domingo, 8 de enero de 2017

La última tentación de Scorsese

Hasta el mismísimo Martin Scorsese necesita su propia redención después del desfase de "El lobo de Wall Street" (Scorsese, 2013), un confesionario abierto que grita en silencio. La historia de unos jesuitas que viajan a Japón en tiempos de una terrible inquisición llamaba a la supremacía de Scorsese para convertirla en un mito del cine épico, ese es quizás el mayor defecto de "Silencio" (Martin Scorsese, 2016), tratar de agigantar de tal manera algo tan personal e intransferible como la fe, aunque esta pueda ser infinita como vienen a demostrarnos los 159 minutos de metraje. La grandiosidad que desprenden sus imágenes recuerda a la indefensión que mostraban los personajes de Akira Kurosawa frente a la inmensidad del paisaje, la influencia del emperador del cine en el film que hoy nos ocupa es más que una simple referencia, sin embargo Scorsese lo deja todo en la edificación de una atmósfera brillante que te atrapa desde que la naturaleza entra en silencio para dar comienzo a su epopeya. Es increíble como logra la misma sensación de estar en una misa del Camino Neocatecumenal, donde la imposición de estar ante algo tan grande te lleva a la comedia, la irrisoria visión de tomarse en serio una formalidad extrema. Scorsese afirma que ha tardado treinta años en levantar este proyecto porque "no comprendía lo que significaba realmente la apostasía", el problema es que todavía a muchos nos queda la duda, incluso después de haber sufrido "El Apóstata" (Federico Veiroj, 2015). Precisamente estas dos películas tienen en común un inevitable camino a la hilaridad, que tal vez se vea acrecentado en mi persona pero que sin duda es completamente perceptible a cualquier espectador. El personaje de Kichijiro (interpretado por Yôsuke Kubozuka) termina por convertirse en un gag recurrente a lo largo del film, como símbolo de esa religiosidad fácil a la que todos nos acogemos.


Lo portentoso de la dirección no evita lo pretencioso de la película en sí misma, hay grandes personajes, indaga ágilmente el comportamiento humano y llega a tener grandes momentos de reflexión con cierta trascendencia (la mayoría en los que aparece Liam Neeson, ¿casualidad?). El problema es que como los cristianos del Japón, estos momentos están escondidos en una madreselva salvaje y peligrosa que nos hace pensarnos dos veces el volver a ella. La facilidad y pulcritud con la que nos introduce en otro siglo nos lleva a asumir lentamente los suplicios que terminan por llevar el hilo argumental de la cinta, ríete tú de las torturas chinas. Hay algo forzado en la narración de Scorsese que no permite que el espectador termine de entrar en la película, y probablemente sea por el propio fin que busca. Somos incapaces de comprender la cultura japonesa en sus términos de honor, dios o apostasía, el propio Neeson pone en situación este problema, y la clave está en que esa es la última tentación de Scorsese: ¿es dar por perdido este pantano una falta de fe? Lo que está claro es que en este aspecto todos estamos más guapos callados. Andrew Garfield es aquí nuestro "renacido" moral, el joven con esperanza que se enfrenta a un viaje del héroe para aferrarse aún más a un clavo ardiendo, o mejor dicho aún crucifijo (que también termina ardiendo con él). El gran problema es que con un inquisidor tan carismático como Issei Ogata, es imposible ponerse de su parte, sabes que antes o después vas a ceder (físicamente, claro) ante él, por lo que cuanto antes lo hagas menos sufrirás en silencio. La lección que Garfield aprende en casi tres horas, ya la sabía Kubozuka en los flashback, y a nosotros nos cuesta asumir que tarde tanto en aprenderlo. Los caminos del Señor son inescrutables, y Scorsese nos hace escrutarlos en silencio en una auténtica prueba de fe a su filmografía. Alabado sea Scorsese.

sábado, 7 de enero de 2017

Yvonne Blake, All the President's Men

Visito a Yvonne Blake en su castillo, la Academia de Cine situada en la Calle Zurbano, sin embargo el lugar parece estar sitiado, decenas de personas se mueven de un lado para otro y la luminosa Leticia Dolera se abre paso dirigiendo un spot para los Premios Goya (que pueden ver cliqueando aquí). Parece ser que esta es una de las propuestas de la recién elegida presidenta de la institución, "abrir la Academia". El clima en el que nos encontramos parece sacado de "Todos los hombres del presidente" (Alan J. Pakula, 1976), o mejor dicho de una secuela algo alocada, dotada del imprescindible humor ibérico que embriaga nuestra historia y nuestro cine. El anterior presidente, Antonio Resines, dejó el cargo a comienzo de verano, dejándonos cientos de dudas y polémicas sobre su relación con la propia Academia y su Junta Directiva. Ni siquiera recuperando a Robert Redford, que ahora dice que se ha retirado, o sacando a Dustin Hoffman de su "década Kung-Fu" podríamos averiguar lo que realmente pasó. Estamos ante una sonriente y tierna presidenta que nos acoge con los brazos abiertos, pese a todo el alboroto que está teniendo estos días no pierde sus costumbres de buena inglesa y, aunque hayan pasado las cinco, no tarda en aparecer con un fabuloso English Tea. Yvonne sorbe lentamente su té haciendo gala de su tranquilidad, pues aunque le "dicen que esto es cosa del principio", se teme que la situación no cambie mucho cuando al fin logren nombrar un Director General (tras la destitución de Porfirio Enríquez el pasado septiembre). Cuando la presidenta Blake recibió el Premio Nacional de Cinematografía en 2012, aseguró que se sentía "más española que Agustina de Aragón", hoy nos lo confirma con su pasión por la paella y todo tipo de arroces españoles. Entre sus recomendaciones culturales se encuentra el film "El ciudadano ilustre" (Mariano Cohn y Gastón Duprat, 2016), que va camino de acompañar a sus predecesoras argentinas en el Goya a la Mejor Película Iberoamericana. Por último nos habla maravillada del tratamiento que da sobre el cáncer el doctor Siddhartha Mukherjee en el que es su libro de alcoba, "El emperador de todos los males" (publicado en 2010). Sin más dilación nos disponemos a comenzar la entrevista.

