domingo, 12 de abril de 2020

Retazos de la infancia

Llevo varios días tratando de elaborar una lista de recomendaciones, más que nada para poner en orden mis ideas, señalar mis películas favoritas (a día de hoy) y tratar de hacer la cuarentena más llevadera a todos aquellos que se estrujan la cabeza en busca de títulos por el inabarcable catálogo de Netflix. Así, aprovechando el confinamiento y antes de que la falta de ideas empiece a romper familias, me he decidido a hacer tres listas recomendando desde mi humilde hogar las que son mis películas preferidas, reñidas muchas de ellas con las grandes obras maestras del cine ya que lo que aquí pretendo es recordar aquellos films que han significado algo o que han dejado huella en mí, cintas que recuerdo asiduamente con una sonrisa. Las que traigo hoy de manera especial, porque se tratan de aquellas películas de mi infancia que me fascinaron cuando no valorábamos las interpretaciones, ni los efectos especiales, ni la trama en sí misma. Esto no significa que sean malas películas. Yo las sigo revistando cada cierto tiempo y me mantienen enganchado de principio a fin, aunque, en algunas de ellas, ahora sea capaz de ver el truco o las nuevas tecnologías hayan dejado anticuados sus recursos cinematográficos. Entonces, tal vez sea la nostalgia lo que me impida cambiar de canal. Pero uno de los principales alicientes de esta lista es descubrir una serie de películas que yo disfruté entre mis cero y doce años, películas que un adulto puede disfrutar igual e incluso más que sus propios hijos, ya que muchas de ellas esconden comentarios, gestos o frases que los más pequeños, enfrascados en la trama, dejan de lado y que suponen un deleite para los ojos adultos. Sin más explicaciones, dejo aquí la lista.

Cinema Paradiso

10. Robin Hood, príncipe de los ladrones

En el momento más álgido de la carrera de Kevin Costner, justo entre Bailando con lobos (Kevin Costner, 1990) y El guardaespaldas (Mick Jackson, 1992), el actor californiano seguía confiando en sí mismo para sus primeras producciones (avalado por nombres de la talla de James G. Robinson, al frente de grandes títulos de los noventa) y se adentró en este remake que parecía tener poco que aportar después de la mítica cinta de Errol Flynn y la excelente adaptación de Disney, aunque la animación prefiero dejarla para el final. Robin Hood, príncipe de los ladrones (Kevin Reynolds, 1991) es una película clásica de aventuras, llena de acción y comedia, respaldada por intérpretes de gran calibre como Morgan Freeman, Christian Slater o el insuperable Alan Rickman, en el papel de un villano absolutamente maniqueo, con una interpretación excelentemente sobreactuada. Les puedo asegurar que hay escenas realmente truculentas que yo recordaba como de lucha o humor, ya que deben medirlas con los ojos de un niño. Es entonces cuando encontrarán estas recomendaciones fascinantes. Una de las labores más complicadas en una comedia (porque el film, si es preciso análisis, es una comedia) es hallar el tono, y la película presume en todo momento de un control absoluto de ello. Un tono que está entre el cuento de hadas y los dramas de honor de capa y espada, con una puesta en escena absolutamente coherente, desde los primeros planos abiertos para deformar a los malos hasta la forma de filmar las batallas y todo ese elemento tan artesano que hay en la construcción del campamento del bosque de Sherwood. Los rostros de actores como Nick Brimble, Soo Drouet o Michael McShane, a los que no he vuelto a ver en otra película, son ya parte de mi imaginario, de los retazos de mi infancia. El espíritu de este Robin Hood está en otros films que le seguirían, como La máscara del zorro (Martin Campbell, 1998) o El hombre de la máscara de hierro (Randall Wallace, 1998), ambos con una mayor ambición de producción y estilo, igualmente recomendables. Pero la estela del príncipe de los ladrones se siguió principalmente en televisión, ClanTV rescató en mi infancia algunas de las series a las que me enganché como Hércules: Sus viajes legendarios (Christian Williams, 1995), Xena, la princesa guerrera (Ron Schulian, Rob Tapert, R.J. Stewart y Sam Raimi, 1995) o Merlín (Steve Barron, 1998). En la película hay una bruja con un nombre parecido a Morgana que es la gran novedad en la historia de Robin de Locksley. Como respuesta y parodia de todo ello, en especial de los films de la Edad Media, nació la saga de Los visitantes (Jean-Marie Poiré, 1993), muy divertida, aunque, sin embargo, alejada del tono de la película que nos ocupa.

Alan Rickman y Mary Elizabeth Mastrantonio seguidos de la falsa Morgana

9. Marcelino, pan y vino

Me eduqué en un colegio religioso. Uno de los momentos que recordaré siempre tuvo lugar en cuarto de primaria, cuando mi abuela me compró el dvd de Molokai, la isla maldita (Luis Lucía, 1959), lo llevé al colegio y dedicamos una tarde, para sorpresa de todos, a ver la película. Fue una experiencia única. Sin embargo, al pensar en la película no recordaba apenas un fotograma, no me había dejado demasiado marcado. Al hacer memoria se me venían a la cabeza imágenes de Fray Escoba (Ramón Torrado, 1961), que había traído un compañero tras el éxito de la primera. No he tenido ocasión de recuperarla, pero creo que el impacto venía de que el protagonista era negro, lo que debió de llamar la atención en la época y, por lo tanto, también en la profesora y sus alumnos. Todas estas películas, "de interés nacional" como rezaban en la época, tienen un increíble valor histórico y cinematográfico, los grandes directores de la época se peleaban por dirigir las vidas ejemplares de los grandes santos de España. Películas como Balarrasa (José Antonio Nieves Conde, 1951), Sor intrépida (Rafael Gil, 1952) Teresa de Jesús (Juan de Orduña, 1961) son algunos ejemplos igualmente disfrutables. Pero dentro del cine religioso de la época hay una cumbre, que probablemente también me regaló mi abuela, Marcelino, pan y vino (Ladislao Vajda, 1954) es de una bondad, un delicadeza y una Fe también (¿por qué no decirlo?) enternecedoras. Pablito Calvo como un pobre huérfano que acaba de perder a su madre (inicio recurrente en Disney) y que es acogido por un grupo de frailes en una España terriblemente pobre. Las imágenes del Cristo –casi expresionistas–, del miedo del niño –en un tono neorrealista, como todo el film– y la Virgen como madre redentora, son de una potencia visual inolvidable. De las películas que hoy recomiendo es probablemente la más complicada, pero sin duda la mejor, Vajda en estado de gracia y un mensaje humanista que parece haber desaparecido del cine. La voz de Fernando Rey nos introduce en esta fábula que encuentra la luz en mitad de una España negra, interpretada por los grandes actores de la época, de Antonio Vico a Rafael Rivelles. Aunque para mí quedará siempre el bondadoso rostro de Fray Papilla, el preferido del chico, un excelente y cómico Juan Calvo.

