Mostrando entradas con la etiqueta personajes de zine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta personajes de zine. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de octubre de 2025

El desnudo otoñal de la abuelita Hall

La abuelita Hall era una mujer chapada a la antigua. Una adorable supremacista blanca que creía que los judíos tenían cuernos y olfateaban el dinero con la destreza de un cerdo trufero. Con todo y con eso, su nieta Diane dejó el cálido y conservador ambiente familiar para probar suerte en Broadway. La vida de la pequeña Diane cambió el día que los Bastendorf, con el doctor Bastendorf de cabeza de familia, se mudaron a la casa de al lado. Mientras el señor Hall continuaba reacio al alienismo profesional de sus nuevos vecinos y a los cortes de pelo alternativos, la señora Hall (Keaton de soltera), siguió el ejemplo intelectual del doctor Bastendorf y empezó a cultivar el lado creativo de sus hijos llevándoles a exposiciones, fomentando la escritura de poemas y otras fruslerías. La nieta mayor de la abuelita Hall siempre había sido despabilada, pizpireta y graciosa, pero con una gracia muy personal, nada que ver con esa gracia que se atribuye a esos niños prodigio de atributos y habilidades tan sorprendentes como insoportables. La joven Diane era pintoresca pero de una forma encantadora. En 1964 se enamoró de Atticus Finch, el personaje de Gregory Peck en Matar a un ruiseñor. A finales de esa década emigró del condado de Orange (California) a Manhattan para estudiar interpretación con Sanford Meisner, la tercera vía del mundo actoral que formó parte del Group Theater de Strasberg y con quien habían comenzado sus eminentes carreras actores de la talla de Robert Duvall o Grace Kelly. La señorita Hall ya había estado en Nueva York visitando el MoMA con su madre por recomendación clínica del doctor Bastendorf. Pero ahora la señorita Hall había cambiado, incluso de apellido. El Sindicato de Actores no admitía dos intérpretes con el mismo nombre y, al parecer, ya existía una joven Diane Hall que había hecho un ínfimo papel en Los Diez Mandamientos de DeMille, por lo que a partir de ahora sería conocida como Diane Keaton. La excusa perfecta para no mezclar al serio y formal apellido Hall con la farándula, además de rendir el sentido homenaje que su madre, una mujer en constante evolución, merecía.

Woody Allen visto por la abuelita Hall

Así nació la eterna Diane Keaton, la de la sonrisa tímida y la carcajada nerviosa. Un tipo de mujer que jamás se había conocido en la pantalla y que merece todos los elogios que el óbito suele acarrear consigo. Quizás la más acertada fuera Meryl Streep cuando aseguró que "era físicamente incapaz de actuar, de ser falsa o de cualquier tipo de exageración". A diferencia de la propia Streep, siempre dada a papeles de enorme grandilocuencia interpretativa, Keaton hizo de la naturalidad su modus agendi. Logró hacernos creer que era fácil, que ella era como cada uno de los papeles que interpretaba. La culpa de todo esto probablemente la tenga Woody Allen que dejó que impusiera su forma de vestir, de actuar y hasta de cantar en la bellísima Annie Hall, que le robó el apellido a la abuelita y hasta la caricaturizó con sorna en una de sus escenas. Woody la conoció en 1969, cuando se presentó en el teatrito de Broadway donde estaban haciendo las pruebas para Play it again, Sam. La señorita Hall venía recomendada por Meisner. Woody escribió sobre aquel encuentro: "Entra una joven desgarbada. [...] Keaton pide disculpas por todo, incluso por haberse despertado. Una pueblerina del condado de Orange, frecuentadora de mercadillos de trueque y bocadillos de atún. Una inmigrante en Manhattan que atiende un guardarropa, que antes trabajó en una tienda de golosinas de un cine de su pueblo de dónde la despidieron por comerse todo el género y que intentaba saludarnos a todos con la menor cantidad de palabras posibles. [...] Pero qué puedo decir, era fabulosa. Fabulosa en todos los sentidos. Como cuando se habla de una personalidad que ilumina una sala; ella iluminaba un bulevar. Adorable, graciosa, con un estilo totalmente original, natural, fresca." El papel lo obtuvo (por descontado), después lo repitió en la gran pantalla y el resto lo pueden leer en la prensa especializada (porque el periodismo de masas cada vez es más inexacto y artificial).

Aquella joven neurótica de clase y estilo propios se transformó en una mujer sofisticada capaz de interpretar sin un gramo de artificio ese delicado comportamiento humano (femenino) que transcurre entre la calma y la histeria. Su máxima expresión (el personaje que me viene a la cabeza cuando pienso en Diane Keaton) es el de aquella fantástica y desenfadada dramaturga de Cuando menos te lo esperas que le valió su última nominación al Oscar. No quiero darle mayor importancia a los premios de la que ella misma le daría (todavía recuerdo cuando Woody bromeó con vender su premio AFI-toda-una-ida en eBay), pero que esta actuación, sencilla, fácil, ligera, agradable y natural (así lo hacía parecer ella), estuviera nominada dentro de una comedia romántica significó mucho. Especialmente para aquellos que creemos que existe un cine con mayúsculas más allá de los auteurs. Al final se alzó con el Globo de Oro a la Mejor Actriz de Comedia. En esta película se produce el desnudo otoñal de la abuelita Hall (para escándalo de la antigua abuelita Hall), del que dijo: "A estas alturas, ¡qué más da!". Ella, que siempre había ocultado su sexualidad debajo de toneladas de ropa personal y difícilmente transferible, se liberó por completo ante la cámara. Diane al desnudo. Años después, tras desnudar su cuerpo decidió desnudar su alma en sus memorias, Then Again. Un retrato tan fresco como lúcido. Un texto que nos permitió soñar con que realmente la conocíamos, la entendíamos, incluso que podíamos consultarle nuestras neurosis.


Diane; que había sido mi perfecta novia imaginaria en Annie Hall; mi rusa favorita en La última noche de Boris Grushenko; la amiga sabihonda y arrolladora de Manhattan; mi abuela, divorcista liberada (aquel feminismo elegante), tanto en El Padrino III como en El club de las primeras esposas; mi criminóloga de alcoba predilecta en Misterioso asesinato en Manhattan; mi monja confesora ideal en el Young Pope de Sorrentino; o yo mismo en Cuando menos te lo esperas; se yergue ante mí como todas ellas al mismo tiempo, eternas, etéreas. El mundo la recuerda ahora con un reel de Instagram en el que canta You don't own me junto a Bette Midler y Goldie Hawn, un momentazo en The First Wives Club. Un minuto perfecto para recordarla en stories. Todavía hoy, en la época de lo inmediato, de lo fugaz, de lo banal, tenía su hueco Diane Keaton. Así que no me sirve que se haya marchado así, tan rápido, tan de repente. Que deje de colgar en sus redes sociales sus fotos, las fotos de sus perros o de los incontables aniversarios de El Padrino y a nosotros nos deje colgados. Woody nos ha regalado una última imagen de su Diane: "Ella como Norma Desmond, yo Erich von Stroheim, antiguo director de sus películas, ahora chauffeur". Un guiño al Crepúsculo de los dioses de Wilder, un guiño al cine, a la eternidad. Porque cuando se olviden de ella (y conociendo a las desastrosas nuevas generaciones no queda demasiado), seguirán vistiendo un detalle, un chaleco, una corbata, un pantalón ancho, sin saber que vive en ellos el espíritu de la abuelita Hall. 