Yvonne Blake en su despacho de la Academia de Cine

Mondo Berlanga - ¿Qué tal se ve en este despacho? ¿Se lo habían dejado muy desordenado?
Yvonne Blake - [Risas] Todavía no he tocado nada, lo han dejado tal y como lo ves, aún no he puesto nada personal. Tengo que pensar en objetos o algo... Pero me gusta mucho el despacho [vuelve a reír].

M.B. - Cuando su predecesor, Antonio Resines, dimitió como presidente dijo tener algunos problemas con la Junta Directiva, a la que usted pertenecía...
Y.B. - [Suspira] Había muchas broncas en las juntas, mucha gente interviniendo, elevando el tono... Y francamente no creo que se trataban de cosas muy importantes o graves. Él discrepaba con nosotros porque pensaba que "Presidencia" debía tener más poder, y no lo tenemos. La Junta siempre tiene la última palabra. En un par de ocasiones Antonio y el director general hicieron algunas cosas sin consultar, Antonio tiró la toalla porque estaba harto de consultar todo con la Junta. Pero nuestras reglas son así. [Sentencia con su disciplinado y siempre elegante acento inglés].

M.B. - Sin embargo, usted misma ha dicho que debía hacerse una reorganización en la Academia...
Y.B. - Sí, pero no tanto en este aspecto. Lo que queremos hacer es abrir la Academia para que miembros más jóvenes, como tú, puedan entrar y estamos en ello. Pero no vamos a hacer, al menos de momento, nada realmente drástico para cambiar los estatutos.

Diseño de Yvonne para el personaje de F. Murray Abraham en
"El puente de San Luis Rey" (Mary McGuckian, 2004)
M.B. - La bajada del IVA en "espectáculos en directo" ha vuelto a dejar de lado al cine, ¿por qué cree que hay este descuido de la cultura en España?
Y.B. - No lo sé, me gustaría saberlo realmente. Yo creo que hemos, los del cine, cabreado al Ministro de Hacienda en algún momento y ahora el no piensa perdonarnos. [Risas, otra vez] No sé si ha tenido que ver con personas del cine que no colaboran con hacienda o con enseñar creencias políticas en nuestras galas... Probablemente sea una combinación de muchas cosas, por eso no quiero politizar lo que hacemos. No quiero que Dani Rovira haga chistes políticos, al menos no de un partido, prefiero chistes que toquen a todos. Yo no quiero ofender a nadie y quiero ser amiga de todos, si es posible.

M.B. - Usted misma dijo el otro día sobre la Administración que "eran muy simpáticos, pero luego nadie hacía nada"...
Y.B. - Y todavía no han hecho nada, pero espero que en un futuro cercano hagan algo, porque lo necesitamos. Necesitamos más ayudas, el problema es que hay poco tiempo. He conocido algunos políticos y son muy amables, y no tengo ninguna queja, dejemos que pase el tiempo a ver si verdaderamente bajan el IVA del cine. Lo importante es dar facilidad a que trabaje más gente en el cine, a que se llenen las salas, que todos ganemos más con el cine.

M.B. - Hace unas semanas daba usted la alarma en el periódico El País diciendo que a lo mejor no había "Goyas" por falta de patrocinadores. ¿Tendremos Premios Goya?
Y.B. - Bueno, no me refería a los Premios Goya de este año, han "misinterpretado" mis palabras, no era para esta gala. Pero si no hacemos cambios de cara al futuro y no encontramos más patrocinios, es posible que no se hagan las próximas galas. Lo dudo, porque siempre vamos a salvar el cuello en el último momento. Necesitamos reestructurarnos dentro de la Academia, y para ello hace falta tiempo.

M.B. - ¿Cómo ha sido volver a contratar a Dani Rovira después de la presión mediática a la que se vio sometido el pasado año?
Y.B. - Ha sido algo muy natural... [Sonríe] Cuando entrevistaban a Dani sobre su última película, "100 metros" [Marcel Barrena, 2016], él dejaba entrever que no le importaría nada volver a presentar los premios. Cuando lo leímos pensamos: "¡qué bien!", porque queremos mucho a Dani, es muy divertido, es buena persona, ¡es un amor! Pensábamos que si teníamos la oportunidad, somos también el mismo equipo de producción, sería muy bonito volver una tercera vez.

M.B. - Y... ¿cómo está siendo colaborar con Mariano Barroso y Nora Navas, vicepresidentes primero y segunda, respectivamente?
Y.B. - Estoy encantada con ellos, desde el principio pensé que "estábamos en la misma página". Trabajamos con las mismas ideas. Nuestros sentimientos son similares y tenemos las mismas ideas para la Academia y para el futuro del cine.

