lunes, 29 de agosto de 2016

Gene Wilder, el rostro de la comedia

Nunca he reído tanto ante una pantalla como cuando en ella deambulaba Gene Wilder, ya fuera satirizando a la industria como productor de Broadway, seducido por una hermosa oveja armenia o embriagado por el temor de haber despertado a un gigante de dos metros con el cerebro de A-Normal. Logró convertirse en la mayor estrella de los años setenta, llegó a coronarse como el rey de la comedia que todos calificaban de absurda y que, como muy bien comprendió junto con su mentor Mel Brooks, de absurda no tenía más que la velocidad. Su rostro le catapultó en el cine con la maldición de la comedia, maldición pues en aquella época era considerado un género menor, un entretenimiento grosso para mantener las butacas de los cines calientes, fue él como rostro de una generación quien comenzó a cambiar las tornas. Primero con su papel como rehén de "Bonnie y Clyde" (Arthur Penn, 1967) y consecutivamente con su nominación al Oscar como Mejor Actor de Reparto por "Los productores" (Mel Brooks, 1967), desde entonces no tuvo frenada. Los títulos largos y absurdos, llenos de matices que pronostican una mala comedia, fueron su especialidad, con ellos lograba voltearlos y hacerlos así mismo creando una fe de culto hacia esa comedia, con protagonistas tan significativos como el propio Brooks, Woody Allen, Zero Mostel, Cleavon Little o el magnífico Marty Feldman, cuya fundacional carrera quedó truncada por un marisco en mal estado ingerido en el fin de rodaje de "Los desmadrados piratas de Barba Amarilla" (Mel Damski, 1983), las órbitas se salieron de sus ojos. Wilder destacó como la mayoría de sus compañeros, alcanzando el éxito familiar con "Un mundo de fantasía" (Mel Stuart, 1971), un film definido como el interior de una pastilla de LSD, una película eclipsada en su momento por los éxitos que acontecieron, y que le devolvió a la fama en los últimos años.


La primera vez que recibí un meme de Internet con su rostro y una frase absurda bordeándole no entendí nada, el viejo Gene Wilder había llegado a las nuevas generaciones, una absurda e insustancial manera de darse a conocer, cuando su cine es visto hoy sin razón ni distancia. Sus papeles cómicos resultaban realmente delirantes y divertidos, sin embargo cuando la comedia surgía de un personaje serio mis lágrimas eran incontrolables, ya fuera doctor, productor o un rudo cowboy, siempre era capaz de exprimir su papel hasta el mejor de los gags. Entonces fue cuando comenzó a colaborar en los guiones, fue nominado al Oscar junto con Mel Brooks por "El jovencito Frankenstein" (Brooks, 1974), aprendió el oficio de primera mano y continuó regalando carcajadas. No fue casualidad que el propio Woody Allen contase con él para su film más satírico y desproporcionado, "Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo* pero nunca se atrevió a preguntar" (Allen, 1972), ni que su primera película como director fuese la gran parodia que desmitificarla al personaje más emblemático de la literatura universal, "El hermano más listo de Sherlock Holmes" (Gene Wilder, 1975) fue toda una declaración de intenciones. Su comedia fue heredera directa del camarote Marx, con look a lo Harpo incluido, sin embargo fue toda su generación la que hizo de ella un referente con miles de afiliados. Mientras ellos disfrutaban de una noche en la ópera o una caliente sopa de ganso. Su imagen siguió en primera fila, "El rabino y el pistolero" (Robert Aldrich, 1979) supuso la incursión en la comedia de su mítico director y de un joven Harrison Ford, guiados por el arrítmico cabalgar de Wilder. Incluso volvió a marcarse un pleno como director con "La mujer de rojo" (Gene Wilder, 1984), donde homenajeó la mejor comedia europea, donde realmente se midieron muchos de sus éxitos.


