jueves, 11 de junio de 2026

Crónica de lo berlanguiano

El Teatro Español acaba de estrenar Crónica de un mal español, una pequeña pieza teatral en la que Jorge García-Berlanga, nieto del célebre director valenciano que da nombre a este blog, se acerca a la figura de su abuelo a través del humor. En apenas una hora se esboza una biografía que se prevé inmensa y que, sin embargo, logra reducirse a un gesto, una situación o un carácter. Cuando Luis García Berlanga recibió el Goya a la Mejor Dirección en 1994 se lo dedicó "a una serie de amigos y compañeros que durante los años cincuenta rompieron con aquel cine sombrío del franquismo y fueron los primeros en crear un género autóctono español: la comedia popular, que ha sido siempre maltratada por los críticos". El agradecimiento terminó mencionando a "Carlos Arniches, del que creo que descendemos todos". Refiero tales palabras pues, más treinta años después, es a la astracanada y al sainete a los que su nieto se acoge para representar la vida del insigne cineasta. Se trataba en esta crónica de lo berlanguiano de representar a la persona, al abuelo, al hombre, más allá del director o el intelectual (que pese a rehuir de la etiqueta, Berlanga lo fue), y en lo cotidiano reina el ruido, el humor blanco asequible y la espontaneidad. Por eso, esta Crónica de un mal español no es berlanguiana, en el sentido en que no inquire, sangra o satiriza desde la negrura, sino que redefine lo berlanguiano desde esa comedia popular que sólo funciona cuando está magníficamente interpretada, como es el caso. Esto permite además alejarse de peligrosas comparativas, de las que no se librará La escopeta nacional que estrena la semana que viene Juan Echanove y que espero como agua de junio. 

Jorge García-Berlanga y Nacho Serrano como "las dos B"
Los hermanos Vellón

Volviendo a la Crónica de un mal español. La obra comienza con esta moda del teatro joven en la que los intérpretes le reciben a uno en el vestíbulo que precede la sala. Allí, varios actores caracterizados de los años cincuenta se increpan con frases lúcidas que parecen inconexas hasta que, de pronto, uno se ve en su butaca inmerso en la dramaturgia. Es, además, una de las pocas modas aplicadas con sentido, pues en esta primera escena nos hallamos en la tertulia del Café Gijón, donde se convidan personajes como Edgar Neville, Conchita Montes (soberbia y elegante Natalia Vellón) o Paco Umbral, desarrollando una estupenda representación de la caótica y a la vez siempre coherente estructura de lo conversativo, al más puro estilo de La colmena de Cela (o de Camus, como prefieran). A partir de aquí, el trabajo de Jorge es de una minuciosidad extrema a la hora de ligar el drama, las anécdotas reales (e inventadas) y la propia biografía de su abuelo, logrando una capacidad de detalle que hará las delicias del admirador filmófilo más severo. De la presentación de María Jesús, su abuela, con el jersey en los hombros y en la mano, que referencia directamente unas fotografías reales del viaje de novios, pasando por la boda (que el propio Berlanga ya parodió en El Verdugo), hasta el escenario final en el que, con la asombrosa capacidad de hacerlo con cuatro cajas de cartón, logra transportarnos al estudio de Berlanga con una perfección física y atmosférica inusitada. Otro detalle esgrimido con gracia y mimo es el consabido arte de Berlanga y Azcona (interpretado estupenda y contenidamente por Octavio Vellón) para incorporar frases reales de su entorno a sus historias, que Jorge recoge aquí en varios gags a lo largo de una obra que es astracanada y sainete, sí (tenemos a Franco descamisado bailando Ni tú ni nadie), pero que termina con un ejercicio metaficcional en el que es imposible no emocionarse. 

Pablo Vélez, censor
Júlia Roch como María Jesús

La compañía teatral de Jorge García-Berlanga, Balmoral, funciona como una gran familia, más cercana a los Cómicos de Bardem que a los señoritos  de Berlanga. "¿No será usted un señorito pijo con sombrero?", pregunta Bardem. "El sombrero me lo puedo quitar", responde Berlanga. Los papeles se entremezclan, la primera actriz es tramoyista en la escena siguiente, las mujeres son sargentos (y generales), los hombres, curas con reloj de pulsera y todos tienen su segundo de gloria. Digo segundo porque la obra transcurre a una velocidad vertiginosa, apremiada por una vida inabarcable que nos hace pensar en cierto punto que la obra está incompleta, ¿o es simplemente que tenemos ganas de más? Llegados a este punto sólo me queda hacer una mención especial para Pablo Vélez, una suerte de José-Luis-López-Vázquez-para-todo que siendo histriónico, nunca resulta cargante. Un matiz finísimo que Vélez maneja con gracia, sin miedo a pasarse si el público lo requiere. Una capacidad (casi) al nivel de Arturo Fernández, a quien recuerdo repitiendo un chiste a golpe de chatín en una representación hasta que la carcajada del respetable hacía imposible continuar la obra. Cuando entrevisté a la compañía hace unos días para Vanity Fair llegaron a una conclusión: "al final te olvidas del gran director y empiezas a contar la historia del abuelo de Jorge". Esa es la grandeza de esta obra que pueden disfrutar en el salón de los balcones del Teatro Español hasta el próximo 28 de junio. Indispensable para cualquier berlanguiano. 

Fetichismo berlanguiano

lunes, 13 de octubre de 2025

El desnudo otoñal de la abuelita Hall

La abuelita Hall era una mujer chapada a la antigua. Una adorable supremacista blanca que creía que los judíos tenían cuernos y olfateaban el dinero con la destreza de un cerdo trufero. Con todo y con eso, su nieta Diane dejó el cálido y conservador ambiente familiar para probar suerte en Broadway. La vida de la pequeña Diane cambió el día que los Bastendorf, con el doctor Bastendorf de cabeza de familia, se mudaron a la casa de al lado. Mientras el señor Hall continuaba reacio al alienismo profesional de sus nuevos vecinos y a los cortes de pelo alternativos, la señora Hall (Keaton de soltera), siguió el ejemplo intelectual del doctor Bastendorf y empezó a cultivar el lado creativo de sus hijos llevándoles a exposiciones, fomentando la escritura de poemas y otras fruslerías. La nieta mayor de la abuelita Hall siempre había sido despabilada, pizpireta y graciosa, pero con una gracia muy personal, nada que ver con esa gracia que se atribuye a esos niños prodigio de atributos y habilidades tan sorprendentes como insoportables. La joven Diane era pintoresca pero de una forma encantadora. En 1964 se enamoró de Atticus Finch, el personaje de Gregory Peck en Matar a un ruiseñor. A finales de esa década emigró del condado de Orange (California) a Manhattan para estudiar interpretación con Sanford Meisner, la tercera vía del mundo actoral que formó parte del Group Theater de Strasberg y con quien habían comenzado sus eminentes carreras actores de la talla de Robert Duvall o Grace Kelly. La señorita Hall ya había estado en Nueva York visitando el MoMA con su madre por recomendación clínica del doctor Bastendorf. Pero ahora la señorita Hall había cambiado, incluso de apellido. El Sindicato de Actores no admitía dos intérpretes con el mismo nombre y, al parecer, ya existía una joven Diane Hall que había hecho un ínfimo papel en Los Diez Mandamientos de DeMille, por lo que a partir de ahora sería conocida como Diane Keaton. La excusa perfecta para no mezclar al serio y formal apellido Hall con la farándula, además de rendir el sentido homenaje que su madre, una mujer en constante evolución, merecía.