Junto a Nora Navas y Mariano Barroso

M.B. - Voy a intentar dejar ahora esta presión de despacho para hablar de una película que sé que a usted le marcó y que es una de mis favoritas. Hablo de "Una cara con ángel" (Stanley Donen, 1957) [ante su rostro de desconocimiento apuesto por decir el título en inglés, "Funny Face", vuelve a iluminarse y la reconoce, por supuesto] ¿Hasta qué punto se vio influenciada por aquellos maravillosos vestidos de Givenchy o Edith Head...?
Y.B. - [Mientras remueve con delicadeza su té] Pues muchísimo... El vestuario de Givenchy entró en mí siendo muy joven, y siempre me ha gustado porque creo que ha sido el mejor diseñador de moda. No hablo del cine, aunque yo le descubriera en la pantalla cuando sólo tenía catorce años en esta película de Audrey Hepburn, que era también maravillosa, de "fantasía-romántica", lo que nos gustaba a las chicas de catorce años. Te transportaba a otro mundo, fue entonces cuando yo le dije a mi madre que era esto lo que quería hacer cuando fuera mayor y he seguido el camino...

M.B. - ¿Cómo fue vestir años después a Audrey en "Robin y Marian" (Richard Lester, 1976)?
Y.B. - Pues muy diferente... [reímos] Porque tenía que vestirla como a una monja, en un trapo, una tela burda que era como paños de cocina para fregar suelos. Eso sí, tenía una textura de "tejido a mano" y la caída perfecta para su hábito. Audrey estaba encantada con el traje, aunque no era bonito y no tenía nada que ver precisamente con Givenchy...

M.B. - Usted ha ganado todos sus Oscar y sus Goya por películas de época, ¿en cuál se siente más cómoda para diseñar?
Y.B. - ¿En qué época?... Lo que me gusta de ellas es investigarlas, mirarlas de cerca para hacer un vestuario original, que no se haya visto antes. Estudiar la pintura, ir a museos de la época, de trajes y armaduras, lo que se necesite para la investigación. No tengo una época que me gusta en especial, prefiero una que no haya hecho antes, si es posible, para no repetirme. Cuando termino una película de época intento haber puesto en ella todas mis ideas, así que no quiero repetirme.

M.B. - Uno de sus primeros trabajos fue "Fahrenheit 451" (François Truffaut, 1966), todo un reto el futurismo-sixties... Cuenta que Truffaut y usted eran muy tímidos, ¿qué cree que se propuso entonces cuando le ofreció el papel de Book Person en el film?
Y.B. - Para mí fue un shock, yo nunca quise ponerme delante de la cámara. Él fue muy dulce conmigo pero no me lo dijo a la cara, fue a través de su secretaria, Helen Scott. Yo siempre me negué, pero cuando al final me lo pidió me derretí delante de él y sí, lo hice, no podía decirle que no. Aunque no soy nada actriz.

Últimos remiendos a Audrey antes de una escena de "Robin y Marian"

M.B. - Cuando hizo "Superman" (Richard Donner, 1978) los superhéroes no estaban de moda, como ahora. ¿Cómo fue vestir los calzoncillos por fuera a Christopher Reeve por primera vez?
Y.B. - [Ríe] Hombre, fue un reto porque me parecía un traje absurdo y me lo sigue pareciendo, un "silly costume". Pero no se podía cambiar nada del cómic, así que tenía que pensar en la manera de hacer un traje estúpido de la forma más atractiva posible. Ahora el traje ha cambiado muchísimo, se utilizan otros materiales, como goma, y colores mucho más oscuros y deprimentes. Lo nuestro era más colorido.

M.B. - Los setenta era una década de glamour, el otro día estuve viendo el vídeo de cuando recibió el Oscar [por "Nicolas y Alejandra", (Franklin J. Shaffer, 1971)] y era una maravilla, la puesta en escena, los vestidos... ¿Cree que se ha perdido ese glamour?
Y.B. - [Ríe] Sí, fue muy divertido... Lo que ocurre es que lo que era glamour entonces ya no es glamour hoy en día. Ha cambiado su propia moda, ahora se ve con otros ojos, es diferente.

Diseño para Marlon Brando en "Superman"
M.B. - Usted siempre ha dicho que le encantó poder trabajar con Marlon Brando, ¿qué piensa del escándalo de Bertolucci y Brando con "El último tango en París"?
Y.B. - Le quiero todavía. [Bromea y reímos] No, lo que hicieron con Maria Schneider fue un escándalo y francamente no entiendo porque no le dijeron lo que iban a hacer. Creo que una actriz, si es una actriz que merece la pena, puede interpretar este sufrimiento. Nadie tiene que sentir nada hasta el suicidio, prácticamente. Los dos [Brando y Bertolucci] han sido muy cerdos al no hablar con ella, y me parece una actitud deplorable.

M.B. - Enlazando con la polémica de Trueba. ¿Cree que se debe atacar una película por lo que hayan hecho o dicho sus creadores con anterioridad?
Y.B. - Me parece terrible lo que ha pasado. No hay derecho, no era la intención de Trueba la de crear polémica, pero no hay nada que hacer con gente que tiene mentes tan estrechas o tan nacionalistas... Es de mala educación boicotear una película. Ha habido tanta gente que ha dejado su corazón, su talento y su dinero en la película, en una película buena, agradable... No tengo palabras, no puedo concebir la actitud de esta gente, no la entiendo... Y Trueba tampoco la entiende, hablé con él y ninguno entendimos esta crueldad innecesaria.

