión (o mejor dicho, en la cadena que participa en la producción) sino que resulta imposible ver un vídeo de YouTube sin toparse un par de veces con los cientos de spots que recogen algunas de las mejores escenas de la película. Otra de las grandes polémicas que han acontecido en las semanas previas al estreno del film ha sido la demanda, por parte de Carlos López y Manuel Ángel Egea, por los derechos de los personajes, pues figura como co-autores del libreto de "La niña de tus ojos". Claro que cuando uno ve ambas película comprueba que los personajes que en ellas habitan son puramente del vientre nacional, es decir, una astuta reproducción de las distintas corrientes del "typical-spanish". Además de intuirse que las mejores escenas del anterior film salían del ácido humor de Rafael Azcona, con la prosa narrativa de David Trueba, a los que se echa en falta en esta segunda entrega.


"La Reina de España" tiene la pose de un film clásico, incluso cuando los elogia introduciendo a Penélope Cruz en el Technicolor junto a Kirk Douglas o en los cines que lucen en sus vallas carteles de "El malvado Carabel" (Fernando Fernán Gómez, 1956). Sin embargo la estructura narrativa es algo irregular, las escenas se empalman una detrás de otra sin una lógica cinematográfica, sin esos recursos brillantes que el director alaba de Billy Wilder. Es el propio Fernando Trueba se refiere a la composición del guión como una necesidad pues "los personajes seguían estando ahí, no se habían ido, no se habían quedado en la otra película. Habían sacado las patas del tiesto y venían a contarme cosas." Así es precisamente la película, destellos brillantes de esos personajes, un buen número de escenas deliciosas que sirven para hacer veinte trailers llenos de atractivo y risas, pero con un hilo argumental algo delicado para sostenerlas. Nuevos personajes exquisitos, como el de Ana Belén y su marido "el Secretario General del Movimiento", quedan abandonados en el metraje dejándonos con la miel en los labios, y otros como el de Jesús Bonilla (prácticamente sustituido por Javier Cámara) quedan excesivamente escuetos. Hasta que llega un momento en el que todo se comprende, especialmente con aportaciones como la de Ramón Barea, Anabel Alonso, Enrique Villén o Manuel Tallafé, secundarios de lujo que tienen su momento de gloria en sus cortas y poderosas escenas. Es entonces cuando comprendemos que "La Reina de España" es un homenaje a nuestro cine, a nuestros profesionales, a todos aquellos de los que disfrutamos en prácticamente la mayoría de nuestro surtido audiovisual. El film entra así en otra liga, en un escalón superior donde el espectador debe disfrutar a toda costa, dejarse suceder por las escenas y ver el atractivo que gana en los paralelismos con su precuela (¡Esa Penélope cantando en inglés con acento andaluz!). En esta liga entran películas como "La vuelta al mundo en ochenta días" (Michael Anderson, 1956) "El mundo está loco, loco, loco" (Stanley Kramer, 1963), grandes producciones de un importante legado cinematográfico, donde el argumento es una mera excusa para retratar a los más grandes de una época. Si apuramos podríamos decir que este género nació con "El nacimiento de una nación" (D. W. Griffith, 1915), y sigue la línea-homenaje de "El crepúsculo de los dioses" (Billy Wilder, 1950), el mayor reconocimiento al cine y sus protagonistas.


Resulta fascinante la facilidad con la que los intérpretes vuelven a sus antiguos roles, Santiago Segura regresa a uno de sus mejores papeles con total naturalidad, saliendo del "personaje Segura" al que nos tiene acostumbrados. Sin duda es Loles León la que se lleva la palma, pues parece que en todos estos años no ha abandonado su tono medio de voz y su capacidad para destacar entre las estrellas (¡esos chismes del backstage de Hollywood!). Todo ello forma parte de ese telón de fondo que ilustra esta magnífica fábula de la época dorada construida a base de cartón-piedra, con técnicas que Trueba sabe situar con cierto humor, humanizando a la máquina del cine. Un recurso brillante que llama a esa naturaleza del cine, perdida en verosimilitudes absurdas que pierden a sus personajes por el camino. El gran Alfred Hitchcock fue uno de los grandes defensores de esta técnica cuando en los años 50' continuaba reinventando viejas técnicas con poderosos guiones. Existe en "La Reina de España" una cierta necesidad de labor historiográfica sobre el cine, ya sea por la participación de directores como Arturo Ripstein o Juan Antonio Bayona, por un fantástico Clive Revill como una astuta caricatura de John Huston o ciertos diálogos de Rosa María Sardá evocando al teatro y elogiando las míticas Conversaciones de Salamanca. Completando el reparto original reencontramos a Neus Asensi y Jorge Sanz, que parecen ser los únicos que mantienen esa libertad sexual del pasado, y un Antonio Resines sobre el que giramos constantemente. Como grandes incorporaciones destaca la reunión de Mandy Patinkin y Cary Elwes casi treinta años después de "La princesa prometida" (Rob Reiner, 1987), aunque apenas intercambien una línea de diálogo. Y por supuesto la llegada oficial de Chino Darín a nuestro cine camuflando su acento argentino con una formidable contención y aguantando con descaro su posición de partenaire de Penélope. Si aman el cine, no duden en disfrutar descifrando todas las claves cinéfilas de "La Reina de España".