Woody Allen visto por la abuelita Hall

Así nació la eterna Diane Keaton, la de la sonrisa tímida y la carcajada nerviosa. Un tipo de mujer que jamás se había conocido en la pantalla y que merece todos los elogios que el óbito suele acarrear consigo. Quizás la más acertada fuera Meryl Streep cuando aseguró que "era físicamente incapaz de actuar, de ser falsa o de cualquier tipo de exageración". A diferencia de la propia Streep, siempre dada a papeles de enorme grandilocuencia interpretativa, Keaton hizo de la naturalidad su modus agendi. Logró hacernos creer que era fácil, que ella era como cada uno de los papeles que interpretaba. La culpa de todo esto probablemente la tenga Woody Allen que dejó que impusiera su forma de vestir, de actuar y hasta de cantar en la bellísima Annie Hall, que le robó el apellido a la abuelita y hasta la caricaturizó con sorna en una de sus escenas. Woody la conoció en 1969, cuando se presentó en el teatrito de Broadway donde estaban haciendo las pruebas para Play it again, Sam. La señorita Hall venía recomendada por Meisner. Woody escribió sobre aquel encuentro: "Entra una joven desgarbada. [...] Keaton pide disculpas por todo, incluso por haberse despertado. Una pueblerina del condado de Orange, frecuentadora de mercadillos de trueque y bocadillos de atún. Una inmigrante en Manhattan que atiende un guardarropa, que antes trabajó en una tienda de golosinas de un cine de su pueblo de dónde la despidieron por comerse todo el género y que intentaba saludarnos a todos con la menor cantidad de palabras posibles. [...] Pero qué puedo decir, era fabulosa. Fabulosa en todos los sentidos. Como cuando se habla de una personalidad que ilumina una sala; ella iluminaba un bulevar. Adorable, graciosa, con un estilo totalmente original, natural, fresca." El papel lo obtuvo (por descontado), después lo repitió en la gran pantalla y el resto lo pueden leer en la prensa especializada (porque el periodismo de masas cada vez es más inexacto y artificial).

Aquella joven neurótica de clase y estilo propios se transformó en una mujer sofisticada capaz de interpretar sin un gramo de artificio ese delicado comportamiento humano (femenino) que transcurre entre la calma y la histeria. Su máxima expresión (el personaje que me viene a la cabeza cuando pienso en Diane Keaton) es el de aquella fantástica y desenfadada dramaturga de Cuando menos te lo esperas que le valió su última nominación al Oscar. No quiero darle mayor importancia a los premios de la que ella misma le daría (todavía recuerdo cuando Woody bromeó con vender su premio AFI-toda-una-ida en eBay), pero que esta actuación, sencilla, fácil, ligera, agradable y natural (así lo hacía parecer ella), estuviera nominada dentro de una comedia romántica significó mucho. Especialmente para aquellos que creemos que existe un cine con mayúsculas más allá de los auteurs. Al final se alzó con el Globo de Oro a la Mejor Actriz de Comedia. En esta película se produce el desnudo otoñal de la abuelita Hall (para escándalo de la antigua abuelita Hall), del que dijo: "A estas alturas, ¡qué más da!". Ella, que siempre había ocultado su sexualidad debajo de toneladas de ropa personal y difícilmente transferible, se liberó por completo ante la cámara. Diane al desnudo. Años después, tras desnudar su cuerpo decidió desnudar su alma en sus memorias, Then Again. Un retrato tan fresco como lúcido. Un texto que nos permitió soñar con que realmente la conocíamos, la entendíamos, incluso que podíamos consultarle nuestras neurosis.


Diane; que había sido mi perfecta novia imaginaria en Annie Hall; mi rusa favorita en La última noche de Boris Grushenko; la amiga sabihonda y arrolladora de Manhattan; mi abuela, divorcista liberada (aquel feminismo elegante), tanto en El Padrino III como en El club de las primeras esposas; mi criminóloga de alcoba predilecta en Misterioso asesinato en Manhattan; mi monja confesora ideal en el Young Pope de Sorrentino; o yo mismo en Cuando menos te lo esperas; se yergue ante mí como todas ellas al mismo tiempo, eternas, etéreas. El mundo la recuerda ahora con un reel de Instagram en el que canta You don't own me junto a Bette Midler y Goldie Hawn, un momentazo en The First Wives Club. Un minuto perfecto para recordarla en stories. Todavía hoy, en la época de lo inmediato, de lo fugaz, de lo banal, tenía su hueco Diane Keaton. Así que no me sirve que se haya marchado así, tan rápido, tan de repente. Que deje de colgar en sus redes sociales sus fotos, las fotos de sus perros o de los incontables aniversarios de El Padrino y a nosotros nos deje colgados. Woody nos ha regalado una última imagen de su Diane: "Ella como Norma Desmond, yo Erich von Stroheim, antiguo director de sus películas, ahora chauffeur". Un guiño al Crepúsculo de los dioses de Wilder, un guiño al cine, a la eternidad. Porque cuando se olviden de ella (y conociendo a las desastrosas nuevas generaciones no queda demasiado), seguirán vistiendo un detalle, un chaleco, una corbata, un pantalón ancho, sin saber que vive en ellos el espíritu de la abuelita Hall. 

viernes, 26 de septiembre de 2025

¿Qué pasa con Woody?

¿Qué pasa con Woody Allen que a los noventa años continúa más lúcido que cualquiera de nosotros? La publicación de su nueva novela ¿Qué pasa con Baum? (Alianza Editorial, 2025) ha sido un soplo de aire fresco para todos aquellos que gozamos de las manías e hipocondrías del director neoyorquino. Está la claustrofobia de ascensor, que nos regaló una escena imborrable en Misterioso asesinato en Manhattan, o los melanomas que resultan ser manchas en la camisa, como le ocurría a su personaje en Hannah y sus hermanas, cinta de la que también recoge esa capacidad tan vitriólica como veraz de componer relaciones humanas imposibles y dotarlas de una profunda ternura y humanidad. Hasta aquí lo bueno conocido. También están sus declamaciones en yiddish, obsesiones literarias, Crimen y castigo y sátira social, de la que se sirve para hacer un repaso descollante de las armas arrojadizas con las que tratan diariamente de azuzar la cultura de la cancelación. Asher Baum, su protagonista, acude histérico y sudoroso a la cita con su agente literario. Se huele que la joven periodista china que le entrevistó la semana pasada (y de la que recuerda que le pareció brillante y preciosa) va interponer una demanda por acoso. "¿Por qué demonios iba yo a meterle la lengua en la oreja?", clama su personaje a sí mismo. Otra idea genial de la novela, la diatriba que el protagonista mantiene consigo mismo durante toda la obra, como una especie de Gollum psicoanalizado. El genio Allen, mordaz asesino de la intelectualidad, procede entonces a ridiculizar las teorías conspiranoicas (que vivió en primera persona) mediante las cuales se analiza el comportamiento delictivo del acusado a través de elementos reincidentes en su obra, en lugar de hacerlo con hechos reales. Tarea sencilla para el gran satiricón del psicoanálisis, que no duda en dejarnos caer que eso de las interpretaciones de los sueños ya lo hacían José y el faraón de Egipto en el Antiguo Testamento. 

