lunes, 26 de septiembre de 2016

Paesa, el hombre mínimo

Francisco Paesa Sánchez es uno de nuestros agentes secretos más conocidos, su vida es una auténtica montaña rusa cuyos raíles son las mentiras, desde que se le dio por muerto, con cántico gregoriano mediante, su figura se ha ido convirtiendo en leyenda, hoy parece que "El hombre de las mil caras" (Alberto Rodríguez, 2016) es la primera pieza de una resurreción de la vida, elaborada por la misma cabeza que se las ingenió para intentar salvar a Roldán, o al menos su dinero. El film basado en las hazañas buro-estratégicas de Paesa hace justicia a cientos de thrillers perdidos y borra el sentido de "cine español", demostrándonos que no tenemos nada que envidiar al resto de cinematografías, y mucho menos a Hollywood. La fluidez del metraje es verdaderamente sorprendente, la capacidad de estar en Ginebra, París o Madrid con un mismo personaje sin que éste parezca sobrehumano es realmente fantástica, es un trabajo brillante que nos sitúa tras la figura del Paesa espía, siempre unos cuantos pasos más atrás. Para ello entra el elemento de ficción, una ingeniosa labor de Rafael Cobos y el propio Rodríguez que elaboran un guión sin fisuras, incorporando la figura clave de Camoes, ese ser omnipresente que nos cuenta una fantasiosa historia de espías, desde ese punto las mentiras se convierten verdades y el suspense está servido. La genialidad de esta narración es que llega a ser innecesaria en algunas secuencias (pues la información dada ya es recibida por otros medios), sin embargo no es más que una hábil táctica para crearnos cierta dependencia a ella, acentuando así el clímax cuando desaparece y nos deja a merced del astuto cerebro de Paesa.


Eduard Fernández resulta el Paesa perfecto, contenido, elegante, inteligente y astuto, irónico y acabado, al menos en su profesionalidad con el Gobierno, un Paesa pre-Tailandia donde se ve "esposado" a la ingenuidad de un Roldán totalmente desubicado, un Carlos Santos incapaz de seguir un buen consejo. Lo que nos hace sospechar que la Concha de Plata de San Sebastián no es más que el comienzo de una larga lista de premios. La película está llena de matices hollywoodienses, un filtro delicioso que hace que el espectador disfrute por completo de un cine que es al mismo tiempo comprometido (no sólo con el tema sino con la industria en sí misma) y comercial, lo que quizás argumente la reiterada explicación de determinados puntos para que no se pierda el espectador. He leído en más de una entrevista que el film podría haber sido de cualquier nacionalidad, que lo importante es el tema y la narración del mismo, y lo cierto es que en el aspecto técnico probablemente sea cierto, sin embargo hace falta haber mamado la teta de la corrupción para situarse políticamente. No es suficiente con saber que unos roban o usurpan las arcas públicas, y "El hombre de las mil caras" es un auténtico manual de aprendizaje en ese sentido. Se podría decir que el film llega en el momento oportuno, el caso es que cualquier momento hubiese sido el oportuno desde hace algo más de veinte años. Es un thriller político o un biopic sobre la primera vida de Paesa, el caso es que el color de la cinta no se deja consumir por el género, en todo momento se mantiene una luz clara e identificativa, aclarando que aquí las únicas trabas las pone la historia y nunca el ambiente, además de la elegancia parisina que Álex Catalán capta con discreción. La música de Julio de la Rosa cumple un papel esencial, ésta sí se mimetiza con el género y acentúa todos los aspectos de la trama sin arrancarle protagonismo.