Fray Papilla y Marcelino

8. El retorno de las brujas

Ahora que me entero de que la plataforma Disney+ prepara la secuela de este mítico film, es imprescindible introducirlo dentro de esta lista donde, como comprobarán, no serán las únicas brujas. Creo que la magia es uno de los elementos que más impresionan a los niños, recuerdo esperar como agua de mayo la programación de ClanTV y Disney Channel preparaban para Halloween, desde la película de Los magos de Waverly Place (2009) al especial de House of Mouse (2001-03), El club de los villanos (Jamie Mitchell, 2001). Lo cierto es que la saga completa de Harry Potter (2001-2011) tendría que ocupar este lugar, pero El retorno de las brujas (Kenny Ortega, 1993) tiene ese aire de subproducto Disney venido a más que la hace especial. El director sorprendería y marcaría para siempre a mi generación con High School Musical (2006-08) años después, este es un film extraño en su filmografía, el segundo después de un musical que dirigió también para Disney con Christian Bale. Un película por y para Halloween, una comedia de conjuros, muertos vivientes y amores adolescentes, que te cautiva por su look trasnochado de telarañas y calderos humeantes y por sus tres magníficas protagonistas. Una Sarah Jessica Parker pre-sex-in-new-york, una Kathy Najimy condenada a ser recordada siempre por esta interpretación y una Bette Midler superior, reina y poderosa jefa de este trío demencial que en su momento me llegó a causar auténtico temor. El resurgir de estas brujas de la Edad Media en el Salem de principios de los noventa es una acontecimiento que todo infanta debería vivir con expectación, miedo y risas.


Sigue el ritmo de aventura de hechiceras que Anjelica Huston abrió con La maldición de las brujas (Nicolas Roeg, 1990) entre demencial, cutre, infantil y espeluznantemente tétrico, una combinación explosiva que el film de Disney dulcifica un poco. Películas tan demenciales como Un ratoncito duro de roer (Gore Verbinski, 1997), donde un ratón echaba a dos hombres de la mansión de su padre, dirigida por el hombre que tomaría las riendas de otra de las sagas de mi infancia, Piratas del Caribe (2003-07). Aunque el mayor producto que salió tras combinarse brujería y adolescencia, y que me acompañaría en toda mi infancia después de que Disney Channel la recuperase, fue Sabrina, cosas de brujas (Nell Scovell, 1996-2003) con el genial gato Salem, cínico, irónico y lenguaraz, este gato disecado que movía la boca ha sido uno de los grandes inventos de la televisión –muchos le reconoceréis por el meme del gato negro que se lima las uñas–. Y, aunque sus características de producción estén más cerca de Robin Hood, príncipe de los ladrones, otra de las grandes series que ocupó mi preadolescencia fue Embrujadas (Constance M. Burge, 1998-2006), Alyssa Milano enamoró a varias generaciones de jóvenes brujos y Piper (Holly Marie Combs) nos enseñó a resolver nuestros problemas, demonios y brujas se enfrentaban en esta serie que siempre viene bien recuperar. A mi abuela no le debía gustar demasiado y me regaló la primera temporada de Embrujada (Sol Saks, 1964) que recuerdo ver compasivamente una y otra vez, altamente recomendable para niños obsesionadas con la magia, una sitcom que los mayores disfrutareis como una comedia sobre problemas de pareja mientras los pequeños amarán a Endora (Agnes Moorehead).

Phoebe, Piper y Paige

7. La brújula dorada

Creo que es, hasta la fecha, la última película que mi bisabuela ha visto en el cine. Fuimos varios primos a ver La brújula dora (Chris Weitz, 2007) en el cine Capitol de Bilbao, el acontecimiento la convirtió en una de las películas de mi infancia. La joven Lyra Belacqua vive en un mundo de fantasía que nunca más se ha visto: osos polares que son los reyes del hielo, brujas que cambian con el viento, gipsios, dimons que son el alma animificada de las personas y, sobre todo, ricos poderosos que controlan el mundo, con Christopher Lee, Derek Jacobi y Nicole Kidman a la cabeza. "¿Por qué todas las guapas son malas?", recuerdo que pregunté a la salida de la película, lo que no recuerdo es la respuesta de mi bisabuela. Lo que sé es que tardé mucho en entender que los que decían que estudiaban "magisterio" no planeaban dominar el mundo, ya que "el Magisterio" era el gobierno malvado que gobernaba en este mundo imaginario y que trataba de ocultar la existencia del polvo. Creo que se trata de una de las películas, junto con la saga de Las crónicas de Narnia (2005-2010), que reúne una mayor cantidad de personajes y creación de mundo alternativo. Es un derroche imaginativo, zepelines voladores, leyendas inventadas, personajes por doquier y, en medio de todo, una brújula que responde lo que realmente quieres (casi como esa de Piratas del Caribe que solo señalaba el sitio al que realmente querías ir). El director se puso también al frente de la segunda película de la saga Crepúsculo (2008-2012), que a mí nunca me entusiasmó pero que engancha mucho a partir de los diez o doce años, claro que ahora todo eso de las edades parece que se ha adelantado. La brújula dorada nació para convertirse en una saga, pero no debió de tener el éxito esperado, el mundo que imagina tiene tanta fuerza que se ha recuperado en la serie La materia oscura (Jack Thorne, 2019), que no he visto, pero al parecer ha obtenido buenas críticas. No deja de ser maravilloso recorrer todos estos pequeños engranajes que me han formado, que son parte de mí y que, después de años revisitándolos, ya casi vivo como una religión, como algo real en lo que creer. En todas ellas hay algo del Dios creador, ya que nos introducen en un cosmos completamente nuevo, mágico, situado en un espacio atemporal. En Narnia incluso contamos con la resurrección de Aslan, uno de los momentos que más han marcado mi infancia, porque en un mundo rodeado de ficción, la muerte de unos de tus héroes te afecta profundamente. Entrar en nuevos universos es uno de los retos más emocionantes de la infancia, creer que las leyendas que impregnan estas cintas son reales, que han existido y que son el origen de nuestro mundo, crea la sensación de vivir un lugar fantástico que poco a poco se irá apagando, pero que es sensacional mientras dura. Yo creí durante años que mi abuela había sido profesora en Hogwarts. La brújula dorada se estrenó en uno de los años dorados del cine de mi infancia, en el año de Eragon (Stefen Fangmeier, 2006), "Mi monstruo y yo" (Jay Russell, 2007), Mimzy, más allá de la imaginación (Robert Shaye, 2007) y "Mr. Magorium y su tienda mágica" (Zach Helm, 2007), esta última la que recuerdo con más lucidez de todas ellas. Ahora, encerrados en nuestras casas, es el momento perfecto para enseñarles a los pequeños que ahí fuera hay muchísimas cosas esperándonos, pero también que algunas solo hay que buscarlas en el fondo del armario.