Misterioso asesinato en Manhattan (Woody Allen, 1993)

Hay más verdad en un chiste de Woody Allen que en cualquier discurso de la ONU (ya que los tenemos recientes). Pese a todo la crítica se ha ensañado con esta novelita que no pretende ser más que eso, un pequeño bloc de ideas descabelladas que siguen un hilo conductor amable (con sus esperados y magníficos puntos de giro) hasta un deus ex machina genial, de esos que tanto adoraba el Allen humorista. Con todo, nos enfrentamos (y deleitamos) con una dulcificación del autor, más en la línea de su Día de lluvia en Nueva York o su Café Society, que en la prosa absurda (en el mejor sentido de la palabra) y descacharrante a la que nos tenía acostumbrados en sus relatos cortos, al estilo de su admirado S. J. Perelman, de quien hay algún retazo, sobre todo en la crítica de lo inocuo y el marketing barato. En este Allen más amable descubrimos también a un Allen extrañamente optimista, especialmente en un fragmento en el que reconoce que "vivimos tiempos raros. Extremistas, con uno de nuestros dos principales partidos en declive, antisemitismo y una cultura popular cada vez más banal. Pero tranquilo, Asher, el cuerpo humano sabe protegerse. Esto no durará y volverá a imponerse el sentido común". Incluso alude a la conciencia social, discernimiento habitual es la prosa del cínico, cuando pasa brevemente por Gaza y Ucrania para terminar leyendo una gaceta local, "donde vio que no había que ir tan lejos para presenciar una masacre, ya que abundaban las noticias nacionales sobre gente que moría de un disparo". Esto, por supuesto, está escrito antes del asesinato de Charlie Kirk. Lo cierto es que, sin meterse en discursos pedantes y relamidos como los que probablemente elaboraría su protagonista, Woody Allen ha logrado hacer una radiografía impecable de la mierda de mundo en que vivimos. Eso sí, esperemos que la lógica termine imponiéndose a la dictadura de las minorías.

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Ciao, bellissimi

La muerte de Robert Redford y Claudia Cardinale nos ha dejado sin dos de las personas más bellas que jamás hayan existido, continuando así la deriva inevitable de una sociedad cada vez más fea, hortera, vacía y ramplona. La Cardinale (porque como todas las grandes logró sumarle un artículo a su apellido) y Mr. Redford rompían todos los cánones y estándares de belleza, porque ellos hubieran sido guapos en cualquier época, en cualquier momento, en cualquier vida. Tenían ese touch of class del que presumen los ordinarios, ese je ne sais quoi que dicen los cursis. Estaban por encima de modas, convicciones y demás preceptos demoníacos que hoy en día destruyen a los ídolos antes de terminar de erguir su propio mito. La sensual e inocente sonrisa de la Cardinale, la eterna ragazza con la valigia, sus besos despacio a Jacques Perrin, la toalla recogiéndole el pelo. Las imágenes de su belleza se arremolinan feroces en mis pensamientos. También el azul imposible de la mirada de Redford, porque jamás el cine volverá a mirar con el Technicolor de Descalzos por el parque. Ambos estaban dotados de una elegancia natural e incorregible. La hija de un maquinista de ferrocarril siciliano y el retoño de un contable irlandés, ambos poseían una distinción que no entiende de clases sociales, si no de la más bruta y esencial fuerza de la naturaleza. Ni siquiera Visconti logró dotar a la Cardinale de esa supuesta basteza de clase media en El gatopardo. La hija de Don Calogero jamás logró ser ordinaria, ni riéndose de los chistes verdes de Alain Delon, sentada a la mesa de Burt Lancaster. Sí logró, en cambio, captar su belleza, tan carnal como etérea, en su máximo esplendor y vitalidad entre los cuadros descolgados de un palacio semi-abandonado. Lo mismo le ocurría a Redford en El jinete eléctrico, ya lo disfrazaran de campeón de rodeos, vestido con el traje de vaquero más hortera y luminiscente del viejo oeste, jamás lograrían dotarle de un gramo de vulgaridad. Sí, en cambio, de una sonrisa incorregible capaz de vulgarizar la mirada de cualquier mujer. Quién sabe qué hubiera pasado de haber trabajado juntos. 

El gran romántico, Denys Finch Hatton
Bob Redford nos conquistó con interpretaciones naturales, de gestos sencillos y miradas imposibles. La Cardinale como una efigie inalcanzable y dulce, valga la antítesis, que miraba siempre de reojo, tras un flabelo rosso o entre plumas de Piero Tosi. Fue Federico Fellini quien la elevó al paraíso de las estrellas convirtiéndola en fantasía, deseo y musa de Marcello Mastroianni en Otto e mezzo. "Cuando vendí la película al productor sólo tenía una imagen: Claudia Cardinale vestida de blanco", reconoció el director en una de sus infinitas contradicciones. Redford cultivó ese punto del canallita con cara de bueno que sabía que demenciaba a sus admiradores. Así logró engañarnos dando El Golpe junto a Paul Newman, con quien ya nos había enseñado en Dos hombres y un destino que los auténticos héroes mueren en off. Así construyó también al mayor ídolo del hombre cinéfilo, logrando hacer de Denys Finch Hatton (el vividor sin ataduras que sólo visitaba a su amor cuando le apetecía en Memorias de África) un auténtico icono del romanticismo mundial. Yo, personalmente, lloro mejor con Íntimo y personal. Cuando murió Redford acudí a los quioscos para hacerme con toda la prensa, como hacía antaño, esperando encontrar grandes artículos y recuerdos en su memoria. Encontré, en su mayoría, retoques sobre una base de Inteligencia Artificial, errores, datos incorrectos, erratas y poco, muy poco, corazón. No haré lo mismo con la Cardinale porque además murió por la tarde y han tenido menos tiempo de reacción, reduciéndola a una esquinita conmemorativa. Para un día que pueden abrir el periódico con el rostro más hermoso del mundo... Muchos se empeñan en decir que Redford se fastidió con la cirugía o que la Cardinale estaba vieja y se pintaba demasiado. Son los que no entienden que cualquier tiempo pasado fue mejor. A diferencia de Fernando Trueba, que rescató a la Cardinale en 2012 para una película donde compartía plano con Chus Lampreave. "Siempre había soñado con trabajar con la Cardinale", dijo Fernando entonces, trayendo su mirada eterna a nuestra humilde España. Bob y Claudia abandonan nuestro mundo donde la gente guapa ya casi no existe. El plástico, sin embargo, tarda millones de años en desaparecer.

El artista y la modelo (Fernando Trueba, 2012)


martes, 18 de febrero de 2025

Juan Mariné: el cine español

Lo primero que hice al llegar a la escuela de cine fue bajar al sotanillo donde Juan Mariné pasaba las horas restaurando películas. "Mira, mira esta está coloreada... ¡Es de 1914!", me dijo nada más llegar, como si me conociera de toda la vida. Tuve que bajar. Me habían dicho que «Juan Mariné» estaba siempre allí, como un viejo espíritu del cine que velaba por la conservación de ese roído celuloide que extraía de las catacumbas de la Filmoteca y que ahora me mostraba a contraluz. Cuando me lo dijeron no podía creerlo. «Juan Mariné» era uno de esos nombres que resonaba a perpetuidad en el imaginario cinéfilo, a la altura de Luis Cuadrado, Carlos Suárez, Manolo Berenguer o José F. Aguayo, cuya rúbrica se había impreso en nuestra retina después de verla en infinitos títulos crédito. ¿Será el mismo Juan Mariné? Debe tener cien años. Entonces aún no los tenía. Hoy nos ha dejado a los 104, después de más de un siglo de impecable lucidez y memoria cinematográfica. Venían mucho a rodarle, algo que a él le encantaba. No por afán de protagonismo, sino por tener la oportunidad de imprimir sus regueros de sabiduría sobre el incombustible celuloide (aunque la película ya fuera grabada y no filmada). Juan Mariné. Un siglo de cine (María Luisa Pujol, 2020) fue la última gran muestra de ese hombre que era verdaderamente libre entre máquinas de filmar y moviolas de restauración, siempre junto a su Conchita, Concha Figueras, su irreductible compañera. Aunque el mayor homenaje se lo hizo Fernando Trueba, dejándole un cameo histórico en La reina de España, dónde venía a decir algo así como que "ya era abuelo cuando se inventó el cine".

