martes, 19 de julio de 2022

Mis personajes (cinematográficos) favoritos

Van a cumplirse dos años de mis últimas recomendaciones cinematográficas favoritas, al menos a gran escala. Ya saben que no están ante un blog de crítica cinematográfica, pues suelo referirme solo a aquellas películas que me gustan. Para poner a caldo ya está Twitter. Entonces hablé de "mis películas favoritas", es decir, aquellos títulos que confirmaban mi psique cinematográfica. No se trataban de las mejores cintas de la historia del cine, no hablé de Ciudadano Kane ni de Lawrence de Arabia. Si no de aquellas películas que frecuentaba asiduamente en mi cinemateca personal. Hoy, sumidos de lleno en un verano asfixiante, les traigo algunos de mis personajes favoritos de la historia del cine, un torbellino de excéntricas creaciones que en el rodar del celuloide pretendo que les sirva como un ventilador para sus mentes abotargadas por la ola de calor. Una vez más no les presentaré a lo que la crítica boyerística o voyeurística (según se mire) llamaría los grandes personajes de las películas. No verán en estas líneas a Rick Blaine, Holly Golightly o Vito Corleone, personajes que por su puesto adoro pero que por distintas razones no han entrado en esta lista. Antes de continuar he de aclararles que no creo demasiado en las listas. Sin embargo, pienso que son una manera estupenda de ordenar ideas y de que les sirva a ustedes unas cuantas sugerencias para que no pierdan un tiempo valiosísimo discutiendo con las "exquisitas" recomendaciones de Netflix. Los siguientes diez personajes son en su mayoría excéntricos, locos, cómicos y con mala leche. Representan lo que más me puede divertir de un personaje ficcionado, atractivos para el ojo del espectador menos convencional. Todos ellos pertenecen a mundos muy definidos por sus directores y sus películas son parte indiscutible de la historia del cine. Muy cerca de estos diez se quedan tres creaciones patrias que no puedo dejar de mencionar: José María de El día de la bestia (Álex de la Iglesia, 1995), Santiago Segura descolgado del edificio de Schweppes colocado de setas sintéticas es una de las grandes carcajadas de nuestro cine; Serafín de Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997) interpretado por un sensacional Karlos Arguiñano cambiando su rol habitual de cocinero por el de comensal de la tortilla rusa; José Ramón de El milagro de P. Tinto (Javier Fesser, 1998) donde el desaparecido Javier Aller componía uno de los grandes marcianos de la historia del cine ("pedazo de invento la gaseosa").

Y sin más dilación: 

10. Huma Rojo en "Todo sobre mi madre"

Se ha escrito demasiado sobre los personajes femeninos de Almodóvar, pero por algo será. Son muchos los roles que han seguido la estela moderadamente vesánica de Blanche DuBois, uno de los personajes más icónicos del siglo XX que surgió de la pluma (de escritor) de Tennessee Williams, cuya hermana maníaca inspiró tantas de sus creaciones. Pero de Williams hablaremos directamente más adelante. Así como Woody Allen lo haría exquisitamente en Blue Jasmine (2013), donde la interpretación de Cate Blanchett mereció el Óscar de la Academia, Almodóvar también recurrió a Un tranvía llamado deseo para componer el transfondo (disculpen esta pequeña broma de "aliade") de Todo sobre mi madre (1999). No se trata de mi obra favorita del director manchego (ahí están Átame, La flor de mi secreto y La piel que habito en mi top personal). Pero no cabe duda que Huma Rojo es de esos personajes que nacen para trascendencia, bajo la percha y calmada dicción de Marisa Paredes, se compone una interpretación llena de matices donde nada es burdo ni plástico. Algo totalmente inusual en el cine de Almodóvar y especialmente en esta película, donde el personaje cuenta con una antítesis que termina por completarla, el personaje de La Agrado (Antonia Sanjuán). Huma Rojo es frágil, se rompe con facilidad, como la Blanche que realiza sobre el escenario. Huma es actriz, por tanto exagerada y llena de contradicciones. Actrices que interpretan a actrices actuando, este enrevesamiento almodovariano es constante. Marisa consigue un equilibrio perfecto entre esa inseguridad de mujer y esa fuerte decisión de artista, de personaje consciente de sí mismo. Es una estrella del escenario y una lesbiana a merced de una amante impredecible. Esa Huma  Rojo que empieza interpretando a una frágil Blanche a merced de la bondad de los desconocidos termina encarnando a la Madre de Bodas de sangre, de carácter fuerte, pero rota por la pérdida. La escena: "Humo es lo único que ha habido en mi vida".


9. Norma Desmond en "El crepúsculo de los dioses"

Dentro de las actrices que interpretan actrices interpretando, están las que hacen de sí mismas. Son personajes muy jugosos, y aunque algunas no hiciesen de sí mismas per se, en nuestro imaginario siempre permanecerán así. La Joan Crawford de ¿Qué fue de Baby Jane?, la Bette Davis de Eva al desnudo o, más recientemente, el Michael Keaton de Birdman, para que no me acusen de clasista o clasicista. Todos ellos podrían estar en mi lista, y lo estarían si no fuera porque no deseo aburrirles. De hecho poner a Huma Rojo y Norma Desmond continuadas ya es algo repetitivo, pero estarán conmigo en que es un acierto de Billy Wilder, rescatar a Gloria Swanson para hacer de una vieja gloria del cine mudo en Sunset Boulevard  (1950) y uno de los mayores homenajes al cine. Aquel año, en los Oscar se enfrentaron Anne Baxter y Bette Davis por Eva al desnudo y la Swanson, tanta sobrecarga hollywoodiense distrajo los votos y finalmente la estatuilla recayó sobre la simpática Judy Holliday por Nacida ayer, que parecía que no pintaba nada y estaba interpretando en Broadway. Wilder supo conducir a Swanson hacia el terreno que quería. Sin caer en la parodia, sin hacer un autorretrato, logró presentar el entierro de un mono con una solemnidad inimaginable. Puede que haya pecado de mainstream al hablar de Norma, porque lo cierto es que mi personaje favorito del film es el de Max von Mayerling, el mayordomo y ex-esposo de la actriz, interpretado por Erich von Stroheim, reconocido director e idolatrado por Wilder, que ya había contado con él en Cinco tumbas al Cairo (1943). La frivolidad de Hollywood, la excentricidad de una estrella olvidada, su regreso a la Paramount, la historia del cine, los celos, su extraña relación con un hombre más joven, tornado todo ello por el turbio velo del noir que su director había prácticamente inventado años antes con Perdición. Norma Desmond es el personaje más importante de la historia del cine, para su propia historia, vive de él, se alimenta de él y desaparece con él. La escena: no dista demasiado de esa última escena de Un tranvía llamado deseo. "Cuando quiera, señor DeMille, estoy lista para rodar..."


8. Boris Yellnikoff en "Si la cosa funciona"

Se reconoce a Woody Allen especialmente por sus personajes femeninos, de hecho son varias las actrices que se han alzado con el Oscar gracias a él, incluyendo a nuestra Penélope. Alguna incluso lo ha hecho en dos ocasiones (Dianne Wiest). Sus protagonistas masculinos (verán que no son demasiados los roles protagónicos que ocupan esta lista) suelen ser el álter ego de sí mismo o al menos del personaje que ha interpretado durante años. Sin embargo, en el caso de Whatever Works (2009) se produce la divertida coincidencia de encontrar dos almas gemelas de la jewish comedy trabajando en comunión, el propio Woody y el gran Larry David, que llevaba mostrándonos sus manías, situaciones y expresiones en primera persona desde el año 2000 en su magnífica serie Curb Your Enthusiasm. Larry David extrapola todo el imaginario que el espectador pueda tener de antemano para convertirse en un genio de la física para el que la vida y sus vulgares gusanos/habitantes son la más clara muestra de la futilidad de la existencia. Los ingeniosos diálogos de Allen se funden con la siempre exagerada interpretación de David, que muestra con la misma genialidad un chiste sobre el Holocausto que un insulto preciso. Una película rápida, alegre, muy hablada y muy narrada. Woody y Larry se pasean amablemente por Nueva York con esa mirada cínica de neoyorquinos jubilados ya de la belleza de la Gran Manzana. Es complicado seguir riéndose como la primera vez con una película. Yo todavía no logro contener la risa con cada una de las réplicas tan hirientes como acertadas de este genio con dificultades para el suicidio. La escena: "Su hijo es imbécil, que de clase de canicas". 