Alberto Rodríguez encadena éxitos desde "Grupo 7" (2012), siendo "La isla mínima" (2014) el gran objeto de alabanza en su temporada, donde no sólo sumó la gran mayoría de los premios posibles, sino que abrió la veda para un cine de autor abiertamente comercial en nuestro país, una historia oscura, tratada con delicadeza que reunió a más de un millón de espectadores en España. "El hombre de las mil caras" pierde esos planos preciosistas y ese dominio abusivo del género para volcarse con su historia, involucrando así al público en su mentira. El resto del reparto forma un imaginario realmente fantástico, las dosis de realidad son las pocas que restan algo de veracidad a la ficción, como ese fantástico Belloch (Luis Callejo) y su genial cara a cara con Pedro Casablanc, tampoco faltan dosis de humor negro e ironía en la narración. Con el gran José Coronado como cómplice, quien se mueve como político en las arcas del Estado con un papel hecho a medida, como los trajes que visten todos y cada uno de los personajes. Nos encontramos en los 90' pero cualquiera pensaría que estamos en el noir del Hollywood de las décadas de 1930 o 1940, entre gabardinas y gafas de pasta que Fernando García domina ya con cierta soltura. Otro aspecto brillante es el tabaco, ahora nadie fuma en la películas, los actores no saben que hacer con las manos, en "El hombre de las mil caras" resulta indispensable un cierto filtro fotográfico que aporta el humo, el del cigarrillo que Paesa siempre sostiene. Aprovechando toda la promoción de la película, el auténtico Paco Paesa (afincado en París), ha concecido oportunamente una entrevista al Vanity Fair, aclarando entre otras cosas que "cuando fumo no miento". Una genial aparición que se presenta en un momento crucial, que como el film podría haberse dado en estos últimos veinte años. Por último cabe destacar la figura de Emilio Gutiérrez Caba, una figura latente, un auténtico agente secreto que finalmente actúa como una señal redentora y salvadora. No se pierdan esta brillante crónica negra de nuestro país, una vuelta a la necesidad de crítica que se vio en el cine político de la transición, y que ahora vuelve apoyado con el auténtico cine.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Sixteen going on seventeen

Hace poco volví a ver "Sonrisas y lágrimas" (Robert Wise, 1965), la ponían en la televisión y no pude resistirme a verla por completo una vez más, cada vez que la veo cada cierto tiempo encuentro detalles nuevos, descubro su facilidad para incorporar las canciones siendo tal vez el único musical en el que no chirría ninguna de ellas. La historia se arma firmemente sobre una época y una relación casi anecdótica, lo realmente brillante es que no se conduce a propósito hacia esas canciones, sino que aportan un matiz dulce que no hace más que remarcar la crueldad de los nazis. Se trata sin duda de un clásico que se repite varias veces en nuestras vidas, ahora que celebro mi cumpleaños veo como he ido creciendo con cada uno de los hijos de la familia von Trapp, llegando así al "Sixteen going on seventeen" con el que jugaba a ser mayor la recientemente desaparecida Charmain Carr. Es fantástico revisar una película y volver a sentirte como la primera vez que la viste, como también es terrible recordar el final de algunas, como nos sucede a los fieles admiradores de Alfred Hitchcock, sin embargo existen películas que por mucho que las veamos una y otra vez podemos volver a verla como un vine. Los dieciséis se van en los diecisiete y así sucesivamente hasta que se frena para volver a empezar contando los aniversarios desde la muerte del difunto, sólo algunos son capaces de comenzar de nuevo y retomar por donde lo habían dejado, como Francisco Paesa. Quiero agradecer a todas aquellas personas que me han felicitado en mi cumpleaños, ya que aunque podría hacerlo una por una, no me apetece.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Sing, Sing, Sing, Madame Streep