M.B. - En la primera edición de los Premios Goya pudimos verla, presentada por el mismísimo Fernando Rey, por lo que usted lleva aquí desde el principio. ¿Se vio alguna vez como presidenta?
Y.B. - Jamás en mi vida pensé en ser presidenta de la Academia, ha sido una sorpresa muy grande... Pero tengo que decir que lo estoy disfrutando.

M.B. - ¿Cómo recuerda el vestuario de "Bearn o la sala de las muñecas" (Jaime Chávarri, 1983)?
Y.B. - Recuerdo que me gustó mucho hacerlo, había trajes mallorquines preciosos... Fue maravilloso vestir a Ángela Molina, siendo una belleza. Y a Fernando Rey y a Imanol Arias y todos los actores de la película, todos tenían un vestuario muy diferente, con mucho carácter y detalle. Es una película que me encanta.

M.B. - Fernando Rey le cogió mucho cariño durante el rodaje. ¿Cómo suele ser su relación con los actores a los que viste? 
Y.B. - Normalmente tengo buena relación con ellos, saben que yo quiero hacerlo lo mejor que pueda con ellos y aprecian que les deje en su papel como ellos quieren verse. Nunca he tenido malas relaciones con actores... casi nunca, sólo con algunos mediocres.

Yvonne junto a sus diseños de "Superman"

M.B. - Cuando llega a España tiene un encuentro fabuloso con Gonzalo Suárez. ¿Cómo fue esa relación director-figurinista?
Y.B. - Me encanta Gonzalo, es una persona divertida, brillante, inventiva... Tiene una imaginación increíble, a veces una le entiende y otras no, pero es una persona entrañable, Gonzalo.

M.B. - "Remando al viento" (Gonzalo Suárez, 1989) ya debió ser un trabajo espectacular, pero con "Don Juan en los infiernos" (G. Suárez, 1991) hubo una magnífica sincronía en vestuario, decorados, interpretación... ¿Cómo suele trabajar con el resto del equipo?
Y.B. - Cambia... Con el equipo de Gonzalo, por ejemplo, trabajaba muy bien. Una vez has trabajado con él comprendes que eres como una familia, trabajamos juntos, no ves diferenciación entre departamentos, además éramos siempre los mismos. Hablamos, tenemos tertulias, y llegamos a acuerdos entre risas, no hay estrés. Muy bien.

M.B. - He leído en alguna parte que le gusta implicarse en el proceso creativo. Supongo que eso es más sencillo en España que en Estados Unidos o Inglaterra... 
Y.B. - Es diferente, pero al final todos hacemos cine de la misma forma, lo que cambia son los temperamentos. Pero sí, me gusta estar en el proceso creativo. Por ejemplo, me gusta hablar con los guionistas sobre los personajes, ellos tienen una visión muy clara, se han documentado sobre la película o al menos la tienen en su cabeza. Eso es lo que me interesa que me den los detalles, su propia visión de los personajes. Si hay un escritor abordo me gusta hablar con él.

M.B. - Los últimos años hemos visto su nombre en grandes producciones como "Los fantasmas de Goya" (Miloš Forman, 2006) "Encontrarás dragones" (Roland Joffé, 2011). ¿Qué proyectos le esperan?
Y.B. - De momento mi proyecto es la Academia, tengo algunos proyectos pero aún no tienen luz verde. De todos modos no creo que mientras esté aquí pueda combinar los trabajos, es muy difícil compaginar. Aquí hay muchísimo trabajo, más del que yo imaginaba, y estoy aquí full time casi todos los días y hay mucho que hacer. Me han dicho que quizás es porque acabo de empezar y no tenemos director general, pero no veo que pueda hacer una película, que siempre me estresa mucho, y el día a día de la Academia. Es demasiado, una cosa que no pueden hacer los directores o los actores cuando son presidentes es dedicarle todo el tiempo que tengo yo. Estoy jubilada, por lo que tengo todo el tiempo del mundo. [Risas]

Junto a Truffaut, dos tímidos a 451 grados fahrenheit
Coincido otra vez con Yvonne después de la entrevista, es el cumpleaños de los Cines Callao, va acompañada de su marido, Gil Carretero, el hombre al que debemos que haya venido a nuestro humilde país, como sentenció Fernando Rey en la primera edición de los Premios Goya. Yvonne Blake apenas ha cambiado desde entonces, continúa reflejando la misma ilusión en su mirada. Me reconoce enseguida y me coge las dos manos cariñosamente, está encantada y trasmite toda la seguridad del mundo desde su presidencia. Ejerce su cargo con discreción, está con todos: directores, actores, maridos, proyeccionistas, es nuestra presidenta, y nosotros somos todos sus hombres, trabajando a favor de una Academia a la que ya le toca un período de estabilidad. Espero que hayan disfrutado, como yo disfruté, de este encuentro con Yvonne Blake, nueva presidenta de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España.