Sus rizos rubios, su mirada azul intenso y su sonrisa de medio lado le convirtieron en un icono, en el último tercio de su vida se vio acosado por una terrible enfermedad que él siempre llevó con una sonrisa de medio lado, dolorido, como siempre se había ocultado tras el celuloide. Pocos saben quien era en realidad el auténtico Gene Wilder, tal vez su última esposa Karen Boyer lo sepa, hoy toca despedirnos del hombre de rizos rubios, mirada azul intenso y sonrisa de medio lado, del hombre que nos hizo llorar de la risa, el cineasta que hizo de la parodia un género sin nada que envidiar al drama, el actor nos miró a los ojos, nos contó la verdad y soltó una tremenda carcajada como si de un chiste se tratase. Efectivamente nuestra vida no es más que un chiste, una broma que gana o pierde según quien la cuente y la gracia que tenga en hacerlo. Antes se ha hablado de un Wilder y un Sherlock Holmes, no se confunda con "La vida privada de Sherlock Holmes" (Billy Wilder, 1970), una espinita que el director de origen judío quiso sacarse adaptando al mítico personaje de Sir Arthur Conan Doyle, aquí quien es relevante es Sigerson Holmes, su hermano más listo. No quede pues más que despedirnos, un lento fundido a negro, pronunciamos suavemente Frau Blücher y esperamos la tormenta y el relinchar de los caballos, el sonido de un violín, unos dicen Aigor otros Igor, unos se empeñan en hacerse llamar Fronkonstin siendo verdaderos Frankenstein, Mary Shelley deambula perdida y solo cabe un nombre: Gene Wilder.

Maxcotas: The Secret Life of Toys

Cautivado por el sofisticado Nueva York de "Café Society" (Woody Allen, 2016) decidí no salir de la ciudad, ni del cine, y meterme de lleno en una historia de animación que sucede íntegramente en la emblemática ciudad que Illumination Entertainment ya había conquistado con "Los Minions" (Kyle Balda y Pierre Coffin, 2015). La productora, que promete ser uno de los mayores rivales de Pixar desde que DreamWorks fuese adquirida por Universal, se entrega este año con "Mascotas" (Chris Renaud y Yarrow Cheney, 2016), recordando desde el primer momento que ellos son los creadores de los políglotas seres amarillos con un cortometraje innecesario, muestra de la falta emocional que los diferencia de Disney Pixar (alabados internacionalmente por "Piper", Alan Barillaro, 2016, cortometraje que acompaña el film "Buscando a Dory", Andrew Stanton y Angus MacLane, 2016). No es demasiado difícil entretener a los niños, cada vez más pequeños, ya que los que tiene ahora seis años saben más que los de trece de antes, algunos quedan hipnotizados ante cualquier muestra de animación (ya sean los Minions o el fragmento anime de "Kill Bill", Quentin Tarantino, 2003), sin embargo sólo unos pocos largometrajes logran transmitirles sentimientos, siendo esos los que verdaderamente merecen la pena en un mundo que sufre una sobredosis de material audiovisual. Es entonces cuando uno ve "Monstruos S.A." (Docter, Unkrich y Silverman, 2001) o "Toy Story" (John Lasseter, 1995) por primera vez y suelta: "Esta estaba bien. ¿No hay otra igual?". Para lucimiento de sus creadores esas pequeñas obras maestras de la animación no abundan, "Mascotas" toma desde el primer momento la estructura argumental de "Toy Story", que bien podría haberse titulado "The Secret Life of Toys".

Chloe, un pelín sobreactuada. 