Mariné llegó al cine de casualidad, en 1934, como repartidor de material al rodaje de El octavo mandamiento (Arthur Porchet, 1937), muestra de ese cine español pre-guerra civil que fue totalmente aniquilado, como sus protagonistas. Si alguien podía citar a Porchet –director de fotografía de Benito Perojo, reconvertido en director, del que apenas se conservan algunas cintas de celuloide– era Juan Mariné, quien, además de convertirse en un jornalero del cine, se encargó de preservarlo física y ecuánimemente, dando a cada persona su lugar en la historia. Este aspecto es importantísimo, pues la historia del cine –como la historia en general– suele estar a merced de ídolos y leyendas. Allí, en mitad de una bronca de rodaje empezó a trastear con las cámaras y el resto ya es historia. "Yo no puedo ser más que operador de cine, esto tiene que ser mi vida", decía continuamente, recalcando su compromiso con el oficio, la manufactura, la fábrica de sueños. Mucho antes de que los directores de fotografía (DoP) ascendieran al Olimpo de la cinematografía. Empezó en CIFESA, aquella productora fantástica que tenía como primer mandamiento complacer al público sobre todas las cosas, donde fue segundo operador de Alfredo Fraile o el citado Manolo Berenguer en films como la exquisita Deliciosamente tontos (Juan de Orduña, 1943), Eloísa está debajo de un almendro (Rafael Gil, 1943) o Nada (Edgar Neville, 1947). Trabajó desde entonces en su sueño del cine, inventando trucajes y planos imposibles para la época. Ya como primer operador nos regaló títulos imborrables de nuestro cine como La gran familia (Fernando Palacios, 1962), Historia de la televisión (José Luis Sáenz de Heredia, 1965) –filmando como nadie a Conchita Velasco y su chica yeyé– o Un millón en la basura (José María Forqué, 1967)

Su gran familia fue el cine. Muestra de ello eran sus directores de confianza, a los que se entregaba por completo. Antonio del Amo, con quien hizo su primera película (Cuatro mujeres, aunque Berenguer fue el operador principal, Mariné asumió ese cargo en uno de los episodios) y después más de una decena, José María Forqué, Pedro Masó y Juan Piquer. Todos ellos requirieron su oficio repetidamente, aunque, por encima de todas, destaca su colaboración con Pedro Lazaga, otro oficiante cuyas películas le deben a Mariné esos vibrantes y saturados tonos en Eastmancolor. Sí, todo el cine de barrio que se puedan imaginar. De La ciudad no es para mí, aquí Don Paco todavía en blanco y negro, a Sor Citröen, con Gracita Morales con el hábito azul Klein, sin olvidar Los chicos del Preu, ¿Qué hacemos con los hijos?, Los guardiamarinas o El turismo es un gran invento, donde López Vázquez empezó a perseguir suecas en bikini. De ese color, ese gran cine, él siempre destacaba La gata (Margarita Alexandre y Rafael Torrecilla, 1956), "la primera película en color y Cinemascope del cine español", decía, un melodrama con tintes de western que tuve la suerte de examinar plano por plano con él durante un pase en la escuela de cine. De todo ese cine es autor, registrador y testigo Don Juan Mariné. Y, por todo ello, fue el más merecido Goya de Honor de la Academia de Cine en 2024. Un hombre que hoy se apaga para hacerse eterno en el cine, en su amado celuloide. Para mí, sin embargo, siempre estará en ese sotanillo, junto a Conchita, rescatando películas del olvido. Hasta siempre, «Juan Mariné», le vemos en el cine. 

sábado, 5 de agosto de 2023

Yo sobreviví al Barbenheimer

Lo que se ha dado este año con el estreno simultáneo de dos productos del marketing hollywoodiense tan diferentes como efectivos –Barbie (Greta Gerwig, 2023) y Oppenheimer (Christopher Nolan, 2023)– es un hecho sin precedentes. El público ha acudido en masa, o en rebaño (mejor dicho), logrando datos de asistencia a las salas que no se veían desde tiempos anteriores a la pandemia. Vacaciones de verano (Santiago Segura, 2023) también ha contribuido sustancialmente a este llamamiento colectivo. Las películas son lo de menos en este tipo de fenómenos. El espectador medio va a disfrutar de lo que le han servido porque, como decía Billy Wilder, un individuo solo es un imbécil pero varios imbéciles que se ponen de acuerdo son un genio de la crítica. Por eso, suelo abstenerme de la crítica convencional y dedicarme sencillamente a las recomendaciones de aquello que me gusta, a riesgo de parecer un simple imbécil individual. Sin embargo, el fenómeno denominado Barbenheimer ha tenido tal repercusión que merecía ser recogido, al menos, en unas breves líneas. En cuanto a la calidad cinematográfica de ambos productos simplemente diré que una es una película y la otra un anuncio de Mattel. Siempre he admirado la capacidad de Nolan para deconstruir una gran historia y aún así hacerla irresistible. Esa capacidad de convertir una ecuación en un thriller es algo fascinante, tratar de diseccionar como lo hace nos sumergiría en varios párrafos repletos de pedantería que tampoco me apetece elaborar. Hoy en día no es necesario cocinar, vayan directamente al restaurante. El orden correcto de los platos, en este caso, sería la muñeca de primero y la bomba de postre. El elegante blanco y negro de algunas secuencias de Oppenheimer calma sofisticadamente la pupila espasmódica, consecuencia del exceso de color y absurdeces varias de Barbie


Tanto la una como la otra tienen una significación que no me importa lo más mínimo. Si bien ya he dicho en contadas ocasiones que estoy deseando que el grueso de las mujeres directoras abandonen esa necesidad fisiológica de condenar al sexo en inferioridad de condiciones (oséase, a día de hoy, el masculino) por años de machismo biológico –y ya más recientemente intelectual– en pos de contar historias, que seguro que son fascinantes. No niego que en ocasiones pueden ir de la mano. Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019) y Promising Young Woman (Emerald Fennell, 2020) son dos cintas brillantes que aúnan cine, compromiso, igualdad y, por encima de todo, belleza y entretenimiento. En España, La noche que mi madre mató a mi padre (Inés París, 2016) me parece otro ejemplo destacable. Estoy harto de películas sin trama, de retratos estilizados, condenas feministas, panfletos ideológicos y metáforas de brocha gorda. Creo que las mujeres y el feminismo se merecen algo más que Barbie. Sólo reí en una ocasión, una estupidez, humor físico más propio de Chaplin o alguna mujer, para que no me acusen de lo contrario. Amy Schumer, por ejemplo, que estuvo muy de moda hasta que desapareció. Aunque yo siempre he sido muy de Goldie Hawn. Espero que esta crítica no se considere mansplaining, después de todo creo que no hay demasiado que explicar de una obra tan superflua, simple y vacía como Barbie. Decía, una vez más, el maestro Wilder, que los mensajes los mandaba por correos. De hecho, el cine de mensaje y propagandístico lo tenemos asociado a un tiempo histórico que creo todos estamos de acuerdo en no repetir. Los pobres estadounidenses, que siempre han estado a la cabeza de todo, no hacen más que arrepentirse de años de fascismo, esclavismo y machismo. Culpándose de la historia –craso error de la era contemporánea–, juzgando como si aquello se estuviese produciendo hoy en día o con la misma situación y circunstancias que hoy en día, mejor dicho. El poso final de Oppenheimer, que no se me hace larga en ninguna de sus tres horas de metraje, es desolador. Nos hace pensar. Algo que a Wilder tampoco le gustaba. El cine está para distraernos de nuestra mundanidad. Oppenheimer lo hace durante su metraje (ojo a los Oscar que merecen Emily Blunt y Downey Jr.), pero nos hace volver rápidamente al mundo real en cuanto termina. Bastante pesimista soy como para que me lo recuerden. Siempre es bueno que la gente vuelva a las salas, aunque sea como en aquella secuencia de Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936), todos con un mismo destino, disfrazados de sexos binarios que lucen de rosa, como un rebaño, incapaz de pensar demasiado. 

martes, 11 de octubre de 2022

Chanel desfila para Picasso en el Thyssen

Chanel/Picasso hasta el 15 de Enero
El Thyssen fue la primera fiesta a la que asistí con apenas catorce años, una especie de presentación en sociedad entre canapés surrealistas y baronesas encadenadas. Casi una década después, Carmen Cervera sólo está atada a su cigarrillo electrónico, que fuma en la terraza conversando con sus amistades y siendo interrumpida por los eternos pelotas que desean respirar el aristocrático humo de la baronesa Thyssen. 