Yvonne 

viernes, 6 de enero de 2017

Pasajeros del olvido

Estas fiestas que hoy llegan a su fin entre chocolates y Roscones de Reyes (recomiendo encarecidamente el de la Pastelería Arrese de Bilbao), se ven sustentadas por la ilusión, no por el consumismo de ración al que nos tienen sometidos los grandes cerebros pensantes. Sin embargo la ilusión está desapareciendo, también en la industria cinematográfica, resignada a lanzar subproductos comerciales para mantener al espectador sentados en su butaca durante dos horas (si no se levanta en varias ocasiones a desprenderse de los residuos naturales que originan los litros de cola que ingieren con la excusa de ir al cine). El llamado "repunte" de la crisis no ha hecho más que llenar las salas de cine de incultura, cientos de personas que consumen de forma indigesta el material audiovisual tratándolo como una servilleta de usar y tirar. El problema no está en la masa, sino en los grandes estudios que fabrican de forma mecánica para ello. La distribución e incluso el planteamiento de "Passengers" (Morten Tyldum, 2016) es ese, una cinta que todos conocemos desde el tráiler pero que tenemos que ver, y su supervivencia se sostiene sobre la comedia romántica. No importa que sepamos lo que va a ocurrir, la pareja sobrevivirá al metraje, siempre acaban juntos, pero tenemos que verlo, y esta cinta es una ingeniosa forma de hacerlo. La clave de esta propuesta está en el personaje de Jennifer Lawrence, que continúa demostrando su inteligente forma de seleccionar proyectos, ha sabido mostrar las relaciones humanas en un futuro desproporcionado que se le escapa al propio Tyldum, para mostrar una ambigua reflexión sobre la soledad y el hombre, a la altura del mismísimo Gabriel Axel.


"Passengers" podría haberse titulado "Pasajeros: el octavo e-mail" y haber sido dirigida por Ridley Scott con guión de Nora Ephron, donde se muestra el alcance de esta peliculita que muestra racimos de sospecha. Hay algo extraño en la nave que se resiente, pretende que el Avalon sea un navío con pasajeros del olvido, teniendo una interesantísima propuesta entre sus manos, perviven ecos que rechinan, giros de guión inverosímiles a costa de salir de un lío argumental, personajes comodín como el de Laurence Fishburne y la incomprensible aparición final de Andy García. ¿Será este un caso para Iker Jiménez? Tyldum tilda a sus personajes de un resentimiento a la empatía, que resulta genial por un lado, son seres que están aceptando el desperdicio de su vida, por ello quizás el espectador se sienta más acorde con las divertida gestualidad robótica de Michael Sheen. Sin duda todo un portento ante la panificadora que supone el rostro de Chris Pratt, al que aceptamos con lamento, al fin y al cabo es uno de esos rostros que Hollywood ha ido incorporando sobre un molde imaginario que sostiene sus productos "del montón". "Passengers" lucha por algo más, es una historia más que brillante, una odisea espacial con toque de antaño y estructura de comedia romántica de los noventa, con una Lawrence que, como nosotros, quiere ver más allá y pretende mostrárnoslo. Es sin duda el film perfecto para aquellos que disfrutábamos de cinco semanas en globo sin salir del salón, sin embargo la vuelta al mundo durará más de ochenta días, mientras algunos pasajeros se perderán en un dimensión que intentará explicar a Andy García.

martes, 3 de enero de 2017

Roguemos a Disney

Las ajetreadas fiestas navideñas me habían impedido ir antes a ver la película de la temporada, "Rogue One: Una historia de Star Wars" (Gareth Edwards, 2016), pensé que la noche de Año Nuevo sería una buena opción para disfrutar de este spin-off de una saga que me acompaña desde la infancia. Se le ocurrió lo mismo a cientos de infelices que, como yo, se agolparon en la sala aflojando su cinturón para tragar cubos y más cubos de palomitas. Al ser uno de los grandes éxitos de las navidades, con tres semanas en lo más alto del ranking, los anuncios se aprietan al comienzo sumando cerca de veinte minutos de metraje, la parodia publicitaria con la que comenzaba "Tropic Thunder, ¡una guerra muy perra!" (Ben Stiller, 2008) es ya una triste realidad. En ese tiempo uno tiene tiempo para terminarse sus refrescos, ir a comprar otros, acomodarse en la butaca, incomodarse en esa posición y buscar otra nueva. Entonces comienzas a pensar en Carrie Fisher y Debbie Reynolds, te entristeces y sientes que ya ninguna película será tan genial como "La guerra de las galaxias" (George Lucas, 1977), ni tampoco tan divertida, alegre y genial como "Cantando bajo la lluvia" (Stanley Donen, 1952). Empiezas a recordar los pasos de Gene Kelly y en cuanto estás dispuesto a levantarte y marcharte entonando el mítico "Singing in the rain", te atrapa la potente música de John Williams y quedas clavado en tu butaca atrapado por la eterna inmensidad del espacio. Por mucho que cambie la saga, el universo es ya tan inmenso y ha calado de tal manera en nuestro imaginario que no podemos resistirnos a contemplarlo con la mirada de un niño de diez años. 

Gareth Edwards dirigiendo a Felicity Jones, protagonista.

Es por esa estela de nostalgia que pervive en nosotros por la que debemos rogar a Disney, que tiene en sus manos nuestra infancia, para que conduzca con cuidado, salvándola de cualquier terrible destino cinematográfico. "Rogue One" es un film elegante, una historia que completa un vacío imaginario de nuestra juventud de una forma discreta y formal, utilizando con genialidad guiños y recursos que nos sitúan en ese precedente a la ya citada "guerra de las galaxias". Es por lo tanto una gran comienzo para un año 2017 al que nos enfrentamos con franquicias, sagas, alguna cinta indie de autor y con Disney como dios todopoderoso del cine, no sería un mal año para descongelar a Walt. Después de años y años de mechandising barato, vendido en la cola de compra del Fnac, resulta reconfortante que se utilice el mundo de Star Wars de una forma que revitalice sus fans. Muchos se quejan de falta de originalidad en esta nueva era, yo creo que eso ya era previsible desde la primera entrega, sin embargo ello no deja ser fantástico, poseyendo algunos de los mejores personajes del universo cinematográfico. ¿A quién no se le ha caído la baba al ver la nueva presencia de Darth Vader empuñando su sable láser? Un momento estremecedor que suma al clímax de "Rogue One" de una forma excepcional, un final potente y zanjado con toda responsabilidad en esa mirada reconstruida de la Princesa Leia. El inevitable final al que se conducen todos los personajes de esta "historia de Star Wars" es más que predecible y necesario, los rebeldes siempre han tenido una carga implícita de insignificancia. Ya cuando morían los escuadrones más simpáticos en la era galáctica de George Lucas les despedíamos sin ningún afecto, y celebrábamos después la victoria. 