Por lo demás, la última producción de Illumination no hace más que recoger varios clichés y chistes fáciles (con efectividad comprobada) para sacar adelante una buena historia que cumple perfectamente con su propósito. El reparto de "Mascotas" resulta el punto más original y creativo de la película, todo un reparto de personajes geniales que quizás no exploten todo su potencial, mientras otros son sobreexplotados, como la gata Chloe. El film fue cultivado para ser todo un éxito, los spots que se presentaban en los cines con casi un año de antelación tenían un punto naíf y artístico inusual, como el caniche Leonard, cultivado tanto en la música clásica como en el heavy, con un mítico gag que pasará a la historia pero que se queda ahí, como el resto de apetecibles trailers. Simplemente es una película más entretenida, y probablemente decepcionante en el sentido de las expectativas creadas. "Mascotas" rondó los 100 millones de dólares en su primer fin de semana en USA, un arranque estratosférico que dirigiría su futuro en el resto del mundo, donde ha ido acumulando espectadores con un tirón sensacional. La única maña noticia de todo ello es que se ha confirmado una secuela, ¿seguirá los pasos de "Toy Story 2" (John Lasseter y Ash Brannon, 1999)? En mi opinión mucho más cuidada y planeada que la primera. De momento nos quedamos con "Mascotas 1", una buena película que arranca con un magnífico plano entre edificios y sobre Central Park que nos deja otra pregunta, ¿por qué las cintas de animación siguen estándares habituales, pudiendo situar el objetivo donde quieran, mientras los grandes directores se rompen la cabeza para hacerlo en las grandes producciones? Actualmente no tienen mejor opción que "Mascotas" para verla a gusto, en familia, viendo disfrutar a los más pequeños y riendo con su felicidad.

sábado, 27 de agosto de 2016

Café Woody, two lumps of sugar

Woody Allen acude puntual a su cita anual. Su serie para Amazon, "Crisis in six scenes" (2016), parece estar ultimando su exhibición con él mismo como protagonista junto a Miley Cyrus, mientras el director neoyorquino ya ha comenzado la pre-producción de su siguiente film, con Kate Winslet al frente, la actriz que rechazó el papel de Scarlett Johansson en "Match Point" (Woody Allen, 2005). Parece pues que llega algo tarde a su encuentro con los espectadores que siempre debemos de contentarnos con su penúltima película, una hazaña que sus más fervientes admiradores agradecemos con devoción. El film que nos ocupa hoy es, por lo tanto, "Café Society" (Woody Allen, 2016), una comedia que nos devuelve a un Woody Allen desbordante, capaz de atreverse con el digital en la que es su película más clásica, una transición cómoda y económica que ha realizado con la ayuda del gran director de fotografía, Vittorio Storaro. El propio Woody se permite algún chiste técnico al respecto, como cuando se funde oportunamente la luz del apartamento para dejar a la pareja a la luz de las velas, recogida con suma elegancia por la cámara digital. Hasta en ese delicioso detalle podemos comprobar que estamos ante un film romántico, no es empalagoso sino dulce, el dulzor que aportan los dos terrones de azúcar en el café y que nos hace comprender que "la vida es una comedia, escrita por un cómico sádico", mientras saboreamos la nueva delicia cinematográfica que nos ofrece el implacable Woody Allen. Es cierto que algunos planos exceden de composición fotográfica llegando a parecer postales de época, es precisamente lo que busca el astuto cómico judío, una estética muy marcada que separa el romanticismo de la comedia más salvaje que hemos visto en el cine de Woody. El paso de la inmadurez del Hollywood amado a las "ventilaciones craneales" de los bajos fondos de Nueva York, siempre rociado por el amable dulce que unifica el film.


Todo el mundo necesita tomarse un "Café Society", no en su vida sino una vez al mes. Un Woody Allen romántico siempre es un Woody Allen divertido, por ello su nuevo film nos transportar a los años cuarenta (aunque los medios se empeñen en clarar que son los de "Días de Radio" (Woody Allen, 1987), a los night clubs con hermosas cantantes y dinosaurios disecados que bailan con jóvenes starlettes, a la jungla judía de Hollywood y la mafia de Nueva York, un decorado de fondo que se equipara a la historia principal de esta joven pareja, enferma de un amor jovial y desinhibido, donde el Woody Allen adulto aparta una gran dosis de racionalidad que triunfa frente a un escenario vacío. Para ello el director adopta un reparto exquisito, la química entre Kristen Stewart y Jesse Eisenberg ya era conocida antes del film, donde hacen gala de sus mejores coqueteos y sonrisas apoyados por los magníficos diálogos que acostumbra Woody. Tal vez el único director que vive la auténtica screwball comedy de diálogos que dan pie a situaciones, y no al contrario, tal vez por ello se permita un pequeño guiño al genial Howard Hawks que en su aparición estelar suelta un sonoro "seguro que no me conoces, soy guionista". Por otra parte volvemos al habitual semitismo filosófico, con expresiones hebreas incluidas, y el rescate del tío millonario que "no es un auténtico judío" (como en "El sueño de Casandra", Woody Allen, 2007), esta vez interpretado por un Steve Carell en estado de gracia que continúa con el ritmo frenético de "La gran apuesta" (Adam McKay, 2015), y que logra que Stewart se convierte en la auténtica mimesis del Woody Allen actor, con aspavientos y trabas incluidos. Un trío protagonista que está a la altura del enorme reparto de secundarios como la familia judía, brillante en cada una de sus ramas que completan el imaginario completo del director neoyorquino. Todos dispuestos a sacarnos una sonrisa, siendo la vena mafiosa de Corey Stoll la que se lleve las carcajadas del público.