7. Tristana en "Tristana"

Buñuel adaptando a Pérez Galdós, ¿qué podría salir mal? El mundo de Luis Buñuel está habitado por monjas, putas, ricos, pobres, sueños y piernas ortopédicas, todo ello comulgando siempre con su devota visión católica que se debate siempre entre la santidad y el anatema.
Tristana (1970) es una revisión más cruda y feroz a la fábula que ya obsesionaba a Buñuel en Viridiana (1961), el propio Don Jaime vuelve ahora como Don Lope, "soy tu tutor y tu marido y actúo como uno u otro según me convenga", interpretado siempre por el gran Fernando Rey. Pero ahora su objeto de deseo es Tristana, un papel que madura de escena a escena, que se curte con el frío castizo de Toledo. Catherine Deneuve, acompañada siempre de esa belleza malsana desde Repulsión (Polanski, 1965), llega con la mirada frágil de niña buena que juega a las surrealistas metáforas sexuales con un onanista subnormal hasta convertirse en la señora de la casa, invirtiendo roles con Don Lope, tullida, misántropa, pero delicada en su maldad. Es la primera vez en esta lista donde la interpretación escogida no se debe a diálogos ingeniosos o personajes originales (ya que viene de una adaptación), si no que la delicadeza que componen los movimientos, los gestos, las miradas de Deneuve hacen de Tristana un personaje único, perverso y paradójico, como es habitual en el director aragonés. La escena: hay muchas, casi independientes, pero me quedo con ese final frío, duro y sencillo. "Oiga, está sufriendo mucho. Muy bien. Venga cuanto antes". 


6. Minnie Castevet en "La semilla del diablo"

Son los personajes secundarios los que hacen una buena película. Esos que llenan con sus apariciones la pantalla y, en ocasiones, terminan por comerse la trama principal. Rosmary's Baby (Roman Polanski, 1969) es para mi la perfecta definición del buen cine de terror, que debe alimentarse de incomodidad y angustia y no de sustos y monstruos. Minnie Castevet, encarnada por la genial Ruth Gordon (su interpretación le valió el Oscar de la Academia), es uno de esos personajes cuya presencia va adquiriendo necesario protagonismo, una villana en forma de vecina del quinto. Insuperable. Maestra en el arte de utilizar la amabilidad como agresión, incisiva e irritante. La que fuera una de las grandes guionistas de Hollywood en los años cuarenta y cincuenta, se reutilizó como actriz especializándose en personajes excéntricos y extravagantes, rodeados de un extraño halo de esoterismo. Véase su también destacable personaje de Maude en Harold y Maude (Hal Ashby, 1971). Polanski se encontraba en el momento más álgido de su carrera, convertido en uno de los grandes, aún no había sido acusado de violación y se acababa de mudar felizmente a Hollywood con su adorada Sharon Tate. Tristemente, toda esta ambientación, vista con la distancia de la historia, dota a la película de una moraleja más cruel y perversa de lo que debería haber sido. La señora Castevet, es la nota de color, la llamativa serpiente que merodea por el tronco del manzano, y con un vestuario a destacar. Gordon repitió el papel en ¿Qué pasó con el bebé de Rosmary? (Sam O'Steen, 1976), película a merced de su bajo presupuesto televisivo donde la autoparodia queda reducida por la desaparición de la extravagancia, ya que para eso hace falta dinero. La escena: Minnie visita la casa de Rosemary. "Eres joven y tienes salud, estoy segura de que tendrás muchos hijos". 


5. Waldo Lydecker en "Laura"

Adoro los personajes dotados de una 
maquiavélica superioridad moral. Clifton Webb, de sarcástica sonrisa wildiana que tanto había ensayado en el teatro, realizó una de las grandes interpretaciones de la historia del cine como una suerte de Pigmalión fatale que le valió una nominación al Óscar de Hollywood. Gran robo el de ese año, pues el premio recayó sobre Barry Fitzgerald, que estaba nominado a Mejor Actor de Reparto y Mejor Actor Protagonista por el mismo papel en Siguiendo mi camino (Leo McCarey, 1944), el de Mejor Actor se lo llevó Bing Crosby, compañero de Fitzgerald en el film de McCarey. Éxito extraño el de esta película bienintencionada y el de su secuela, que arrasó en las nominaciones del año siguiente. Salvado así el honor de Webb, solo queda hablar de Laura (Otto Preminger, 1944). Pionera en el noir americano, ese género que compuso y dio lugar a los grandes personajes secundarios de la historia del cine, siempre ondeante entre capos de la mafia, estrellas apagadas del cabaret y rebeldes damas de la alta sociedad. Gene Tierney fue una de las grandes bellezas de star system, delicada e inconscientemente ávida de la tragedia. Waldo Lydecker, germen en lo villanamente intelectual del personaje de George Sanders en Eva al desnudo (Joseph L. Mankiewicz, 1950), compuso desde la máquina de escribir que utilizaba en la bañera una trama enrevesada –puede que en exceso revistiendo alguna escena–, cumbre del crimen de erudición que sólo lograría un adversario claro en La soga (Alfred Hitchcock, 1948). El personaje de Dana Andrews, el detective, no pinta demasiado. Es Waldo quien ejerce de víctima y verdugo, quien trama y se sorprende como un vulgar espectador más. Clifton Webb elabora con elegancia el retrato de un esnob enamorado que no tiembla ante la turbia –aunque aquí se pretenda frívola– mirada de Judith Anderson, que ya había pasado al imaginario colectivo como la señora Danvers en Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940). Por ello, Laura es mucho más que un gran historia de suspense bien narrada, es lo que un espectador aventajado aporta por la intrahistoria cinematográfica. Labrada por el señor Lydecker, como álter ego ficcionado del propio Preminger. La escena: su presentación en la bañera con un paneo brusco es sensacional ("—Señor Lydecker...;—Oh, me ha reconocido"). 


4. Coronel SS Hans Landa en "Malditos Bastardos"

Parece que se ha puesto de moda entre la cinefilia joven –la vieja siempre lo rechazó– el desprecio hacia Quentin Tarantino. Aquejan sus constantes 
referencias cinematográficas y acusan a su cine de pastiche fílmico. Si bien estas afirmaciones son objetivamente ciertas, la verdad es que sus películas son irresistiblemente entretenidas, al menos para mí. Con una capacidad brillante para descomponer la trama y dejarla a merced de sus personajes, siempre excéntricos, originales, retorcidos y conectados a lo largo de sus muchas ficciones. Tarantino ha logrado crear un mundo propio y eso es indiscutible. Su cine, más o menos influenciado, cumple con el mayor requisito del Séptimo Arte: entretener. El coronel SS Hans Landa es su creación más arriesgada, brutal, estrafalaria, incorrecta (qué gozada el despliegue de diálogos cargados de un exquisito humor negro) y por todo ello, la favorita de su creador y la mía. En todo ello tiene mucho que ver Christoph Waltz, que interpreta al "cazajudíos" con una irritante sonrisa impenitente. Y en este apartado me encantaría reconocer la labor de Pep Antón Muñoz, la voz del personaje en la versión española, que realiza una labor sobresaliente, llevando al extremo el sadismo chic de Landa. Mentiroso, tramposo, falto de toda moral y adepto de sus propias convicciones. Tarantino cambió la historia con sus Malditos Bastardos (2009) y Waltz descubrió una nueva forma de interpretar que le valió el Oscar mejor dado de la historia, solo igualado por el que repitieron en 2013 por el personaje del doctor Schultz en Django: Desencadenado (Tarantino, 2012). Desde entonces cualquier película con Waltz tiene mi absoluta atención. La escena: "¡Es un bingo!"


3. Pepón Leguineche en "Patrimonio Nacional"

Luis Escobar
insistía en que su persona no tenía nada que ver con la del personaje que le había llevado a la fama en la trilogía nacional (1978-1982). Pero lo cierto es que Berlanga, nada dado a las morcillas cómicas, sólo dejó improvisar al marqués de las Marismas del Guadalquivir para lograr dar vida al inefable marqués de Leguineche. Expresiones del propio Escobar fueron asumidas por el personaje (aquello de "divinamente") pero también locuciones del entorno del director ("pues se dice, se dice", como escuché en su casa repetidamente). Don José "Pepón" de Leguineche es una de las grandes creaciones del cine patrio, incorrecto por ser exquisitamente correcto (tema aparte son las perversiones de cada uno), sin pelos en la lengua pese a su exquisita devoción por el vello púbico, católico en la evasión fiscal, fetichista del liguero y monárquico en los toros. Su corriente de pensamiento se podría categorizar como desenfreno aristocrático ancien régime, donde hasta el servicio se enorgullece de servir de valédechandal. Una vez más estamos ante un personaje de cero en conducta, abstemio en moral y frívolamente coherente en su banal pensamiento de clasismo delicado. Leguineche se mueve en la España de la transición, donde la dulce picaresca española lucha contra las recientes prohibiciones de la democracia. Se encarna, tanto en el propio marqués, como en su hijo (José Luis López Vázquez), como en su sobrino (José Luis de Vilallonga), como en el resto de su desbaratada agenda social y familiar, el último bastión de una aristocracia que es la metáfora cruel de una España que poco tiene que ver con la grandeza de antaño. Los duelos ya no son lo que era, las marquesas franquistas pierden sus títulos (Berlanga siempre de actualidad), pero Leguineche, ya sea en finca, palacio o piso, sigue estoico ante lo que devenga. La escena: "El mediterráneo ha sido siempre un mar de pobres"


