El cine bélico ha sido un auténtico estigma en nuestro cine, tuvo un primer momento de éxito durante la formación de los cimientos del franquismo, donde se elogiaban las cruzadas nacionales, siendo "Tierra de todos" (Antonio Isasi-Isasmendi, 1962) una de las primeras cintas bélicas donde reina la ambigüedad sobre unas imágenes realmente reveladoras, claro que después de una primera escena realmente asfixiante y genial entre la bruma y las matas, se desarrolla una gran historia de personajes sobre un claro telón bélico como lo es la guerra civil, pero sin volver directamente a ella. Algo parecido ocurría en la primera parte de "Balada triste de trompeta" (Álex de la Iglesia, 2010), una deliciosa muestra de violencia y desenfreno, y tal vez una de las batallas sobre la guerra mejor filmadas de la historia, sin embargo la historia tiene finalmente otro objetivo. "Gernika" (Koldo Serra, 2016) se presenta como un film bélico, una obra de armisticio cinematográfico que propone narrar un hecho histórico situándose como meros espectadores, sin tomar ningún bando declarado. El personaje de James D'Arcy lo deja muy claro desde el principio, "odio la propaganda, me da igual de que lado venga", claro que para igualar el odio que el público siente impulsivamente hacia los nazis, es necesario aferrarse a comunismo férreo y cruel que nos muestre "la dureza del bolchevique". Después de todo, el film de Serra se convierte en una preciosa postal del País Vasco, con sus paisajes inigualables, auténticos caseríos y un Bilbao eterno que perdura en su Teatro Arriaga, después de todo parece que estamos ante un elemento de propaganda. Dentro de toda la épica cinéfila que embauca al film, éste llega a ella en sus pequeños detalles, en el americano que se decide a arreglar un coche o en el padre Álex Angulo que nos vigila desde la fotografía.
Ser una de las películas españolas que se plantea como cine bélico, y sobre todo ser la primera que trate de lleno el bombardeo de Gernika es todo un reto que tiende a rebajarse con una historia de amor de manual que pretende adaptarse a la historia. Lo cierto es que los cortes que separan el peculiar enamoramiento entre D'Arcy y María Valverde, y toda la planificación del bombardeo resultan algo artificiosos, bruscos en cuanto a la relación entre ambas partes. Quedando de lado otra historia de amor que creo más potente y arriesgada, como la que protagonizan Ingrid García Jonsson y Álex García, una arriesgada fotógrafa de guerra al más puro estilo Capa, y un periodista infiltrado por el régimen fascista, en su pura conveniencia. Tal vez eche menos algo de suspense en cuanto a quién es el infiltrado. Aunque el melodrama que predomina la mayor parte del metraje hubiese tenido un exitoso futuro como miniserie de dos capítulos, el film tiene un enorme valor técnico (el bombardeo es una auténtica delicia) y brilla en los pequeños momentos, en las intervenciones de Víctor Clavijo, Julián Villagrán y sobre todo una magnífica Irene Escolar, capaz de romper el mono del doblaje para hablarnos directamente, papeles pequeños que enriquecen con cierto encanto una película telefilmera. Existen momentos realmente brillantes donde el espectador vive al límite, y donde llega a experimentar la dureza de la guerra civil, con un sabor edulcorado por los momentos realmente pasteleros acompañados por una magnífica música de ascensor. Cuando uno asume todos esos aspectos se enfrenta a una película realmente entretenida, ante un episodio prácticamente desconocido si no es más allá del cuadro de Picasso (con representación del cuadro incluida). Estamos pues ante una épica historia de guerra que Koldo Serra lucha con dignidad y su amado paisaje euskaldún.
Raúl Arévalo Zorzo, con el nombre completo, con su origen, su tierra y su fuerza ha erguido una de las cintas españolas más raciales de los últimos tiempos, una cinta que podría definirse como el polvo que levanta un coche al arrancar. El 16 mm nació como una respuesta económica a los prestigiosos 35, hoy cualquier forma de rodar en cine es cara, sólo la insistencia de un director con alardes de artista y de una buena productora pueden llevar a la locura de devolvernos este maravilloso regalo. Beatriz Bodegas siempre ha corrido grandes riesgos con sus producciones, lo que las ha sacado adelante ha sido el creer en ellas, no sólo como producto comercial (y base de una industria), sino como piezas artísticas, "si ya se ha hecho, por lo menos que se haga bien". Un riesgo con el que también se identificaba la productora de Elías Querejeta, la principal culpable de haber otorgado un sentido metafórico a nuestro cine, fuente de obras que encontraban en el cine el auténtico Séptimo Arte, la expresión artística más completa. De todo ello bebe directamente "Tarde para la ira" (Raúl Arévalo, 2016), un film que vuelve a ello en el celuloide, en el grano, con las motas de polvo que hacen tartamudear al vinilo. No sólo mira atrás en su narrativa, llevada siempre en la fuerza de sus miradas y en diálogos en ocasiones poco legibles, aunque da igual porque ya está todo dicho, una premisa que bien podría adaptarse a un film de Víctor Erice, todo lo reservable permanece en la imagen. Tampoco camina lejos del Saura de Querejeta, del despertar de los sentimientos a partir de lo puramente cotidiano, de lo ordinario, de lo sucio. Después de todo uno parece que se encuentra en un chiste de Eugenio (malo porque no hace gracia), claro que lo relevante del humorista catalán es cómo lo cuenta.