La experiencia hollywoodiense y el retorno a la estimada Nueva York del protagonista muestra los tintes autobiográficos del film, el Woody Allen fascinado con Billy Wilder, Joan Crawford y Ginger Rogers y el Woody Allen decepcionado con la industria que corre de vuelta a su indispensable Manhattan (como ya satirizó en "Un final made in Hollywood", 2002), con el jazz que suena de fondo en su filmografía, como el late night con el que el protagonista encandila a su esposa, una mujer clásica que interpreta con discreta seducción Blake Lively. A lo largo de la carrera del cineasta hemos podido comprobar, sobre todo en los últimos años, su necesidad de incorporar un narrador a una historia que se escapa entre sus dedos, su forma de hacerlo ha sido criticada por activa y por pasiva con absurdos comentarios de la crítica de élite, enfrentándose a todos ellos esta vez es el propio Woody quien pone su voz para describir, detallar e introducir al espectador en esta hermosa película. Probablemente tenga que volver a verla para ser más objetivo, ya que la fuerza que desprendía el film por sí solo era tal que te cautivaba hasta los reconocibles créditos white over black. "Café Society" es un film hecho desde la plena madurez de Woody Allen, con la mentalidad de la joven promesa judía que marchó a California, al más puro estilo "Annie Hall" (Allen, 1977). Mi personaje favorito es sin embargo una extravagante y deslumbrante Parker Posey, como reina de la society neoyorquina que a su vez cumple con el papel de confesor y consejero del protagonista, el Corifeo de Creonte, si buscamos un referente en la amada tragedia griega de Woody. Vayan al cine y disfruten de la película en pleno, rían y añoren y al día siguiente póngale two lumps of sugar a su café.

Steve Carell y Kristen Stewart, incómodos, frenéticos, brillantes.

jueves, 25 de agosto de 2016

El otro lado del espejo

Su mirada quedó impávida ante la proyección de su rostro en el espejo, era su cara, su misma nariz aguileña, su misma boca torcida y las ojeras de todas la mañanas. Sin embargo no era su reflejo, se veía dentro del espejo, no era capaz de escapar, vio como se iba de baño y como desaparecía su imagen, pero él quedaba al otro lado del espejo. Para su desgracia aquel lado del espejo no era tan maravilloso como lo pintaba Lewis Carroll, más bien se asemejaba a la extraña sensación que recorre el cuerpo cuando el ascensor queda bloqueado entre dos pisos, no es exactamente claustrofobia. Uno está ahí dentro, el sentimiento que transmitía ese lado del espejo era similar a la perplejidad de uno al ver que lleva quince minutos tocando la alarma del ascensor y le el cartel del al lado: Me voy dos semanas de vacaciones. Siento las molestias. Firmado, el porteroRecordó entonces una película, “La rosa púrpura del Cairo” (Woody Allen, 1985) creo que se llamaba, no recordó las risas que había compartido con la proyección en un viejo cine gijonés, ni tan siquiera recordó que la protagonista era Mia Farrow, su amor platónico durante sus años de juventud. Simplemente recordó aquel hombre que huyó de la ficción para conocer a su amor en nuestro mundo real que, para sorpresa del personaje, no era más que otro cúmulo de mentiras bien organizadas. En la ficción uno se enfrenta a la mentira incorporándola a su razón, cuando uno vive la propia mentira es capaz de fundirse con ella hasta no distinguir entre realidad y ficción. Por eso él odiaba las película “basadas en hechos reales”.