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Ciao, bellissimi

La muerte de Robert Redford y Claudia Cardinale nos ha dejado sin dos de las personas más bellas que jamás hayan existido, continuando así la deriva inevitable de una sociedad cada vez más fea, hortera, vacía y ramplona. La Cardinale (porque como todas las grandes logró sumarle un artículo a su apellido) y Mr. Redford rompían todos los cánones y estándares de belleza, porque ellos hubieran sido guapos en cualquier época, en cualquier momento, en cualquier vida. Tenían ese touch of class del que presumen los ordinarios, ese je ne sais quoi que dicen los cursis. Estaban por encima de modas, convicciones y demás preceptos demoníacos que hoy en día destruyen a los ídolos antes de terminar de erguir su propio mito. La sensual e inocente sonrisa de la Cardinale, la eterna ragazza con la valigia, sus besos despacio a Jacques Perrin, la toalla recogiéndole el pelo. Las imágenes de su belleza se arremolinan feroces en mis pensamientos. También el azul imposible de la mirada de Redford, porque jamás el cine volverá a mirar con el Technicolor de Descalzos por el parque. Ambos estaban dotados de una elegancia natural e incorregible. La hija de un maquinista de ferrocarril siciliano y el retoño de un contable irlandés, ambos poseían una distinción que no entiende de clases sociales, si no de la más bruta y esencial fuerza de la naturaleza. Ni siquiera Visconti logró dotar a la Cardinale de esa supuesta basteza de clase media en El gatopardo. La hija de Don Calogero jamás logró ser ordinaria, ni riéndose de los chistes verdes de Alain Delon, sentada a la mesa de Burt Lancaster. Sí logró, en cambio, captar su belleza, tan carnal como etérea, en su máximo esplendor y vitalidad entre los cuadros descolgados de un palacio semi-abandonado. Lo mismo le ocurría a Redford en El jinete eléctrico, ya lo disfrazaran de campeón de rodeos, vestido con el traje de vaquero más hortera y luminiscente del viejo oeste, jamás lograrían dotarle de un gramo de vulgaridad. Sí, en cambio, de una sonrisa incorregible capaz de vulgarizar la mirada de cualquier mujer. Quién sabe qué hubiera pasado de haber trabajado juntos. 

El gran romántico, Denys Finch Hatton
Bob Redford nos conquistó con interpretaciones naturales, de gestos sencillos y miradas imposibles. La Cardinale como una efigie inalcanzable y dulce, valga la antítesis, que miraba siempre de reojo, tras un flabelo rosso o entre plumas de Piero Tosi. Fue Federico Fellini quien la elevó al paraíso de las estrellas convirtiéndola en fantasía, deseo y musa de Marcello Mastroianni en Otto e mezzo. "Cuando vendí la película al productor sólo tenía una imagen: Claudia Cardinale vestida de blanco", reconoció el director en una de sus infinitas contradicciones. Redford cultivó ese punto del canallita con cara de bueno que sabía que demenciaba a sus admiradores. Así logró engañarnos dando El Golpe junto a Paul Newman, con quien ya nos había enseñado en Dos hombres y un destino que los auténticos héroes mueren en off. Así construyó también al mayor ídolo del hombre cinéfilo, logrando hacer de Denys Finch Hatton (el vividor sin ataduras que sólo visitaba a su amor cuando le apetecía en Memorias de África) un auténtico icono del romanticismo mundial. Yo, personalmente, lloro mejor con Íntimo y personal. Cuando murió Redford acudí a los quioscos para hacerme con toda la prensa, como hacía antaño, esperando encontrar grandes artículos y recuerdos en su memoria. Encontré, en su mayoría, retoques sobre una base de Inteligencia Artificial, errores, datos incorrectos, erratas y poco, muy poco, corazón. No haré lo mismo con la Cardinale porque además murió por la tarde y han tenido menos tiempo de reacción, reduciéndola a una esquinita conmemorativa. Para un día que pueden abrir el periódico con el rostro más hermoso del mundo... Muchos se empeñan en decir que Redford se fastidió con la cirugía o que la Cardinale estaba vieja y se pintaba demasiado. Son los que no entienden que cualquier tiempo pasado fue mejor. A diferencia de Fernando Trueba, que rescató a la Cardinale en 2012 para una película donde compartía plano con Chus Lampreave. "Siempre había soñado con trabajar con la Cardinale", dijo Fernando entonces, trayendo su mirada eterna a nuestra humilde España. Bob y Claudia abandonan nuestro mundo donde la gente guapa ya casi no existe. El plástico, sin embargo, tarda millones de años en desaparecer.

El artista y la modelo (Fernando Trueba, 2012)


martes, 4 de febrero de 2020

Alguien de su Cuerda

El fallecimiento de José Luis Cuerda me ha pillado en la escuela de cine, el último sitio donde coincidí con él hace algunos meses, cuando presentaba Tiempo después, última película que tuvimos la suerte de poder ver antes que el resto de los mortales. Se me ha acelerado el corazón, por un momento he pensado lo que significaba para mí y para el cine seguir sin Cuerda, a quien no solo le debemos su cine, su humor y una dialéctica propia de los grandes pensadores griegos, sino también el descubrimiento de otro grandísimo cineasta, como es Alejandro Amenábar, a quien le produjo sus primeras películas tras fijarse en la dirección de un corto que le habían llevado para que eligiese a su actriz. El legado de José Luis Cuerda es uno de los más ricos en cuanto a amplitud y recorrido, su obra abarca desde lo más enraizado del humor castizo (nunca surrealista, como él se cansó de repetir) hasta la que es para mi una de las grandes obras de la cinematografía española, no en muchas ocasiones recordada, La marrana. Cuerda, en el año 1992, decide volver al siglo de oro y narrar su propia oda a la picaresca española, con Antonio Resines, Alfredo Landa y una marrana como protagonistas principales. El director de Amanece, que no es poco jugaba en otra liga, donde ya quedaban pocos de su cuerda, donde el resto de los mortales veían humor surrealista, un porquesí, él había compuesto una comedia rural ateniéndose al significado puro de la palabra. "Un hombre muy enraizado a su tierra es un tío plantado en un bancal", aclararía el propio cineasta respecto a las divertidas situaciones que se muestran en sus películas más divertidas, desde el telefilm Total a Tiempo después, pasando por la que es mi favorita, el sindiós que compone Así en el Cielo como en la  Tierra. Aquel alcalde colgado, las elecciones a puta, la oda a la calabaza, el obispo cantando el Apocalipsis o la labia de los barberos, son situaciones, canciones, fragmentos de nuestro cine que se han convertido también en fragmentos indispensables de mi vida.