"Agosto", primer borrador de "Tarde para la ira" ha conseguido tener realmente tres títulos brillantes, como el que acompañó la promoción internacional en su presentación en el Festival de Venecia, "The Fury of a Patient Man". Todos ellos escritos por el propio director junto a David Pulido, cuya labor profesional como psicólogo no ha supuesto más que el ingrediente perfecto para completar una fórmula deliciosa, empezando por la psique del protagonista, José cliente bar. Lo cierto es que éste personaje aquí encarnado por un magnífico (contenido, delirante, cautivador y desbordante) Antonio de la Torre, no es muy lejano al que interpretó Ryan Gosling en "Drive" (Nicolas Winding Refn, 2011), otro patient man que domina la delicadeza con ingenuidad y brilla en los arrebatos de violencia, por cierto también encontramos a una vecina con hijo y marido en la cárcel. Claro que "Drive" es ante todo un producto sintético, un magnífico film que deriva en situar al público como meros espectadores, en "Tarde para la ira" acompañamos a los personajes, les seguimos, les miramos, nos escondemos, al menos es lo que pretende la desconcertante cámara que pase por todos los puntos de vista. Aquí esa madre con hijo es una espléndida Ruth Díaz que ayer mismo se alzó con el premio a la Mejor Actriz en la sección Horizontes del Festival de Venecia, por un papel contenido y completamente objeto de la cámara que funciona como el perfecto botón para hacer funcionar el alma de thriller que evoca la cinta. Siendo Luis Callejo el "hombre" de ella, otro personaje que se convierte en carne de cañón para la consulta del Doctor Pulido, con todos sus recovecos, sus iras, sus ataques, y sobre todo esa mirada final hacia la palabra.
Cuando hablamos de cine y venganza pensamos directamente en Quentin Tarantino (saltándonos todas las referencias a la vendetta shakesperiana por encima), "Tarde para la ira" no toma ni mucho menos el testigo de la "venganza honrada" de "Kill Bill" (Tarantino, 2003-2004) sino más bien la de Puerto Hurraco, sin embargo si se acerca a Tarantino en la música que anticipa la acción, los imponentes títulos de crédito y la presentación de las situaciones. Además de esas carreras en primera persona, como la persecución del comienzo, que nos lleva directamente al carácter cinéfilo de "Reservoir Dogs" (Tarantino, 1992). El propio Arévalo tuvo la oportunidad de vivir su propia venganza en la interpretación en "Murieron por encima de sus posibilidades" (Isaki Lacuesta, 2014), una brillante y caótica comedia de lo más negra, donde Arévalo lucía su vena más sangrienta hacia José Coronado, en el interior de un escaparate. Todo se ve medido con cuentagotas, el guión de "Tarde para la ira" es una perfecta armazón dispuesta a enfrentarse ante cualquier batalla cinematográfica, toda la trama se desenvuelve con normalidad entre los personajes, y sólo cuando pierde el control (en lo visual, pero nunca en lo narrativo) disfrutamos profundamente del material servido. Como pequeño fetiche de esta genial Ópera Prima del mostoleño, permítanme que me quede con la intervención de un pletórico Manolo Solo, una de las pocas notas cómicas que se permite Arévalo y que (una vez más la estructura narrativa) funciona como perfecto desencadenante para conocer al auténtico José cliente bar. Y por último el eterno Haneke, claro que él hubiese prolongado muchos segundos más ese eterno plano final, en las antípodas de "Caché" (Michael Haneke, 2005), pero cerca al fin y al cabo.