Pasada la mañana aún permanecía allí, terminó recordando a Mia Farrow y se dio cuenta de que estaba solo, no había ningún motivo que le retuviese allí, simplemente estaba. El tiempo pasaba, no podía moverse, ni siquiera sentía si estaba levantado o sentado, tampoco sabía si veía o simplemente era la imagen imaginaria de un reflejo. Sí, debía de ser eso, en toda la mañana nadie había entrado en el baño, ni siquiera la chica de la limpieza que siempre deja una bayeta en el lavabo para indicar que ha limpiado. Entonces se vio de la mano de su tía, era la primera vez que iba al cine, sus padres le habían impedido ir a ver “Bambi” (David Hand, 1942), había surgido un rumor sobre el comunismo de Walt Disney. Él estaba empeñado en ver la película y su anciana tía, de la que siempre había tenido una idea de vieja clasista, le llevó a ver otra: “El fantasma y la señora Muir” (Joseph L. Mankiewicz, 1947). Ahí estaba la solución, el fantasma Rex Harrison existía porque Gene Tierney creía en él, para ella era una necesidad, un recurso para seguir con su vida alejada de su familia política. Él no estaba al otro lado del espejo, sólo creía en ello, pero ¿por qué? De pronto despertó, alguien le daba codazos en el brazo, todos aplaudían, era el cumpleaños de su suegra. Es eso, era eso, tiene que huir de allí, tiene que pasarse al otro lado del espejo. Corrió a su casa, ante la sorpresa de la viuda alegre y el resto de familiares, entró en el baño –ahí estaba la bayeta- miró su reflejo, le sonreía.

-the end-

sábado, 20 de agosto de 2016

La tía Helena

Durante años el cine ha ido adaptando un esquema familiar a su propia plantilla, a lo largo de su historia, nuestra historia, el cine ha creado su propio lenguaje, una visión escéptica de nuestra propia vida, perfilada con lo que insisten en llamar "ficción", que no es más que la intimidad de cada uno o cuando los creadores tienen acceso a las extravagancias de las familias ajenas. Según pasan los años uno es capaz de ver mucho material visual, dentro del cual se encuentra una dimensión personal y reveladora, la de las fotografías familiares, un pasado que permanece en la mirada y la sonrisa de sus supervivientes (ojos de cristal y dentadura postiza a parte), en su mayoría de acuerdo con el refrán que reza "cualquier tiempo pasado fue mejor". Una curiosidad terrible me consumía cuando en la mayoría de esas fotografías encontraba un rostro que se repetía, en cada celebración familiar aparecía ella, una mujer con rostro agradable y sugerente peinado que me llamaba la atención cada vez que la veía inmortalizada entre mis seres queridos, a los que se unió rápidamente por su afán de compartir iglesias y canapés con ellos. Comencé mis investigaciones, su nombre fue sencillo de encontrar Helena Carvallo, no tanto de escribir pues hube de remitirme a los descartes de sus invitaciones de boda para comprobar que ella gustaba de escribir su nombre con "H" française. El otro nombre que presidía la invitación, Marcos de Orueta y Arrese, sería mi nexo con aquella fantástica señora que, tras corregir la errata, se casó convirtiéndose así en mi tía bisabuela, ya por siempre nuestra tía Helena.