 

—¿A ti te ha citado Chanel o el Thyssen? —me pregunta uno de esos pelotas impertinentes. 

—A mí Picasso —respondo mientras me acerco a saludar a Carmen Lomana (probablemente la mujer que mejor sabe llevar un Chanel) que conversa bajo los retratos de los barones con Mónica de Tomás Daniel San Martín

—Acabo de estar con el ministro [Iceta], es encantador —me dice Lomana mientras rechaza un canapé de foi. 

—Claro que sí, hay que estar con todo el mundo —sentencio mientras rescato el aperitivo repudiado.

 

La terraza de fuera se convierte en el punto de reunión de modernos y actores varios. Rossy de Palma hace un despliegue impresionante de su presencia entre plumas y gestos mayestáticos, como el efusivo abrazo al recibir a Pedro Almodóvar. Echamos de menos a Penélope, santo y seña de Chanel en todas las alfombras. También están por ahí Greta FernándezPol Monen, además de Paco León Pelayo Díaz, compitiendo por quien llevará más tiempo un sombrero bajo techo. “Yo, chica, es que en esta fiesta no conozco a nadie”, dice una snob venezolana con pendientes de Chanel, ante la mirada de Juana Acosta, siempre la más elegante de nuestro cine, con permiso de Marisa Paredes. 


 

Nos retiran el champán para entrar a ver la exposición, impidiendo así cualquier ataque de furia dipsómana. Madres que son hijas de papá, pasean a sus hijas vestidas de Chanel hasta las orejas, evidenciando las palabras de Maurice Sachs que abren la exposición: “el genio de Chanel radica en la miseria rica, lo barato-costoso, la pobreza encantadora”. Actores e influencers esperan a que pase el grueso de los invitados, no sé si para poder hacerse fotos o por miedo a quedarse sin canapés o Coca (Cola). Entre tanto moderno y nuevo rico es una gozada encontrarse con Allegra Hohenlohe y su madre, María del Prado.

 

—Vengo directa de la uni —me dice Allegra disculpándose por su indumentaria.

—Ya podría ir todo el mundo así a la universidad —digo sorprendido, porque va estupenda.

 

Boris Izaguirre se pasea de arriba para abajo como si estuviera en uno de sus platós, dice algo de Tamara, pero no presto demasiada atención. Vega Royo-Villanova bromea sobre el robo de alguna pieza de la exposición ante la constante interrupción de una de las alarmas. Lo cierto es que no sería difícil imaginarse alguna escena al más puro estilo How to steal a millionNaty Abascal aparece en escena con ese porte regio que la caracteriza y ese acento sevillano que la humaniza al instante. Me presenta a Almodóvar, a quien le transmito mi pena por el abandono del proyecto de Manual para mujeres de la limpieza. “Era un rodaje que requería de mucha movilidad y yo tengo la espalda fatal. Se va a rodar, con mi guión. Pero queda la pena de no rodar con Cate [Blanchett] que ahora es lo máximo”, me dice ante Las tres Gracias de Picasso. 

 

“¿Se sale por aquí?” pregunta Juana Acosta atravesando una cortina que nos lleva a la tienda de regalos. En el cocktail los actores más jóvenes atacan las bandejas nada más salir. Saphie Wells & The Swing Cats amenizan la velada con una voz felina de jazz algo aterciopelado, Chus Gutiérrez anima a todos los barones aposentados en sus sofás para ir a aplaudirles. Pedro, Rossy y demás almodovarianos aprovechan para cambiarse de sitio, no sé si les era más incómodo el sofá o los retratos de los reyes eméritos que tenían sobre sus coronillas. 

 

Hasta emito un pequeño grito de sorpresa al ver a mi querida Ágatha Ruiz de la Prada. 

—¡Qué ilusión, cuando he visto al innombrable no esperaba verte hoy! —espeto mientras saludo a José Manuel Patón, siempre encantador. 

—Lo sé, ¿por qué le invitarán a mis eventos? —bromea, añadiendo que tiene que agatizarme, y me siento gris por un momento.

 

Las conversaciones se van diluyendo. Los círculos se van cerrando. Las baronesas se van marchando. Carmen Lomana se despide abruptamente por un incidente doméstico, yo fantaseo con la imagen almodovariana de Carmen entrando en su cocina inundada con su look de Chanel. Borja Thyssen Blanca Cuesta atienden a los invitados hasta el final. Y yo me quedo hablando con Allegra y unas mexicanas encantadoras hasta que deja de llover. Una noche espléndida, donde la única decepción fue no encontrar ningún producto de Chanel en la bolsa de regalo, sobre todo después de haber estado diez minutos hablando de cremas con Teresa de la Cierva.


viernes, 9 de septiembre de 2022

The Remains of The Crown

Es la hora del té en Balmoral, la finca que el Príncipe Alberto le regaló a su esposa, la Reina Victoria. Isabel II del Reino Unido ha fallecido la pasada noche y la "Operación Puente de Londres" se ha puesto en marcha hace horas, como si se tratara de la muerte de Mata Hari o algún miembro destacado del Mi6. Edward Young, secretario personal de la reina, sirve la real infusión como de costumbre para no levantar ninguna sospecha entre el servicio menos entrenado, mientras se realizan las llamadas pertinentes. "Majestad..." se dirigen por teléfono al rey Carlos III. Sólo con el cambio de tratamiento ya sabe que su madre ha muerto y debe trasladarse a la residencia de verano. El resto del mundo sigue con preocupación la noticia sobre el estado de salud de la monarca, una noticia extraña por lo difuso de su información. Los medios de comunicación rescatan los borradores que ya tenían del obituario de la soberana y comienzan a actualizarlo con multitud de halagos, destacando su indómita capacidad para estar al pie del cañón hasta unas horas antes de despedirse. Los mismos cañones que en apenas unas horas lanzarán noventa y seis salvas, una por cada año de vida, una por cada año de historia. Liz Truss, flamante Primera Ministra del Reino Unido, ensaya estoica su discurso en el baño de servicio de Downing Street. Cuando la vio hace unos días no podía imaginarse que el deceso sería inminente. Una tragedia para la nación, pero la ocasión perfecta para entrar por la puerta grande en el Parlamento Británico. La muerte suele traer serenidad, aunque sea señal de una inminente tormenta, la señora Truss tendrá tiempo para prepararse. No tanto como el que ha tenido Carlos III, un hombre que sabemos sarcástico, cínico y habido de un exquisito sentido del humor, pero también sensible y quizás algo vehemente. "Tiene que grabar el discurso, majestad", vuelve a recordar así que su madre ha muerto. La reina. La mujer inmortal que nos acompaña a muchos desde que nacimos, todos los que no hemos conocido un mundo sin ella. La mujer que se convirtió en una suerte de abuela aristocrática a la que recurríamos en miles de conversaciones, como si se tratara de un miembro más de nuestra familia. Una abuela que se verbalizó así tras la muerte de Diana, haciendo de tripas corazón para acompañar al pueblo británico. Quizás por eso, su muerte nos ha afectado tanto. Quizás por eso ya la echamos de menos. 