El pasado 15 de marzo se cumplieron 70 años del estreno de "Gilda" (Charles Vidor, 1946), un clásico único que vivió su propia odisea en nuestro país, un censura que despertó la curiosidad de los franquistas más mojigatos que tras disfrutar del espectáculo no hicieron más que sabotear el film. Lo cierto es que Rita Hayworth desprende sexualidad por todo ella, sin embargo lo cierto es que el guión de "Gilda" ya hace un esfuerzo máximo por camuflar una represión sexual que no era tan patente en Hollywood, pero sí en países como la propia Argentina, donde se sitúa el film, donde Perón arrasaría en las elecciones ese mismo año, o en España donde los silbidos de Lauren Bacall en "Tener y no tener" (Howard Hawks, 1944) ya habían caldeado el ambiente. Sin duda el mayor logro de "Gilda" fue excitar al mismísimo obispo de Canarias, Antonio Pildain y Zapiain, siendo esta la única posibilidad de que el excelentísimo monseñor tornase toda su ira en una película que en cuanto se volvía mínimamente provocativa saltaba con alguna consigna machista. El señor obispo llegó a pedir "la excomunión para todos aquellos que viesen la película", probablemente el factor de que Hayworth se llamase en realidad Margarita Carmen Cansino Hayworth y el que su padre fuese natural de la localidad sevillana de Castilleja de la Cuesta influyese también en la reacción. ¿Y si todas las mujeres españolas descubriesen que pueden convertirse en Gilda? No fue así, por unas décadas más España se quedó prendada de ese guante que se deslizaba por su brazo, y no volvió a reconquistar el mito hasta que Mariló Montero lo recordó para toda España por televisión. Suena "Put the Blame on Mame", comienza la mítica escena de la película, una deliciosa labor de voz que Rita cedió a la cantante Anita Ellis, quien la doblaba mientras ella se centraba en una baile completamente libre e histórico, inolvidable para el cine.
Monseñor Antonio Pildain y Zapiain
Setenta años después de su estreno el film merece un revisionado obligatorio, ya que si pasamos por alto los estigmas que azotaban violentamente esa época, nos encontramos frente a una historia de amor de lo más inusual, una feroz y ardiente relación entre Hayworth y Glenn Ford que se inicia con un magnífico uso de la elipsis narrativa, ocultando al espectador una innecesaria y tormentosa relación anterior entre los protagonistas, que entre el amor, el deseo y la venganza se debaten con más ferocidad de los amantes de Teruel. George Macready brilla como un palanca de cambios que dirige la historia con su bastón, junto con el guante de Hayworth el fetichismo más palpable del film, hasta que se le va de las manos, ya que como sentencia Joseph Calleia "las personas sólo mueren una vez... además, ¿no ha oído hablar del homicidio justificado?". La película es además una obra única en la filmografía de su director, Charles Vidor encuentra en "Gilda" su mayor alegato hacia el terrible poder que la mujer ejerce sobre el hombre, obsesión bastante diluida en el resto de sus comedias-musicales con Doris Day. Aunque en 1948 intentó repetir el éxito con Rita en "Los amores de Carmen", con "Gilda" ya había creado un mito eterno de difícil desaparición. La subtrama con los alemanes y las patentes no es más que un aliciente a la historia de amor que enmarca todo el film, con el culmen de unión entre ambas en la magnífica escena del carnaval, muere un hombre, Gilda ha desaparecido, la gente canta y es hora de desenmascararse. En este aspecto resulta deliciosa la interpretación de la influencia de la película en "Madregilda" (Francisco Regueiro, 1993), donde la guerra, el sexo, el erotismo y Gilda se vuelven a dar cita, desde el joven que se cuela en el cine para contemplar el film a los siervos de monseñor Pildain y Zapiain que cubren con pintura roja el generoso escote de Hayworth (que ya había sido cuidadosamente subido por la censura). No dejen des disfrutar de clásicos como "Gilda" y si no les gusta pongan de blame on me.