Extracto de la única fotografía a mano de la tía Helena

En ese momento quedé fascinado con ella, su aparición en el papel satinado aumentaba hasta que mi imaginación comenzó a soñar con ese personaje familiar tan cinematográfico. Su origen francés y el ambiente que le rodeaba en la fotografías me remitió inmediatamente a "El año pasado en Marienbad" (Alan Resnais, 1961), la elegancia de lo desconocido, lo sublime como la perfecta normalización del ser, no me era difícil imaginar a mi tía Helena jugando con Giorgio Albertazzi frente al objetivo de Resnais. Aunque probablemente hubiera preferido encontrarme con una divertida exiliada francesa a lo Carmen Carbonell en "Nacional III" (Luis García Berlanga, 1982), deslumbrante aparición en la costa de Biarritz. Cuando, por casualidad, fui invitado a comer con ella mi imaginación comenzó a recorrer todos los escenarios posibles, desde las amables y asesinas tías de Cary Grant en "Arsénico por compasión" (Frank Capra, 1944), cargadas de un brillante humor (que hoy tacharían de negro), hasta la Princesa Dragomiroff, una tía abuela oculta en el "Asesinato en el Orient Express" de Agatha Christie. Desde luego prefería cualquier extravagancia a la sostenida tirantez de Angela Lansbury en "La niñera mágica" (Kirk Jones, 2006), cuando llegó el momento y la vi por primera vez me pareció ver a su compatriota Jeanne Moreau surcando la nouvelle vague con su rubia melena. Superó todas las expectativas, convirtiéndose en la mejor tía bisabuela que cualquier admirador de las fotografías antiguas pueda soñar, una mujer divertida, abierta a cualquier conversación, pues su cultura (auténtica, no de manual como algunos pedantes ilustres demuestran con asiduidad) serviría para completar el menú-conversación que los Monty Python servían con gran lucidez en "El sentido de la vida" (Terry Jones, 1983).


Antes hablaba de la curiosidad, la que me llevó a conocer a mi tía Helena, claro que parece que ésta —la curiosidad, digo— lo mismo mata a un gato que a mí tía, no llevaba más de un año de relación directa, con cuatro o cinco encuentros, cuando, hace unos días me llega la noticia de su fallecimiento. Una dura y amarga noticia que permite que al menos me lleve el gran recuerdo que siempre busqué, una relación idealizada que ella superó con creces con la alegría y jovialidad que le acompañaban a sus 92 años. Una mujer enérgica y moderna, la última vez que estuve con ella repasó conmigo sus series favoritas, cuál sería mi sorpresa al escuchar títulos como "Breaking Bad", muestra de su insaciable amor por la cultura que siempre abrazó. La primera vez que la vi estaba como loca por ver una película que llevaba algunos días en cartel y cuya pequeña distribución no le iba a permitir estacionarse en las salas mucho más, el título era "Hablar" (Joaquín Oristrell, 2015), no tardó en ir a verla. Yo la vi hace unas semanas, en DVD y me acordé de la tía Helena, me sorprendió, me fascinó, era un experimento genial, un retrato magistral de nuestro ahora y la perfecta metáfora de mi deseo. Hablar, haber hablado más, hablar, conocer, aprender, disfrutar, hablar. Con la muerte de mi tía Helena descubro su título como Condesa de la Rochelambert y alguna que otra anécdota que me hace componer mi ideal de ella con alguna pizca berlanguiana, mirada desde el mordaz retrato de la burguesía de Buñuel. Todo es ridículo sacado de contexto, pero lo es aún más dentro de él, por ello me alegro de haber conocido a mi tía Helena, fuera y dentro, comprobando que ella más que el todo, era el propio contexto.

viernes, 12 de agosto de 2016

Mi razón para amar el cine


En verano las posibilidades cinematográficas merman ante las circunstancias. Enormes barrigas sostenidas por flotadores con forma de muñeca y sombrillas con estampados almodovarianos que vuelan por la playa dispuestas a empalar a más de un dominguero componen el mayor espectáculo veraniego, un panorama engrandecido ante cualquier ficción ridícula en la era del remake. En el verano el cine permanece conservado en vinagre, los nuevos estrenos se componen principalmente de basura hollywoodiense, antes uno podía imaginar que esta clase de cintas se componían del celuloide sobrante de las grandes películas del pasado año, ahora, en los tiempos del digital, comprobamos que es morralla pensada para rellenar las salas durante la época estival. Los cines de verano suelen hacer lo propio pero con la morralla que se nos había escapado durante el invierno, o directamente reciclando la del año pasado. Algunas producciones interesantes sufren la terrible consecuencia de estrenarse en estas fechas, incluso la magnífica “Escuadrón Suicida” (David Ayer, 2016) se ha visto en estas terribles circunstancias al ir atrasando su fecha de estreno inicial. Después de todo no cabe duda de que cuando azota el calor y se escuchan las olas marinas de fondo es la lectura la gran triunfadora, el paleto playero más sofisticado tiene entre sus manos (o encima de la toalla para aparentar) un gran tomo de cualquier novela barata, best seller los llaman. Como cualquiera de ellos, para no llamar excesivamente la atención, yo saco mis revistas de cine y me regodeo en las entrevistas y fotografías de nuestros actores favoritos, siguiendo con especial interés los In Memorian o cuando los cineastas son santos.