2. Violet Venable en "De repente, el último verano"

Vuelvo aquí a las frágiles y delicadas psiques retratadas por la pluma de Tennessee Williams. Y me doy cuenta de la absoluta coherencia (algo extraño en mí) de mi selección. Pues esto llega a su fin y descubro que, mientras todos los personajes masculinos son excéntricas creaciones marcadas por la frivolidad, el sarcasmo o, en el mejor de los casos, la comedia. Las mujeres son todas grandes damas marcadas por el drama, la grandilocuencia, la exageración, el dolor y el olvido. Violet Venable en
"De repente, el último verano" (Mankiewicz, 1959) no podía ser menos. Katharine Hepburn interpreta aquí a una viuda de hijo, no hay nombre para esa desgracia antinatural, una madre castradora, obnubilada por un jardín de recuerdos que le asalta en cada esquina. Estamos ante uno de los personajes más complejos en la creación literaria, lleno de recovecos, donde el espectador nunca termina de saber todo lo que sabe, lo que conoce, pese a los muchos intentos del joven doctor (Montgomery Clift) por trazar una línea argumental alrededor de ese verano blanco marcado por la locura. Hepburn, que navega en la fina línea entre la cordura y la más absoluta demencia, se va descubriendo en gestos, giros y comportamientos que asume como propios, en una de sus grandes interpretaciones (nominada al Oscar, junto a su compañera de reparto, Elizabeth Taylor). Comparte con Taylor ese duelo de roles, la manipuladora y la vehemente, la medicada y la loca. El film se vuelve algo más extraño dentro del manicomio, puede que simplemente para explorar la vena más dramática de Liz Taylor. Yo me quedo con esa macabra dulzura con la que Katharine Hepburn recuerda a su niño de treinta años, su angelito de gustos caníbales. La escena: una vez más un presentación grandilocuente, con ascensor de por medio. "Visto de blanco porque era el color favorito de mi hijo". 


1. Walter Sobchak en "El gran Lebowski"

Se unen, por fin, la excentricidad con la más absoluta locura en este personaje que no hay ocasión en la que no me arranque una carcajada. Como Tarantino, los Hermanos Coen tienen una capacidad única para crear secundarios absolutamente geniales, característicos, impetuosos e insólitos. Sólo en El gran Lebowski (Joel Coen, 1998) hay un reparto incontable de grandísimos maníacos perturbados que adoraréis desde el primer momento en que aparecen. Pero Walter Sobchak, un excombatiente del Vietnam convertido al judaísmo para casarse con su 
ex-mujer, se lleva la palma. Si esta es una de las grandes comedias de la historia se debe al arrollador personaje interpretado por John Goodman, frenético y siempre en el límite de lo razonable, el actor va comiéndose la trama hasta convertirse en un personaje central capaz de tomar las decisiones del propio protagonista ("el hombre más vago de Los Ángeles, lo que le convierte en serio candidato a hombre más vago del mundo"). Hurones diabólicos, productores pornográficos, dedos cortados y un secuestro a cargo de un converso demente que debe realizar el intercambio en sabbat. Walter Sobchak es un hombre práctico, firme en su convicciones, que solo desea que las cosas se hagan bien (al menos según su forma de ver las cosas) y está dispuesto a cualquier cosa para lograrlo. La escena: cualquier escena de la película en la que aparece es un ejemplo de construcción argumental, donde la tensión crece hasta explotar en un clímax hiperbólico sin desperdicio. Quizás las más ilustrativa sea esta en la que tratan de arrancar una confesión a un adolescente... "Esto es lo que pasa cuando das por culo a un desconocido".

domingo, 27 de marzo de 2022

The F-Word: Los putos Oscar.

Nicole Kidman en la WWA
Es cierto que en España estamos mal acostumbrados y son pocas las cosas que nos pueden llegar a exaltar del puritano mundo exterior. Especialmente de esos monaguillos pre-evangélicos que son los americanos del norte. Ser malhablado es deporte nacional y lo de joder al prójimo (con "j" también) lo hacemos con gracia y hasta en el Senado, o al menos cuando éste servía de siestario para futuros premios Nobel. Pero lo cierto es que ver a Will Smith agrediendo a un humorista en prime time mientras le dice: "saca a mi mujer de tu puta boca", pocos minutos antes de recibir el Oscar al Mejor Actor, no lo vimos venir ni en un Sábado Deluxe movidito. Lo más triste es pensar que fue "lo mejor" de la gala, al menos en el sentido televisivo que tenía Howard Beale en Network (Sidney Lumet, 1976) y que, asombrosamente, el propio Chris Rock (el humorista agredido) supo ver al instante, encajando el golpe entre la estupefacción y una blanca sonrisa que solo indicaba una impresionante profesionalidad.

A partir de ese momento, lo que había sido una gala inane y completamente inapetente se cargó de un ambiente violento. Mientras todos seguían con sus números, chistes y presentaciones (estamos en Hollywood y el show must go on), cada gesto adquiría un valor diferente. Los discursos, el In Memorian, hasta el homenaje en el cincuenta aniversario de El Padrino, de mano de su director, Francis Ford Coppola y dos de sus actores protagonistas, Al Pacino y Robert DeNiro. Todo quedó empañado por una bofetada que nos sacudió a todos. No solo por lo bizarro e inaceptable de su reacción (la broma sobre Jada Pinkett-Smith era de lo más blanquita), sino por ver cómo desaparece la figura de un ídolo en apenas unos segundos. Porque Will Smith es –o era– un actor muy querido, buenrollista, pacífico, el príncipe de Bel-Air. No un extraño gurú al que Dios le dicta proteger a su familia de los chistes malos, como sugirió después en su discurso de aceptación del galardón. Justo cuando empezábamos a soñar con una gala más sardónica, ácida y bestia, al nivel de cómicos como Louis CK, Dave Chapelle, Sarah Silverman, Ricky Gervais o un Chris Rock bastante más negro del que pudimos ver ayer, nos topamos de bruces con el defensor del pueblo, el discurso moralista –aplaudido, horror– y la lágrima de los famosos que sufren por estar demasiado expuestos.

50 años de El Padrino

Amy Schumer
Falta frivolidad, indiferencia, espectáculo y humor. Sobran prejuicios, escepticismos y moralistas ofendidos. Los Oscar ya no son lo que eran. Y lo que fue una divertida broma de Wanda Sykes, una de las presentadoras, al comienzo de la gala ("este año añadiremos los Globos de Oro al In Memorian"), puede que pronostique un triste futuro no muy lejano de la propia Academia. Insisto en que lo sucedido con Will Smith no fue más que un momentazo televisivo, una de las muchas anécdotas que sumar a las búsquedas masivas de YouTube. El problema es que todo esto de lo que hablo ya estaba en la gala antes del bofetón. Una industria que premia CODA (Siân Heder, 2021) como la Mejor Película –y Guión Adaptado– está claro que está lanzando un mensaje. O varios. El más duro de asumir es que importa poco la excelencia cinematográfica y el cine en general. Que lo que importa es enseñar valores y marcharse con una imagen potente, la del aplauso para sordos. El equipo de CODA debió de ser el único que no escuchó ayer la F-Word y, como una metáfora fácil de Hollywood, los únicos en no enterarse del todo de lo que estaba pasando ante sus narices. Amy Schumer, otra presentadora, fue la única que demostró cierta capacidad para conducir una gala que nació muerta con ocho premios fuera de hora. Y que supo sacar una sonrisas en plena tensión por el momento Pinkett-Smith. Aún así, lo que más se le rió fueron chistes fáciles sobre su peso y su disfraz de Spider-Woman. Jessica Chastain ganó un Oscar de los que le gusta a la Academia, al rico biopic, con un discurso donde me pareció oír algo interesante sobre el suicidio, pero a estas alturas de la noche ya poco nos importaba cualquier cosa que dijeran. Necesitábamos una imagen potente y un cierre. Al menos el Oscar para El limpiaparabrisas (corto de animación del español Alberto Mielgo) desempañó para el orgullo patrio el cristal templado de los americanos. En el patio de butacas no había casi nadie conocido, si casi tuvimos más estrellas internacionales en nuestros humildes Premios Goya. La aparición final de Liza, junto a una Lady Gaga que venía de la fiesta de Elton John, fue lo más emocionante de la noche, aunque el juego de la silla de Cabaret haya cambiado un poco. Al menos, después de la gala de ayer, pudimos aprender dónde marcar los límites del humor: en los chistes sobre la alopecia de la mujer de Will Smith. Qué tristeza. Al no poder ver el Oscar de Penélope y con la alegría fuera de tiempo del corto de animación, el momento que más disfruté fue el Oscar a Mejor Vestuario de Cruella (Craig Gillespie, 2021). Con Dune y Licorice Pizza, lo mejor del año. ¡Qué ganas de que Will Smith venga a divertirse al Hormiguero! 