En el rodaje de La marrana

Cuerda dedicaba sus obras acompañando su firma de caracoles, tal vez porque nos veía demasiado lentos, tal vez por su amor a la tierra –en el sentido más botánico de la palabra–. Lo importante es que en toda ella se retrató como un auténtico defensor de la libertad "y que cada uno piense lo que quiera", que diría él. En ese último encuentro en la escuela de cine, en la que, después de las inquisitivas preguntas de algún alumno aventajado que quería saber por qué había hecho esto o lo otro, respondió sonoramente: "¡Qué gilipolleces preguntáis, porque me salió de los cojones!". Tuve la suerte de coincidir con él en varias ocasiones, siempre serio, componiendo la figura de un cineasta importante, razonando la máxima expresión del humor. Sus tuits, de los que publicó un libro, fueron los últimos aforismos de su cordura ("En mis tiempos los gilipollas no gritaban tan alto"). Lo cierto es que cuando estuve con él no podía imaginarle como el director de Amanece... o Total, me recordaba a la imagen del profesor de La lengua de las mariposas o tras las cámaras de Los girasoles ciegos, obras sabias y de una increíble belleza, delicada, sutil. ¡Qué parece que nos venía de nuevas La trinchera infinita! Disfruté también Todo es silencio, como una rareza dentro de su filmografía a la que miré como quien espera que su abuelo continúe contando sus historias. Ya no hay más. Casi no hubo la última, le costaba encontrar dinero. Cuerda, utilizando la retórica de lo obvio, huía precisamente de la propia retórica para alcanzar el tallo de la verdad. Así compuso su obra, sus razones, su ser. Ahora, que nos quedamos huérfanos, nos damos cuenta de que todos somos contingentes, pero Cuerda era necesario. (No he leído todavía esta gracia, pero supongo que se repetirá en algún que otro obituario). "No voy a grabar una entrevista con una muñeca", me dijo en una ocasión, líbroles del tono y el contexto para su deleite.

Tiempo después

jueves, 30 de mayo de 2019

Un adiós a Pin Morales

Conocí a Pin hace solo unos meses, paseaba por la calle Luchana con Marisol Carnicero, la que fuera directora de producción en sus rodajes con Berlanga. Enseguida quedé cautivado por este hombre, con bastón y gafas, cuya imagen quedará en mí para siempre. Me llega la noticia del fallecimiento de Pin Morales, más de un mes después de su deceso el pasado seis de abril. Noticia que solo puedo recibir con la enorme rabia, tristeza y prepotencia que sugieren estos casos. El bagaje cultural de Pin era inmenso, iba desde el diseño de muebles a la pintura, recuerdo que estaba preparando una exposición hace unos meses. Su casa, frente al Palacio de Oriente, era a la vez un estudio y un lugar mágico –al menos eso me pareció– lleno de espejos y de sus pinturas, inmensas, trazos fuertes en negro sobre blanco. Era fascinante. Entrar allí, entre reflejos, luces y cuadros, para finalmente descubrir el salón con vistas a la inmensidad del Palacio Real. Es de esas imágenes que nunca olvidaré. Me contaba que Carlos Berlanga, su amigo, asistía allí asiduamente en sus buenos tiempos. Para mi todo lo que contenía aquel lugar era fascinante. Pin me sacó también un guión perfectamente cuidado y encuadernado de "Entre Tinieblas" (Pedro Almodóvar, 1983) del que había sido decorador. Dentro tenía alguna foto con Carlos y recortes relacionados con la película. Su labor en el cine empezó de la mano de Berlanga, con "Patrimonio Nacional" (1981), donde también participó en el departamento de vestuario. Logró esa fantasía de palacio prominente y sustancioso, aquejado por detalles rancios, como aquel retrato de Franco que sorprendía a López Vázquez. "Tu madre ha cambiado mucho", decía el Marqués de Leguineche. "Qué va, pero si sigue con los retratos de Franco", sentenciaba su hijo Luis José.


La carrera de Pin Morales, va desde Berlanga, con quien trabajó además en la tercera entrega de la saga Nacional, hasta Almodóvar, con quien completó la fantástica "¿Qué he hecho yo para merecer esto?" (1984). Siempre acompañado de Román Arango, su compañero, de ambos se dijo en sus primeras exposiciones conjuntas allá por los años setenta que eran "dos artistas singulares que exponen en común porque así gustan de hacerlo". Juntos hicieron también su carrera en el cine, y juntos diseñaron los figurines para "Ritmos" del Ballet Nacional de España, que tras su estreno en 1984 se ha seguido representando en múltiples ocasiones. Lo cierto es que me quedo con las ganas de haberle conocido más, de haberle estudiado más. España es uno de esos países que tiende a olvidar, lo cierto es que se vende muy mal. Pero Pin, de saber total y brillante sentido del humor, merece ser recordado. Escribo estas palabras mientras recuerdo a su perro correr de un lado a otro, tirar de la correa por la plaza de Ópera, mientras Pin le seguía feliz. También recuerdo a la vecina que le traía los dulces y una pequeña caja de latón donde guardaba sus preciadas galletas. En fin, Pin Morales se ha ido y nuestro es el deber de conservar su legado. Nuestro es el deber de no olvidar. Hasta siempre, Pin.