Hay que ser muy buena para hacerlo tan mal. Meryl Streep vuelve a apropiarse del metraje de su última película, "Florence Foster Jenkins" (Stephen Frears, 2016), un film biográfico sobre la gran dama de la sociedad neoyorquina que pasaría a la historia como "la peor cantante del mundo". La sobreactuación de Streep se acomoda perfectamente al marco que propone el director, una gloriosa Nueva York rociada por la magnífica ingenuidad de una dama que parece haberse quedado para siempre en su noche de bodas. Como todo biopic que se preste, el film cuenta con sus momentos de sentimentalismo donde Jenkins calla y el piano acentúa la lágrima, sin embargo la gran aportación de la cinta es una magnífico uso de la comedia. Se juega con el ridículo como el primer artífice de esas risa desde que vemos a Madame Jenkins descolgándose como una musa octogenaria, claro que ese factor es también el tema principal de la película, cuando un supera el primer show no puede más que compadecerse de esta anciana que siente la música como nadie. Muchos de los personajes siguen también este camino, desde la risa más estruendosa a la defensa más férrea de una mujer que era capaz de romper tímpanos por su amor a la música, el caso más relevante sería el de Agnes Stark (interpretada por Nina Arianda), quien es también la principal abanderada del otro factor cómico que anida en el film. La comedia más ingenua y absurda que aprovecha cualquier grieta para florecer, con el espléndido baile de Hugh Grant al ritmo de Benny Goodman como principal ejemplo. Grant resulta aquí un magnífico intérprete, su sola presencia nos hace comprender toda la situación que envuelve la vida de Florence Foster Jenkins, y para ello se sirve del enredo, el teatro shakesperiano y algunas gotas de innecesaria pintura color pastel.


Personalmente soy muy agradecido con los buenos biopics, claro que eso me crea un rechazo terrible hacia los puramente rutinarios, como "La teoría del todo" (James Marsh, 2014) o cómo hacer que nuestro nuevo actor británico favorito llegue a Hollywood. Aprecio mucho algunos recientes como "Pasolini" (Abel Ferrara, 2014) o incluso "The Queen" (2006) del propio Frears, con un toque de personalidad, algunas creadoras de un universo visual muy personal (su auténtica aportación al protagonista de su historia) o con formatos brillantes, como el documental que entra y sale según conviene. "Florence Foster Jenkins" no posee ese distintivo que la convierta en un gran biopic, pero cuenta con una gran historia (prácticamente desconocida u olvidada), contada con un estilo rudimentario que funciona y unas magníficas interpretaciones. Incluso ese dubitativo Simon Helberg llega a tener sus momentos de lucimiento, al fin y al cabo llegamos y nos vamos con él, oímos a Jenkins por primera vez con su piano y le aguardamos como agua de mayo el día del estreno. Es cierto que en muchas ocasiones la narración parece atropellada, mientras que en otros un instante se nos puede hacer eterno, esos recitales de Grant al más puro estilo de su Lord Byron en "Remando al viento" (Gonzalo Suárez, 1988), por suerte tenemos a Streep para hacerle callar cuando convenga. El uso de clichés en la narración resulta chirriante, claro que muchas veces es inevitable por donde se conduce la historia. La coincidencia del estreno del film, pocos meses después del de la cinta francesa "Madame Marguerite" (Xavier Giannoli, 2015) no deja de ser sospechoso, aquel al menos aportaba su toque de autor con una, no menos brillante, Catherine Frot que levantó el César a la Mejor Actriz por su papel. No sería extraño ver a Streep en las nominaciones a los Oscar, ya que sus cuerdas vocales desafinan a la perfección.

La auténtica Florence sereneando a sus colegas de la high socity. Tal vez la mujer que más ha amado la música. 