Life is a Cabaret

miércoles, 3 de noviembre de 2021

"Veneciafrenia" (2021)

Antes de nada, sepan que esto no se trata de una crítica ni nada por el estilo. Sería absurdo, ya que me resulta imposible ser objetivo con Álex de la Iglesia. Disfruto con cada una de sus obras desde el momento en que se anuncian en los distintos portales cinematográficos. Y es que Álex –y esto es indiscutible– rueda como los ángeles. Sus películas se ven como puro entretenimiento, y más esta Veneciafrenia, donde la cámara se mueve ágil entre las laberínticas calles de la ciudad de los canales. Una cinta que avanza deprisa, casi sin dejarte meditar sobre lo que estás viendo. Siempre con imágenes sugerentes y estimulantes. Cuchilladas por aquí, tequilas por allá y todo ello tamizado por la estética exquisita de Arri y Biaffra, entre el gótico, el gore y los claroscuros de Tintoretto. Comparto con Álex y Guerrica el aborrecimiento a la humanidad como guiris de lo profano, como masa ingente destructora de la historia, del arte. Resulta cínico situarse por encima de ellos, como esos turistas que a los tres días se creen más venecianos que los propios locales. Pero por suerte, el cine nos permite ser abiertamente cínicos, frívolos, excesivos y malvados. Contaba ayer De la Iglesia en el pase exclusivo que organizó para la Filmoteca Española que es "mi obligación, como cineasta, seguir manteniendo la locura" y que su trabajo sigue siendo "destrozar la vida para convertirla en cine". O dicho de otro modo, encerrarse en rodajes para huir de la vida real. Todo esto está en Veneciafrenia, en el grupo de turistas españoles que busca escapar de la realidad en un fin de semana que parece dibujado por el pincel de Solana. ¿Slasher? ¿Giallo? Sí, pero vamos, ante todo es Venecia y carnaval. 

En la película vuelven todas las obsesiones de su director. La televisión y los medios aparecen cada vez más infiltrados en su cine, donde adquieren cada vez más un punto sátiro –y sádico–. Volviendo siempre a Network (Sidney Lumet, 1976) y su exquisita moraleja sobre el morbo carnal y cárnico –el atropello marítimo televisado, los móviles siempre en rec–. De la mano de Cosimo Fusco, nace un asesino icónico, un Rigoletto con un exquisito humor negro que se une a la colección –¿lavadora?– de payasos asesinos del bilbaíno. La música de Roque Baños nos transporta al terror de los setenta, a Friedkin y a Roeg. Y es que el propio Álex señaló ayer Amenaza en la sombra (Nicolas Roeg, 1973) como su gran inspiración. Pero lo cierto es que Venecia, en el cine, siempre es bella y decadente, y oscura, y lúgubre, Venecia en Visconti o en Lean y Allen –turistas de crucero–, e incluso en aquella El príncipe de los ladrones (Richard Claus, 2006) que disfruté en mi tierna nubilidad, Venecia siempre esconde algo que Álex de la Iglesia ha sabido aprovechar con sagaz experiencia. En cualquier caso, no le pido más a una película que Ingrid García-Jonsson gritando por los canales, mientras le persigue un bufón maléfico. Y la mala hostia –vasca– que aporta Goize Blanco. Cómo se agradece un inspector correcto y entregado a la causa, como Armando de Razza. Uno sale de Veneciafrenia feliz, disfrutón, insatisfecho porque se quedaría en esas fiestas ad eternum. Y es que a Poe le gusta el techno. Decía Álex que "de esta película, como en Perdita, me importa más el rodaje que la propia película". No hay duda que ha crecido como director. Que estamos ante una obra malsana, en el mejor de los sentidos. Siento que no puedan disfrutarla hasta abril de 2022, movimiento comercial de Sony Pictures. Pero no se preocupen, ya me encargaré yo de recordárselo cuando vuelva a la cartelera. 

domingo, 17 de enero de 2021

"30 monedas" (2020)

La nueva serie de Álex de la Iglesia no deja lugar para la indiferencia. Estamos ante una obra magna de su creador, un conglomerado de emociones, referencias y obsesiones que lleva formándose desde El día de la bestia (1995). Sin embargo, finalizada la primera temporada, da la sensación de que este opus no es más que la obertura de una gran ópera, género del que evoca un reconocido imaginario. Quizás no tan evidente como en Los crímenes de Oxford, pero ahí está. 30 monedas es una serie que sigue en todo momento hacia delante y no se pierde en devaneos formales, es un ejercicio de entretenimiento frenético pasado por el tamiz filosófico de sus personajes –siempre coherente en la obra de Álex–. El director vasco evoca sus conjuros más reveladores para ofrecernos una trama de misterio, amor, paranoia y conspiración, componiendo así su propio evangelio apócrifo. Se denota de toda la serie que estamos ante un placer culpable de su autor, una obra que en ocasiones peca de irracional, algo con lo que los guionistas (Jorge Guerricaechevarría –con cameo incluido en el episodio de la ouija– y el propio De la Iglesia) juegan en la propia trama –la lógica de lo irracional que expone el Padre Vergara–, pero no debemos detenernos en esto porque no debería quedar tiempo para las explicaciones y los análisis sesudos. Nos enfrentamos a monstruos, posesiones, pócimas y magia, todo resulta exquisitamente exagerado y, aún así, nos deja con ganas de más. Álex de la Iglesia asegura que "los episodios están concebidos como películas". Lo cierto es que resulta fascinante comprobar la gradación de los capítulos, la facilidad con la que logra llevarnos a un nuevo clímax extenuante. Si bien es verdad, esto es especialmente notable en las cuatro primeras entregas, después entramos en materia y la historia se aferra más a la continuidad. La clave está precisamente en esa materia. Muchas obras del terror se desinflan cuando enseñan "el monstruo", no es así en Carpenter, ni en Craven, ni en De la Iglesia. Los monstruos son, en 30 monedas, una prolongación de esa materia, esa confabulación vaticana que tiene al gran Manolo Solo a la cabeza. 


La mezcla de géneros, algo a lo que nos tiene acostumbrados –no tanto a los americanos, a los que les está explotando la cabeza–, es clave en la semiótica de la serie, porque, por encima de todo, estamos ante una serie de Álex de la Iglesia. A partir de los "cainitas", compone su propia teoría paranoica al más puro estilo Dan Brown, con el genial Antoñito como profeta de la condenación de Pedraza. Es este punto, el costumbrismo rural, el que tiñe de una negrura exquisita toda la trama, demostrando que en ocasiones el humor puede ser una forma sofisticada del terror. A medida que la serie avanza esto se pierde considerablemente. Ese "¿queréis que se rían de nosotros y nos llamen paletos?" desaparece, porque no importa, a nivel emocional los personajes se han olvidado de Twitter, de Facebook, de los complejos y de la vida cotidiana. Lo mismo nos pasa a nosotros al ver la serie. ¿Qué importa el Trending Topic del día cuando un conjunto de sacerdotes apócrifos quieren dominar el mundo? "¡Estamos endemoniaos!", dice, castizo, uno de los personajes. Para que esta evolución funcione es inevitable contar con un reparto tan exquisito como el de Álex, ya sea para un personaje episódico como el de Carmen Machi –sensacional– o uno central como el de Eduard Fernández, glorioso en cuerpo y alma, físico, racional y salvaje, carga con la serie de una manera inconmensurable. Los rostros habituales del director nos hacen sentirnos como en casa, Tallafé en la cantina, Jaime Ordóñez en la botica, Pepón Nieto en el cuartel, Mariano Venancio en el ayuntamiento, Enrique Martínez por ahí, es una gozada ver a los de siempre sumergiéndose en un mundo completamente desquiciante, haciendo las réplicas de las nuevas incorporaciones que se van engrasando poco a poco en esta creación demoníaca. Cosimo Fusco, escapado del Vaticano de Ángeles y demonios (Ron Howard, 2009) –una de mis favoritas en mi tierna infancia–, se incorpora por la puerta grande con una magnífica presentación de personaje. Aunque esta primera temporada, parece erguirse como la punta de un iceberg, como si toda ella fuese la presentación de unos personajes, un mundo, una confabulación, "el comienzo del fin", como dice Solo en un italiano exquisito. Macarena Gómez, a la que deseamos ver poseída desde el primer momento, es el personaje que más evoluciona, sin duda uno de los más atractivos para el espectador. Un antihéroe, una femme fatale enamorada, una bomba de relojería. Si tuviera que simplificar, diría que Álex dirige como nadie a la figuración. Si hace verosímil lo irreal es porque todo es uno, hasta la señora que corre en pánico por un banco en Ginebra está bien dirigida. 