domingo, 24 de marzo de 2019

Pedro al desnudo

Un chico ve con su madre "Eva al desnudo" (Joseph L. Mankiewicz, 1950) doblada al español, le explica que la traducción correcta del título sería "Todo sobre Eva". Su madre le responde que «Todo sobre Eva suena raro». Han pasado veinte años del estreno de "Todo sobre mi madre" (Pedro Almodóvar, 1999), y ahora es su director quien se desnuda ante el espectador con su última película: "Dolor y Gloria" (Almodóvar, 2019). Una película que transpira cine, verdad –pero con el exquisito sentido plástico de la puesta en escena que caracteriza al director manchego–. Mis películas favoritas de Almodóvar son puro cine clásico, noir, dialéctica y puro melodrama. "Dolor y Gloria" no tiene nada de eso, se trata de un retrato interior, confidencias de un artista que habla consigo mismo y con quien quiera escucharle. Algunos medios han querido venderla como "la película de Almodóvar que gustará incluso a los que no le gusta el cine de Almodóvar". Definitivamente no. Uno debe estar interesado en la figura de uno de los mayores directores de nuestro país para disfrutar de su último film, una muestra de sus rutinas, de sus dolores –ilustrados por Gatti–, de sus fobias y de su excelente sentido del humor. La escena del coloquio en el Doré, donde Almodóvar escoge a Julián López como intermediario, es la mejor escena cómica de su cine, en varios años. Partiendo desde la excelente interpretación de Antonio Banderas –redimido por el dolor en la mayor parte del metraje– que, sólo aquí, se permite una imitación descarnada, divertida y ágil del director: es Almodóvar. La película, con un enorme sentido del ritmo, huye del acomodamiento. Esta escena viene seguida de otra, inmediatamente, puro drama: con la heroína de por medio. En otro momento de la película, crucial, el doctor le pregunta al personaje de Banderas: "¿Qué va a ser su próximo proyecto? ¿Drama o comedia?". Banderas va a responder algo sobre el proceso creativo cuando cae redondo víctima de la anestesia. Almodóvar no tiene miedo en reírse de sí mismo ("Tengo unas revistas en las que sales, vestido de mujer, que pronto se nos olvidan esas cosas"), porque confía en su arte. Algunos lo han tachado de ególatra. No lo creo, teniendo dos Oscar sólo nos ha enseñado el Bafta.

Raúl Arévalo, Pedro Almodóvar y Penélope Cruz

Asier Etxeandía
Decía que no creo que pueda gustar este film sin conocer el cine anterior de su director, o al menos disfrutarlo como un buen cinéfilo que va descubriendo pequeños guiños a su persona y a su arte. Banderas, lee y subraya, señala frases de otros –grandes autores– que describen perfectamente su estado anímico. "Estoy solo..." empieza a leer en uno de sus libros. Esta manía, o simple rutina, ya la vimos en el personaje que interpretaba Marisa Paredes en "La flor de mi secreto" (Pedro Almodóvar, 1995). La estructura narrativa de "Dolor y Gloria", directamente conectada con "La mala educación (2004), es otro tesoro, otra oda al cine. En ese monólogo que es "La adicción", que tan brillantemente interpreta Asier Etxeandía, habla en todo momento del cine, de su infancia, de la salvación, de las ganas de hacer pis al escuchar el agua en "Esplendor en la hierba" (Elia Kazan, 1961) o bajo la voz de Marilyn. De cómo su cine olía a orina y jazmín. De cómo todas las noches rezaba por las estrellas que ilustraban su álbum para que no les pasara nada: "No lo conseguí, ni con Natalie [Wood] ni con Marilyn". La película viaja por los recuerdos del director, salta de un personaje a otro, con total naturalidad, no echamos en falta una despedida, no nos preguntamos qué ha ocurrido con la Cecilia Roth del principio. Almodóvar navega por el pensamiento humano, y habla, ríe. No llora. "Los actores piensan que son mejores si lloran, pero la verdad está en aguantar el llanto". Todas las escenas de su infancia, junto a la inmensa Penélope Cruz, están tratadas con una belleza sublime. Veo, por primera vez en el cine de Almodóvar, como se desprende de todo artificio, para fijarse en los pececillos jaboneros, y en un grupo de mujeres que tienden la ropa sobre los juncos, mientras Rosalía canta "A tu vera". Todo bajo la mirada del niño Asier Flores, una mirada que es la de la nostalgia, la del chico del coro y la del primer deseo.

Pedro dirige a Julieta Serrano y Antonio Banderas

Almodóvar y Rosalía
La película menos almodovariana de su director, es la más Almodóvar. El retrato de la soledad de un hombre: "Todo lo que he ganado lo he invertido en esta casa, en estos cuadros". Un creador incapacitado para crear, por el dolor. Un chico que recuerda a su madre. Después de Penélope, aparece Julieta Serrano, como la Francisca Caballero que todos conocemos, la del dentista de "¿Qué he hecho yo parece merecer esto?" (1984) y la del programa de literatura de "Kika" (1993). Pero también es la de Chus Lampreave, la del refranero de "La flor de mi secreto" y la tía Paula de "Volver" (2006). Julieta Serrano nos vuelve a hablar de de su mortaja, de sus rosarios, de la tía Petra y de esas expresiones que sólo pertenecen a la madre de Almodóvar, que parece andar "como vaca sin cencerro". Hoy vemos a Julieta Serrano, igual que vimos a Chus o a doña Francisca, pero se nos atraganta la sonrisa, nos emocionamos. Vemos a Serrano caminar del brazo de Banderas y entendemos toda una relación que ha valido algunos de los momentos más brillantes de nuestro cine. Citaría aquí otra frase de Salvador Mallo, el personaje de Antonio Banderas, pero creo que es mejor que la vean. "Dolor y Gloria" llega distinta a cada persona, sería complicado abrir un debate sobre ella, no tiene una trama que te puede interesar más o menos, no tiene un personaje divertido y otro melodramático. No es dolor y gloria, el dolor y la gloria van en uno. En muchas de las películas de Almodóvar hemos visto a distintos personajes "ir a pillar", bien: nunca como en esta película, con la escena del cuchillo. Es simplemente ilustrativa, una gracieta. Pero es puro Almodóvar, no está Huma Rojo esperando en un coche, ni le pegan una paliza a Rossy de Palma, no es almodovariano, aunque esté su estética y su sentido del humor.

jueves, 17 de enero de 2019

Obituarios


Siempre he sentido una atracción innata por los obituarios, tanto para leerlos como para escribirlos. Hay algo enternecedor en las palabras que se desprenden del teclado hacia un "recién muerto" como diría Igor en "El jovencito Frankenstein" (Mel Brooks, 1974), cuya adaptación ahora triunfa en madrileño Teatro EDP Gran Vía —sugerente patrocinio para el antiguo Teatro de la Luz—. Retomando el hilo. Más allá de las bonitas palabras que siempre surgen en el recuerdo de un difunto, hay algo de morbo en esta rama periodística, más incluso que en la sección de sucesos donde cientos de periodistas se agolpan al rededor de un pozo de 25 centímetros de diámetro. Lo primero que miro todos los años en Wikipedia es el primer muerto, este año el puesto ha sido para Ludwig W. Adame, historiador austríaco reconocido por su estudio de Oriente Medio y Afganistán. La muerte es también una enorme fuente de conocimiento, obviamente no para el finado sino para aquellos que leen sobre la vida del mismo. ¿Hubiera conocido al profesor Adame si no hubiese fallecido el 1 de enero de 2019? Probablemente no. Como tampoco me hubiese enterado del lanzamiento del último disco de David BowieBlackstar— si él no hubiera fallecido dos días después. Aún siendo un gran admirador de su persona, lo cierto es que tenía su actualidad musical un poco perdida aquel 8 de enero de 2016. La muerte nos acerca a las personas. Pero cuando las conoces es distinto, el morbo está en la disección discreta de un cadáver admirado. Si conocemos las luces y sombras del muerto nos convertimos en confidentes de una vida que termina perteneciéndonos. No me gusta escribir obituarios cuando he conocido al protagonista del artículo, sin embargo, es en esos momentos cuando sentimos la necesidad de escribir.