6. Peter Pan, la gran aventura

"Yo creo, sí creo, yo creo en las hadas". Es el momento clave del film, solo por ver cómo el niño de la casa va a empezar a recitar esa frase para salvar a Campanilla merece la pena. Me recuerdo a mí, levantándome del sofá de Gijón y gritando la frase mientras me acercaba lentamente a la pantalla, a punto de llorar pero lleno de esperanza. P.J. Hogan, que había triunfado años antes con La boda de mi mejor amigo (1997), retoma la historia de J.M. Barrie para componer una película única, completamente distinta a todas las adaptaciones anteriores de la mítica historia del niño que no crecía. Tal vez más en la línea de humor y nostalgia que proponía Hook (Steven Spielberg, 1991), pero mientras Spielberg trataba el tema desde la perspectiva del adulto, en un tono mucho más real, aunque sin olvidar que es una película de aventuras, lo cierto es que Hogan ofrece un auténtico mundo de fantasía, dominado por los niños y por la Wendy más dulce que ha habido en el cine. Una bellísima Rachel Hurd-Wood que, años más tarde, terminaría protagonizando la película inacabada de Bigas Luna, Segundo origen (terminada por Carles Porta en 2015), y que los piratas raptaban –cuidado con mirar estas escenas con ojos perversos– para que les contase sus fantásticas historias. En un terreno que conocemos todos, Peter Pan, la gran aventura (2003) crea un mundo de cero, con los mismos elementos, pero totalmente distinto, incluso el Peter protagonista es más astuto y pícaro del que tenemos acostumbrado. Manipula y, en un momento, llega a convertirse en el malo de la película, inspirado por el odio. Es sensacional. Ese Peter Pan que no puede soportar que Wendy quiera marcharse. "Cuanto más pensaba en mi madre, menos la recordaba" dice la protagonista, en off, mientras sus hermanos se divierten con los niños perdidos. Todo ello sin pausar un momento el ritmo de aventura constante, el reloj, Garfio, Smith, el cocodrilo y todos esos elementos que buscamos ansiosos en todas las adaptaciones de algo que conocemos de sobra.


5. La princesa prometida

Es una de las cumbres de la infancia de tres o cuatro generaciones, siento no descubrir nada nuevo, pero La princesa prometida (Rob Reiner, 1987) es una de las primeras que a muchos de nosotros nos vienen a la cabeza al recordar películas de nuestra puericia. Después, jugando con espadas de madera, todos hemos entonado esa frase mítica antes de dar la última estocada: "Mi nombre es Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir", una y otra vez, como Mandy Patinkin en la escena, muchos años antes de convertirse en Saul Berenson. Es cierto que como definición podría entrar dentro de esa mezcla de cuentos de hadas y capa y espada que decía en Robin Hood, príncipe de los ladrones, pero La princesa prometida es mucho más, es una película resabiada en sí misma, se trata de un cuento puro y duro, un relato que es consciente de sí mismo. Como tal, tenemos al mismísimo Colombo (Peter Falk) contándole la historia a su nieto que, como nosotros, se adelanta en los clichés que esperamos y que el abuelo trata de redirigir para darle emoción al asunto, y vaya si funciona. El ver esta historia de amor, puramente romántica y clásica –el director nos sorprendería con títulos como Cuando Harry encontró a Sally (1989) o El presidente y Miss Wade (1995)–, desde los ojos de un niño que termina emocionándose con el beso final entre Robin Wright y Cary Elwes, es lo que convierte al film en un clásico. Ese niño somos todos nosotros, expectantes, cautivados por las andaduras de un galán enmascarado, un español en busca de venganza y un gigante torpón. La película está en la línea de La historia interminable (Wolfgang Petersen, 1984), que también nos ha dejado frases memorables, además de su pegadiza canción, y con la que comparte ese punto de vista ajeno a la historia central, desde un niño que vive la aventura leyendo el libro de la historia interminable. Duendes, oráculos, fantasía, etc. Estamos en otro tipo de mundos, también fascinantes e inolvidables. El clásico alemán de Petersen no hace pensar en todas esas películas que habrán caído en el olvido, yo por ejemplo recuerdo que me hubo un par de películas completamente desconocidas en el mercado español, que me deslumbraron en su momento: Bibi, la pequeña bruja (Hermione Huntgeburth, 2002) y su secuela, donde embrujaban con un hechizo que decía algo así como "ekes-ekes". De la generación de La princesa prometida, caben destacar dos películas que podrían ser parte del mismo universo, dos de las grandes creaciones de Jim Henson –si obviamos los teleñecos–, El cristal oscuro (Frank Oz y Jim Henson, 1982) y Dentro del laberinto (Henson, 1986). Todas ellas comparten además una estética similar, donde no importan que se vean los hilos y las costuras, hacen del hilo algo bello, creo que solo los niños pueden disfrutarlas en su estado más puro.

Su nombre es Iñigo Montoya

4. El secreto de los hermanos Grimm

Me estoy excediendo demasiado en los textos, pero entiendan que al proponer un solo título se me vienen a la cabeza cientos de imágenes de otras películas que relaciono con ese título y que me parecen igual o más recomendables que la propuesta. Con El secreto de los hermanos Grimm (Terry Gilliam, 2005), llegamos a otra de las grandes obras del terror infantil, la Bellucci convirtiéndose en vieja como si se tratase de El resplandor, el niño con la maldición que pierde el rostro y, por supuesto, esos impostores que juegan a crear leyendas para sus cuentos, una idea fantástica y un susto inicial que veía una y otra vez con mi madre tratando de no asustarnos, pero que siempre nos sorprendía. Las imágenes del genial Terry Gilliam fueron parte de mí antes de conocer siquiera a los Monty Phyton, Las aventuras del barón Münchausen (1988) es otro de esos clásicos con imágenes inolvidables, aunque en mi caso venía heredado del barón animado que disfruté en Las fabulosas aventuras del barón Munchausen (Jean Image, 1979). El film de los hermanos Grimm, que disfruté repetidamente –ya que cuando me gustaba mucho una película solía verla constantemente– cuenta con un fabuloso reparto, rostros que hasta hace bien poco no he relacionado con los actores que los interpretan: Matt Damon y Heath Ledger. La película, aparte del tema didáctico que se desprende de la fabricación de los cuentos, es de por sí un excelente cuento de terror con imágenes que podrían pertenecer a la saga Saw, ninguna de ellas especialmente traumática, aunque ustedes conocen mejor a sus retoños. Ese mismo año se estrenó y vi en el cine –en una de las primeras filas– una de las cintas de animación que más he citado, recordado y visto en los años venideros, La increíble pero cierta historia de Caperucita Roja (Cory y Todd Edwards, 2005) rescata también los personajes de los cuentos para darles una vuelta de tuerca. La imagen de la "abueli" de Caperucita haciendo snowboard es imborrable de cualquier mente. No se la pierdan.

Una de las criaturas más terroríficas de Gilliam

3. La vuelta al mundo en 80 días

En este caso le tengo un cariño especial a esta superproducción de los últimos coletazos del Hollywood clásico, llena de cameos estelares y con un ritmo frenético impulsado por el gran Cantinflas. Julio Verne siempre es una buena opción para embarcar a los niños en la ficción, pero con La vuelta al mundo en 80 días (Michael Anderson, 1956) tienen también la oportunidad de introducirles en el cine de verdad, de familiarizarles con rostros como el de David Niven, Charles Boyer, Marlene Dietrich, Frank Sinatra, Shirley MacLaine, Peter Lorre o incluso, si se fijan según dicen, de Alfredo Landa. Para mí supuso el inicio en una colección de cine que tenía mi abuelo, a la que siguieron títulos como Casablanca (Michael Curtiz, 1942) o El gran dictador (Charles Chaplin, 1940). Cantinflas fue definido en muchas ocasiones como el Charlot mexicano, lo cierto es que este tipo de humor eterno es el mejor para introducir a los niños en el gran cine. Yo todavía tarareo la canción inventada que improvisa Chaplin en Tiempos Modernos (1936). Pero como dirán que esto ya se le podía ocurrir a ustedes les traigo una serie de títulos que coinciden mejor con mi generación y que están en la misma línea que este film. Empezando por su remake, La vuelta al mundo en 80 días (Frank Coraci, 2004) fue mi primer contacto con Jackie Chan, algo cargante y sin duda menor al clásico, pero también ampliamente entretenida. El señor Chan se convirtió en ídolo de mi generación con la serie animada Las aventuras de Jackie Chan (John Rogers, 2000), con el Tío que dominaba la magia –"Yu Mo Gui Gwai Fai Di Zao" era el conjuro estrella– y los cameos del auténtico Jackie al final de cada episodio. No puedo olvidar, hablando de series animadas, mencionar a la productora BRB Internacional que nos trajo obras tan notables como David, el gnomo, D'Artacán y los tres mosqueteros o la fantástica La vuelta al mundo de Willy Fog, todas ellas con una sintonía inicial inolvidable y ahora a fácil disposición gracias a plataformas como Filmin y Amazon Prime Video. Por último, no quiero abandonar esta fase sin recordar La liga de los hombres extraordinarios (Stephen Norrington, 2003), una de las cumbres de las seedy films modernas, un abanico de excentricidades donde elegir y llena de personajes fantásticos encabezados por Sean Connery. Inolvidable.