No quiero extenderme demasiado. Las referencias de la serie son infinitas, desde el terror del culto al universo Marvel, los juegos de rol, pasando por Buñuel, sueños con ovejas en supermercados y cuchillas oculares, e incluso Berlanga. Como en 30 monedas, el tonto del pueblo también era elegido para revelar la gracia divina en Los jueves, milagro (Luis Gª Berlanga, 1957). Pero en realidad llamamos personalidad a todo el conjunto de esas obsesiones y referencias que compartimos de una forma u otra, así que podemos decir que se trata del más puro Álex de la Iglesia. Incluso puede que demasiado para no iniciados. Todo ello se explica mejor en el contenido adicional que presenta HBO junto con la serie, un exquisito –y breve– trabajo donde se puede ver el storyboard, la construcción de los monstruos (una pena que no puedan ser completamente mecánicos) y la concepción de la historia. Lo que más disfruto para mi, es el derroche de imaginación, las teorías ocultas como los pergaminos de los Reyes Magos, las monedas de Napoleón o Hitler –convertido en una suerte de Herodes–, es decir, la reescritura de la historia a través del fantástico. Álex ha convertido la religión en el LSD del pueblo. Pero no debemos olvidar, que ver solo puede aumentar nuestra fe. 


viernes, 13 de noviembre de 2020

Diez años sin Berlanga

Diez años en los que ha pasado de todo, aunque nada nuevo. Si recortásemos distintos fragmentos de las películas en las que tan bien retrató nuestra sociedad Berlanga, podríamos componer fácilmente un fresco de lo que han supuesto estos últimos años. Podríamos ayudarnos de algún contemporáneo suyo como Mariano Ozores y su ¡Qué vienen los socialistas! (1982), que al fin y al cabo contaba con su querido Marqués de las Marismas del Guadalquivir, Don Luis Escobar. ¿Qué habrían elaborado Berlanga y Azcona a raíz de esta pandemia mundial? Probablemente nada, su mirada era más incisiva, más "individualista", la sociedad era el obstáculo, aunque tampoco cuesta imaginarnos al eficiente empresario Canivell tratando de implantar sus "nuevas mascarillas automáticas" a nivel nacional. No era sobre un virus, pero su argumento Conejo de indias (que incluso tradujeron al inglés como Guinea Pig en busca de presupuesto) recupera a un protagonista llamado Plácido y lo enfrenta –tras estar años encerrado– a una nueva sociedad que ha sufrido una especie de cataclismo nuclear. Una de las ideas más bizarras de Berlanga, que sin duda cada vez está más cerca de una posible realidad. Con clara influencia azconiana, lo divertido de aquel relato es que toda esa modernidad futurista se torna en contra del pobre Plácido, incapaz de buscarse la vida como los vagabundos de toda la vida. Como dijo una vez el gran Chumy Chúmez, "todo está prohibido, salvo lo que es obligatorio" y entonces todavía se podía fumar en los hospitales. Cada minuto que vivimos sin Berlanga es una mala noticia, una pérdida de tiempo. El único miedo que tengo al recordarle es que lo descubra algún agente de lo políticamente correcto y censure a un pobre marqués al que le gusta coleccionar sus conquistas en frascos de cristal. El despliegue de las televisiones (públicas y privadas) para con el gran cineasta ha sido impresionante, esta noche se emiten La escopeta nacional y El Verdugo en La 2 de TVE y otras tantas en TCM, que además le ha dedicado cada sábado de noviembre a su figura. Si lo saben las televisiones, ¿por qué no se enteran los televidentes? Se cierra un año pandémico donde cabe, más que nunca, revisitar las grandes obras de Berlanga para conocernos mejor a nosotros mismos. Esperamos ansiosos el 2021 del que, siendo calificado por la Academia de Cine como "año berlanguiano", podemos esperar cualquier cosa. 

viernes, 11 de septiembre de 2020

El cine que me toca (mis películas favoritas)

Llega el momento en que todo amante del cine empieza a consultar listas de las grandes películas de la historia, que normalmente viene acompañado de su propia lista cinéfila. Algunos de los más asiduos a elaborar listas son José Luis Garci y Martin Scorsese, que cada cierto tiempo se reafirman en grandes títulos cambiándolos de orden y añadiendo alguna que otra obra maestra que había caído en el olvido. También Woody Allen, asediado por la curiosidad periodística, ha dejado algunos títulos señalados, también entre sus propias obras –de las que deja claro que considera mucho menores a las grandes obras que cita–. Es curioso, en el caso de Allen y Scorsese se denota claramente su devoción por los maestros europeos, mientras que en el caso de Garci es claro su fervor por el cine canónico americano –que también es verdad, estaba realizado en gran parte por exiliados europeos como Lubitsch, Wilder o Lang–. En una primera impresión diría que estoy más cerca de la lista del cineasta patrio que de las de los americanos, pero lo cierto es que son tres de mis directores favoritos y solo puedo considerar acertadas todas sus elecciones. En el caso de Woody, señala títulos tan ecuménicos como Los 400 golpes (François Truffaut, 1959), El discreto encanto de la burguesía (Luis Buñuel, 1972), Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957) o Rashomon (Akira Kurosawa, 1950), además de compartir cumbres como Ocho y medio (Federico Fellini, 1963) y Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941) con Martin Scorsese, a quien le tira mucho la patria italiana, el neorrealismo de Rossellini –de quien cita Paisà, Europa '51, Alemania año cero o Te querré siempre, entre otras–, la versatilidad de Visconti –a quien admira tanto en su etapa neorrealista con el proletariado enfrentándose a la furia del mar en La terra trema como en su refinamiento alambicado en la insuperable El gatopardo– y por supuesto esa cumbre del cine de mafia que es Salvatore Giuliano (Francesco Rosi, 1962). Todos ellos títulos clave de la historia del cine, indispensables para el avance del mismo y de una calidad cinematográfica indiscutible.


Respecto a mi propia lista aclaro que se trata de "mis películas 
favoritas", no aquellas que considero las mejores de la historia –ahí entrarían probablemente El padrino, Casablanca, Ciudadano Kane, Vértigo, Plácido El apartamento–. Estas de las que escribo son películas que me han acompañado durante mucho tiempo, títulos a los que recurro con frecuencia para calmar mis nervios, para disfrutar de escenas que puedo repetir de memoria o simplemente para dormir con alguien conocido de fondo. Para que se hagan una idea les diré algunos de los títulos que se han quedado fuera después de un estudio minucioso en el que he tratado de no traicionarme a mí mismo en pos de la intelectualidad. Empezando por dos obras sensacionales que sin duda estarían en mi lista de "las mejores películas de la historia", La chica con la maleta (Valerio Zurlini, 1961) La escapada (Dino Risi, 1962), dos títulos imprescindibles que me sorprende no ver en ninguna de las listas de los maestros, puede que dos de las mejores películas de un cine italiano que empezaba a romper con las tragedias de la sociedad que enmarcaba el neorrealismo para introducirse en una etapa fresca y en estos casos mucho más rompedora que los pretenciosos de la nouvelle vague que triunfaban en esos años. Mientras Risi emplea una road movie con un ritmo vertiginoso para hacer un retrato voraz de la sociedad italiana a través de dos personajes contrapuestos, twist y una moraleja sombría, Zurlini nos cuenta una pequeña historia de amor imposible, con una delicadeza y elegancia que pocas veces hemos visto. Lo que quiero que entiendan es que, pese a la enorme admiración que tengo por estas obras, se han quedado fuera de una lista que pretende recoger mis títulos recurrentes, algunos quizás muy trillados, otros no demasiado espectaculares en términos cinematográficos, pero sí historias que me arrastran una y otra vez a sus fascinantes mundos. Los otros títulos que se han quedado en ese término medio de grandes películas que me fascinan son Al servicio de las damas (Gregory LaCava, 1936), La fiera de mi niña (Howard Hawks, 1938), El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950), El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961), La edad de la inocencia (Martin Scorsese, 1993), La flor de mi secreto (Pedro Almodóvar, 1995), Crueldad Intolerable (Hermanos Coen, 2003), Amor (Michael Haneke, 2012), Las brujas de Zugarramurdi (Álex de la Iglesia, 2013) La casa de Jack (Lars von Trier, 2018), que perfectamente podrían formar otra lista y que, sin embargo, no están en la lista definitiva porque he pensado que algunas de las ideas, género o estilo empleado en ellas ya estaba de alguna u otra manera representado. Así pues les dejo con mi lista.


