
Algunas notas sobre Berlanga:
Conocí a Patricio durante esta última Feria del Libro del 2014. Su madre y yo compartimos caseta, presentábamos libros. Ambos me parecieron dulces y encantadores, de la buena gente cálida y hospitalaria.
Me ha pedido
que si quería escribir algo sobre el cine de Berlanga o sobre él mismo si le
hubiera conocido. Tan solo le conocí de paso, nos cruzamos en un par de ocasiones de esas
del “canapé y el dicharacho” con las
que el arte y la cultura tienen a bien adornarse de vez en cuando.
Hablaré
algo, poco, de su obra, excelente, un regalo para y sobre el imaginario
colectivo de este país. Tendrá de
todo, obra mayor, obra menor, como les gusta decir a los entendidos y
especialistas; de todos se dice, hasta de Cervantes al que siempre se le suele citar
como paradigma universal en estos casos.
Citaré dos,
tres, cuatro… (su filmografía ha sido rica y extensa), las colaboraciones con Rafael Azcona,
felices; la verdad es que tanto se ha hablado y escrito que una no se siente
capaz de aportar nada nuevo.
Me parece a
mí que hay una primera etapa en donde L. G. Berlanga
consigue unificar la rica
tradición de los Pícaros del S. de
Oro español junto con ese pulso neorrealista de los años cuarenta y cincuenta
en Europa, Italia sobre todo, en donde la cámara sale a la calle, se
narran historias de gente de la
calle, ya no hay salón burgués sino porterías, zaguanes, pensiones de medio
pelo, artesanos, alcaldes sordos y
casi analfabetos, en fin, en general, buscavidas de
corazón grande y bolsillo pequeño y vacío, y que a mí personalmente me viene a parecer toda una
declaración de principios y, desde luego, por afinidad de clase, emocionante.
También tuve
ocasión de trabajar con
textos de Mihura en teatro: “El caso de la mujer
asesinadita”, en el papel de Mercedes.
Mihura y Berlanga colaboraron en el texto de "Bienvenido Mr.
Marshall". Descubrí que Mihura
además de escribir estupendas y graciosas comedias era un poeta soberbio, como
Azcona, como por supuesto Berlanga, grandes poetas; creadores capaces de
sacarle a la vida, a esa su inmanencia ramplona y parda a veces, el fulgor y la
ternura que esconden en sus entretelas, la épica de lo cotidiano.
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