Hablar de Woody Allen es hablar de crisis, de crisis existencial, de religión, de muerte, de humor, absurdo o ingenioso, hablar de Woody Allen es hablar de Allan Königsberg, es hablar de cine, de música, de música jazz, es hablar de un hombre pequeño, hipocondríaco, judío, con nariz y gafas de todo a cien, por ello es quizás la celebridad más grande que haya dado la historia del cine. Sus películas forman parte del patrimonio artístico mundial, y aunque él reniegue de algunas de ellas se consuela sabiendo que todas son una forma de mantener algunas de las mejores partituras de jazz. Cuando se le pregunta por sus obras de cosecha propia favoritas suele renegar, aunque es cierto que dejó seis títulos que considera como "mejor trabajados", en la cabeza de lista encontrábamos "La rosa púrpura del Cairo" (1985) seguida de su obra maestra más reciente "Match Point" (2005), o la versión que él mismo buscaba de "Delitos y faltas" (Woody Allen, 1989), amputando su participación. En la lista encontrábamos su particular aproximación al Nueva York de los violentos años 20' en "Balas sobre Broadway" (1994), donde también tuvo espacio para crear a magnífico autor teatral que busca la gloria con una gran dama de la escena en su obra, uno de sus papeles más excéntricos, sobreactuados y deliciosamente ricos. Que "Zelig" (1983) fuese la siguiente en la lista no fue ninguna sorpresa, se trata de una de sus creaciones más fantásticas, el precursor de "Forrest Gump" (Robert Zemeckis, 1994), con una historia delirante y genial, un hombre que se mimetiza con aquellos que le rodean, adobado con su particular reflexión sobre el psicoanálisis (¿heredada de Hitchcock?). "Maridos y mujeres" (1992) fue sin duda la elección más sorprendente, una sátira sobre el matrimonio que se convirtió en el hacha final en su relación con Mia Farrow, una tensión cargante que supo aportar su máxima al drama mejor elaborado de Allen. Por último citó "Vicky Cristina Barcelona" (2009), no me acuerdo cuando apunté esta lista pero probablemente fuese durante la promoción de este ménage à trois. Con motivo del estreno de su serie "Crisis in Six Scenes" el próximo 30 de Septiembre, escojo mis seis escenas favoritas del cine de Woody.
1. El cortejo de Grushenko
"La última noche de Boris Grushenko" (Woody Allen, 1975) es sin duda una de las grandes películas del director neoyorquino, más tarde comprobaríamos el dilema moral que le acompañarían a varios de sus personajes tras cometer varios asesinatos, y de ahí su amor por Dostoyevski siempre sanado bajo la sentencia de Sófocles: "No haber nacido nunca puede ser el mayor de los favores". Sin embargo mucho antes de todo ello ya se había adentrado en la fría Estepa Rusa para debatir sobre la vida y la muerte, en esta comedia bélica se disfrutan algunos de los mejores sketches absurdos de Allen, sumados a algunos diálogos magistrales que satirizaban la seriedad sustancial del drama ruso y planos geniales que ironizan sobre el cine de Bergman, siendo en realidad su mayor alabanza sobre la pantalla. Diane Keaton le acompaña como protagonista de esta historia que, después de la sensacional presentación familiar de Grushenko, deriva en un homenaje irrisorio a todas aquellas películas que triunfaban sobre la temática rusa. Desde "Guerra y paz" (King Vidor, 1956) a "Lolita" (Stanley Kubrick, 1962), aunque en ciertos momentos, durante su estancia en la corte napoleónica, no hacemos más que recordar los aparatosos bailes de "Violetas imperiales" (Richard Pottier, 1952). En esta escena en particular acompaña a Woody la desaparecida Olga Georges-Picot, aunque como digo es sólo una de las grandes escenas que proporciona esta película.
2. ¡Claustrofobia y un cadáver!
"Misterioso asesinato en Manhattan" (Woody Allen, 1993) es una de mis debilidades, Nueva York adquiere un matiz otoñal delicioso, Diane Keaton regresa al cine de Allen con una elegancia y una interpretación formidable que completa una de las mejores comedias del director. Su capacidad de convertir la absurda y macabra idea de una mujer para fundamentarla como base de supervivencia de ese matrimonio es genial, y que luego sea cierta es simplemente una maravilla cinematográfica, además es sin duda uno sus mejores repertorios musicales, tal vez porque, como afirman algunas entrevistas, no estaba muy seguro del material audiovisual que entregaba. Alan Alda y Anjelica Huston son otra gran aportación, tanto a la trama matrimonial como la criminal, aunque final quieran ser sencillamente lo mismo. El film no es sólo una de las mejores historias de Allen sino que se esfuerza en una serie de diálogos magistrales, de esos que se graban en la retina del espectador, yo me quedo con esta escena sensacional, con estructura propia, donde el comportamiento de Woody vuelve a ser el factor clave, llegando a su clímax con esa delirante y magistral frase que nos lleva al fundido: "¡Madre mía... claustrofobia y un cadáver, el colmo de un neurótico!".
