jueves, 11 de junio de 2026

Crónica de lo berlanguiano

El Teatro Español acaba de estrenar Crónica de un mal español, una pequeña pieza teatral en la que Jorge García-Berlanga, nieto del célebre director valenciano que da nombre a este blog, se acerca a la figura de su abuelo a través del humor. En apenas una hora se esboza una biografía que se prevé inmensa y que, sin embargo, logra reducirse a un gesto, una situación o un carácter. Cuando Luis García Berlanga recibió el Goya a la Mejor Dirección en 1994 se lo dedicó "a una serie de amigos y compañeros que durante los años cincuenta rompieron con aquel cine sombrío del franquismo y fueron los primeros en crear un género autóctono español: la comedia popular, que ha sido siempre maltratada por los críticos". El agradecimiento terminó mencionando a "Carlos Arniches, del que creo que descendemos todos". Refiero tales palabras pues, más treinta años después, es a la astracanada y al sainete a los que su nieto se acoge para representar la vida del insigne cineasta. Se trataba en esta crónica de lo berlanguiano de representar a la persona, al abuelo, al hombre, más allá del director o el intelectual (que pese a rehuir de la etiqueta, Berlanga lo fue), y en lo cotidiano reina el ruido, el humor blanco asequible y la espontaneidad. Por eso, esta Crónica de un mal español no es berlanguiana, en el sentido en que no inquire, sangra o satiriza desde la negrura, sino que redefine lo berlanguiano desde esa comedia popular que sólo funciona cuando está magníficamente interpretada, como es el caso. Esto permite además alejarse de peligrosas comparativas, de las que no se librará La escopeta nacional que estrena la semana que viene Juan Echanove y que espero como agua de junio. 

Jorge García-Berlanga y Nacho Serrano como "las dos B"
Los hermanos Vellón

Volviendo a la Crónica de un mal español. La obra comienza con esta moda del teatro joven en la que los intérpretes le reciben a uno en el vestíbulo que precede la sala. Allí, varios actores caracterizados de los años cincuenta se increpan con frases lúcidas que parecen inconexas hasta que, de pronto, uno se ve en su butaca inmerso en la dramaturgia. Es, además, una de las pocas modas aplicadas con sentido, pues en esta primera escena nos hallamos en la tertulia del Café Gijón, donde se convidan personajes como Edgar Neville, Conchita Montes (soberbia y elegante Natalia Vellón) o Paco Umbral, desarrollando una estupenda representación de la caótica y a la vez siempre coherente estructura de lo conversativo, al más puro estilo de La colmena de Cela (o de Camus, como prefieran). A partir de aquí, el trabajo de Jorge es de una minuciosidad extrema a la hora de ligar el drama, las anécdotas reales (e inventadas) y la propia biografía de su abuelo, logrando una capacidad de detalle que hará las delicias del admirador filmófilo más severo. De la presentación de María Jesús, su abuela, con el jersey en los hombros y en la mano, que referencia directamente unas fotografías reales del viaje de novios, pasando por la boda (que el propio Berlanga ya parodió en El Verdugo), hasta el escenario final en el que, con la asombrosa capacidad de hacerlo con cuatro cajas de cartón, logra transportarnos al estudio de Berlanga con una perfección física y atmosférica inusitada. Otro detalle esgrimido con gracia y mimo es el consabido arte de Berlanga y Azcona (interpretado estupenda y contenidamente por Octavio Vellón) para incorporar frases reales de su entorno a sus historias, que Jorge recoge aquí en varios gags a lo largo de una obra que es astracanada y sainete, sí (tenemos a Franco descamisado bailando Ni tú ni nadie), pero que termina con un ejercicio metaficcional en el que es imposible no emocionarse. 

Pablo Vélez, censor
Júlia Roch como María Jesús

La compañía teatral de Jorge García-Berlanga, Balmoral, funciona como una gran familia, más cercana cercana a los Cómicos de Bardem que a los señoritos  de Berlanga. "¿No será usted un señorito pijo con sombrero?", pregunta Bardem. "El sombrero me lo puedo quitar", responde Berlanga. Los papeles se entremezclan, la primera actriz es tramoyista en la escena siguiente, las mujeres son sargentos (y generales), los hombres, curas con reloj de pulsera y todos tienen su segundo de gloria. Digo segundo porque la obra transcurre a una velocidad vertiginosa, apremiada por una vida inabarcable que nos hace pensar en cierto punto que la obra está incompleta, ¿o es simplemente que tenemos ganas de más? Llegados a este punto sólo me queda hacer una mención especial para Pablo Vélez, una suerte de José-Luis-López-Vázquez-para-todo que siendo histriónico, nunca resulta cargante. Un matiz finísimo que Vélez maneja con gracia, sin miedo a pasarse si el público lo requiere. Una capacidad (casi) al nivel de Arturo Fernández, a quien recuerdo repitiendo un chiste a golpe de chatín en una representación hasta que la carcajada del respetable hacía imposible continuar la obra. Cuando entrevisté a la compañía hace unos días para Vanity Fair llegaron a una conclusión: "al final te olvidas del gran director y empiezas a contar la historia del abuelo de Jorge". Esa es la grandeza de esta obra que pueden disfrutar en el salón de los balcones del Teatro Español hasta el próximo 28 de junio. Indispensable para cualquier berlanguiano. 

Fetichismo berlanguiano

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