Lo que queda de La Corona. La institución de la monarquía en el Reino Unido y la Commonwealth es fuerte, está arraigada como algo natural, pero también como algo divino, una suerte de halo protector que trasciende la política. Algún republicano indecente se reirá de esta afirmación antes de ser consecuente y fijarse de que no se trata de la palabrería sensacionalista a la que está acostumbrado. Para mi, como para Justin Trudeau, la reina seguirá siendo una de mis personas favoritas. Nada será igual, porque la figura de Isabel II trascendía lo institucional. Era un icono, un icono personal, político y familiar, también un icono de moda. Curioso, porque sólo ella podía ser un icono y vestir como ella lo hacía sin parecer una tarta barata de fantasía. Ahora estamos en algún Junio de mediados de los ochenta, han comenzado las carreras de Ascot. Creo que es el único lugar donde hemos visto a la Reina ser absolutamente feliz, olvidarse del protocolo y alzar los brazos (nunca por encima de la cabeza, entiéndanme) en señal de la más pura alegría. Sus caballos ganan carreras. Volvemos al día de hoy, 9 de Septiembre (D+1 para las Mata Haris). El cuerpo de la monarca, delgado, sin vida, empieza a coger algo de color e hincharse de forma sana con los procesos de embalsamamiento. Carlos III abandona Balmoral para ir a Londres y grabar su primer discurso como Rey, Camila, nerviosa por el viento y con miedo a despeinarse, se adelanta y entra primero en el avión. Ocurre lo mismo al llegar a Buckingham, es ella la primera en salir del coche, aunque Su Majestad el Rey Carlos III permanece un largo rato saludando a la plebe. Una mujer negra de luto (valga la redundancia), queda cautivada por la cámara y se olvida de que tiene al nuevo rey delante. No le da la mano. La reina embalsamada (parece el titulo de una novela de Carmen Posadas) ya está preparada para su gira, operación unicornio o marea de primavera, que me parece la opción más elegante. Carlos III tiembla nervioso. Se ha tomado un tranquilizante en forma de infusión. La misma que lleva tomando su madre desde hace décadas. Ha terminado la era isabelina y avanzamos sin un rumbo concreto, hacia el futuro de un mundo que se queda hoy sin su figura más universal. God save the King. 

martes, 19 de julio de 2022

Mis personajes (cinematográficos) favoritos

Van a cumplirse dos años de mis últimas recomendaciones cinematográficas favoritas, al menos a gran escala. Ya saben que no están ante un blog de crítica cinematográfica, pues suelo referirme solo a aquellas películas que me gustan. Para poner a caldo ya está Twitter. Entonces hablé de "mis películas favoritas", es decir, aquellos títulos que confirmaban mi psique cinematográfica. No se trataban de las mejores cintas de la historia del cine, no hablé de Ciudadano Kane ni de Lawrence de Arabia. Si no de aquellas películas que frecuentaba asiduamente en mi cinemateca personal. Hoy, sumidos de lleno en un verano asfixiante, les traigo algunos de mis personajes favoritos de la historia del cine, un torbellino de excéntricas creaciones que en el rodar del celuloide pretendo que les sirva como un ventilador para sus mentes abotargadas por la ola de calor. Una vez más no les presentaré a lo que la crítica boyerística o voyeurística (según se mire) llamaría los grandes personajes de las películas. No verán en estas líneas a Rick Blaine, Holly Golightly o Vito Corleone, personajes que por su puesto adoro pero que por distintas razones no han entrado en esta lista. Antes de continuar he de aclararles que no creo demasiado en las listas. Sin embargo, pienso que son una manera estupenda de ordenar ideas y de que les sirva a ustedes unas cuantas sugerencias para que no pierdan un tiempo valiosísimo discutiendo con las "exquisitas" recomendaciones de Netflix. Los siguientes diez personajes son en su mayoría excéntricos, locos, cómicos y con mala leche. Representan lo que más me puede divertir de un personaje ficcionado, atractivos para el ojo del espectador menos convencional. Todos ellos pertenecen a mundos muy definidos por sus directores y sus películas son parte indiscutible de la historia del cine. Muy cerca de estos diez se quedan tres creaciones patrias que no puedo dejar de mencionar: José María de El día de la bestia (Álex de la Iglesia, 1995), Santiago Segura descolgado del edificio de Schweppes colocado de setas sintéticas es una de las grandes carcajadas de nuestro cine; Serafín de Airbag (Juanma Bajo Ulloa, 1997) interpretado por un sensacional Karlos Arguiñano cambiando su rol habitual de cocinero por el de comensal de la tortilla rusa; José Ramón de El milagro de P. Tinto (Javier Fesser, 1998) donde el desaparecido Javier Aller componía uno de los grandes marcianos de la historia del cine ("pedazo de invento la gaseosa").

Y sin más dilación: 

10. Huma Rojo en "Todo sobre mi madre"

Se ha escrito demasiado sobre los personajes femeninos de Almodóvar, pero por algo será. Son muchos los roles que han seguido la estela moderadamente vesánica de Blanche DuBois, uno de los personajes más icónicos del siglo XX que surgió de la pluma (de escritor) de Tennessee Williams, cuya hermana maníaca inspiró tantas de sus creaciones. Pero de Williams hablaremos directamente más adelante. Así como Woody Allen lo haría exquisitamente en Blue Jasmine (2013), donde la interpretación de Cate Blanchett mereció el Óscar de la Academia, Almodóvar también recurrió a Un tranvía llamado deseo para componer el transfondo (disculpen esta pequeña broma de "aliade") de Todo sobre mi madre (1999). No se trata de mi obra favorita del director manchego (ahí están Átame, La flor de mi secreto y La piel que habito en mi top personal). Pero no cabe duda que Huma Rojo es de esos personajes que nacen para trascendencia, bajo la percha y calmada dicción de Marisa Paredes, se compone una interpretación llena de matices donde nada es burdo ni plástico. Algo totalmente inusual en el cine de Almodóvar y especialmente en esta película, donde el personaje cuenta con una antítesis que termina por completarla, el personaje de La Agrado (Antonia Sanjuán). Huma Rojo es frágil, se rompe con facilidad, como la Blanche que realiza sobre el escenario. Huma es actriz, por tanto exagerada y llena de contradicciones. Actrices que interpretan a actrices actuando, este enrevesamiento almodovariano es constante. Marisa consigue un equilibrio perfecto entre esa inseguridad de mujer y esa fuerte decisión de artista, de personaje consciente de sí mismo. Es una estrella del escenario y una lesbiana a merced de una amante impredecible. Esa Huma  Rojo que empieza interpretando a una frágil Blanche a merced de la bondad de los desconocidos termina encarnando a la Madre de Bodas de sangre, de carácter fuerte, pero rota por la pérdida. La escena: "Humo es lo único que ha habido en mi vida".


9. Norma Desmond en "El crepúsculo de los dioses"

Dentro de las actrices que interpretan actrices interpretando, están las que hacen de sí mismas. Son personajes muy jugosos, y aunque algunas no hiciesen de sí mismas per se, en nuestro imaginario siempre permanecerán así. La Joan Crawford de ¿Qué fue de Baby Jane?, la Bette Davis de Eva al desnudo o, más recientemente, el Michael Keaton de Birdman, para que no me acusen de clasista o clasicista. Todos ellos podrían estar en mi lista, y lo estarían si no fuera porque no deseo aburrirles. De hecho poner a Huma Rojo y Norma Desmond continuadas ya es algo repetitivo, pero estarán conmigo en que es un acierto de Billy Wilder, rescatar a Gloria Swanson para hacer de una vieja gloria del cine mudo en Sunset Boulevard  (1950) y uno de los mayores homenajes al cine. Aquel año, en los Oscar se enfrentaron Anne Baxter y Bette Davis por Eva al desnudo y la Swanson, tanta sobrecarga hollywoodiense distrajo los votos y finalmente la estatuilla recayó sobre la simpática Judy Holliday por Nacida ayer, que parecía que no pintaba nada y estaba interpretando en Broadway. Wilder supo conducir a Swanson hacia el terreno que quería. Sin caer en la parodia, sin hacer un autorretrato, logró presentar el entierro de un mono con una solemnidad inimaginable. Puede que haya pecado de mainstream al hablar de Norma, porque lo cierto es que mi personaje favorito del film es el de Max von Mayerling, el mayordomo y ex-esposo de la actriz, interpretado por Erich von Stroheim, reconocido director e idolatrado por Wilder, que ya había contado con él en Cinco tumbas al Cairo (1943). La frivolidad de Hollywood, la excentricidad de una estrella olvidada, su regreso a la Paramount, la historia del cine, los celos, su extraña relación con un hombre más joven, tornado todo ello por el turbio velo del noir que su director había prácticamente inventado años antes con Perdición. Norma Desmond es el personaje más importante de la historia del cine, para su propia historia, vive de él, se alimenta de él y desaparece con él. La escena: no dista demasiado de esa última escena de Un tranvía llamado deseo. "Cuando quiera, señor DeMille, estoy lista para rodar..."