3. Una buena madre de clase media
Con esta escena de "Delitos y faltas" (Woody Allen, 1989), el creador neoyorquino llega a un punto álgido en su carrera, no sólo por la capacidad de levantarnos del asiento entre la repugnancia y la comedia, sino por cómo llega a ello. Utiliza la narración a través de un diálogo cargado de matices que se va desvelando según avanza la historia, podría ser tomado como un cortometraje, una pieza irrisoria al margen, signo de la fractura que existe en todo el film. En mi opinión, "Delitos y faltas", es una de las mayores películas de Allen, da rienda suelta a la comedia y hace un brillante uso de la contingencia moral, mientras las dos historias (la suya y la de Martin Landau) transcurren, vemos su esencia en el documental que del viejo filósofo que grababa el personaje de Woody, y finalmente esa escena genial que acoge a uno y a otro en una lujosa fiesta, donde no caben más que las miradas. En esta escena interviene una niña Jenny Nichols, una magistralmente desesperada Caroline Aaron y una pasiva Joanna Gleason como remate del "chiste", o como el ausente pensante. Por otra parte la película inspiró la celebrada "Match Point" (Woody Allen, 2005), en lo referido a la historia de Landau con Claire Bloom, y sobre todo con Anjelica Huston, como esa amante víctima de un encargo. Disfruten de esta escena que cuenta con la colaboración especial de Kenny Vance, célebre músico y amigo del director, que pone rostro a uno de los personajes más degenerados y divertidos del cine de Allen, claro que también es el cruel drama de Barbara.
4. El taller del dormilón
El primer Woody Allen es sin duda el de la risa, el del gag, el del hombre que ve en el cine un medio para hacer reír, no será hasta "Annie Hall" (Woody Allen, 1977) cuando crea en el cine como un medio artístico, cuyas historias nacen y se perfilan con su genial sentido del humor, y no al contrario. Sin embargo soy el primero que se declara admirador del primer Woody, ese ser escuálido que lograba sacar al público entre carcajadas, manejando el humor en todas sus disciplinas, desde el chiste al gag, sin olvidar el humor físico del que tanto se aprovechó en el resto de su carrera. "El dormilón" (Woody Allen, 1973) pertenece ha esa primera generación de films, y es sin duda una de sus creaciones más divertidas, además de inspiración para "V de Vendetta" serial de cómics creada en 1982, que tuvo su propio film en 2009, dirigido por James McTeigue. La escena del taller de robots que aquí reproducimos es sin duda una de las declaraciones de amor cinematográfico más claras que se ha visto en la historia del cine, en ella se homenajean a todos los grandes del humor mudo, desde Charles Chaplin a Buster Keaton, sin olvidar alguna clara alusión a Harold Lloyd. Claro que "El dormilón" es en sí misma un homenaje a todos ellos, desde el humor más rutinario a la idea más retorcida, todos esos cachivaches del futuro al más puro estilo de "Tiempos modernos" (Charles Chaplin, 1936). Divertida paradoja que para evocar a los más grandes del pasado tenga que marchar al futuro, alguna escasa referencia a los Marx también encontramos, aunque Groucho será imperante en el resto de su carrera. Claro que Woody siempre ha tenido una cinefilia deliciosa, entre sus títulos más queridos se encuentran "La gran ilusión" (Jean Renoir, 1937), "Ciudadano Kane" (Orson Welles, 1941), "Ladrón de bicicletas" (Vittorio De Sica, 1948), "Rashomon" (Akira Kurosawa, 1950), "El séptimo sello" (Ingmar Bergman, 1958) o incluso "El discreto encanto de la burguesía" (Luis Buñuel, 1972), sin duda el más cercano a su época "alegre".
5. Érase una vez...
Poco antes de que un viejo barbudo viniese a explicarnos el cuerpo humano en una mítica serie de televisión, Woody Allen ya nos enseñó "Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo* (*pero nunca se atrevió a preguntar)" (W. Allen, 1972), una obra cumbre del momento más álgido de su carrera como humorista que dio la vuelta al mundo con su imagen vestido de espermatozoide como bandera. Lo cierto es que esta escena ha sido escogida por lo mítico que hay en ella, antes de profundizar en la carrera de Allen todos nos lo imaginamos con esas mayas blancas, algunos ni tan siquiera han visto una película del autor, sin embargo se hacen pasar por sabios en las conversaciones soltando un sonoro: "¡Si a mi me encantó esa en la que hacía de espermatozoide!". Tal vez si hubiesen ido un poco más allá podrían presumir de que les gusta esa "en la que es perseguido por un par de tetas gigantes" o en la que "Willy Wonka se acuesta con una oveja armenia". Se trata de un film por episodios, tan eficientes en la época (aunque normalmente con varios directores a cargo de cada episodio), en los que Allen nos narra las diferentes interpretaciones del comportamiento sexual en humanos. La brillante visión del cuerpo humano como una máquina puramente mecánica movida por fuerza animal es realmente una revolución cinematográfica, una astuta manera de quitarse cualquier absurda censura de encima y de confirmarse como uno de los grandes humoristas de los setenta. Disfruten pues de la escena que se sucede a continuación, del absurdo que la embriaga y el payasismo que ejercita, disfruten de esta escena mítica de Woody Allen.