10. "Mejor... Imposible"

Si hay un género que me encanta consumir 
de forma compulsiva y a cualquier hora del día es la comedia romántica. Se trata de un cine tan liviano, fácil, divertido y a la vez emocionalmente descarnado que se presta como un plato comodín que siempre sienta bien. Es sin duda el género que destaca en esta lista (y eso que me he dejado las de Hugh Grant, Richard Curtis y Jeniffer Aniston fuera), donde creo que hasta se podría hacer un estudio del género a través de su historia, desde Charlot a Last Christmas (Paul Feig, 2019) pasando por las screwball comedies de los años treinta y las románticas de los noventa. Y antes de hablar directamente de la película que nos ocupa diré que tras un breve estudio parece que son los directores más cinéfilos, alimentados del propio celuloide, los que sienten una mayor devoción por el género, véase el propio Woody Allen o el fantástico Peter Bogdanovich que recientemente ha firmado una de las cumbres del género: She's Funny that Way (2014). Mejor... Imposible (James L. Brooks, 1997) es una comedia romántica, pero también una road movie, un drama psicológico y puro slapstick encarnado en el personaje Jack Nicholson, un ser profundamente asocial, maniático y trastornado por el que el actor terminó recibiendo el Oscar, premio que también mereció Helen Hunt, que borda su habitual papel de madre luchadora, multitarea, arrastrada en esta historia completamente loca por lo circunstancial. Greg Kinnear y Cuba Gooding Jr. forman también una de esas parejas imborrables en plena explosión de la comedia homosexual en Hollywood, solo un año antes se había estrenado Una jaula de grillos (Mike Nichols, 1996). Como en las grandes comedias románticas, todo parte de un guión perfectamente estructurado donde todo funciona como la maquinaria de un reloj, elabora una serie de equívocos y situaciones que embarcarán a nuestros protagonistas en una loca aventura donde poco a poco todos esos líos y manías dejarán de importar para dar paso a los personajes. Por eso uno de mis personajes favoritos es el que interpreta el desaparecido Harold Ramis, como el doctor amable del hijo enfermo de Hunt. Aunque desde luego el gran atractivo de la película está en Melvin Udall (Jack Nicholson), ese autor de novela rosa capaz de escribir intensas y emotivas historias de amor, pero incapaz de ceder al formalismo social, lo cierto es que encajaría perfectamente dentro de esta "nueva normalidad" que nos proponen ahora desde el Gobierno. "Tú haces que quiera ser mejor persona", solo entenderán la profundidad de este piropo cuando hayan visto a Melvin correr a comprarse una corbata para no usar la que tienen de repuesto en el restaurante. Es una película que se puede disfrutar bajo cualquier circunstancia.


9. "Ninotchka"

Otra comedia romántica, esta vez elaborada por el genio que supo reconvertir el género. Todas las 
películas de Lubitsch encierran una hermosa historia de amor a veces cubierta por excelentes gags o situaciones brillantes y siempre por un contexto que convierte la trama en algo más que una simple película. Lo cierto es que las películas del maestro alemán podrían formar una lista en sí misma de mis películas favoritas, la cual encabezaría El bazar de las sorpresas (1940), tal vez por ser la única que abandona –no del todo– una crítica política del exilio, para entregarse a una pequeña historia, detallista, sutil y tierna en torno a los personajes que habitan la tienda de la esquina (como se titula en su versión original). Sin embargo, escojo para esta lista Ninotchka (1939) por ser su película más perfecta y cinematográfica –sin contar las mudas que, por necesidad, son más cinematográficas y visuales–, una comedia sofisticada, pero también una mordaz sátira del comunismo protagonizada por la sonrisa de Greta Garbo. La he elegido también por los autores de su guión, basado en un argumento de Melchior Lengyel –autor de las historias sobre las que se construyeron también Ángel (Ernst Lubitsch, 1937) y Ser o no ser (Lubitsch, 1942)– y escrito por dos de los mejores guionistas que jamás hayan existido: Billy Wilder y Charles Brackett, que recibieron su primera nominación conjunta a los premios de la Academia el año que todo fue para la imponente Lo que el viento se llevó. La idea original de Lengyel pasó a la historia como uno de los argumentos más breves y divertidos: "Chica rusa saturada de ideales bolcheviques visita la espantosa, capitalista y monopolista ciudad de París. Encuentra un amor y se lo pasa estupendamente. El capitalismo no está tan mal después de todo". El galán era ya un conocido de la Garbo, el correcto Melvyn Douglas al que Lubitsch convirtió en rey de la comedia antes de la llegada de Cary Grant, y con quien dos años más tarde se despediría del cine en La mujer de las dos caras (George Cukor, 1941). "¡Garbo ríe!" decían los carteles publicitarios que trataban de romper con el encasillamiento de la sueca en papeles dramáticos, ya la habíamos visto reír antes, pero no en una comedia tan explícita y vocacional como esta. Aquí Lubitsch da un paso más, trasciende el guión y le da su famoso "toque" a la película, envolviéndola de glamour y sofisticación, perfectamente trabajada desde el concepto visual, Ninotchka avanza en su incursión al capitalismo de la misma manera que lo hace la película, su ropa, su forma de hablar, etc. Antes de acabar, quiero destacar a Felix Bressart, ese secundario de lujo con un toque a lo Groucho Marx que aquí está insuperable como uno de esos tres comulistillos que siguen a Ninotchka.


8. "La gata sobre el tejado de zinc"

La exageración interpretativa –puro melodrama–, el color vibrante, los esquemas familiares, las mujeres desesperadas y el exquisito don de la ambigüedad que habita en el Hollywood clásico son los principales ingredientes de La gata sobre el tejado de zinc (Richard Brooks, 1958), basada en la magnífica obra de Tennessee Williams, el maestro de la locura y de la descomposición de los lazos familiares a través del drama puro. No de la tragedia, del drama. No es lo que cuenta (la historia de un hombre enfermo en su último cumpleaños), sino el cómo lo cuenta, el enfrentamiento entre cuñadas, el dolor de la madre y heridas abiertas entre padre e hijo. Rodada además en puro color, en el azul de los ojos de Paul Newman y en el violeta de los de Elizabeth Taylor, en el blanco puro de Maggie la gata y en el amarillo irritante de una cuñada que pare como una coneja. En mitad de todos ellos destaca la figura de un Burl Ives inmenso, huraño y tierno, fantásticamente doblado por José María Ovies. Ives recibiría ese año el Oscar al Mejor Actor de Reparto por su papel en Horizontes de grandeza (William Wyler, 1958), el film de Brooks, sin embargo, se fue de vacío en el gran año de Gigi (Vicente Minnelli, 1958), pero de los musicales hablaré en la próxima película. La gata sobre el tejado de zinc formaba parte de una colección de cine clásico que hizo mi abuelo en DVD, con él la vería por primera vez y por eso le veo siempre en la figura de Burl Ives, enfrentado al dolor con una carcajada, negándose a tomar la morfina. "El dolor es mío", recuerdo que dice el personaje en el sótano. Los escenarios es otro de los elementos teatrales bien afianzados, el piso de arriba, el salón y el sótano, como tres elementos del alma, cada uno adecuado para hablar de una cosa u otra. "Aquí nadie va a hablar de la muerte del abuelo", dice la abuela en el salón. En eso Richard Brooks –que volvería a adaptar a Williams en Dulce pájaro de juventud (1962)– hace un estudio preciso de las localizaciones y, pese a mantener todo el sentido teatral, rueda de una forma completamente fluida y expresiva, es puro cine. Liz Taylor está inmensa en el que es el papel de su vida, una mujer destrozada por la envidia y las apariencias ("Maggie la gata existe aún, vivo todavía, ¿por qué le tienes tanto miedo a la verdad?), un personaje que empieza rabioso como una gata en celo y termina ronroneando a los pies de la cama de Paul Newman. Como clásico, como historia, como estudio, como cine, como interpretación, como actores, como dirección, como adaptación, como original, creo que La gata sobre el tejado de zinc es una de las películas más completas de la historia.


7. "Chicago"