A 17 de enero ya he recibido la noticia del fallecimientos de tres personas conocidas: un vecino, un político y un amigo de la familia. Todas ellas me han afectado en mayor o menor medida, sólo con una he llorado —y este será el único detalle morboso que verán en este artículo—. No obstante, las tres muertes me han demostrado que según vamos enterrando a nuestros seres queridos nuestra actitud empieza a adquirir un importante grado de inviolabilidad. No es que nos importe menos, sino que el acto de morir deja de impresionarnos, que no de afectarnos. Pero, con el tiempo, los funerales empiezan a convertirse en actos sociales que sólo impresionan a los niños y al servicio. Mi abuelo empezó asistir prácticamente todas las semanas al funeral de un amigo, hasta que el suyo fue inevitable. Las tres personas conocidas que nos han dejado estos días compartían entre ellas una relativa juventud, todas estaban en la peligrosa franja de los "setenta y...", uno venía enfermo, pero los otros dos han sorprendido a familiares y amigos con su repentina muerte. Hace unos días un grupo de ancianos discutía en un típico bar español porque eran impares para jugar al mus, había fallecido uno de ellos y ahora se veían en ese dilema, cuando de repente uno se levantó y dijo con sorna: "No os preocupéis, la semana que viene volveremos a ser pares". Una cruel imagen castiza que a mi parecer define perfectamente nuestra relación con la muerte. La muerte es no poder volver a hablar con una persona. Por eso sentimos la necesidad de escribir obituarios, de recordarles, porque es una manera de estar con ellos, de hablar con ellos.


La primera de esas tres personas en fallecer fue Carlos de la Torre, el pasado 7 de enero. Parece mentira que le esté recordando, parece mentira que no esté. Crecí cerca de su figura, un hombre elegante, siempre de buen humor, cabecilla en las reuniones, amigo de sus amigos, era el bon vivant por antonomasia. Su nombre está ahora mismo en todos los kioskos, pues fue el primero en quién pensé para la despedida de Embassy que organicé con María Jesús Manrique —viuda del gran Berlanga—, comida que relato en el artículo que se publica en el actual número de Vanity Fair. Carlos era uno de los personajes de la jet set madrileña, siempre había estado ahí y guardaba anécdotas brillantes, historias de nuestra historia, que contaba con toda naturalidad. Quedó retratado como personaje en alguno de esos planos abarrotados que componía Berlanga, porque su cine era un vivo retrato de su círculo personal, vivencias, amigos y anécdotas componían el grueso de sus películas. Y Carlos estaba ahí, pero también estaba en Santoña, donde veraneaba estos últimos años, y en Toledo, de donde se sacó un marquesado cuando una vez le preguntaron en las Fallas de Valencia por su status, para completar una crónica social. Llevaba tiempo sin hablar con él cuando le escribí hace menos de un mes a cuenta del artículo donde salía mencionado, me lo agradeció y dejó pendiente una charla. "Ya hablamos".

Carlos de la Torre (con gafas) en una escena de "Nacional III"

Juan Cueto
Poco después recibía la noticia de la muerte de Juan Cueto, imprescindible en la crónica de la televisión, un gran pensador al que conocí como vecino y al que redescubriría a través de la publicación de una colección de artículos bajo el nombre de "Yo nací con la infamia". Siempre portando su característico bigote. Egoístamente solo puedo pensar en no haber tenido el valor suficiente para cruzar con él algo más que un "buenos días" o un "¿qué tal sigue?" y esas frases poco comprometidas a las que se acostumbran los vecinos. Cueto era un grandísimo periodistas al que descubrí tarde, sin embargo, su sentido del humor sobre el papel es una de las claves que merecen la pena ser recordadas y puestas en valor, en un mundo donde la prensa parece ahogada por lo políticamente correcto. La pluma de Cueto mantenía una facilidad absorbente para incidir en los temas más banales convirtiéndoles en buen periodismo. Así, podía hablar perfectamente de la audiencia de "¿Dónde estás corazón?" con Cantizano como del último spot publicitario de Freixenet.

Vicente "Tini" Álvarez Areces
Por último, hoy he recibido la noticia del fallecimiento de Tini Areces, ex-presidente del Principado de Asturias y senador por el Partido Socialista. Un hombre cercano y una bellísima persona, por encima de sus responsabilidades políticas. Cuando le conocí era Presidente del Principado, estábamos en la Expo de Zaragoza y recuerdo perfectamente como paró el habitual séquito que acompaña a los políticos, para saludar a mi abuelo. Ese mismo día me regaló un pin con la bandera de Asturias —ya saben que el pin es la distinción inequívoca de los políticos—. La última vez que le vi fue hace unos mese, en el funeral de mi abuelo. Me abrazó, nos abrazó. Dijo de mi abuelo que era una persona "afable, simpática y un trabajador de luchó duramente por la empresa. Nos deja una huella imborrable en Gijón, donde tiene una familia muy querida". Vicente Álvarez Areces tampoco se quedaba corto, abanderado siempre por su sonrisa, le recordaré siempre por su cercanía y su amabilidad. Era un hombre querido, a veces poco más se puede decir de un hombre —más incluso si ese hombre es político—. Mis pensamientos están estos días con las familias de Carlos de la Torre, de Juan Cueto y de Tini Areces. No es habitual que un obituario termine con una nota de pésame, pero ya les he dicho que no me gusta escribir obituarios de personas a las que conozco. 

martes, 17 de julio de 2018

Adiós señora presidenta

La noticia del fallecimiento de Yvonne Blake cae sobre mi como una jarra de agua fría. Mi cuerpo se destemplaba al pensar en ella tras el ictus que sufrió hace unos meses, cuya evolución no estaba siendo la mejor. Conocerla fue un regalo, poder pasar con ella unas horas para entrevistarla fue todo un honor, un tesoro que guardaré para siempre, como el sonido de su risa inglesa —porque las risas también son parte de un idioma— al comenzar aquella fantástica tarde. Yvonne, sonriente, siempre, incluso cuando se enfrentaba a los temas más delicados. En esos casos sorbía un poco de té y lograba escapar con una divertida frase. Aquella entrevista fue sólo el comienzo, empezamos a vernos en varios actos, la frenética actividad que suponía estar al frente de la Academia de Cine le hacía estar en varios lugares, casi al mismo tiempo. En su carrera profesional había estado al lado de los más grandes, incluso vistió a mi querida Audrey, pese a que le tocó un vestuario menos glamuroso que el de Givenchy. Yvonne me contaba que nunca había imaginado ser presidenta de la Academia, pero que lo estaba disfrutando y cuando le preguntabas por algún horizonte profesional sentenciaba firmemente: "Mi proyecto es la Academia". Convertida en Presidenta de Honor de la institución hoy nos deja Yvonne. La última vez que la vi fue hace unos meses, en la proyección de los cortometrajes del último curso de la ECAM, escuela en la que yo comenzaba a estudiar. Nos vimos de lejos y sonreímos, había mucha gente y pensé que ya hablaría con ella en otro momento. Hoy vuelvo a escuchar y a leer aquella entrevista que hicimos, momentos mágicos, llenos de cine, como la propia Yvonne, y sólo me queda el recuerdo. Adiós señora presidenta, gracias por todo.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Luis Alvargonzález Romañá, mi abuelo