Picaporte (Cantinflas) de torero

2. Monstruos, S.A (y algo de Shin-Chan)

Antes de encumbrar esta lista con el número uno, hago un pequeño repaso por el cine de animación infantil. En mi caso fui un chico bastante mainstream, excepto El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2002) no disfruté de las películas del Studio Ghibli hasta bien mayor. Cada niño es un mundo, mi prima por ejemplo adora todas estas películas y pone siempre La princesa Mononoke (Miyazaki, 1997) a la cabeza. Mi infancia coincidió con la época dorada de Pixar, siendo Monstruos, S.A. (2001) mi favorita según mi madre, lo cierto es que a día de hoy sigue pareciéndome sensacional, también su secuela reciente. Aunque si tuviera que escoger entre las grandes obras de Pixar (todas ellas son recomendables) me quedo con Bichos (1998), un ejercicio brillante que los estudiosos definen como heredera de Kurosawa, claro que el pobre ha tenido ya demasiados herederos desde Los siete magníficos (John Sturges, 1960). Heimlich, el gusano, es el personaje estrella de la película, avalado por un divertidísimo repertorio que va desde el slapstick a los chistes convencionales. Bichos merecería un estudio aparte, cada personaje está cargado de una fuerza dramática muy difícil de ver en el cine de animación convencional. Las series de mi infancia son muchas, me alegro de que Bob Esponja siga en la palestra, aunque veo que ahora abunda la animación 3D, y por mi primo pequeño deduzco que Paw Patrol: Patrulla Canina es la favorita de los más pequeños. Es una pena que se pierdan poco a poco todas esas series que para mí suponen horas y horas frente al televisor (no será lo más sano, pero tampoco me ha ido tan mal), títulos como Brandy y Mr. Whiskers, Phineas y Pherb, la serie de Lilo&Stich (las películas, sobre todo la primera, son más que recomendables) o Winx Club están condenados al olvido popular, a permanecer en la memoria selectiva de una generación post-millenial. Pero es ley de vida. Cada generación tiene sus dibujos, por eso a veces resulta un trabajo frustrado el de conservar las propias.

Heimlich: "Soy una linda mariposa"
Algunas consiguen trascender, Heidi (Yoshiaki Yoshida, 1974) y Marco, de los Apeninos a los Andes (Isao Takahata, 1976) son el mejor ejemplo de ello. Pero incluso Shin Chan (1992-Actualidad) o Doraemon, el gato cósmico (1979-2005), que me fascinan y que ya heredé de la generación anterior, parecen condenadas a la extinción. Por cierto, recomendación importante: Shin Chan en busca de las bolas perdidas (Keiichi Hara, 1997). Yo la recordaba como una película más, me había quedado con una de sus canciones –"Jamones, jamones, mira qué jamones"– pero nunca creí, al volverla a ver recientemente con un compañero de infancia, todas las alusiones y chistes escondidos a plena vista para los padres. Es un auténtico desmadre para toda la familia. Otras películas, tal vez dentro del circuito más convencional y que considero no deberían olvidarse son P3K: Pinocho 3000 (Daniel Robichaud, 2004) y Los reyes magos (Antonio Navarro, 2003), esta última un ejemplo de la mejor animación española, aunque la primera se alzó con el Goya a la Mejor Película de Animación.

Nuestros reyes magos: Imanol Arias, José Coronado y Juan Echanove

1. Stardust

No encuentro un título mejor para encabezar esta lista. Si bien es cierto que formaría parte del tipo de films como La brújula dorada, que crea un mundo imaginario lleno de leyendas y seres fantásticos, Stardust (Matthew Vaughn, 2007) es en realidad un compendio de todo lo que habita en la fabulosa mente de los niños, brujas, estrellas, reyes, magia, artes marciales, piratas, sinceramente creo que no falta absolutamente nada en la película. Por tener tiene hasta un trilero de doble moral brillantemente interpretado por Ricky Gervais. ¿La escena imborrable? Robert DeNiro bailando al ritmo del Can Can de Offenbach mientras se prueba vestidos. Desde que vi la película en el cine, con mi padre, se ha convertido en un clásico que guardo ahora, como oro en paño, en su edición metálica. La historia de amor de Tristán (Charlie Cox), tratada prácticamente como una tragedia shakesperiana, ahogado entre la belleza feroz de Sienna Miller y la dulce Claire Danes, pocos años antes de convertirse en la agente bipolar más conocida de la CIA. La trama por la herencia del reino, iniciada por la fantástica escena de Peter O'Toole lanzando el colgante que hace bajar a la estrella, dota a la película de una grandilocuencia que la acompaña brillantemente durante toda la historia. Por otro lado, David Kelly –el viejo abuelo de Charlie en Charlie y la fábrica de chocolate (Tim Burton, 2005)– como guardián del muro nos lleva a ese tono tan particular, lleno de humor y que es imposible de explicar, hay que entrar en él y disfrutarlo. Vuelve el año 2007, el más grande en el cine de mi infancia, ahora con Michelle Pfeiffer para recordarme aquella pregunta que le hice a mi bisabuela: "¿Por qué todas las guapas son malas?". Siento si he divagado demasiado, pero pienso que todos los títulos mencionados son una buena opción y, con el camino que lleva esta cuarentena, parece que nos va a dar tiempo a disfrutarlo todo. Además, la mayoría no tiene porqué leerlo todo, le bastará con copiar los títulos y darles al play. Trataré de ser más breve en mis próximas recomendaciones. ¡Feliz confinamiento!

jueves, 12 de marzo de 2020

Pánico por COVID-19

Yo en Serrano, con mascarilla de Chanel del chino
Me encanta la palabra "pánico". Recuerdo una ocasión, durante un simulacro de incendio, en la que tuve la oportunidad de gritar: ¡Qué no cunda el pánico!, mientras corría escaleras abajo tratando de huir del fuego imaginario. Es una palabra atractiva, Pánico en la escena (Alfred Hitchcock, 1950) o El fotógrafo del pánico (Michael Powell, 1960) son dos thrillers excelentes que pueden revisitar bajo cualquier circunstancia, incluyendo esta cuarentena que nos recomiendan desde el gobierno. El coronavirus ha llegado para quedarse y lo que para unos puede suponer una muerte de lo más desagradable, para otros supone unos días de soledad para ponerse al día con sus series favoritas. Yo vivo últimamente un desencanto con el mundo de las series, heredado directamente por mi adicción a Los Soprano y Breaking Bad, que volveré a ver de un momento a otro, probablemente dosificadas con capítulos sueltos de esa obra maestra sobre la mediocridad que es The Office. El caso es que este desencanto me ha hecho que vuelva al cine, lo de siempre vamos, historias que empiezan y terminan en el margen de dos horas, todo un lujo, y ya que estamos confinados a cuatro paredes he decidido recomendar algunas películas sobre virus, pestes y pandemias, como acaba de calificar la OMS a esta situación. Por seguir con el hilo del comienzo pondré en primer lugar Pánico en las calles (Elia Kazan, 1950), un crimen que se debe resolver antes que se produzcan contagios por peste negra, un noir alegórico exquisito bajo la dirección del gran Kazan que entraba en la década que le consagraría con títulos como Un tranvía llamado deseo (1951) o La ley del silencio (1954).