Uno de los aspectos más fascinantes del cine es su función como espectáculo. Muchas veces, a la hora de hablar de cine, de estudiarlo y analizarlo, se nos olvida que estamos hablando de un espectáculo de masas, puro ocio y entretenimiento. El cine no es el lugar para hacer un ensayo propio sobre tus ideas, si puedes hacerlo dentro de la historia, de la diversión y del juego, bien, adelante. El musical es el género que está más cerca de esta función, no hay nada como dejarse llevar por la música y sumergirse en una historia completamente naíf e idílica. Puede que este no sea el momento de defender Cats (Tom Hooper, 2019), un musical excelentemente filmado en el que quedas atrapado desde el primer show, pero lo cierto es que es un género que entusiasma, muchos se han alzado con el Oscar a la Mejor Película, desde La melodía de Broadway (Harry Beaumont, 1929) ha habido grandes títulos, muchos de ellos entre mis favoritos como West Side Story (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961) o My Fair Lady (George Cukor, 1964). Sin embargo, desde la excelente Oliver! (Carol Reed, 1968) se abre una larga etapa en la que ningún musical parece merecedor de este premio, si bien es verdad que Cabaret (Bob Fosse, 1972) arrasa con ocho premios de la Academia es incomprensible que All That Jazz (Bob Fosse, 1979) no lograra la estatuilla, Annie (John Huston, 1982) ni siquiera es nominada y la divertidísima Todos dicen I love you (Woody Allen, 1996) es ignorada por completo. Claro que Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952) tampoco fue nominada a la Mejor Película, quizás creyendo que el que es probablemente el mejor musical de la historia era un pobre intento de aprovechar el éxito de la última ganadora del Oscar, Un americano en París (Vicente Minnelli, 1951). El caso es que esa sequía, ese olvido del musical, se rompe con Chicago (Rob Marshall, 2002), que gana seis Oscars incluyendo el de Mejor Película, en mi opinión, completamente merecido aunque hoy muchos se lo achaquen a los hilos de Harvey Weinstein. La obra llevaba años en Broadway, su montaje fue incluso inspiración para el guión de All That Jazz, aquí convertida en la obertura de esta obra monumental, perfectamente cantada por sus actores originales –Oscar para Catherine Zeta-Jones–, Rob Marshall hace un despliegue ejemplar sobre cómo filmar un musical, rompe los tiempos dramáticos, filma al ritmo de la música y divierte con una puesta en escena absolutamente teatral. La primera vez que vemos esa calle del Chicago de los años treinta parece pintada, está pintada, el número con la marionetas y "el tango de la cárcel" son dos escenas brillantes, en concepción, en música y en puesta en escena. Tuve la oportunidad de ver la obra en Broadway, hace unos años, y fue una experiencia única, es exactamente lo que transmite la película, esos pañuelos rojos simulando la sangre, esas metralletas que irrumpen en los violentos años treinta. Sensacional. Todo un espectáculo que puedo ver una y otra vez.


6. "Historias de Filadelfia"

No es exactamente una
screwball comedy al uso, como Sucedió una noche (Frank Capra, 1934), La fiera de mi niña o Un marido rico (Preston Sturges, 1942), pero desde luego está dotada de ese humor  del sofisticado de lo absurdo, ambientada en la alta sociedad y un remariage en toda regla. Tiene los ingredientes, pero –salvo en la primera escena– olvida el slapstick habitual, no centra la acción en la guerra de sexos –como era común– y la convierte en una peculiar sátira de clases. Un papel escrito para Katharine Hepburn, que había sido calificada de "veneno para la taquilla" después de La fiera de mi niña, y que tras este pequeño regalo del dramaturgo Philip Barry recuperó su estrella y jamás volvió a soltarla. La grandeza de Historias de Filadelfia (George Cukor, 1940) viene del profundo drama que se crea alrededor de este mundo de glamour y frivolidad, donde va a parar el personaje de un escritor metido a cronista que tiene la mala suerte de enamorarse de la chica que pretendía "destapar". Todo siempre en un tono de comedia que levanta el artificio y lo hace funcionar con total perfección. James Stewart era ese corresponsal de la Revista Espía que terminó alzándose con el Oscar al Mejor Actor. El guión también fue galardonado con el Oscar, una historia absolutamente revolucionaria donde un fuera de plano y una elipsis magistral nos impiden averiguar qué ha ocurrido en un momento clave del film. Una película rodeada de champán, de cristalería fina, batas de seda y cubertería de plata, una película llena de extravagancias que no caen en saco roto porque componen una crítica mordaz hacia todo un cuadro de la sociedad, desde los ricos a los que se quieren aprovechar de ellos, empezando por el novio de la protagonista –en esa magnífica escena donde ella le tira al suelo para ensuciarle el traje de montar y él solo quiere ver si salen en la revista–. Solo Vivir para gozar (George Cukor, 1938), también con Cary Grant y Katharine Hepburn, puede acercársele a nivel de atmósfera y estilo, puede que incluso sea más divertida e irónica con la clase alta –cuenta con el personaje de hermano de la novia que es un joven alcohólico sin mayor ocupación–, sobre todo por el punto de vista de Edward Everett Horton y su mujer, perdidos en la mansión de la novia de su mejor amigo. Desde luego encaja mejor dentro de la definición de screwball comedy, pero pierde el halo de nostalgia y tristeza que convierte la comedia de Historias de Filadelfia en una obra exquisita. El remake con Grace Kelly y las magníficas canciones de Louis Armstrong, Alta Sociedad (Charles Walters, 1956) es cuanto menos disfrutable e incluso original en algunos aspectos, empezando por el color, pero no llega a la liviandad de la que nos ocupa. Me despido con un diálogo genial de este guión ganador del Oscar:
—Querida, ese vestido te hace un bulto.
—No, el bulto es mío. 


5. "La escopeta nacional"

La cumbre berlanguiana de la hipocresía nacional, la picaresca española y el savoir faire –que le dice Cerrillo al señor Canivell–. No es casualidad que sea la única película patria de la lista. Estrenada el mismo año que la Constitución de nuestra actual democracia, supone una perfecta declaración de intenciones y metáfora mordaz de lo que España dejaba atrás para sumergirse en la era de un liberalismo plagado de prohibiciones. Insisto en que probablemente no es la mejor película de Berlanga, quedan lejos la impecable técnica de Plácido (Luis Gª Berlanga, 1961) y la acerba negrura de El Verdugo (1963). Sin embargo, la esencia de su director –y por supuesto de su co-guionista, Don Rafael Azcona– resulta aquí más depurada, ágil, menos estudiada, más natural. Aquellos planos secuencia en los que los grandes nombres de la escena española tenían que saltar disimuladamente las vías del travelling, se desarrollan ahora con una exquisita espontaneidad. Berlanga ejecuta un fresco histórico impoluto, cargado de sátira social, pero esto es secundario, un bien que, como todo clásico, ha ido alimentándose con el tiempo. En ningún momento la crítica y el retrato de la época supera a la trama, una historia de perdedores, de mediocres y venidos a menos que tratan de trepar en el tan peculiar escalafón hispánico. Para ello, Berlanga y Azcona escogen una serie de personajes que recogen perfectamente a la sociedad española, desde el empresario catalán con amante incluida –"¿Qué? ¿Se puede pasar?", es la gran frase de Mónica Randall– hasta el ya mítico señor marqués. Los Leguineche son ya parte indispensable de nuestra historia, y no solo de la cinematográfica. Luis Escobar, mímesis de su personaje, eleva la comedia más allá de la pantalla. No he contado el número de veces que he visto La escopeta nacional (Luis Gª Berlanga, 1978), pero siempre descubro un guiño, una frase, un detalle nuevo que la reafirma como una obra perfecta, un pequeño tesoro que nada tiene que envidiar a los clásicos americanos. "Lo que he unido yo en la Tierra, no lo separa ni Dios en el Cielo", clama el padre Calvo –un desbordante Agustín González– en la que es ya una de las grandes frases de la historia del cine. Coincido con José Luis Garci en que si Berlanga no ha triunfado en el extranjero es porque aún no se ha inventado la forma de subtitular sus películas de forma efectiva. Y es que no solo hay que saber español para entender a Berlanga en su plenitud, hay que serlo. 


4. "Misterioso asesinato en Manhattan"

Hoy en día parece un atrevimiento introducir el nombre de Woody Allen en cualquier lista. Columnistas, humoristas, periodistas, artistas y toda clase de "-istas", aprovechan su nombre para denunciar en la era de lo políticamente correcto. El bueno de Woody no se merece estar aquí, ya ha demostrado –juez mediante– que no es culpable de los hechos que le acusan, pero todo eso parece dar igual. Y casi que mejor. Yo estoy escogiendo mis películas favoritas y me da absolutamente igual si el director ha violado a una niña negra con síndrome de down –si es que eso existe–. De hecho, tener un pasado oscuro y denunciable parece un requisito para ser hoy un buen director o actor de renombre. Claro que rechazo esa conducta, pero soy lo suficientemente cínico como para disfrutar de su obra al margen de la hipocresía que se ha generado alrededor de todos estos nombres. A Harvey Weinstein le debemos el cine de Tarantino, ahora ha sido condenado, bien por la justicia –en este caso–, pero eso no anula la primera parte de la frase. Céline Sciamma y Adèle Haenel abandonaron la ceremonia de los Premios César al revelarse el nombre de Roman Polanski como merecedor del premio al Mejor Director. "¿Por qué Polanski aún tiene una carrera?", se preguntaban algunos erróneamente. No se trata de señalar y hundir –el caso de Kevin Spacey es una auténtica vergüenza–, sino de que la justicia actúe sin el voto popular y el apoyo de la prensa amarillista. En el caso de Polanski, ¿se premiaba al director con la mejor conducta o al mejor director por una película concreta? No estamos muy lejos de la primera opción ahora que la Academia de Hollywood a impuesto sus términos de diversidad, reglas de moral y conducta. Pero todo esto ya me suena, de hecho hablé de ello en mi artículo Alguien violó sobre el nido del cuco, del año 2017. Quien quiera saber algo más de Woody que lea sus fantásticas memorias: A propósito de nada (a.k.a. ¡Qué te den, Mia!).