Playas de Scarif al más puro estilo Normandie

Forest Whitaker es Saw Guerrera
Es por ello que "Rogue One" respeta con elegancia el espíritu de la Fuerza, basándose en las distintas teorías religiosas que siempre se han criticado. El propio Edwards parece ser un gran admirador de los creadores de esta galaxia, especialmente de Steven Spielberg, pues la lucha final no solo tiene una estrategia de combate similar al desembarco en la Playa de Omaha, sino que hay algo en el montaje y las batallas que nos lleva directamente al magnífico comienzo de "Salvar al soldado Ryan" (Steven Spielberg, 1998). Los propios cameos de personajes míticos de la saga son la muestra de amor que el fiel padawan advierte para seguir confiando en esta era de Disney, que nos dejó una primera entrega algo decepcionante. Si hay algo por lo que será recordada "Rogue One" es por la resurección de Peter Cushing, uno de los actores más geniales en cuanto al físico incorporado a sus personajes, la vuelta a la vida de su Grand Moff Tarkin es un lujo que muestra en gran avance en los efectos especiales, poder contar con él de una forma tan completa es el mayor regalo al discípulo jedi. La música de Williams suena más potente que nunca, el vestuario resulta más feroz que el de entonces, la carga (y crítica) nazi se hace en esta película de forma más evidente. Lo único que echamos en falta es al Emperador, y en España la voz de Constantino Romero como el eterno Lord Vader, ya que James Earl Jones sigue en la V.O. Toda esta labor por resucitar una infancia que se daba por perdida hace de "Rogue One" una película genialmente entretenida, un buen subproducto de merchandising que podemos disfrutar más allá de la cola del Fnac. Roguemos pues a Disney para seguir en esta fila sin perder la vez. 

sábado, 31 de diciembre de 2016

The Young Sorrentino

Este año que hoy termina comenzaba en este blog embriagado por la belleza, elegancia y sofisticación de "La Juventud" (Paolo Sorrentino, 2016), unas imágenes envueltas en la majestuosa mentira de su director. Antes de acabar el año hemos vuelto a saber del nuevo prodigio italiano que, sin salirse de desmesurada y deliciosa ostentosidad de su cine, se adentra en uno de los mayores centros de poder: el Vaticano. "The Young Pope" es pues una serie única, ácida, mordaz y brillante por su capacidad de faltar al respeto sin ninguna intención de ello y tampoco sin querer. De ello se alimenta el lujoso cinismo de Sorrentino, la institución más férrea de nuestra movediza sociedad presentada como un nido de víboras que se comen unas otras con el delicado arte de la mentira, sin embargo terminamos por aceptarlo como una constante, vemos normal una curia pecadora y finalmente la defendemos como la Madre que es. Desde este tipo de condiciones que asumimos conforme avanza el metraje comienza la narrativa filosófica del director, que nos otorga el cetro de poder más grande, un cetro con nombre propio: Jude Law. El simple hecho de verle sonreír con el hábito papal ya supone una jocosa y sorrentiniana imagen para la historia cinematográfica, aunque en realidad no tenga ninguna gracia y el levantar de una ceja pueda atemorizarnos. El discurso que Pío XIII da ante sus cardenales con la tiara papal es la escena más terrorífica, más bien estremecedora, que he podido ver en una pieza audiovisual. Resulta curiosa la relación de Sorrentino con la estética, junto con el atrevimiento que suponen sus personajes, es la característica más representativa de su cine. En "The Young Pope" no es tan llamativa la estética como lo visual, el llamar la atención con una imagen o estampa, tal vez favorecido por la rotunda negativa de rodar en los escenarios reales.


No se puede acabar o empezar el año mejor que con esta serie, en una época donde la política se mancha de laicidad populista, es totalmente sobrecogedor descubrir una obra religiosa tan laica como "The Young Pope". No se sitúa en ningún bando, ni ataca de forma irracional, es totalmente consecuente con sus actos y desprende una deliciosa racionalización de todas sus bombas. Un cristiano nunca será tan cristiano como después de ver la serie, el único cambio lo notarán los ateos, pues comenzarán a creer en Dios y le llamarán Sorrentino. Así, como un versículo del Génesis bíblico concluye esta obra maestra que se presenta como una opereta, un trabajo ligero como "La flauta mágica" (Wolfgang Amadeus Mozart, 1791) que se presenta como una nueva guía para entender nuestra Biblia Cinematográfica. Dijeron que "el cine de ahora se hace y se ve en la televisión" y el Dios Sorrentino se fue a la televisión, ya se ha dado vía libre a una segunda temporada en la HBO. La obra de este pintoresco director es una filmografía basada en sus personajes, el propio Don Paolo confirma que son los personajes los que se apoderan de sus historias y para ello es necesario un reparto potente. Descubrir aquí a un actorazo como Silvio Orlando ha sido todo un regalo, sus miradas, sus arrebatos -tanto sentimentales como maníacos- y sobre todo su particular forma de convertirse en el titiritero de las sombras le ha elevado a los altares. El personaje de Diane Keaton parecía más prometedor, más acorde con la superioridad papal de Law, la evolución apocalíptica de la novicia María de "Sonrisas y lágrimas" (Robert Wise, 1965). Keaton está impecable, y su papel es heredero de varios personajes femeninos de la Biblia, con la Virgen como principal referente, y como todas ellas permanece en un segundo plano. Sólo es protagonista cuando el Papa la introduce en sus plegarias. 