lunes, 21 de noviembre de 2016

Sagas fantásticas y cómo crearlas

Una vez más el respetable público tiene motivos para verse invadido por el agobio, la opresión por verse superado por una nueva saga cinematográfica que apuesta con una valiente estética y un cuidado universo que capta con facilidad nuevos afiliados. No hay nada que me cause más terror y envidia que saber que tras mi fenecimiento aún andarán en las salas magos y duendes riéndose con sorna desde su inmortal poyo. ¡A cuántas generaciones (y actores) se ha llevado ya por delante el Agente 007! Ante esto no nos queda más que resignación y afrontar con la admiración que merece esta nueva saga fantástica que surge de la mágica pluma de J.K. Rowling, cada vez más dueña del universo cinematográfico que nació a partir de sus populares libros. Resulta delicioso ver como "Animales fantásticos y dónde encontrarlos" (David Yates, 2016) disfruta de un guión invadido por el acento british de su autora que no se resigna a elevar la bandera de la Union Jack sobre otra, sino a levantar un pasado brillante sobre los oscuros acontecimientos de nuestra historia, y con una astuta mirada hacia la egoísta visión de la raza humana. En todo ello se disfruta con la antológica visión de David Yates sobre un universo que ya ha asumido como propio y que maneja con elegancia, desde el cariño y la magia del cine, con la brillante incorporación de Philippe Rousselot, un auténtico maestro de las sombras al que le debemos la fotografía de films como "Big Fish" (Tim Burton, 2003) o "Sherlock Holmes" (Guy Ritchie, 2009). No soy un gran partidario de es nueva moda de las películas oscuras que sólo se pueden ver con claridad en las salas, como las últimas de la saga de Potter, sin embargo la luz de Rousseloy sabe respetar esta moda con identidad propia, regocijándose en los colores tenues y en unos deliciosos tonos pastel en medidas escenas. Todo muy marcado por la cansina división hollywoodiense entre el bien y el mal, fantásticos Colin Farrel y Johnny Depp en su papel, por cierto.


El planteamiento de este film que pretende abrir una pentalogía se mueve sobre terreno seguro, un funcional trío protagonista que bien podrían ser los homólogos de Harry, Ron y Hermione, con un añadido femenino que eliminaría todo conflicto posible sobre los futuros amoríos, como también tuvo que salir al rescate Ginny Weasley en la anterior saga. Con el merchandising servido y una época emblemática que abarcar (Nueva York en los años 20'), muy mal tenía que darse para no convertirse en todo un éxito de masas que capta a una nueva generación de magos. Sin olvidar en ningún momento a la anterior, para ello compruébense las sonrisas de oreja a oreja cuando se nombra a Dumbledore o a Hogwarts, hinchándose así el pecho del espectador que se siente ya como un ex-alumno aventajado. La representación de la brecha cultural entre ingleses y americanos es también brillante, no sólo por el viaje del underground al subway o de los muggles a los nomags, sino por todas las comparaciones políticas y culturales, véase esa Presidenta y toda la rasgadura cultural entre inmigrantes. Si el metraje del film llega a producirse este año podría haberse titulado "Animales fantásticos en los tiempos de Trump", claro que el film parecía orientado a una posible victoria demócrata, con Jon Voight como figura del americano blanco que por más de que pierda un hijo sigue sin importarnos. Resulta fascinante la forma en la Rowling nos sitúa contra nosotros mismos, y lo aceptamos con especial implicación. Respecto al Eddie Redmayne protagonista, parece haberle quedado alguna secuela de su Oscar por interpretar a Stephen Hawking, pues se le ve en todo momento encogido, tartamudeando y mirando al infinito, claro que ambos son seres que prefieren otro mundo. Uno el de la ciencia y otro el de las criaturas mágicas, tampoco tengo claro cuál prefiere cada uno.