8. Boris Yellnikoff en "Si la cosa funciona"

Se reconoce a Woody Allen especialmente por sus personajes femeninos, de hecho son varias las actrices que se han alzado con el Oscar gracias a él, incluyendo a nuestra Penélope. Alguna incluso lo ha hecho en dos ocasiones (Dianne Wiest). Sus protagonistas masculinos (verán que no son demasiados los roles protagónicos que ocupan esta lista) suelen ser el álter ego de sí mismo o al menos del personaje que ha interpretado durante años. Sin embargo, en el caso de Whatever Works (2009) se produce la divertida coincidencia de encontrar dos almas gemelas de la jewish comedy trabajando en comunión, el propio Woody y el gran Larry David, que llevaba mostrándonos sus manías, situaciones y expresiones en primera persona desde el año 2000 en su magnífica serie Curb Your Enthusiasm. Larry David extrapola todo el imaginario que el espectador pueda tener de antemano para convertirse en un genio de la física para el que la vida y sus vulgares gusanos/habitantes son la más clara muestra de la futilidad de la existencia. Los ingeniosos diálogos de Allen se funden con la siempre exagerada interpretación de David, que muestra con la misma genialidad un chiste sobre el Holocausto que un insulto preciso. Una película rápida, alegre, muy hablada y muy narrada. Woody y Larry se pasean amablemente por Nueva York con esa mirada cínica de neoyorquinos jubilados ya de la belleza de la Gran Manzana. Es complicado seguir riéndose como la primera vez con una película. Yo todavía no logro contener la risa con cada una de las réplicas tan hirientes como acertadas de este genio con dificultades para el suicidio. La escena: "Su hijo es imbécil, que de clase de canicas". 


7. Tristana en "Tristana"

Buñuel adaptando a Pérez Galdós, ¿qué podría salir mal? El mundo de Luis Buñuel está habitado por monjas, putas, ricos, pobres, sueños y piernas ortopédicas, todo ello comulgando siempre con su devota visión católica que se debate siempre entre la santidad y el anatema.
Tristana (1970) es una revisión más cruda y feroz a la fábula que ya obsesionaba a Buñuel en Viridiana (1961), el propio Don Jaime vuelve ahora como Don Lope, "soy tu tutor y tu marido y actúo como uno u otro según me convenga", interpretado siempre por el gran Fernando Rey. Pero ahora su objeto de deseo es Tristana, un papel que madura de escena a escena, que se curte con el frío castizo de Toledo. Catherine Deneuve, acompañada siempre de esa belleza malsana desde Repulsión (Polanski, 1965), llega con la mirada frágil de niña buena que juega a las surrealistas metáforas sexuales con un onanista subnormal hasta convertirse en la señora de la casa, invirtiendo roles con Don Lope, tullida, misántropa, pero delicada en su maldad. Es la primera vez en esta lista donde la interpretación escogida no se debe a diálogos ingeniosos o personajes originales (ya que viene de una adaptación), si no que la delicadeza que componen los movimientos, los gestos, las miradas de Deneuve hacen de Tristana un personaje único, perverso y paradójico, como es habitual en el director aragonés. La escena: hay muchas, casi independientes, pero me quedo con ese final frío, duro y sencillo. "Oiga, está sufriendo mucho. Muy bien. Venga cuanto antes". 


6. Minnie Castevet en "La semilla del diablo"

Son los personajes secundarios los que hacen una buena película. Esos que llenan con sus apariciones la pantalla y, en ocasiones, terminan por comerse la trama principal. Rosmary's Baby (Roman Polanski, 1969) es para mi la perfecta definición del buen cine de terror, que debe alimentarse de incomodidad y angustia y no de sustos y monstruos. Minnie Castevet, encarnada por la genial Ruth Gordon (su interpretación le valió el Oscar de la Academia), es uno de esos personajes cuya presencia va adquiriendo necesario protagonismo, una villana en forma de vecina del quinto. Insuperable. Maestra en el arte de utilizar la amabilidad como agresión, incisiva e irritante. La que fuera una de las grandes guionistas de Hollywood en los años cuarenta y cincuenta, se reutilizó como actriz especializándose en personajes excéntricos y extravagantes, rodeados de un extraño halo de esoterismo. Véase su también destacable personaje de Maude en Harold y Maude (Hal Ashby, 1971). Polanski se encontraba en el momento más álgido de su carrera, convertido en uno de los grandes, aún no había sido acusado de violación y se acababa de mudar felizmente a Hollywood con su adorada Sharon Tate. Tristemente, toda esta ambientación, vista con la distancia de la historia, dota a la película de una moraleja más cruel y perversa de lo que debería haber sido. La señora Castevet, es la nota de color, la llamativa serpiente que merodea por el tronco del manzano, y con un vestuario a destacar. Gordon repitió el papel en ¿Qué pasó con el bebé de Rosmary? (Sam O'Steen, 1976), película a merced de su bajo presupuesto televisivo donde la autoparodia queda reducida por la desaparición de la extravagancia, ya que para eso hace falta dinero. La escena: Minnie visita la casa de Rosemary. "Eres joven y tienes salud, estoy segura de que tendrás muchos hijos". 


5. Waldo Lydecker en "Laura"

Adoro los personajes dotados de una 
maquiavélica superioridad moral. Clifton Webb, de sarcástica sonrisa wildiana que tanto había ensayado en el teatro, realizó una de las grandes interpretaciones de la historia del cine como una suerte de Pigmalión fatale que le valió una nominación al Óscar de Hollywood. Gran robo el de ese año, pues el premio recayó sobre Barry Fitzgerald, que estaba nominado a Mejor Actor de Reparto y Mejor Actor Protagonista por el mismo papel en Siguiendo mi camino (Leo McCarey, 1944), el de Mejor Actor se lo llevó Bing Crosby, compañero de Fitzgerald en el film de McCarey. Éxito extraño el de esta película bienintencionada y el de su secuela, que arrasó en las nominaciones del año siguiente. Salvado así el honor de Webb, solo queda hablar de Laura (Otto Preminger, 1944). Pionera en el noir americano, ese género que compuso y dio lugar a los grandes personajes secundarios de la historia del cine, siempre ondeante entre capos de la mafia, estrellas apagadas del cabaret y rebeldes damas de la alta sociedad. Gene Tierney fue una de las grandes bellezas de star system, delicada e inconscientemente ávida de la tragedia. Waldo Lydecker, germen en lo villanamente intelectual del personaje de George Sanders en Eva al desnudo (Joseph L. Mankiewicz, 1950), compuso desde la máquina de escribir que utilizaba en la bañera una trama enrevesada –puede que en exceso revistiendo alguna escena–, cumbre del crimen de erudición que sólo lograría un adversario claro en La soga (Alfred Hitchcock, 1948). El personaje de Dana Andrews, el detective, no pinta demasiado. Es Waldo quien ejerce de víctima y verdugo, quien trama y se sorprende como un vulgar espectador más. Clifton Webb elabora con elegancia el retrato de un esnob enamorado que no tiembla ante la turbia –aunque aquí se pretenda frívola– mirada de Judith Anderson, que ya había pasado al imaginario colectivo como la señora Danvers en Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940). Por ello, Laura es mucho más que un gran historia de suspense bien narrada, es lo que un espectador aventajado aporta por la intrahistoria cinematográfica. Labrada por el señor Lydecker, como álter ego ficcionado del propio Preminger. La escena: su presentación en la bañera con un paneo brusco es sensacional ("—Señor Lydecker...;—Oh, me ha reconocido"). 