Les deseo lo mejor para este 2017 que se nos echa encima, si quieren empezarlo con el pie derecho no duden en completar su saber de seriéfilos con esta maravilla. Siendo el principal abanderado de mi país, no vaya a ser que me boicoteen el blog, he de decir que la interpretación de Javier Cámara es brillante y su personaje completa el círculo vicioso que se vive en el Vaticano, sin embargo he de añadir que la escena hablada en español es catastrófica e incoherente por su vaga interpretación metafórica. Una pena más bien destinada a Sorrentino pues Cámara no deja de estar genial. A lo largo de los diez episodios que comprenden esta primera temporada nos abrimos a todas las corrientes abiertas que acosan hoy a la Santa Madre Iglesia, con el astuta posición de salvaguardar el tema más delicado, del que ya estamos aburridos y al que incluso le han dado un Oscar a la Mejor Película (véase "Spotlight", Thomas McCarthy, 2015). Costa-Gavras, maestro indirecto de Sorrentino en el arte de versar sobre nuestra sociedad con coloridas caricaturas, hizo su propia investigación del Vaticano en "Amén" (Costa-Gavras, 2002) de la que se reconocen ciertos clichés que no dejan de ser lo que son, pero es que muchos fueron creados por Costa-Gavras. La obra de Sorrentino mantiene de todos modos la originalidad y frescura que nos hace disfrutarla y sentirla como una liviana manzanilla que nos purga contra las representaciones malignas que vivimos día a día. Todo se reduce a su amado Maradona, un símbolo que siempre será el más grande aunque permanezca en lo más oscuro. El Papa hace una reflexión que viene a ser algo como "ustedes creen que nosotros [los pertenecientes a la Iglesia] nos ruborizamos por sus pecados, sin embargo es al contrario, somos la institución más acostumbrada a tratar con el pecado, ya hemos oído de todo". Con ella les invito a tomar las uvas y atragantarse con ellas. Feliz Año Nuevo. Que Sorrentino les bendiga. 

martes, 27 de diciembre de 2016

Carrie, que la ilusión te acompañe

Desde el pasado viernes sigo con atención distintos medios que informaban sobre el ataque al corazón que Carrie Fisher en un vuelo de Londres a Los Ángeles. Algunos lo calificaban de episodio cardíaco, una bonita manera de adornar un reventón arterial, como hablábamos en nuestra particular felicitación navideña: "¡Qué bello es morir, siempre y cuando se haga con elegancia!". Carrie nos deja como una postal, tradición prácticamente obsoleta que solía darse en estas fechas, con el talante de una princesa guerrera a la que nos hemos entregado varias generaciones, un símbolo que va más allá del universo Star Wars y de su enorme ejército de freaks, un elemento unificador que se ha convertido en la base de cientos de relaciones. Es por ello que su fallecimiento nos sume en una tristeza extraña que navega entre la nostalgia y un amor cinematográfico que traspasa la pantalla, un amor fílmico que nos llega de la añoranza de la hija de Darth Vader, de la hermana de Luke, de la princesa Leia. Cuando el pasado año volvió a participar con Harrison Ford de la saga en "Star Wars: El despertar de la Fuerza" (J.J. Abrams, 2015), volvió a nacer un sentimiento que sólo se da en el buen cine, la película no es sin duda la mejor de la saga, sin embargo su historia, sus personajes, pertenecen ya a un imaginario universal que hizo de ese abrazo una de la imágenes más emotivas del cine reciente, donde el sentimiento, el amor y la esperanza parecen desaparecidos. La única manera de rebajar el dolor que embriaga en estos momentos a su hija, Billie Lourd, y especialmente a su madre, la dulcísima Debbie Reynolds, es comprendiendo que miles de personas lo compartimos con ellas, salvando las debidas distancias. Ayer mismo la propia Reynolds nos daba un halo de esperanza asegurando que "Carrie se encuentra estable", su muerte es un duro golpe para toda una comunidad que ha vivido alimentada de su ilusión.