jueves, 22 de septiembre de 2016

Mentira conyugal sana

"La Mentira" de Florian Zeller es un libreto magnífico que analiza con humor la condición humana, a simple vista no parece del todo innovadora, el planteamiento es verdaderamente revelador y sugestivo, la esposa del protagonista ha visto a su mejor amigo con otra mujer, a partir de ahí se edifica una magnífica mentira capaz de dominar al espectador, removerlo y desesperarlo mientras intenta descubrir la verdad, o lo que no puede responder más que con carcajadas ante esa situación. Las cenas de amigos, de idiotas o últimas han sido siempre una constante en aquello de plantear un fondo teatral, el encerrar todas las mentiras en un sólo habitáculo para que no se desproporcionen es algo que ya hemos visto en el cine de Álex de la Iglesia o en la última etapa de Roman Polanski. Claro que "La Mentira" va más allá, no trata de encerrar a sus personajes sino de hacer que ellos mismos se encierren en una verdad de la que el público nunca podrá comprobar su veracidad. David Serrano realiza una adaptación sencilla y eficaz, un texto puramente cómico, lleno de pequeños comentarios brillantes en cada escena, una rápido y efectivo guión que nos lleva al enredo más disparatado y que recuerda a algunos clásicos del siglo XX, incluso a la sátira del disparate que se propuso la otra generación del 27. Claro que este componente lo aporta un descomunal Carlos Hipólito, que domina con la mayor naturalidad al tipo medio en una situación conyugal más cercana a las neurosis del cine matrimonial del Woody Allen. Aporta además un elemento cómico poco valorado en el teatro, la cotidianidad, partimos de un grupo de personas cuya vida es verdaderamente plana (véase el decantador de vino), cuya serenidad se ve asaltada por lo que uno de ellos a visto del otro.


El teatro actual parece huir de las historias (tal vez por la pereza del cambio de decorado) y prefiere sentarse a reflexionar sobre un tema, el caso es que "La Mentira" logra convertir cada situación por pequeña que sea en una brillante disección de sí misma. Resulta genial ver como la sencillez del hombre se ve atacada por la presunta mente "maligna" de la mujer, siendo finalmente el hombre el autor de la teoría más descabellada e ¿inverosímil? El duelo interpretativo entre Hipólito y Natalia Millán es realmente desternillante, con un amplificado sentido del movimiento sobre el escenario, realmente parecen estar desarrollando una coreografía entre las neuras de ella y el rostro de él. Claudio Tolcachir dirige esta versión apostando por la más clara sencillez, basándose en la ley de que nada debe distraer al espectador si el libreto es bueno, y ciertemente lo es, en gran parte por la enorme capacidad de los actores para llervárselo a su terreno. A sus propios tics o a su propia manera de discutir, o incluso de irrumpir en la acción donde entra Mapi Sagaseta el gran descubrimiento de la temporada teatral, dominada completamente por su personaje (el más complejo en lo que a mentiras refiere), paso y firme y voz bien audible, entrometida y completamente liberada de cualquier prejuicio, sensacional. Otro gran acierto de Zeller es el uso de la elipsis, no es ni mucho menos habitual sobre las tablas, y aquí es la mejor manera de darnos ese final inesperado y brillante que deja el delicioso sonido de carcajadas (mucho más exagerada, ¡qué ganas tiene la gente de reír!) y aplausos finales. Armando del Río tiene la mala suerte de portar el papel de culpero, aquel al que el espectador echa las culpas con tal de camuflar discretamente la verdad de los protagonistas, para los que desea lo mejor. No dejen de ir a ver esta astuta mirada al teatro de parejas, y no dejen de reír cuando se vean atrapados en la misma mentira. Estreno hoy 22 de Septiembre en el Teatro Maravillas.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Ni hombres ni hembras, Mattaruccos

Un tal Diego Mattarucco que es poeta y esas cosas, pretende despistarnos pero camuflado entre versos y fonética es otro psiquiatra argentino que disfruta examinando a sus pacientes, con los que comparte obsesiones, diversiones y dudas existenciales. No se dejen engañar por ese cardenal receloso que les habla con extraña dialéctica embutido en un verdugo rojo, como su hábito coral, ni tampoco se vean intimidados por ese terrorista cuya única arma es la palabra, déjense perder entre ríos de sonidos y no le busquen tres pies al gato. Así se presenta "Ni hombres ni hembras, hambres", el monólogo de Diego Mattarucco donde incluye algunos de sus textos más reconocibles, entre fonemas y poemas, no tema, no tiene que gustarle la poesía si quiera. Se trata de un espectáculo, un calculado espacio de humor donde cabe reflexionar sobre todo lo que fonéticamente ayude al desarrollo del soliloquio, que por una vez es coral, pero no caro. El punto de partida más divertidamente insospechado es que hayan de venir de Argentina a mostrarnos la riqueza de nuestro vocabulario, del ripio más tonto al trabalenguas más elaborado. La colaboración del público es indispensable para la plenitud de la obra, sin embargo si usted no se ve con las suficientes palabras, no huya, que al monologuista le sobran. Así pues en poco más de una hora uno se siente completamente un reflujo de lo allí vivido, después de haber acompañado a un guiri por nuestras provincias más autóctonas, o de invocar a Eros en una sesión espiritista ultralingüista, uno no queda indiferente, no sin antes ser el eco de un soliloquio enamorado. Al fin y al cabo todo se resume en el diálogo, ahí está la grandeza de esta pequeña obra, en palabras que van y vienen para llevarte y traerte.