Después de un gran clásico, deberíamos recuperar un film reciente que guarda más que alguna semejanza con las medidas que se están tomando con el coronavirus: Contagio (Steven Soderbergh, 2011). Resulta curioso como el cine influye en la sociedad, a veces de la manera más inesperada, dicen que incluso El Padrino dio pautas de organización a la cosa nostra. Ahora hemos podido vivir como los ciudadanos arrasaban con el papel higiénico de los estantes de los supermercados, tal como predijeron las películas de Hollywood, ¿pero es verdaderamente tan necesario en caso de extrema urgencia? Contagio es una de esas películas que ayuda a los gobiernos en caso de pandemia, creo recordar que incluso el paciente cero se contagiaba por mezclar cerdo con algún tipo de excremento de murciélago, una coincidencia de lo más curiosa que ha levantado hipótesis brillantes sobre cómo Greta Thunberg ha conspirado con el COVID-19 para limpiar el planeta, de momento ya ha dado resultados sobre el cielo de China. Gwyneth Paltrow es esa "paciente cero" en Contagio, y fue una de las primeras celebrities que compartió una fotografía en Instagram con una mascarilla llamando al pánico y la histeria colectiva, yo me limité a desearle que tuviese más suerte que en la película (no es spoiler, se ve que va a morir antes o después). La película de Soderbergh no se queda ahí, hace un estudio minucioso sobre la sociedad, un predicción excelente de los estragos que una catástrofe de este calibre tiene sobre la masa, que de pronto abandona al individuo, y de cómo algunos saben aprovecharse con picardía de la situación (siempre acertado, Jude Law). No quiero entrar demasiado en las películas de zombies, porque de momento no parece el caso, pero lo cierto es que muchas de ellas comparten medidas higiénicas más que aprovechables en plena cuarentena, además de consejos de cómo sobrevivir cuando tengamos que salir a por víveres, ahora que los supermercados han suspendido el servicio a domicilio. Para este caso están: 28 días después (Danny Boyle, 2002), aunque en esta el supermercado estaba bastante mejor abastecido que los de Madrid; Guerra Mundial Z (Marc Forster, 2013), tiene algo que me encanta, probablemente sea cómo los americanos resuelven las alarmas de emergencia y sus métodos nada racistas para desalojar a los ciudadanos, por cierto, dicen que van a cerrar Madrid; y Bienvenidos a Zombieland (Ruben Fleischer, 2009) a la que tengo un cariño especial, me encanta su sentido del humor, aunque podría ser más negro, merece la pena por la escena con Bill Murray, sobreviviendo a la epidemia haciéndose pasar por uno de ellos.

Fotograma de Bienvenidos a Zombieland

Para terminar, el pasado fin de semana disfruté de la 17ª Muestra SyFy, como siempre presentada por Leticia Dolera, que ya se conoce al público y debe ser de las pocas que no se asusta. Uno de los "cánticos" que se popularizó este año fue el de "coronavirus", cada vez que aparecía en pantalla alguna acción poco higiénica siguiendo las estrictas recomendaciones del Ministerio de Sanidad. Al ser una muestra de cine fantástico, donde abundan las cintas de terror y ciencia-ficción, se pueden imaginar que el cántico pronto se hizo viral. El caso es que una de las películas de la muestra, Rabid (Jen y Sylvia Soska, 2019), parte también del concepto de contagios, conexiones humanas y de cómo en menos que canta un gallo todos estamos infectados, luego la chica empieza a convertirse en un monstruo asesino y la cosa se va de madre. Rabid es un remake de Rabia (David Cronenberg, 1977), que probablemente sea mejor, pero que no puedo recomendar porque no la he visto. Lo cierto es que pueden ver la película que quieran, yo acabo de volver a ver casi todo Hitchcock e Irrational Man (Woody Allen, 2015), así que no sé por qué iban a querer ver películas de pandemias en pleno coronavirus, pero puede tener su gracia. Se me olvidaba. Hay una película, Muerte en Venecia (Luchino Visconti, 1971), que no tiene la epidemia como tema central. Sin embargo, el cólera se va haciendo con el personaje de Dirk Bogarde, que acaba por convertirse en un hombre enfermo de deseo, sudoroso, dominado por la belleza de un chico y de la ciudad de los canales. Visconti es sin duda el director que ha creado las imágenes más bellas del séptimo arte, de Senso (1954) a Confidencias (1974), sin olvidar El gatopardo (1963). No puede faltar una representación patria en el asunto, y probablemente no haya nadie más indicado que Álex de la Iglesia, que en El Bar (2017) exploró hasta dónde puede llegar el ser humano para salvar su vida de la pandemia, entonces teníamos más reciente el ébola, pero como comprobarán es aplicable a cualquier pánico colectivo. Entreténganse, disfruten de la ficción y que los telediarios sensacionalistas y las últimas horas de Ana Rosa no les coman la cabeza. ¡Feliz cuarentena!

Bogarde en mood coronavirus

martes, 4 de febrero de 2020

Alguien de su Cuerda

El fallecimiento de José Luis Cuerda me ha pillado en la escuela de cine, el último sitio donde coincidí con él hace algunos meses, cuando presentaba Tiempo después, última película que tuvimos la suerte de poder ver antes que el resto de los mortales. Se me ha acelerado el corazón, por un momento he pensado lo que significaba para mí y para el cine seguir sin Cuerda, a quien no solo le debemos su cine, su humor y una dialéctica propia de los grandes pensadores griegos, sino también el descubrimiento de otro grandísimo cineasta, como es Alejandro Amenábar, a quien le produjo sus primeras películas tras fijarse en la dirección de un corto que le habían llevado para que eligiese a su actriz. El legado de José Luis Cuerda es uno de los más ricos en cuanto a amplitud y recorrido, su obra abarca desde lo más enraizado del humor castizo (nunca surrealista, como él se cansó de repetir) hasta la que es para mi una de las grandes obras de la cinematografía española, no en muchas ocasiones recordada, La marrana. Cuerda, en el año 1992, decide volver al siglo de oro y narrar su propia oda a la picaresca española, con Antonio Resines, Alfredo Landa y una marrana como protagonistas principales. El director de Amanece, que no es poco jugaba en otra liga, donde ya quedaban pocos de su cuerda, donde el resto de los mortales veían humor surrealista, un porquesí, él había compuesto una comedia rural ateniéndose al significado puro de la palabra. "Un hombre muy enraizado a su tierra es un tío plantado en un bancal", aclararía el propio cineasta respecto a las divertidas situaciones que se muestran en sus películas más divertidas, desde el telefilm Total a Tiempo después, pasando por la que es mi favorita, el sindiós que compone Así en el Cielo como en la  Tierra. Aquel alcalde colgado, las elecciones a puta, la oda a la calabaza, el obispo cantando el Apocalipsis o la labia de los barberos, son situaciones, canciones, fragmentos de nuestro cine que se han convertido también en fragmentos indispensables de mi vida.