Leia fue el papel de su vida, una imagen unida a dos ensaimadas que nunca pudo quitarse de encima, sin embargo ha una segunda lectura que muestra su lado más expresivo, una inteligencia que le llevó a escribir con total libertad, liberada de una época oscurecida por los excesos. Renació cargada de un brillante sentido del humor que supo demostrar en documentales sobre su persona y su personaje, y geniales intervenciones en conferencias dedicadas a aquellos súbditos renegados de la princesa más tierna de la galaxia. Cuando me enteré de su episodio cardíaco, el último de una intensa novela que tuvo su propia adaptación cinematográfica ("Postcards from the Edge", Mike Nichols, 1990), me vino a la cabeza el episodio aéreo de Mary Santpere, que le dejó por siempre su eterna sonrisa en el asiento 27C de un vuelo Barcelona-Madrid. Hace poco más de un año me desperté lleno de ilusión por un retweet de la propia Fisher, me llené de emoción y de la ilusión que ella misma desprendía, se había molestado en leerme y compartirme. Aquella mujer con la que llevaba fascinado desde los seis años, cuando mi padre se esforzó por hacerme ver la saga en su orden original, me había hecho un gesto, un guiño, ese que en tantas ocasiones buscamos y nos llena de ilusión. Despedimos así a Carrie Fisher, como una postal que permanecerá eternamente en nuestra memoria, una mujer fuerte y vivaz que ha dejado un legado más que perdurable, pues está impregnado ya en nuestra cultura. Ya está confirmada su participación en "Star Wars: Episode VIII" (Rian Johnson, 2017) que se encuentra en fase de postproducción, y pese a que siemypre la recordaremos enfundada en su característico peinado quedan también para la historia sus papeles en "Granujas a todo ritmo" (John Landis, 1980) o su divertida participación en el catering de "Hannah y sus hermanas" (Woody Allen, 1986), e incluso la positivista Marie de "Cuando Harry encontró a Sally..." (Rob Reiner, 1989).



domingo, 25 de diciembre de 2016

¡Qué bello es morir!

Siempre y cuando se haga con elegancia y discreción, no entre vómitos y deplorables llamadas de atención, en ocasiones un buen suicidio puede salvarnos de un destino maloliente y desagradable. ¿O acaso no era esa la moraleja del mítico film con James Stewart? En "Qué bello es vivir" (Frank Capra, 1946), el protagonista había de morir para darse cuenta de la importancia de su vida, claro que nada de ello, ni la muerte, supera a la indiferencia. La misma con la que vive "Plácido" (Luis García Berlanga, 1961), otra persona para la que la vida es una tremenda carga que se sufre día a día, letra a letra, quede para el recuerdo esa imagen de la viuda Concheta (Julia Caba Alba) engullendo turrón del duro entre lágrimas. Un año más sobre estas fechas aumentan los índices de suicidio, algunos hartos de no haber obtenido el décimo ganador en la Lotería Nacional, y otros, a los que les ha tocado el premio, eligen la opción como el método más rápido para huir de los bancos. Si hay un sentimiento que reina en estas fechas es la insatisfacción, venga del lado que venga todas tienen un revés que puede volverse en su contra. Otros años les he recomendado grandes películas navideñas, desde "El día de la bestia" (Álex de la Iglesia, 1995) a "De ilusión también se vive" (George Seaton, 1947), sin embargo este año les emplazo a disfrutar de películas de familia y nadie endulza mejor las reuniones familiares que Tennessee Williams, ¡qué arte para la creación de la desesperación desde la cotidianidad! Ninguna frase suena mejor que "Soy un poco mentirosa, al fin y al cabo el encanto de una mujer es la mitad ilusión" en boca de la Vivien Leigh de "Un tranvía llamado deseo" (Elia Kazan, 1951). Esa es la verdadera ilusión navideña, racimos de una locura estacional que siempre necesitan un Kowalski para volver a meterse en cintura.


La mentira es la gran protagonista de estas fechas, entrando en matices sería más bien el cinismo. Blanche DuBois en la citada obra de Williams, Huma Rojo en "Todo sobre mi madre" (Pedro Almodóvar, 1999) o Jasmine Francis en "Blue Jasmine" (Woody Allen, 2013), todas ellas han formado ese exquisito ideal de la mujer perturbada que depende de la bondad de los desconocidos. Todas ellas encauzadas hacia la autodestrucción, que no es otra que una de las más elegantes y literarias formas de morir. Y todas ellas viven de un cinismo implícito en su forma de ser, no soy unas simples mentirosas, viven de su propia mentira, como todas las señoras que preparan con rutina sus belenes con ríos de papel albal, igual que bajan por compromiso a la misa del gallo, para olvidarse el resto del año del espíritu cristiano que durante unos días llenó su cínica alma. Es por esa clase de acciones que nuestra sociedad piensa lo bello que es morir, hemos desarrollado todo un arte alrededor del cortejo fúnebre, todo buen suicida ha de escoger bien su ataúd primero, pues la gente que se encarga de elegirlo ante la tristeza familiar suele ser bastante hortera. "La primera vez que le vi me dije: ¡Ese hombre va a ser mi verdugo!", dice un suicida al mirarse al espejo. La frase es otra de esas que Tennessee Williams deja para inscribir en piedra, aunque ninguna desata más pasión y amor a la vida que el grito a "¡Estela!" que Marlon Brando dejó para la eternidad. Lo que contradice toda la teoría de la belleza de la muerte, un grito primitivo y rudo producido por la desesperación, también así suelen acabar las cenas navideñas, la gente se calla entonces y come el pavo. Es el momento pues de romper el hielo con la sociedad del consumismo, otra práctica habitual cinismo doméstico para el que Williams nos deja otra astuta frase en esta mítica obra: "El olor del perfume barato es muy penetrante". No compréis por comprar, si no se puede comprar no compréis, y si se puede comprad el maldito Eau de Rochas. El propio Tennessee Williams tuvo una muerte ridícula, primero fue un suicidio, luego se descubrió que se había asfixiado con la tapa del bote de las pastillas. Si a estas alturas me siguen leyendo, recuerden las palabras de Estela: "Nunca te escucho cuando empiezas a desvariar", y tengan ustedes una muy feliz Navidad.