La muerte se presenta de muchas maneras, el imaginario literario y cinematográfico nos la ha mostrado de distintas formas. Hemos reído y hemos llorado con la muerte, la hemos burlado e incluso hemos fantaseado sobre el más allá. Tanto que cuando llega la realidad resulta decepcionante. Sin avisar y a medio desayunar recibo una llamada de mi padre: “El abuelo”. No. La muerte de mi abuelo, Don Luis Alvargonzález Romañá, me sorprende, cuelgo y lloro, no están las líneas telefónicas para empañarlas en lágrimas, después cojo el primer autobús a Gijón. La tristeza no llega tanto con la muerte, al fin y al cabo entre esquelas y funerales uno está entretenido, como con la ausencia. El sentimiento de vacío. El volver a aquella mañana soleada en la que vi a mi abuelo por última vez yéndose feliz a almorzar con un buen amigo, casi como en el final de “Casablanca”. No hay nada tan emocionante en la muerte de un familiar como sentir el cariño verdadero de todos aquellos que le rodearon durante su vida.

Siempre he sido curioso sobre el pasado de mi familia, y más teniendo en cuenta el cariño que la villa de Gijón tiene a los Alvargonzález. El día que el tío Juan Alvargonzález González, también desaparecido, me enseñó la Fundación quedé fascinado con todo el desfile de retratos y documentos. Me sentí como el Marqués de Leguineche: “¡Estos cuadros son mi familia!”. Esta curiosidad me ha llevado a revisar los cajones de las casas de mis abuelos. Cualquier cosa, desde una fotografía a una esquela arrugada, me llevaba a preguntar y a averiguar la historia que había detrás. Así compuse la historia de la vida de mi abuelo. Empezando por los tíos, los de mi abuelo, esa clase de tíos modelo que continúan siendo “Los Tíos” cinco generaciones después. “Eres igual que el tío Antonio”, me decía mi tía el otro día. Antonio Alvargonzález, el hombre que levantó Alvargonzález Contratas, la empresa que heredó y situó mi abuelo, imprimiendo así una de mis fotografías favoritas, él con un traje gris, un puro y una enorme sonrisa. Su padre, Luis Alvargonzález Prendes, ilustre médico gijonés falleció en el exilio, en La Habana, donde vivía su mujer, Lucrecia, con sus dos hijos. Cuando hablaba de su época en Cuba a mi abuelo se le iluminaba el rostro, aparece una fotografía suya con un enorme pez espada, risas recordando la anécdota persiguiendo el pescado. Cuba es también su etapa deportiva. Digno heredero de su padre, quien fuera uno de los grandes nadadores de la costa cantábrica, mi abuelo se convirtió en uno de los atletas más prometedores de la isla, llegando a ser propuesto como candidato para los Juegos Olímpicos. Esta etapa se cierra con una enorme fotografía enmarcada, años después, Luis Alvargonzález Romañá y el medallista cubano Javier Sotomayor se saludaban calurosamente, calculo que durante la época en la que Sotomayor recibía el Príncipe de Asturias de los Deportes. 

A su etapa de atletismo en Cuba le sigue su vuelta a España, el Club de Regatas y la aparición de Los Tíos como figura paterna. En el salón de casa se yergue una enorme fotografía del tío Manolo “Ñolé”. “Patricio eres casi tan elegante como el tío Ñolé”, me dice mi abuela. María Estela Martínez, no la de Perón, como bien le dijo mi abuela a un agente de aduanas ante la confusión durante un viaje a Estados Unidos. María Estela Martínez de Alvargonzález, nada menos. Me resulta imposible pensar en mi abuela como viuda, ella y el abuelo eran uno solo, son uno solo. Juntos hasta para romper los récords en la categoría senior del Real Club de Golf de Castiello. María Estela Martínez, campeona de drive. También me gusta ese título. Juntos vivieron una etapa en París, apenas hay fotografías, sin embargo, la historia de amor y el marco de la ciudad ha creado en mi el recuerdo –esa fantástica sensación de crear recuerdos que nunca existieron– de “Ariane”, y esas películas en blanco y negro que devienen tras un mágico narrador. Lo que sí existe es el cariño que ambos me profirieron desde niño, un amor puro que durará eternamente.

Desde pequeño he querido dedicarme al cine, de ahí las referencias que acompañan el artículo. Obviamente mi abuelo quería un médico o un abogado, pero nada me hizo más ilusión que su risa cuando vio uno de mis primeros cortometrajes. “Estudia, estudia y estudia”, me dijo toda la vida. Y otra vez la imagen del gran empresario con el puro en la mano y la enorme sonrisa. Luis Alvargonzález Romañá, un hombre querido. Gracias.

                                                                 Artículo publicado el 15 de mayo de 2018 en el diario "El Comercio"

Luis Alvargonzález Romañá

sábado, 14 de abril de 2018

Miloš Forman, un adiós

Me he despertado con la triste noticia del fallecimiento de Milos Forman —he conseguido poner la cosa rara encima de la "s" en el título pero es demasiado complicado como para ponerlo cada vez que escriba su nombre, para el caso nos entendemos igual—. Leo algunas de los escuetos y cumplidores obituarios que acaban de publicarse, hace 7 minutos, todos comienzan con "el director de títulos como Alguien voló sobre el nido del cuco o Amadeus ha muerto en Estados Unidos a la edad de 86 años". Yo puntualizaría, no es el director de "títulos como", es el maldito genio que hizo "Alguien voló sobre el nido del cuco" (1975) y "Amadeus" (1984), dos de mis películas favoritas y sin lugar a dudas dos de las mayores obras de arte que ha dado el cine. La primera una joya, un film pequeño que encierra una humor oscuro y que, sin lugar a dudas, definió a Jack Nicholson como el loco más heavy de Hollywood. Se llevó cinco premios de la Academia, incluyendo el de Mejor Director para Forman,   recordándonos los tiempos en que los americanos premiaban con certeza. Todavía recuerdo con terror la fría mirada de Louise Fletcher desde su cabina de enfermería, el cuello terso y una mirada profunda que se hunde en cada paciente pastilla tras pastilla, mientras el personaje de Nicholson está cada vez más sumido en su propia mentira. Ya es uno de ellos. Forman se convirtió en el Spielberg de los locos, se escapaban, tenían aventuras, montaban en barco y, como E.T., el protagonista termina enchufado a una máquina. "Amadeus" es otra genialidad, completamente distinta en su forma, pero al fin y al cabo otro retrato de admiración y locura. Mi acercamiento a ella fue progresivo. En 2006 se estrenó "Copying Beethoven" (Agnieszka Holland, 2006), cuando la vi en el cine desarrollé una especie de obsesión por ella, cuando al fin la tuve en DVD no paraba de verla. Tenía algo adictivo, las imágenes, la época, un abominable Ed Harris luciéndose como nunca en un protagonista de personalidad exagerada y, por supuesto, la música. Aún hoy me quedo en estado de trance en esa escena final en la que dirige la novena con su joven apuntadora guiándole como en un sueño.