En el rodaje de La marrana

Cuerda dedicaba sus obras acompañando su firma de caracoles, tal vez porque nos veía demasiado lentos, tal vez por su amor a la tierra –en el sentido más botánico de la palabra–. Lo importante es que en toda ella se retrató como un auténtico defensor de la libertad "y que cada uno piense lo que quiera", que diría él. En ese último encuentro en la escuela de cine, en la que, después de las inquisitivas preguntas de algún alumno aventajado que quería saber por qué había hecho esto o lo otro, respondió sonoramente: "¡Qué gilipolleces preguntáis, porque me salió de los cojones!". Tuve la suerte de coincidir con él en varias ocasiones, siempre serio, componiendo la figura de un cineasta importante, razonando la máxima expresión del humor. Sus tuits, de los que publicó un libro, fueron los últimos aforismos de su cordura ("En mis tiempos los gilipollas no gritaban tan alto"). Lo cierto es que cuando estuve con él no podía imaginarle como el director de Amanece... o Total, me recordaba a la imagen del profesor de La lengua de las mariposas o tras las cámaras de Los girasoles ciegos, obras sabias y de una increíble belleza, delicada, sutil. ¡Qué parece que nos venía de nuevas La trinchera infinita! Disfruté también Todo es silencio, como una rareza dentro de su filmografía a la que miré como quien espera que su abuelo continúe contando sus historias. Ya no hay más. Casi no hubo la última, le costaba encontrar dinero. Cuerda, utilizando la retórica de lo obvio, huía precisamente de la propia retórica para alcanzar el tallo de la verdad. Así compuso su obra, sus razones, su ser. Ahora, que nos quedamos huérfanos, nos damos cuenta de que todos somos contingentes, pero Cuerda era necesario. (No he leído todavía esta gracia, pero supongo que se repetirá en algún que otro obituario). "No voy a grabar una entrevista con una muñeca", me dijo en una ocasión, líbroles del tono y el contexto para su deleite.

Tiempo después

domingo, 17 de noviembre de 2019

He visto "Madre"

Ví el cortometraje "Madre" (Sorogoyen, 2017) hace cerca de dos años, me pareció un exquisito alarde técnico e interpretativo a cuenta de un excelente ejercicio de suspense, unos minutos angustiantes que permanecen en nuestra retina tiempo después de la proyección. Cuando un compañero me insistió hace poco en que no había más imágenes que la de una playa y el plano secuencia de la madre, me parecía imposible. Incluso creía haber visto a su hijo, al hombre haciendo pis, los troncos, la carrera. No es así, solo hay un plano secuencia en un piso de Madrid, el off del teléfono, una abuela y una madre. Este es también el comienzo de "Madre" (Rodrigo Sorogoyen, 2019), una película que parte de la angustia y que compone a partir de ella un ambiente turbador, incómodo y humano. No me gusta utilizar este último adjetivo porque nos lleva a algo comprensivo, cercano o casi cándido, pero lo humano conlleva también todas las diferencias psíquicas y físicas de las personas, lo que nos hace querernos y odiarnos y, por lo tanto, entendernos. Sorogoyen e Isabel Peña han construido una historia amarga, nada fácil ni machacada, no es una historia en la que nos podamos ver reflejados fácilmente, es compleja como el tejido humano, comprendemos a la protagonista a través de sus reacciones, pero durante la mayor parte del tiempo no entendemos qué está pasando. Desde ese primer instante en el que el chico se queda rezagado y ella se gira para mirarle se abre un mundo de posibilidades, cada uno construimos una historia que tratamos de edificar con los retazos que Sorogoyen y Peña nos van dando. He salido del cine con ganas de llorar y todavía no entiendo muy bien porqué, he salido sobrecogido, pero con una sonrisa. Me ha dolido la primera vez que a la madre la llaman loca, porque de repente se me ha venido encima la protervia natural del individuo. El film se alimenta todo el rato de esa secuencia inicial, con eso que los ingleses llaman "el elefante en la habitación", todo lo que vemos, sentimos y deducimos viene condicionado por ese niño que prácticamente no se menciona y que, cuando se hace, nos descompone por completo.

Marta Nieto y Rodrigo Sorogoyen

Cartel del cortometraje homónimo
He visto "Madre", no es una película fácil. A mí me ha encantado, a usted no sé. Me ha perturbado, me ha revuelto, pero mi propia visión optimista me ha hecho verla como un regalo, un regalo a una madre que tiene la oportunidad de reencontrarse con su hijo a partir de una de las relaciones más bonitas, complicadas e incluso violentas, que nos ha dado el cine. Cuando vi el cortometraje por primera vez quedé cautivado por la situación, ahora lo hago por el ambiente, por esa playa envuelta en espuma y bruma. Conocí a Marta Nieto poco después de ver el corto, gracias a unas charlas y encuentros que organizaba Santi Alverú, ese día ni siquiera caí en que era la actriz del corto que acababa de ver, ahora me es imposible pensar en "Madre" sin ella. Nieto es la película, la articula, la gestiona, la hunde, la levanta, la sostiene, nos hace reír, nos violenta, en fin, una serie de reacciones que ella vive desde la sobriedad, desde ese niño que hemos perdido hace diez años y del que nunca hemos vuelto a saber. Es así en casi todas las escenas, excepto en la del coche, otro de esos momentos en el que volvemos a ver a Sorogoyen. En otras películas puede resultar molesto o artificioso ver al director detrás de una escena, sin embargo, Sorogoyen reivindica brillantemente su técnica, sus planos, sus grandes angulares, sus panorámicas. La imagen deformada es incómoda, no es fácil de asumir, tampoco la historia lo es. Quiero decir que es uno de los pocos directores actuales cuyos alardes técnicos vienen perfectamente justificados por la historia. Vuelvo un momento a Marta Nieto, a su mirada, se enfrenta a escenas verdaderamente duras, la película crece en determinados momentos y somete a esta chica de espalda ancha, mirada lánguida y pómulos marcados, en víctima de los impulsos humanos más desgarradores. Había escenas que me remitían incluso a Heneke, probablemente por el francés y por la sobriedad con la que muestra la dureza de algunas imágenes. No puedo decir más, bravo.