Todo se resume en diálogo pero un libro no se lee por un resumen. El pequeño espacio de La Nao8 Sala te introduce en un clima acogedor (y fresco, con ventilador incluido), entre aquellos ladrillos uno no sabe si se encuentra en "El club de la comedia" o en unas ruinas vaticanas, de esas que esconden los cardenales para que no les echen de la Capilla Sixtina. Además hace un magnífico uso de la luz, Mattarucco no deja un instante de moverse hacia un lado y otro, y siempre se ve iluminado con sutilidad y relevancia, ya que la luz ("el color") acompaña en todo momento y acoge a los versos perdidos que se han ido cayendo. Quede claro que no estamos frente a un monólogo convencional de los que se han puesto de moda para ahorrar en la envoltura teatral, ni mucho menos antes un recital de poesía convencional, o al menos recitado con más gracia que Pablo Neruda. Existen una serie de libros donde uno escoge el futuro de la historia, toma las decisiones del protagonista y nadie termina la historia de la misma forma. "Ni hombres ni hembras, hambres" tiene una resolución parecida, es cierto que Mattarucco tiene su propia técnica para llevarnos a los Grandes Temas, sin embargo los caminos hacia ellos son siempre diferentes, para lo que uno se debe asegurar de ir bien acompañado. Y recuerden que cuando crean que saca su papeleta de la pecera no hay nada que temer, pues desde el primer momento ya están todos en su pecera, la de él, y disculpen que les trate de usted pero es que les conozco. En la calle de La Nao, 8, les espera este espectáculo al que es mejor que no le saquen la rima y se dejen disfrutar. (Pueden comprar las entradas por anticipado aquí, no duden en hacerlo).

lunes, 19 de septiembre de 2016

Ana Belén y la corte del Goya

Ana Belén se ha convertido en un emblema de nuestra España, con voz propia, una voz dulce y clara que no duda en decir lo que se tiene que decir cuando se tiene que decir. Ha sido una de las pocas afortunadas que han logrado romper con el titular de "niña prodigio", con una carrera musical deslumbrante, y otra como actriz realmente intensa y brillante, por la capacidad con la que ha logrado dominar papeles prácticamente opuestos, así en el cine como en el teatro. Si olvidar su film como directora en "Cómo ser mujer y no morir en el intento" (Ana Belén, 1991), una de esas historias corrientes que nos llenan de verdad, síntesis que se convirtió en el film más taquillero del año, claro que el Goya a la Mejor Dirección Novel fue para Juanma Bajo Ulloa. Su faceta como directora no suele ser recurrente en las entrevistas, sin embargo no descarta volver a ella, de lo que sólo le separa el respeto por todos aquellos jóvenes directores que sueñan con sacar su sueño adelante. Es por todo ello que el Goya de Honor de este año no puede estar mejor justificado, es cierto que muchos caen en el enfado año tras año cuando no suena el nombre de Carlos Saura o Basilio Martín Patino, pero lo cierto es que la grandeza de estos directores se caracteriza precisamente por esa huida del reconocimiento publicitario. Probablemente prefieran dejar el espacio de "Goya de Honor" en sus currículum para meter alguno de sus títulos, ya casi olvidados en nuestra cinematografía actual. Esto no hace de menos a los condecorados, sino que abre nuevas puertas y vías, como la (remota) posibilidad de que Ana Belén vuelva a la dirección, o sencillamente al cine. En noviembre la disfrutaremos en "La Reina de España" (Fernando Trueba, 2016).