Pelucas y talco en el set de "Amadeus"

Después de la pasión que levantó en mi el biopic sobre Beethoven, cuál sería mi sorpresa al descubrir que había otro film sobre Wolfgang Amadeus Mozart. No tarde en hacerme con una copia de "Amadeus" y caí rendido ante la prosa lírica de Milos Forman. Una obra de arte total que avanza con la propia música y cuyo abultado y pomposo final a ritmo de Réquiem es uno de los mejores tratados en la historia del cine. Con el film nació un mito, la rivalidad entre Mozart y Salieri. Hoy cualquier listillo que haya visto más de un documental de La 2 te dirá que dicha rivalidad no existió, me da igual, es una película que además, elevó al cine al séptimo cielo, confirmó, por si había dudas que el cine es un arte como la pintura o la literatura, porque solo el arte puede crear mitos. Milos Forman fue un gran cineasta, con un sentimiento puro del cine, desde los documentales obligados por el régimen de su Checoslovaquia natal nunca perdió una de las bases de su cine, el deseo, el ansia, de libertad. Claro que hizo más películas, títulos como "Hair" (1979) o "Valmont" (1989), a la sombra de "Las amistades peligrosas" (Stephen Frears, 1988), adaptaciones de la misma novela, aunque el guión de la de Forman es del gran Carrière. Hay mucho de documental en el cine del gran Milos, al menos en la idea original de narrar con personajes reales, aunque su gran maestría se demuestra a la hora de convertir esa realidad en una suerte de sueño, pura magia. Ya lo he declarado varias veces y lo repetiré cuanto haga falta, soy un apasionado de los biopics, y Milos Forman es el cineasta que mejor ha sabido rodarlos, alejado de los dejes y manías que tiene toda historia real, sabía coger la realidad y convertirla en la enorme y sensacional mentira que es el cine. "Amadeus" es la cumbre de ello, pero lo demostró con creces en "El escándalo de Larry Flynt" (1996), "Man on the moon" (1999) —cine metalingüístico que traspasa las fronteras del falso documental mimetizándose con el propio protagonista y convirtiéndose en un monólogo del mismo, una genialidad que merecería artículo a parte— o "Los fantasmas de Goya" (2006), la más floja de todas, pero aún así con grandes interpretaciones, incluyendo el rol debut de Cayetano Martínez de Irujo como el Duque de Wellington. Con Milos Forman se va un genio de la vieja escuela, uno de los estandartes sobre los que antaño se sostenía el cine, se va un gran director, pero ante todo, el gran hombre que levantó esas dos obras clave en la historia del cine.

martes, 27 de marzo de 2018

Y... Tamara desfalcó al "media"

"Es demasiado sincera y exagera las cosas"
Isabel Preysler, madre


La entrevista que Tamara Falcó concedió a Bertín Osborne en su programa, "Mi casa es la tuya", ha originado todo tipo de opiniones, portadas y tertulias, mostrando así una de las grandes dotes periodísticas que se debe detentar hoy en día, la capacidad de hablar e informar tanto del crimen del joven Gabriel como del fondo de armario de la hija de Isabel Preysler, con la misma efusividad y naturaleza indagadora. Todo el mundo parece tener una opinión sobre la socialité española que más ha dado que hablar en sus últimos años y, cual toro publicitario de la España más castiza, Osborne se encargó de compilar algunas de sus mayores hazañas, desde su accidente en el Starbucks a su iluminada llamada religiosa de los últimos años. En mi opinión un presentador algo iluso y simple que fue devorado por la personalidad arrolladora de Tamara. ¿Qué si es pija? Obviamente, y a mucha honra. ¿Qué no sabe pelar una cebolla? Uno no lo necesita si tiene a alguien que lo haga por él. El programa en sí intentó dar una imagen de una niña consentida y tonta que la propia Tamara desmontó con su enorme naturalidad, sin dejar de obviar de dónde viene y a dónde va. Ofreció un espectáculo divertido, morboso y genial, toreando desde la inopia a un astado que se revolvía furioso como si estuviese en un rancho en vez de en una plaza de toros. Se ha anunciado, no de manera oficial, que Mario Vargas Llosa se sentará en el programa de Bertín, puede entonces que lo de Tamara haya sido un requisito, pero la hija del Marqués de Griñón se ha adelantado a todos. Ha presentado Villa Meona —como Alfonso Ussía bautizó al palacio de la Preysler— a toda España, ha entrevistado al novio de su madre para Vanity Fair e incluso metió por primera vez un Nobel en casa (pues esa es la marca de uno de los implantes dentales que lleva).

Bertín señala la talla de Isabel Preysler

Con todo ello Tamara se ha hecho a los medios, se han vuelto locos, ya no son sólo los periodistas del corazón los que persiguen a la Preysler para obtener una exclusiva, la sección de cultura también se moviliza para ver como Vargas Llosa hace "una especie de taichí o arte oriental" en su rutina diaria, mientras los de Política confirman que Albert Rivera "lo hizo fenomenal" en la presentación del último libro del Nobel peruano, perseguido también por las feministas después de afirmar que "el feminismo es actualmente el más resuelto enemigo de la literatura". En definitiva, toda España está pendiente de lo que ocurre en casa de Isabel Preysler, esa mujer que no es que pelee es que "consigue todo lo que quiere a la fuerza". En su entrevista, Tamara Falcó, dejó entrever el poder del matriarcado filipino en la alta sociedad española y quién sabe en qué otro Estado, después de aquella cena con Kuczynski a la que hacía referencia Tamara en su entrevista con Mario, la imaginación corre a cargo de cada cual. Si entramos en su maravilloso mundo de frivolidad y exceso, donde uno debe confesarse todas las semanas aunque crea que no ha pecado, todo funciona como una especie de parque de atracciones en el que cada día se presenta como una nueva montaña rusa. Después de la exquisita y deliciosa entrevista que Tamara hizo a Mario Vargas Llosa para Vanity Fair, se ha anunciado que es el comienzo de una larga tanda de encuentros con distintas personalidades, un proyecto que se torna en una suerte de diálogos surrealistas y reacciones geniales, que esperamos con toda la emoción del mundo. Tamara no sólo se ha apropiado del share de Bertín, también se ha hecho con su programa, con los medios y ha fascinado a España después de mostrarse como un ejemplo de sinceridad e ingenuidad —que no ignorancia—. Además de traer a la orden del día adjetivos de nuestra lengua tan geniales como "peluqueada", probablemente influencia del taichí. 