Nieto, ganadora en Venezia

domingo, 29 de septiembre de 2019

Mientras aguante España

En más de una ocasión me han echado en cara, a la hora de recomendar o criticar una película, mi postura como "amante del cine". «Claro, es que tú no la ves como nosotros». No diré que esa apelación es una tontería para no insultar a quienes la mantienen. Primeramente porque nadie, o eso espero, puede ver un producto audiovisual igual que otro. Cuando me enfrento a una película por primera vez no pretendo analizarla, fijándome en los planos, en las interpretaciones o en las estructura narrativa. Si por alguna casualidad se me vienen a la cabeza algunos de estos términos es que algo falla en la película. He visto "Mientras dure la guerra" (Alejandro Amenábar, 2019) con los ojos cerrados, completamente entregado a lo que luego he atribuido a una serie de interpretaciones bárbaras y a un guión perfectamente sellado. Absolutamente todo lo que nos ofrece la película nos lleva a ese clímax —¡y qué clímax!— en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Ahora, también a posteriori, destaco el magnífico plano de la mano tendida, cubierta por un delicado guante blanco, de Doña Carmen Polo (encarnada en la ficción por Mireia Rey). He llorado, bastante e inesperadamente, he reído y he salido angustiado de los cines. Abro un pequeño paréntesis para señalar que se trataba de los nuevos cines Luxury Palafox, una experiencia soberbia, ostentosa y excesiva que no se deben perder. No sé en qué medida el verla allí ha podido amplificar mis sentidos, pero sin duda he disfrutado la película enormemente. Alejandro Amenábar, prodigio de nuestro cine, vuelve a casa para hablar de casa y "desde el templo de la inteligencia, su templo". Digo parafraseando a su Unamuno, el que ha creado de la mano de Alejandro Hernández, su guionista, y por su puesto de la de Karra Elejalde, que compone un personaje propio y, sorprendentemente, sin traicionar la esencia interpretativa que nos hace admirarle, a los que lo hacemos. El propio Amenábar parecía sorprendido tras alguna escena, a lo que Elejalde le respondía a grito de: "¡Oye, que te olvidas de que soy actor!"*. Todos los personajes están muy bien retratados, con una inteligencia brillante y con un exquisito rigor cinematográfico, los personajes están al servicio de la ficción, no de la historia.  Así se descubre ante un público que sabe reír con la interpretación, terrorífica (en el buen sentido) y "fascisnante" por otro lado, de Eduard Fernández, cuando disfruta regodeándose de sus cicatrices y siendo aclamado como "el glorioso mutilado". Pero que también se estremece cuando, desde su coche observa a sus legionarios y empieza a cantar el himno, que es precioso.

Santi Prego y Eduard Fernández como Franco y Millán Astray

Unamuno mirando arriba, España
No voy a ocultar que he salido angustiado del cine, revuelto. Amenábar rueda bonito. Amenábar rueda solvente. Rueda con memoria. Rueda directo. Te llama a ti, como espectador, a que participes intelectualmente de aquello. Después de que hallan gritado en pantalla eso de "¡Muera la inteligencia!". La película cuenta los primeros meses de la guerra civil o los últimos de Unamuno, que es lo mismo. Se echaba en cara el inconformismo de don Miguel de Unamuno ante aquello que gobernaba desde la incapacidad, primero al rey (por lo que fue condenado a cárcel), después a la República y, por último, a Millán Astray "y, con ayuda de Dios, a toda España". Digo parafraseando otra vez. La historia de Amenábar reflexiona también sobre los vaivenes intelectuales del más brillante de los intelectuales, y estructura la película en torno a ello. A ratos estamos con Unamuno, con Franco, con Millán Astray o con Mola, es un punto de vista limpio y sincero que, obviamente como sucede con todo protagonista, va evolucionando hacia el de Unamuno. Señalo esto porque en España somos como la vecina de enfrente: "perdona que te diga, pero eso no es así". Estamos ante una obra de ficción, ante la mirada de un autor y ante unos hechos de obligada conciencia histórica. Ahora, como opiniones y colores, conciencia tiene cada uno la suya. Alejandro Amenábar ha compuesto —también la banda sonora— su mejor película, al menos a la hora de liberarse de artificios y giros sorpresivos de guión. Es un Amenábar sincero, como el de Mar adentro, en mi opinión más emocional, sarcástico y depurado. Es brillante en cada escena. Hay un momento en el que el propio Franco manda izar la bandera bicolor, un soldado le dice: "la monárquica"; a lo que él responde: "la de siempre". Es una película que llama a entender España, mientras aguante. A la escena de la bandera le sigue otra fantástica, emocionante y divertida —que es cuando más emocionantes son las escenas—, es el canto de la Marcha Real. La gente empieza a tararear, otros cantan la versión de Marquina, otros la de Pemán (hoy alguno habría entonado la de Marta Sánchez), pero todos cantan a España, divididos y a su bola, cada uno con lo que se sabe. Me refiero a esto cuando digo que todos vemos una película de manera distinta. Yo, por ejemplo, en algunos gestos de Unamuno veo a mi abuelo, corrigiéndome porque he conjugado mal un verbo o lo he dicho de forma coloquial: "¡Habla español, paleto!". Amenábar ha rescatado una época, unos personajes, unos hechos, no para abrir la herida sino para cerrarla de una vez.

*Este hecho se recoge en esta entrevista que concedió Alejandro Amenábar a "El País Semanal" el 1 de septiembre de 2019. 


Amenábar dirige a Karra Elejalde, como Unamuno

jueves, 30 de mayo de 2019

Un adiós a Pin Morales

Conocí a Pin hace solo unos meses, paseaba por la calle Luchana con Marisol Carnicero, la que fuera directora de producción en sus rodajes con Berlanga. Enseguida quedé cautivado por este hombre, con bastón y gafas, cuya imagen quedará en mí para siempre. Me llega la noticia del fallecimiento de Pin Morales, más de un mes después de su deceso el pasado seis de abril. Noticia que solo puedo recibir con la enorme rabia, tristeza y prepotencia que sugieren estos casos. El bagaje cultural de Pin era inmenso, iba desde el diseño de muebles a la pintura, recuerdo que estaba preparando una exposición hace unos meses. Su casa, frente al Palacio de Oriente, era a la vez un estudio y un lugar mágico –al menos eso me pareció– lleno de espejos y de sus pinturas, inmensas, trazos fuertes en negro sobre blanco. Era fascinante. Entrar allí, entre reflejos, luces y cuadros, para finalmente descubrir el salón con vistas a la inmensidad del Palacio Real. Es de esas imágenes que nunca olvidaré. Me contaba que Carlos Berlanga, su amigo, asistía allí asiduamente en sus buenos tiempos. Para mi todo lo que contenía aquel lugar era fascinante. Pin me sacó también un guión perfectamente cuidado y encuadernado de "Entre Tinieblas" (Pedro Almodóvar, 1983) del que había sido decorador. Dentro tenía alguna foto con Carlos y recortes relacionados con la película. Su labor en el cine empezó de la mano de Berlanga, con "Patrimonio Nacional" (1981), donde también participó en el departamento de vestuario. Logró esa fantasía de palacio prominente y sustancioso, aquejado por detalles rancios, como aquel retrato de Franco que sorprendía a López Vázquez. "Tu madre ha cambiado mucho", decía el Marqués de Leguineche. "Qué va, pero si sigue con los retratos de Franco", sentenciaba su hijo Luis José.