6. Un final made in Manhattan
Sin duda nos hemos centrado en el Woody Allen más divertido para pasar con ustedes un buen rato y recibir "Crisis in Six Scenes" con la mayor de las alegrías, pero el cine de Allen no busca tanto ser divertido como divertir. El propio director asegura que cuando cumplió cinco años se hizo consciente de que la vida no es para siempre y desde entonces comenzó su mirada pesimista del mundo, una mirada nostálgica y romántica, al más puro estilo de Byron o Goethe, con Boris Yellnikoff (personaje protagonista de "Si la cosa funciona", Woody Allen, 2009) como abanderado de todos ellos. Ese mal llamado pesimismo es en realidad la razón, como la encontrada en esta fabulosa escena final de "Manhattan" (Woody Allen, 1979), bajo el siempre estilístico blanco y negro, se sucede un diálogo seco, apurado y lleno de un amor que ya hace tiempo que ha desecho sus maletas en Londres, en la escuela de interpretación. La evolución del personaje que interpreta Mariel Hemingway es otro de los grandes regalos del cine, el arte que tiene la capacidad de tomar momentos de una vida (real o imaginaria) y en ocasiones convertirlos en un precioso retrato de nosotros mismos. El cine no es más que la forma de guardar la historia y "Manhattan" es uno de los tomos más significativos en lo que al comportamiento humano corresponde. Es un final amargo pero auténtico, no siempre se puede terminar como en "Un final made in Hollywood" (Woody Allen, 2002), ni con los preciosos giros romántico-cinematográficos de "La maldición del escorpión de jada" (Woody Allen, 2001) o "Magia a la luz de la luna" (Woody Allen, 2014). Normalmente nos vemos expuestos a la realidad romántica, pesimista, la de "Manhattan" o como la de la reciente "Café Society" (Woody Allen, 2016). Disfruten del cine.
Ayer tuve la suerte de ver "No respires" (Fede Álvarez, 2016), una película que recupera mis mejores sensaciones con el cine de terror, género muy reconocible que brilla por la facilidad con la que entabla su atracción con el espectador, el terror te atrapa, te permite experimentar tus sentimientos más ocultos y pone a tu organismo en un estado de alerta constante. Que el cine tenga esa capacidad, es una auténtica maravilla. El director uruguayo, quien ya se ganó a la industria, al público y Sam Raimi con "Posesión Infernal" (Fede Álvarez, 2013), vuelve ahora con una historia brillante que logra aunar el terror y el thriller de una forma excepcional. "No respires" ("Don't Breathe") se presenta como una magnífica aportación al género, que lo remueve, lo imita y lo reinventa, desde un guión electrizante que no deja respirar al espectador hasta ingeniosos recursos técnicos, como la previsible (aunque esperada) escena a oscuras. Por otro lado, tanto Roque Baños en la banda sonora como el departamento de sonido (encabezado por Joshua Adeniji), resulta una figura clave en el film, más allá de los golpes sonoros que conducen las cintas de terror, teniendo un protagonista ciego la música y el sonido se convierten en su imagen, y por lo tanto en un factor indispensable para la guía del humilde espectador. "A mi los muertos no me dan miedo", podría ser el tagline de cualquier film de Fede Álvarez, ya que finalmente son sus vivos los que nos sitúan en una situación límite, y lo que nos hace alcanzar la siempre añorada "verosimilitud", eso y que cada vez descubrimos más locos en las páginas de los periódicos. Otro aspecto genial es el toque de telefilm que Pedro Luque aporta a su fotografía, un cierto aire cutre que diferencia muy bien la vida de los atracadores antes y después del golpe, los que sigan con ella, claro.