En su momento, cuando sucedió el accidente del Starbucks, los medios recogían sus palabras: "Por favor, por favor, que no se entere mi madre", poco después tuvo que ser atendida por un ataque de ansiedad. La escena se tornaba en algo cómico en el programa de Bertín, Tamara relaciona el asunto a una etapa de su vida en la que reconoce que era una malcriada, la etapa pre-iluminación, antes de recorrerse varios conventos de Madrid en busca de la llamada de la que tantos confesores y religiosos cercanos hablaban. Todo parece girar alrededor de Tamara cuando ella habla, no lo hace por egolatría o narcisismo, es natural, "es la hija de la Preysler", como alguna acalorada fan le recordaba en las calles sevillanas. Pero el programa es de Bertín y cada cierto tiempo, cuando ella está al borde de ofrecer la exclusiva más jugosa, es cortada por su tosco humor de parra, "era sólo para demostrar que conducías mal", sentenciaba. Luego siguió el "¿sabes cortar unas patatas?", o la sorpresa: "¡Qué maravilla! ¡Hasta diez has pelado!". El señorito andaluz que esperaba a una pija de manual se encontró a una pija de Biblia y media, osea, a Tamara Falcó. Todo parecía evidenciar que la comedia provenía de otro lado, el programa no nos contó nada nuevo, tal vez el número de cuartos de baños (un total de catorce, creo recordar) que poseía la mansión, pero si algo quedó claro es que a Tamara no se la entrevista, se la deja hablar y distraerse, ser ella misma. Al final toda España esperaba las deliciosas tartas de Ramona y las desquiciantes intervenciones de la perra Jacinta. Cada frase de Tamara se imprimía como un nuevo versículo en el Nuevo Testamento del "Corazón". Desde el ya mítico "a Mami le gusta Mario" a la frase que ella misma recordaba de Julio Iglesias: "¡Qué poco te faltó para ser hija mía!", ya sólo queda consolarnos en las futuras entrevistas que la propia Tamara realizará para Vanity Fair. Y así, damas y caballeros, es como sin comerlo ni beberlo —tal vez esto último un poco sí— Tamara desfalcó al media español.

Tamara y Mario bajo la atenta mirada de la gran matriarca

viernes, 23 de febrero de 2018

La muerte dibujada

Esto de la muerte es muy español, es cierto que todo el mundo muere pero nadie lo hace como nosotros. Nuestro culto, nuestra veneración, nuestras víctimas y nuestros verdugos, nadie se ha reído de ella como nuestros cuñados de chiste en capilla ardiente, siempre perseguidos por un pasado oscuro teñido en luto y religión, pues somos también los que más nos hemos tomado en serio esto del más allá, exceptuando quizás a nuestros congéneres mexicanos. Lo que vengo a decir es que Antonio Fraguas de Pablo (a.k.a. Forges) ha muerto, un duro golpe para todos aquellos que reímos con él y que todas las mañanas esperábamos —desde hace ya bastante tiempo— volver a hacerlo. Desde el humor gráfico a su corta carrera como cineasta, el gran Forges tocó muchos palos, empezando en la mítica "La Codorniz" cuando ya empezaba a ser cazada y triunfando con las portadas de "Hermano Lobo", las mismas que yo llevaba el día que le conocí. "¡Esto es de hace mucho tiempo!" me espetó, esperando tal vez que comprase su último libro y me dejase de reliquias, al fin y al cabo lo suyo era la actualidad, el día a día. Ya le dijo a mi madre tiempo atrás que su deber era leer el periódico todos los días. Forges llegó tarde a "La Codorniz" y yo llegué tarde a Forges, pero sus narigudos personajes se habían convertido en un símbolo, encontré documentos maravillosos, viñetas rebosantes hasta los marcos, casi como un plano de Berlanga, llenas de bocadillos, fue sin duda el retratista de la España política sobre el papel. También lo intentó en el cine, llegando a dirigir dos largometrajes: "El País S.A." (1975) y "El bengador Gusticiero y su pastelera madre" (1977). Dos títulos inefables que hoy son rescatados por los ayuntamientos de los pueblos donde se rodaron tratando de recuperar la memoria histórica de sus calles, y eso sí con la estupendísima María Luisa San José al frente de uno de esos repartos envidiables que solía tener nuestro cine.


Sirva como autorretrato su despedida a Berlanga
Sus personajes nacían de la bonhomía, la represión o —en ocasiones— de la simple estupidez, inventando palabros y dando martillados a la Real Academia, mostrando así su humilde lucha contra el analfabetismo. Sus viñetas destacaban por un humor bondadoso, quizás demasiado descafeinado para temas tan sangrantes como la corrupción, su fuerte radicaba en el examen del español medio, seres atontados de gafas bien apretadas, serviles a sus mujeres, políticos o mayores. Y también de la muerte, no hay mejor manera para hablar de una persona que un obituario, o en el caso de Forges que una viñeta post-mortem siempre bien acertada. De otra manera, los homenajes, los premios honoríficos o incluso los "Imprescindibles" de la 2, suenan a despedida, muerte en vida, como una preparación del obituario. Con Forges ha sido diferente, ocurrió como con Juan Claudio Cifuentes, presentador del programa radiofónico "Jazz porque sí", les teníamos delante —sin verles— todos los días, eran como "El Tiempo" de la 1 que parece que no se va a terminar nunca. Y de pronto, una mañana nos vemos sin la viñeta de Forges, todavía permanece imborrable en mi memoria el hueco blanco que dejó el periódico ABC tras el fallecimiento del rey del humor gráfico, el gran Antonio Mingote, homenaje que hoy repite El País con Forges. Hace algún tiempo le vi en "Versión española" en el coloquio sobre "Calabuch" (Luis García Berlanga, 1956), puede que la cinta de Berlanga que más se asemeja a su estilo, un retrato de España reducido a un pueblo y barnizada con un humor blanco y bueno, cuyo cúlmen es el rosado rostro, aún siendo el film en blanco y negro, de Edmund Gwenn. El velatorio de Forges se ha convertido en un increíble flashback, la Transición estaba a allí, Ana Belén, Sacristán, Massiel. Sin Forges, España no sería lo mismo. ¡Ah! Y no te olvides de Haití.