Después de leerme toda la prensa cinematográfica, del Fotogramas al Caimán Cuadernos de Cine, descubro que me falta una de las esenciales, el especial de julio de la revista CINEMANÍA, dándolo por perdido me sumerjo en los números de agosto adquiridos en la ciudad. Bendita sea la mala comunicación de los pueblos que, cuando llego, descubro que la librería / droguería / quiosco/ juguetería aún no ha renovado sus ventas mensuales, por fin puedo leer y releer las “250 razones para amar el cine” un título tan sugerente y atrevido como lo es su interior, la astuta capacidad de fabricar un especial sin romper la estructura editorial de la revista. Cuando uno termina comienza a pensar en el cine, una pasión, una necesidad, la imaginación en pleno funcionamiento durante la elaboración de un guión y la alegría de rodar. Pero, ¿por qué ama uno el cine? ¿qué hace que las películas, los actores, los directores, las historias tengan un sabor irresistible para algunos? En mi caso, como se viene comprobando en este blog, la primera razón que me hizo amar al cine, es una razón con nombre propio: Jorge Berlanga. Siempre agradeceré a todas las personas que me introdujeron al cine, mis abuelos que me hicieron reírme cuando era un infante con las charlotadas de Chaplin, mi abuela escondiendo las películas de “X-Men” (Bryan Singer, 2000) para que viese “Kill Bill” (Quentin Tarantino, 2003) o mi bisabuela haciendo uso de su inmensa memoria narrándome las fantásticas triquiñuelas de los actores clásicos (de los rizos de Shirley Temple a la pierna ausente de Herbert Marshall). Pero Jorge merece un puesto especial, el de celestina, primero con las publicaciones cinéfilo-sociales que escribía con su genialidad con asiduidad, después descubriéndome el cine de autor, y cuando lo vio necesario la corriente berlanguiana que me arrastra desde que escuché por primera vez la voz del marqués de Leguineche. 

domingo, 7 de agosto de 2016

Escuadrón Suicida: Dirty Squad


El universo de DC cómics progresa adecuadamente en su plantel cinematográfico, sus personajes son brillantes, hacen gala de un pragmatismo carcelario que nos impide discernir entre lo bueno y lo malo dentro de la moralidad de sus mentes, ya sean calificados como héroes o villanos. Quizás por ello Marvel ha logrado triunfar con sus perfecta simbiosis entre el humor y la acción, llevada con un asombroso e imparable ritmo a la gran pantalla. Por ello y porque, hasta ahora, DC cómics no había logrado alcanzar los trabajados matices de sus personajes, donde reside su verdadera superioridad creativa. “Escuadrón Suicida” (David Ayer, 2016) es por la tanto la mayor obra que la succionadora industria de Hollywood ha erguido en a última década, fíjense que me refiero en el sentido de industria, de producto de artificio, materia bruta filmada para un consumo de masas y, aunque Ayer nos deje pequeños guiños y escenas fuera de lo común para el Hollywood de lo seguro, falta de una seña de autor argumental. Es la gran diferencia que tiene por ejemplo con la Trilogía de Batman (2005-2012) de Christopher Nolan, lleno de trucos dispuestos a tejer los hilos de las marionetas sobre nuestras mentes, un mal que atenta contra la psique del hombre murciélago y que permite al espectador situarse desde distintos puntos de vista, sin ir más lejos uno puede identificarse con los múltiples rehenes-masa media o con la deliciosa frivolidad del Joker, es pues una auténtica obra de culto sobre un personaje de DC cómics, pero sin DC. “Escuadrón Suicida” es lo más cercano a ello sin terminar de serlo, sufre la previsibilidad argumental del producto made in America acompañada de la habitual perfección técnica de los estudios, sumado a un pequeño halo de originalidad que convierte la película en una deliciosa joya visual, sin salirse de una estructura base de videojuego (avanzamos pantallas hasta el “monstruo” final).