Daniel Zovatto, Jane Levy y Dylan Minnette ante un candado
Fede Álvarez en el set de rodaje
Fede Álvarez escribe "No respires" con su co-guionista habitual, Rodo Sayagues, componiendo una historia compuesta con un magistral sentido del ritmo y del espacio, resulta verdaderamente increíble el partido que pueden sacar de un viejo veterano de guerra y su rottweiler particular. El propio Álvarez citó como referente "La comunidad" (Álex de la Iglesia, 2000), el dinero guardado en casa se convierte en una bombilla caza ambiciosos, claro que en comparación con el pobre anciano descompuesto de "La comunidad", el viejo Stephen Lang parece estar buscándolo. El thriller y la actitud de Lang hacia su casa nos lleva rápidamente a "Sola en la oscuridad" (Terence Young, 1967), un suspense constante donde la propia luz mide cada uno de los movimientos, por otro lado la casa es como otro personaje. Me gustaría recordar aquí un film casi olvidado, "Monster House" (Gil Kenan, 2006), donde la casa cobraba vida literalmente, la capacidad que el refugio apoya a su ciego amo en "No respires" es espeluznante y tratado con una brillantez casi bonita. Por otro lado es un hogar no muy lejano al de "El ángel exterminador" (Luis Buñuel, 1962), donde el surrealismo del aragonés cobra forma en un desfigurado héroe militar, aunque probablemente todo ello no sea más que un recurso narrativo que Álvarez compartiría con Álex de la Iglesia, la necesidad de contar su historia en un espacio cerrado para que no se le vaya de las manos. En este momento resuena el grito de Jane Levy: "¡Aquí fuera no eres nada!". Por si no fuera poco aparece otro un inesperado giro de guión que despierta el lado más psicópata de Lang, al borde de cargarse bichos azules al más puro estilo "Avatar" (James Cameron, 2009), una subtrama desigual que brilla en sus desquiciantes detalles, instrumentos, decorados... Cualquier referencia a "La habitación" (Lenny Abrahamson, 2015) se acepta, aunque haya que restar realismo y añadir dos grandes cucharadas de locura paternofilial. Quedo verdaderamente sorprendido y entusiasmado con "No respires", que también guarda los "momentos susto" para los espectadores del terror más trillado.
No tuve la suerte de poder disfrutar "Si la cosa funciona" en sus primeras temporadas, primero en el Teatro Alcázar y ahora en el Teatro Maravillas, donde ha sido prorrogada en septiembre. El texto original de Woody Allen se llevó a la pantalla en 2009, con la naturalidad que aporta la Nueva York natal en el director, es por ello que la city cobra un sentido tan relevante. Alberto Castrillo-Ferrer, declarado admirador de Allen, es consciente de la importancia de la ciudad de los rascacielos, por ello nos sitúa desde el primer momento con la genial "Sing, Sing, Sing" que escribió Louis Prima para Benny Goodman en 1935, para convertirse en uno de los grandes éxitos del jazz que merodea por nuestro imaginario habitual. Adaptar una película que se ha concebido y ha nacido para ello, puede resultar realmente laborioso, sin embargo el libreto de Allen es tan brillante, dialogado y estético, que Luis Colomina no ha tenido más que suprimir algunas escenas y reducirlas a un comentario que nos pone en situación. El personaje de Boris Yellnikoff es sin duda uno de los más jugosos de la filmografía de Woody, es ácido, pesimista, hipocondríaco y lo suficientemente educado como para saber como ser maleducado, y por encima de todo se trata un agudo retrato que el cineasta hace de sí mismo aportándole las pizcas de negrura adecuada. "Si la cosa funciona" es quizás una de las comedias de Woody que más buscan la risa junto con "Granujas de medio pelo" (Woody Allen, 2000), donde recurre a su exitoso humor físico, se trata de un díptico cómico para hacer reír al espectador. La adaptación teatral de la primera resulta una inteligente y mordaz adaptación sobre escenario único que busca las carcajadas en cada diálogo.
La mayor parte de esta versión levantada para las tablas recopila las ingeniosas frases que Woody Allen dejó para la posteridad en el film, con un cuidadoso trato a los chistes más favorables a las distancias cortas, aprovechando que esta vez, Boris, dispone de un público entregado a su disposición, no tiene porque hablar a una cámara como si fuese una sala de cine completa. Mientras yo jugaba a recordar los ingenios de Allen, disfrutaba con los espectadores, completamente entregados a una obra efectista, con una composición realmente divertida. Yo mismo me sorprendí con algunas de las astutas incorporaciones, como el encuentro entre personaje y autor (con la fantástica colaboración de Joan Pera, doblador habitual de Woody) al más puro estilo Unamuno y su suicida Augusto de "Niebla". Las interpretaciones están realmente a la altura, resulta muy complicado lograr la homogeneidad de un casting de Allen, él mismo acostumbraba a cambiar sus actores durante el rodaje, por ello en la versión dirigida por Castrillo-Ferrer vemos a un José Luis Gil espléndido como un Boris más directo, más familiarizado con la gesticulación teatral y haciendo gala de su magnífico dominio de la voz, como actor de doblaje que es el propio Gil. Aunque la gran innovación es la de una arrolladora Rocío Calvo, en el papel de una Marieta estridente, incisiva, desbordante y genial, una interpretación muy lejana a la de Patricia Clarkson, que nos lleva al punto del mejor sainete español, para algo producimos aquí la adaptación. Completan el reparto Ana Ruiz, como una Melody que guarda más carcajadas que la original (desprendiéndose de cierto cariño intimista), Ricardo Joven que resulta uno de los papeles más fieles al origina, y Beatriz Santana como las mujeres de Boris, con sus magníficas miradas a patio. La obra es pues un apetecible divertimento a la altura del film, una pieza que trata con brillantez un texto delicioso basado en la sencillez de su realización. Hasta el 18 de Septiembre pueden disfrutarla en el Teatro Maravillas (C/Manuela de Malasaña, 6) con un 20% de descuento si se compran los pases con venta anticipada.