4. Coronel SS Hans Landa en "Malditos Bastardos"

Parece que se ha puesto de moda entre la cinefilia joven –la vieja siempre lo rechazó– el desprecio hacia Quentin Tarantino. Aquejan sus constantes 
referencias cinematográficas y acusan a su cine de pastiche fílmico. Si bien estas afirmaciones son objetivamente ciertas, la verdad es que sus películas son irresistiblemente entretenidas, al menos para mí. Con una capacidad brillante para descomponer la trama y dejarla a merced de sus personajes, siempre excéntricos, originales, retorcidos y conectados a lo largo de sus muchas ficciones. Tarantino ha logrado crear un mundo propio y eso es indiscutible. Su cine, más o menos influenciado, cumple con el mayor requisito del Séptimo Arte: entretener. El coronel SS Hans Landa es su creación más arriesgada, brutal, estrafalaria, incorrecta (qué gozada el despliegue de diálogos cargados de un exquisito humor negro) y por todo ello, la favorita de su creador y la mía. En todo ello tiene mucho que ver Christoph Waltz, que interpreta al "cazajudíos" con una irritante sonrisa impenitente. Y en este apartado me encantaría reconocer la labor de Pep Antón Muñoz, la voz del personaje en la versión española, que realiza una labor sobresaliente, llevando al extremo el sadismo chic de Landa. Mentiroso, tramposo, falto de toda moral y adepto de sus propias convicciones. Tarantino cambió la historia con sus Malditos Bastardos (2009) y Waltz descubrió una nueva forma de interpretar que le valió el Oscar mejor dado de la historia, solo igualado por el que repitieron en 2013 por el personaje del doctor Schultz en Django: Desencadenado (Tarantino, 2012). Desde entonces cualquier película con Waltz tiene mi absoluta atención. La escena: "¡Es un bingo!"


3. Pepón Leguineche en "Patrimonio Nacional"

Luis Escobar
insistía en que su persona no tenía nada que ver con la del personaje que le había llevado a la fama en la trilogía nacional (1978-1982). Pero lo cierto es que Berlanga, nada dado a las morcillas cómicas, sólo dejó improvisar al marqués de las Marismas del Guadalquivir para lograr dar vida al inefable marqués de Leguineche. Expresiones del propio Escobar fueron asumidas por el personaje (aquello de "divinamente") pero también locuciones del entorno del director ("pues se dice, se dice", como escuché en su casa repetidamente). Don José "Pepón" de Leguineche es una de las grandes creaciones del cine patrio, incorrecto por ser exquisitamente correcto (tema aparte son las perversiones de cada uno), sin pelos en la lengua pese a su exquisita devoción por el vello púbico, católico en la evasión fiscal, fetichista del liguero y monárquico en los toros. Su corriente de pensamiento se podría categorizar como desenfreno aristocrático ancien régime, donde hasta el servicio se enorgullece de servir de valédechandal. Una vez más estamos ante un personaje de cero en conducta, abstemio en moral y frívolamente coherente en su banal pensamiento de clasismo delicado. Leguineche se mueve en la España de la transición, donde la dulce picaresca española lucha contra las recientes prohibiciones de la democracia. Se encarna, tanto en el propio marqués, como en su hijo (José Luis López Vázquez), como en su sobrino (José Luis de Vilallonga), como en el resto de su desbaratada agenda social y familiar, el último bastión de una aristocracia que es la metáfora cruel de una España que poco tiene que ver con la grandeza de antaño. Los duelos ya no son lo que era, las marquesas franquistas pierden sus títulos (Berlanga siempre de actualidad), pero Leguineche, ya sea en finca, palacio o piso, sigue estoico ante lo que devenga. La escena: "El mediterráneo ha sido siempre un mar de pobres"


2. Violet Venable en "De repente, el último verano"

Vuelvo aquí a las frágiles y delicadas psiques retratadas por la pluma de Tennessee Williams. Y me doy cuenta de la absoluta coherencia (algo extraño en mí) de mi selección. Pues esto llega a su fin y descubro que, mientras todos los personajes masculinos son excéntricas creaciones marcadas por la frivolidad, el sarcasmo o, en el mejor de los casos, la comedia. Las mujeres son todas grandes damas marcadas por el drama, la grandilocuencia, la exageración, el dolor y el olvido. Violet Venable en
"De repente, el último verano" (Mankiewicz, 1959) no podía ser menos. Katharine Hepburn interpreta aquí a una viuda de hijo, no hay nombre para esa desgracia antinatural, una madre castradora, obnubilada por un jardín de recuerdos que le asalta en cada esquina. Estamos ante uno de los personajes más complejos en la creación literaria, lleno de recovecos, donde el espectador nunca termina de saber todo lo que sabe, lo que conoce, pese a los muchos intentos del joven doctor (Montgomery Clift) por trazar una línea argumental alrededor de ese verano blanco marcado por la locura. Hepburn, que navega en la fina línea entre la cordura y la más absoluta demencia, se va descubriendo en gestos, giros y comportamientos que asume como propios, en una de sus grandes interpretaciones (nominada al Oscar, junto a su compañera de reparto, Elizabeth Taylor). Comparte con Taylor ese duelo de roles, la manipuladora y la vehemente, la medicada y la loca. El film se vuelve algo más extraño dentro del manicomio, puede que simplemente para explorar la vena más dramática de Liz Taylor. Yo me quedo con esa macabra dulzura con la que Katharine Hepburn recuerda a su niño de treinta años, su angelito de gustos caníbales. La escena: una vez más un presentación grandilocuente, con ascensor de por medio. "Visto de blanco porque era el color favorito de mi hijo". 


1. Walter Sobchak en "El gran Lebowski"

Se unen, por fin, la excentricidad con la más absoluta locura en este personaje que no hay ocasión en la que no me arranque una carcajada. Como Tarantino, los Hermanos Coen tienen una capacidad única para crear secundarios absolutamente geniales, característicos, impetuosos e insólitos. Sólo en El gran Lebowski (Joel Coen, 1998) hay un reparto incontable de grandísimos maníacos perturbados que adoraréis desde el primer momento en que aparecen. Pero Walter Sobchak, un excombatiente del Vietnam convertido al judaísmo para casarse con su 
ex-mujer, se lleva la palma. Si esta es una de las grandes comedias de la historia se debe al arrollador personaje interpretado por John Goodman, frenético y siempre en el límite de lo razonable, el actor va comiéndose la trama hasta convertirse en un personaje central capaz de tomar las decisiones del propio protagonista ("el hombre más vago de Los Ángeles, lo que le convierte en serio candidato a hombre más vago del mundo"). Hurones diabólicos, productores pornográficos, dedos cortados y un secuestro a cargo de un converso demente que debe realizar el intercambio en sabbat. Walter Sobchak es un hombre práctico, firme en su convicciones, que solo desea que las cosas se hagan bien (al menos según su forma de ver las cosas) y está dispuesto a cualquier cosa para lograrlo. La escena: cualquier escena de la película en la que aparece es un ejemplo de construcción argumental, donde la tensión crece hasta explotar en un clímax hiperbólico sin desperdicio. Quizás las más ilustrativa sea esta en la que tratan de arrancar una confesión a un adolescente... "Esto es lo que pasa cuando das por culo a un desconocido".