La carrera de Pin Morales, va desde Berlanga, con quien trabajó además en la tercera entrega de la saga Nacional, hasta Almodóvar, con quien completó la fantástica "¿Qué he hecho yo para merecer esto?" (1984). Siempre acompañado de Román Arango, su compañero, de ambos se dijo en sus primeras exposiciones conjuntas allá por los años setenta que eran "dos artistas singulares que exponen en común porque así gustan de hacerlo". Juntos hicieron también su carrera en el cine, y juntos diseñaron los figurines para "Ritmos" del Ballet Nacional de España, que tras su estreno en 1984 se ha seguido representando en múltiples ocasiones. Lo cierto es que me quedo con las ganas de haberle conocido más, de haberle estudiado más. España es uno de esos países que tiende a olvidar, lo cierto es que se vende muy mal. Pero Pin, de saber total y brillante sentido del humor, merece ser recordado. Escribo estas palabras mientras recuerdo a su perro correr de un lado a otro, tirar de la correa por la plaza de Ópera, mientras Pin le seguía feliz. También recuerdo a la vecina que le traía los dulces y una pequeña caja de latón donde guardaba sus preciadas galletas. En fin, Pin Morales se ha ido y nuestro es el deber de conservar su legado. Nuestro es el deber de no olvidar. Hasta siempre, Pin.

domingo, 24 de marzo de 2019

Pedro al desnudo

Un chico ve con su madre "Eva al desnudo" (Joseph L. Mankiewicz, 1950) doblada al español, le explica que la traducción correcta del título sería "Todo sobre Eva". Su madre le responde que «Todo sobre Eva suena raro». Han pasado veinte años del estreno de "Todo sobre mi madre" (Pedro Almodóvar, 1999), y ahora es su director quien se desnuda ante el espectador con su última película: "Dolor y Gloria" (Almodóvar, 2019). Una película que transpira cine, verdad –pero con el exquisito sentido plástico de la puesta en escena que caracteriza al director manchego–. Mis películas favoritas de Almodóvar son puro cine clásico, noir, dialéctica y puro melodrama. "Dolor y Gloria" no tiene nada de eso, se trata de un retrato interior, confidencias de un artista que habla consigo mismo y con quien quiera escucharle. Algunos medios han querido venderla como "la película de Almodóvar que gustará incluso a los que no le gusta el cine de Almodóvar". Definitivamente no. Uno debe estar interesado en la figura de uno de los mayores directores de nuestro país para disfrutar de su último film, una muestra de sus rutinas, de sus dolores –ilustrados por Gatti–, de sus fobias y de su excelente sentido del humor. La escena del coloquio en el Doré, donde Almodóvar escoge a Julián López como intermediario, es la mejor escena cómica de su cine, en varios años. Partiendo desde la excelente interpretación de Antonio Banderas –redimido por el dolor en la mayor parte del metraje– que, sólo aquí, se permite una imitación descarnada, divertida y ágil del director: es Almodóvar. La película, con un enorme sentido del ritmo, huye del acomodamiento. Esta escena viene seguida de otra, inmediatamente, puro drama: con la heroína de por medio. En otro momento de la película, crucial, el doctor le pregunta al personaje de Banderas: "¿Qué va a ser su próximo proyecto? ¿Drama o comedia?". Banderas va a responder algo sobre el proceso creativo cuando cae redondo víctima de la anestesia. Almodóvar no tiene miedo en reírse de sí mismo ("Tengo unas revistas en las que sales, vestido de mujer, que pronto se nos olvidan esas cosas"), porque confía en su arte. Algunos lo han tachado de ególatra. No lo creo, teniendo dos Oscar sólo nos ha enseñado el Bafta.

Raúl Arévalo, Pedro Almodóvar y Penélope Cruz

Asier Etxeandía
Decía que no creo que pueda gustar este film sin conocer el cine anterior de su director, o al menos disfrutarlo como un buen cinéfilo que va descubriendo pequeños guiños a su persona y a su arte. Banderas, lee y subraya, señala frases de otros –grandes autores– que describen perfectamente su estado anímico. "Estoy solo..." empieza a leer en uno de sus libros. Esta manía, o simple rutina, ya la vimos en el personaje que interpretaba Marisa Paredes en "La flor de mi secreto" (Pedro Almodóvar, 1995). La estructura narrativa de "Dolor y Gloria", directamente conectada con "La mala educación (2004), es otro tesoro, otra oda al cine. En ese monólogo que es "La adicción", que tan brillantemente interpreta Asier Etxeandía, habla en todo momento del cine, de su infancia, de la salvación, de las ganas de hacer pis al escuchar el agua en "Esplendor en la hierba" (Elia Kazan, 1961) o bajo la voz de Marilyn. De cómo su cine olía a orina y jazmín. De cómo todas las noches rezaba por las estrellas que ilustraban su álbum para que no les pasara nada: "No lo conseguí, ni con Natalie [Wood] ni con Marilyn". La película viaja por los recuerdos del director, salta de un personaje a otro, con total naturalidad, no echamos en falta una despedida, no nos preguntamos qué ha ocurrido con la Cecilia Roth del principio. Almodóvar navega por el pensamiento humano, y habla, ríe. No llora. "Los actores piensan que son mejores si lloran, pero la verdad está en aguantar el llanto". Todas las escenas de su infancia, junto a la inmensa Penélope Cruz, están tratadas con una belleza sublime. Veo, por primera vez en el cine de Almodóvar, como se desprende de todo artificio, para fijarse en los pececillos jaboneros, y en un grupo de mujeres que tienden la ropa sobre los juncos, mientras Rosalía canta "A tu vera". Todo bajo la mirada del niño Asier Flores, una mirada que es la de la nostalgia, la del chico del coro y la del primer deseo.

Pedro dirige a Julieta Serrano y Antonio Banderas

Almodóvar y Rosalía
La película menos almodovariana de su director, es la más Almodóvar. El retrato de la soledad de un hombre: "Todo lo que he ganado lo he invertido en esta casa, en estos cuadros". Un creador incapacitado para crear, por el dolor. Un chico que recuerda a su madre. Después de Penélope, aparece Julieta Serrano, como la Francisca Caballero que todos conocemos, la del dentista de "¿Qué he hecho yo parece merecer esto?" (1984) y la del programa de literatura de "Kika" (1993). Pero también es la de Chus Lampreave, la del refranero de "La flor de mi secreto" y la tía Paula de "Volver" (2006). Julieta Serrano nos vuelve a hablar de de su mortaja, de sus rosarios, de la tía Petra y de esas expresiones que sólo pertenecen a la madre de Almodóvar, que parece andar "como vaca sin cencerro". Hoy vemos a Julieta Serrano, igual que vimos a Chus o a doña Francisca, pero se nos atraganta la sonrisa, nos emocionamos. Vemos a Serrano caminar del brazo de Banderas y entendemos toda una relación que ha valido algunos de los momentos más brillantes de nuestro cine. Citaría aquí otra frase de Salvador Mallo, el personaje de Antonio Banderas, pero creo que es mejor que la vean. "Dolor y Gloria" llega distinta a cada persona, sería complicado abrir un debate sobre ella, no tiene una trama que te puede interesar más o menos, no tiene un personaje divertido y otro melodramático. No es dolor y gloria, el dolor y la gloria van en uno. En muchas de las películas de Almodóvar hemos visto a distintos personajes "ir a pillar", bien: nunca como en esta película, con la escena del cuchillo. Es simplemente ilustrativa, una gracieta. Pero es puro Almodóvar, no está Huma Rojo esperando en un coche, ni le pegan una paliza a Rossy de Palma, no es almodovariano, aunque esté su estética y su sentido del humor.