En la indigestión parlamentaria que sufrimos estos días no nos queda más que afrontar el nuevo curso electoral como un día de la marmota, al igual que Bill Murray hemos pasado los primeros efectos, el robo y el fracaso sexual fruto de la mecánica, la época estival y los pactos de Rivera se acercan más a los primeros síntomas de enamoramiento que Murray sentía hacia Andie MacDowell, el problema es que Sánchez (el Chris Elliott de turno) está especialmente celoso, y su porfía va camino de hacernos volver a las urnas en Navidad, viéndose así la cola de la marmota. El clima será entonces más parecido al de "Atrapado en el tiempo" (Harold Ramis, 1993), aunque el candor del hemiciclo se asemejará más a "El tesoro de Sierra Madre" (John Huston, 1948), todo un clásico que trataba con ferocidad los efectos de la fiebre del oro, transmitidos con total realismo en un relevante Humphrey Bogart, capaz de convertir la sobreactuación en un estado fílmico. Rajoy nos mira desde los ojos del sabio Howard (un espléndido Walter Huston, cuya elevada tonalidad le llevó a recoger el Oscar a Mejor Actor de Reparto), Mariano es ya un viejo resabido que conoce perfectamente esta situación, sumando los escaños que le concede Ciudadanos, llega a tener más posibilidades de las que tuvo Zapatero en su segunda legislatura. El problema está en una oposición inestable, obcecada en absurdos compromisos con el pueblo español, quienes no hemos hecho más que darnos cuenta de que estamos mejor que nunca con un gobierno en funciones. Tal vez porque gozamos con el sufrimiento ajeno, después de que Bogart asesine al joven Tim Holt huyendo con el oro, no hacemos más que disfrutar con su tambaleo por el desierto, investidura tras investidura vemos encantados como los políticos (¡esos hombres... y mujeres!) recortan sus vacaciones, excepto Pedro Sánchez, quien nos da margen para la crítica con cada una de sus fotos en camiseta y traje de baño, con su inseparable Begoña en una mano y un helado en la otra.
En "El tesoro de Sierra Madre" una vez más el experto Howard nos hace recapacitar, e incluso temer por la vida de un Bogart deshidratado que se ve solo ante los bandidos más despreciables del cine clásico, en una escena desbordante con interpretación animal incluida (¿los padres de la Mula Francis?). Volvemos de vacaciones sin gobierno, vemos imágenes del congreso como si de un tablao flamenco se tratase, aunque hiciese falta un representante popular que gritarse aquello de "Si me queréis algo, irse". El problema es que con la impecable Ana Pastor como única presidenta, no tenemos muy claro quienes son los bandidos y quien el Bogart deshidratado, lo único que vemos es cómo el oro, camuflado en la arena, vuela perdiéndose para siempre. Estamos en una situación completamente distinta a la de la anterior legislatura, y a la anterior, y la anterior de la anterior, sin embargo hasta los nuevos partidos parecen no comprenderlo. "Todo por el cambio pero sin el cambio", podría aplicarse perfectamente el eslogan del despotismo ilustrado, en algunos lugares se vive más que nunca, como Madrid que llena sus carteles publicitarios con refranes cervantinos, mensajes reciclatorios e imágenes de nuestros monumentos, olvidándose así de los estrenos cinematográficos, las cervezas Mahou y los celulares de Apple, que se ven desplazados a las fachadas en reforma. A todo esto el impulsor de este cambio (a peor... de momento) parece haberse cortado la coleta (en el sentido más figurado posible, por supuesto), destinado a su escaño, donde se dedica a alertarse ante alguna falacia ad hominem y a poner muecas y gestos ante los, no mucho más lucidos, discursos de sus contrarios. En este caso el sello de Podemos sería la marca que reciben los burros de la película, completamente inútil más que para reconocer quienes son los culpables de la historia. Esperemos que podamos colgar pronto el rótulo de The End a este simpar vodevil, para comenzar algún blockbuster navideño, de esos que tienen mucho y ruido y pocas nueces, pero que sirven para salvaguardar lo invertido.