Hace tiempo que quedó atrás la angelical Ana Belén de "Zampo y yo" (Luis Lucia, 1965), un arduo trabajo como actriz que le llevó a extremos como "Morbo" (Gonzalo Suárez, 1972) o la fuerza narrativa de "Tormento" (Pedro Olea, 1974), papeles realmente duros con una enorme fuerza interpretativa, donde se permitió fuertes cara a cara con grandes de nuestro país como Concha Velasco, Rafael Alonso o el gran Fernando Fernán Gómez en "El amor del Capitán Brando" (Jaime de Armiñán, 1974), siempre acompañada por una irresistible carga erótica que se desprendía en su lánguida mirada. Todo ello desembocaría en "La pasión turca" (Vicente Aranda, 1994), tal vez la necesidad profesional y física de contar un problema universal que en aquel tiempo dábamos por lejano, brillante acierto de Antonio Gala y Aranda, expuesto de lleno en una Ana Belén, no muy lejana a la Adela que interpretó en "La casa de Bernarda Alba" (Mario Camus, 1987). Su rostro, infantil y poderoso, ha inspirado a algunos de los más grandes directores de nuestro país, su mirada y su sonrisa son capaces de transmitir un sentimiento muy específico, un matiz entre lo espiritual y la carnalidad, algo que el espectador puede identificar como el sentimiento Ana Belén. También resulta brillante en el papel de la víctima buscada, aquella que busca el sufrimiento y que provoca su situación de víctima, como su Ana de "Demonios en el Jardín" (Manuel Gutiérrez Aragón, 1982) o en teatro con "El sí de las niñas" (Miguel Narros, 1969-1970). De todo ello haría una pócima perfecta en "El amor perjudica seriamente la salud" (Manuel Gómez Pereira, 1996), una astuta comedia romántica que se recrea en todos los tópicos desconcertando al espectador, llevándole desde el absurdo al romanticismo más embelesado, y Ana Belén parodiando todos sus esquemas interpretativos en el que es, tal vez, el personaje más completo de su carrera.


La vena cómica de Ana Belén corre a cargo de José Luis García Sánchez y "La corte del Faraón" (García Sánchez, 1985), una comedia musical muestra de una de las mejores aportaciones al género de nuestro país, un formato prácticamente inexistente en nuestro país y una plataforma perfecta para una crítica ácida entre canción y canción. El propio Luis García Berlanga se lamentaba de no haber podido hacer musicales, su primera pasión, claro que mientras Hollywood bailaba con "Un americano en París" (Vicente Minnelli, 1951) nosotros esperábamos y gritábamos ansiosos "¡Bienvenido, Míster Marshall" (Berlanga, 1953). El terreno que pisaba Ana Belén en el musical era cómodo pero peligroso, era indispensable diferenciar entre su carrera como cantante y su carrera como actriz, por lo que no tardó en desprender su vis cómica a la comedia ochentero-madrileña, entretenidos films de enredos que viajaban entre Lope de Vega y Frank Capra, como "Sé infiel y no mires con quién" (Fernando Trueba, 1985) o "Miss Caribe" (Fernando Colomo, 1988), género en el que se podría enmarcar su film como directora. Con García Sánchez nos dio también una de las lecciones más claras sobre el teatro en celuloide y el teatro el tabloide, su carrera sobre las tablas se remontaba al comienzo de su carrera, y hasta su magnífica Medea (del pasado año) a penas la ha abandonado. En "Divinas palabras" (1987) y "Tirano banderas" (1993), ambas de García Sánchez, inserta en el cine una nueva forma de hacer teatro, una rotura con el controlado esperpento del libreto, haciendo del escenario teatral un mundo completo, una sala dedicada al Goya (pintor), y luego Ana Belén con su ligereza, blancura y elegancia, aún con los trapos propios que conlleve la caracterización. Recíbase pues con total honor un Goya que reconoce una carrera y una inmensa aportación a nuestro cine.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Gernika: la dureza del bolchevique