Woody Allen y Harvey Weinstein

En fin, siento la pequeña interrupción. Misterioso asesinato en Manhattan (Woody Allen, 1993) es, en mi opinión, la gran obra de Woody Allen, una comedia negra de enredo que de desarrolla, en el fondo, como una tierna reflexión sobre el matrimonio. ¿Qué hay mejor que un crimen a pie de incineradora para que una pareja recupere el "fuego" inicial? La selección musical de Allen, como siempre exquisita, aquí es más animada y funciona perfectamente como un elemento de ritmo y dinamismo a una historia frenética. Si alguien se atreve a mencionar a Woody para bien suele ser para encumbrar Annie Hall (Allen, 1977), la comedia romántica que reinventó el género, uno de los alicientes de la que nos ocupa es descubrir como la química entre el propio Allen y Diane Keaton sigue intacta años despeñes. A día de hoy, ella sigue siendo de las pocas amigas que le defienden contra viento y marea. Creo que disfruto más del cine de Allen cuando es él mismo quien se interpreta en lugar de escoger un alter ego hollywoodiense, pero una cinta con su firma siempre me encandila y me sumerge en esa exquisita nostalgia, de cuando el cine era cine, un lugar para evadirnos y soñar, y no para criticar y denunciar. Alan Alda resulta en la película un perfecto antagonista, motor interno de una historia desternillante y llena de divertidísimas situaciones cómicas –como dirían en algún anuncio promocional–. El entramado final, con Anjelica Huston en busca de una delirante, novelesca y rebuscada resolución a la historia es simplemente genial, como la escena en el antiguo cine y los espejos, homenaje directo a La dama de Shanghái (Orson Welles, 1947), una vez más la nostalgia cinematográfica del director neoyorkino. "Claustrofobia y un cadáver, el colmo de un neurótico", espeta el bueno de Larry Lipton (Woody Allen) al encontrarse con el cuerpo sin vida de su vecina en mitad de un ascensor. Disfruten, déjense llevar por una comedia de situación, de frases ingeniosas y de tramas imposibles, y después de todo puede que se reconcilien con el cine... y a lo mejor con el propio Allen. 


3. "Con la muerte en los talones"

Sir Alfred Hitchcock, un nombre que hoy levantaría las faldas del #MeToo y probablemente el mejor director de la historia. Con North by Northwest (Alfred Hitchcock, 1959) consigue la que es su obra más perfecta, un colmo de lo hithcockiano. Un falso culpable que además es Cary Grant, una rubia que además es femme fatale, espías, crímenes, una madre acaparadora, suspense y mucho sentido del humor, Con la muerte en los talones es la película más Hitchcock de su director, desde los inconfundibles títulos de crédito de Saul Bass a la brillante partitura de Bernard Herrmann, todo en ella destila cine y estilo. Junto con Los Pájaros (Hitchcock, 1963) conforma la cúspide de la época dorada de su director, quien fuera la primera gran estrella de su oficio. En un primer momento iba a llamarse El hombre en la nariz de Lincoln, en referencia a la famosa escena del Monte Rushmore, pero terminó siendo mucho más que eso y con un título aún más surrealista. Aunque, siendo claros, si es una de mis películas favoritas es por su lectura como comedia romántica, una sofisticada humorada romántica con asesinatos en las Naciones Unidas y nervios a flor de piel. Eva Marie Saint y Cary Grant forman una de las grandes parejas de la historia del cine, un tira y afloja constante al nivel de las antigua screwball que de la mano de Hitchcock trasciende "la fórmula", para fundirse en aquel inolvidable plano del tren entrando en el túnel. The End. Uno de los grandes finales de la historia. No es que comparta la teoría de que una película es mejor conforme a su final, pero lo cierto es que el Top 3 de esta lista coincide con algunos de los mejores finales que he visto en el cine. Por si aún les queda duda sobre esta, les diré que James Mason es un villano a lo James Bond que busca ese algo que a nadie le importa pero que mueve toda la película. Lo que Hithcock bautizó como macguffin. Cuentan que el propio Grant no tenía idea de hacia donde iba la película, con los años hemos entendido todos que lo que de verdad importaba es cómo iba. "En el mundo de la publicidad no existe la mentira, si acaso se le llama exageración" dice el personaje de Cary Grant en la película, una perfecta definición de lo que es el cine de Hitchcock, donde se acaricia la plasticidad del plano. ¡Estamos viendo una película, no la aburrida y vulgar vida real de un señor que come acelgas!


2. "El graduado"

"¡Elaine, Elaine!".
Escuchar ese nombre de la voz de Dustin Hoffman –¡vaya, otro #MeToo!– es volver a sentir la emoción. Una de las historias de amor mejor contadas con menos palabras. Muchos se quedan en la primera parte, esa fábula tremendista sobre la destrucción de la moral de la clase media en los Estados Unidos de los años sesenta, una trama incómoda y voyeurística que funciona gracias al portento interpretativo de Anne Bancroft y la elegancia audiovisual –a veces seca y sobria como un martini– de un director brillante que terminó alzándose con el Oscar por este trabajo –ni demasiado realista, ni demasiado lírico–. Pero El graduado (Mike Nichols, 1967) es además una historia de amor contada desde el silencio, desde la impotencia y las desavenencias de dos personajes, dos jóvenes que son víctimas de su casa con piscina. Dustin Hoffman y Katharine Ross nunca estuvieron mejor. La inmejorable banda sonora de Simon y Garfunkel hizo pasar a la señora Robinson (Bancroft) a la eternidad, pero lo cierto es que la película crea, uno tras otro, planos, fragmentos y escenas imborrables, iconos de nuestra cultura. Es una película visualmente apabullante, no sobra ni falta nada, es un metraje exquisito y extraño. Piscinas, buzos, peceras, montajes, juegos de cámara, Nichols arriesga, juega y gana. El graduado tiene el maravilloso don de hacernos sentir culpables, aunque no sepamos muy bien de qué. Una oda al amor de juventud, a la esperanza y a todo aquello que no podemos explicar. El film destila en todo momento un rastro de humor ácido, como si se tratara de esos antiguos clásicos que perfumaban los dramas más ambiguos con diálogos ingeniosos, aquí son las propias situaciones las que nos despiertan una sonrisa, a veces sin necesidad de mediar palabra –The sound of silence– o con un maternal: "Ven aquí, Benjamin, no te lo voy a repetir". Es como si el cine, la idea, la forma de hacerlo, cambiara a partir de esta película. 


1. "Desayuno con diamantes"

Me gusta tanto que he decidido volver a verla antes de ponerme a escribir. Vi Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961) por primera vez con once años, supongo que entonces no me enteraría de nada pero quedé cautivado por la estética, por lo infantil de Mr. Yunioshi (Mickey Rooney) y por la indulgente belleza de Audrey, a quien descubrí entonces y a quien veo todos los meses un par de veces por necesidad. Ver a Audrey Hepburn en pantalla me tranquiliza, me da seguridad, es como volver a Tiffany's, nada malo puede pasar. Por aquel entonces leí también la novela de Truman Capote, algo que no debí hacer, porque para mi 
Holly Golightly es Audrey y no esa fresca de la novela. Lo mejor del cine clásico, del Hollywood dorado, es esa capacidad asombrosa para dotar de una sofisticada ambigüedad a sus tramas. Algo que Edwards aprovecha para convertir la obra de Capote en un cuento, en la mejor comedia romántica de la historia. Recuerdo que cuando la vi por primera vez, lloré. Desde entonces, cada vez que me preguntan por mi película favorita digo Desayuno con diamantes, un icono, una historia neoyorkina con unos personajes insuperables –eso sí se le debe al señor Capote–, desde la decoradora (lo que le costó a ese pobre niño de once años entender el personaje de Patricia Neal) al verborreico Martin Balsman, el genial agente de Hollywood. Es una película elegante, de esas que ya no se hacen, señores con esmoquin, la Quinta Avenida vacía y divertidas escenas en la cárcel de Sing-Sing. Blake Edwards, el rey de la comedia visual, del gag y de las fiestas, compone una película adulta –con sus momentos Edwards, como el sombrero en llamas apagado con la copa–, un drama tamizado por una gasa fina de Givenchy. José Luis de Vilallonga interpreta aquí a un galán brasileño, otro de los momentos delirantes a lo Edwards. Toda la felicidad de Holly resina un hálito tristeza, ese el sentimiento de la película. Se trata de una cinta que puedes ver para reír –o sonreír, mejor dicho– o para llorar, para alegrarte o para compadecerte. Lo mejor del film es cómo se convierte en un reflejo perfectamente nítido del alma de su protagonista, un personaje tierno, pero salvaje, un personaje que no sabe lo que quiere. Holly Golightly –por Audrey Hepburn– es la mejor personalidad cinematográfica de la historia. En fin, este es mi número uno y sé que es el único que no cambiará con el tiempo de esta lista. Disfrútenla. 

Vilallonga, Audrey y Blake Edwards