La presentación de cada personaje podría convertirse en un cortometraje propio, es más, por la manera de encajarlos en la historia lo parece, contando con un maestro de ceremonias de excepción, una insuperable Viola Davis como perfecta cabeza de turco rebosante de poder y frialdad (sin miedo a purgas como la de Erdogan), disfruta de su posición incluso cuando se regodea ante sus superiores. Si el film se ha vendido como “el fuego para acabar con el fuego”, Davis es un potente lanzallamas para controlarlo, y no es casualidad que sea mujer y negra. Respecto a la estructuración de la cinta, el propio David Ayer recurre a “Doce del patíbulo” (Robert Aldrich, 1967), una evidencia clara que sin embargo se repite en el avance de sus tropas. Mientras el escuadrón de la OSS se crecía en cada uno de sus “puntos” (del uno al catorce) hasta llegar a la lujosa mansión nazi de Rennes, este “escuadrón suicida” no hace más que una sucesiva lucha contra un ejercito burbujeante y completamente simétrico hasta la esperada y cumplidora lucha final. Su estrategia de avance es por lo tanto más cercana a la de “Resident Evil” (Paul W. S. Anderson, 2002), o la de cualquier película basada en un videojuego con un mínimo de historia, la misma pelea en diferente escenario. Sin embargo en esas peleas simétricas donde se incluye alguna gamberrada, también previsible (la muerte de Slipknot del que no nos ofrecen ni presentación), se mueve con luz propia el personajes más lúcido del Universo DC Cómics, una Harley Quinn descomunal a falta de unos cuantos litros de litio que se regocija en la interpretación de Margot Robbie, poseída completamente por el genial Joker desfasado de Jared Leto, ambos personajes sumidos en la mayor entrega de sus actores aún más brillantes cuando se saltan el gag convencional desbordados por su locura. El otro día leí que el Joker de Leto “retoma donde lo dejó Heath Ledger”, cuando en realidad es completamente la antítesis dentro de un mismo historial médico, del cuidadoso y trabajado Joker que buscaba la desorientación del murciélago al Joker desfasado que comparte un ritmo irrefrenable de vida con su antigua psiquiatra del Asilo Arkham.


Margot Robbie y Jared Leto merecen película a parte, y por el pequeño avance que acostumbran las películas de superhéroes parece que la tendrán. Cada vez que visualizamos un flashback de su “vida en pareja” deseamos olvidarnos del aburrido pretexto inicial (hay que utilizar al Escuadrón Suicida por que una antigua bruja Encantadora ha vuelto a nuestro mundo en el cuerpo de una arqueóloga que hace de las cuevas su pasarela) y zambullirnos por completo en la historia de Harley y Joker, incluso en esa situación de pareja ideal que la Doctora Quinzel desea, ya que ni mucho menos pienso que sea Harley Quinn quien desea a ese Joker bien peinado y moreno que cuida de sus dos hijos. Estos dos personajes convierten al resto del escuadrón en una especie de marionetas que juegan sin saberlo y creyendo en su libertad, una vez más la astucia manipuladora del Joker. Tenemos a Will Smith que continúa “en busca de la felicidad” para su hija como padre divorciado, Jai Courtney de australiano con tópicos americanos, Karen Fukuhara a la que parece que han cortado sus grandes escenas con la misma katana con la que ella guarda las almas y Adam Beach mexicano para completar la biodiversidad del film con unos principios capaces de quebrantarse si alguien le toca un poco las narices. Por último Cara Delevingne huyendo del cliché de la modelo convertida en actriz nos demuestra que es chica de pocas palabras y que puede hacer del fin del mundo su pasarela con estilo y algo de magia “negra”. Después de todo “Escuadrón Suicida” deja un amable regusto a maldad disfrutable para todos los públicos, esperando que el esperado film del Joker suba la clasificación por edades, recuperando además esas escenas esperadas que tanto echa en falta Jared Leto.