El cine bélico ha sido un auténtico estigma en nuestro cine, tuvo un primer momento de éxito durante la formación de los cimientos del franquismo, donde se elogiaban las cruzadas nacionales, siendo "Tierra de todos" (Antonio Isasi-Isasmendi, 1962) una de las primeras cintas bélicas donde reina la ambigüedad sobre unas imágenes realmente reveladoras, claro que después de una primera escena realmente asfixiante y genial entre la bruma y las matas, se desarrolla una gran historia de personajes sobre un claro telón bélico como lo es la guerra civil, pero sin volver directamente a ella. Algo parecido ocurría en la primera parte de "Balada triste de trompeta" (Álex de la Iglesia, 2010), una deliciosa muestra de violencia y desenfreno, y tal vez una de las batallas sobre la guerra mejor filmadas de la historia, sin embargo la historia tiene finalmente otro objetivo. "Gernika" (Koldo Serra, 2016) se presenta como un film bélico, una obra de armisticio cinematográfico que propone narrar un hecho histórico situándose como meros espectadores, sin tomar ningún bando declarado. El personaje de James D'Arcy lo deja muy claro desde el principio, "odio la propaganda, me da igual de que lado venga", claro que para igualar el odio que el público siente impulsivamente hacia los nazis, es necesario aferrarse a comunismo férreo y cruel que nos muestre "la dureza del bolchevique". Después de todo, el film de Serra se convierte en una preciosa postal del País Vasco, con sus paisajes inigualables, auténticos caseríos y un Bilbao eterno que perdura en su Teatro Arriaga, después de todo parece que estamos ante un elemento de propaganda. Dentro de toda la épica cinéfila que embauca al film, éste llega a ella en sus pequeños detalles, en el americano que se decide a arreglar un coche o en el padre Álex Angulo que nos vigila desde la fotografía.


Ser una de las películas españolas que se plantea como cine bélico, y sobre todo ser la primera que trate de lleno el bombardeo de Gernika es todo un reto que tiende a rebajarse con una historia de amor de manual que pretende adaptarse a la historia. Lo cierto es que los cortes que separan el peculiar enamoramiento entre D'Arcy y María Valverde, y toda la planificación del bombardeo resultan algo artificiosos, bruscos en cuanto a la relación entre ambas partes. Quedando de lado otra historia de amor que creo más potente y arriesgada, como la que protagonizan Ingrid García Jonsson y Álex García, una arriesgada fotógrafa de guerra al más puro estilo Capa, y un periodista infiltrado por el régimen fascista, en su pura conveniencia. Tal vez eche menos algo de suspense en cuanto a quién es el infiltrado. Aunque el melodrama que predomina la mayor parte del metraje hubiese tenido un exitoso futuro como miniserie de dos capítulos, el film tiene un enorme valor técnico (el bombardeo es una auténtica delicia) y brilla en los pequeños momentos, en las intervenciones de Víctor Clavijo, Julián Villagrán y sobre todo una magnífica Irene Escolar, capaz de romper el mono del doblaje para hablarnos directamente, papeles pequeños que enriquecen con cierto encanto una película telefilmera. Existen momentos realmente brillantes donde el espectador vive al límite, y donde llega a experimentar la dureza de la guerra civil, con un sabor edulcorado por los momentos realmente pasteleros acompañados por una magnífica música de ascensor. Cuando uno asume todos esos aspectos se enfrenta a una película realmente entretenida, ante un episodio prácticamente desconocido si no es más allá del cuadro de Picasso (con representación del cuadro incluida). Estamos pues ante una épica historia de guerra que Koldo Serra lucha con dignidad y su amado paisaje euskaldún.