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domingo, 17 de enero de 2021

"30 monedas" (2020)

La nueva serie de Álex de la Iglesia no deja lugar para la indiferencia. Estamos ante una obra magna de su creador, un conglomerado de emociones, referencias y obsesiones que lleva formándose desde El día de la bestia (1995). Sin embargo, finalizada la primera temporada, da la sensación de que este opus no es más que la obertura de una gran ópera, género del que evoca un reconocido imaginario. Quizás no tan evidente como en Los crímenes de Oxford, pero ahí está. 30 monedas es una serie que sigue en todo momento hacia delante y no se pierde en devaneos formales, es un ejercicio de entretenimiento frenético pasado por el tamiz filosófico de sus personajes –siempre coherente en la obra de Álex–. El director vasco evoca sus conjuros más reveladores para ofrecernos una trama de misterio, amor, paranoia y conspiración, componiendo así su propio evangelio apócrifo. Se denota de toda la serie que estamos ante un placer culpable de su autor, una obra que en ocasiones peca de irracional, algo con lo que los guionistas (Jorge Guerricaechevarría –con cameo incluido en el episodio de la ouija– y el propio De la Iglesia) juegan en la propia trama –la lógica de lo irracional que expone el Padre Vergara–, pero no debemos detenernos en esto porque no debería quedar tiempo para las explicaciones y los análisis sesudos. Nos enfrentamos a monstruos, posesiones, pócimas y magia, todo resulta exquisitamente exagerado y, aún así, nos deja con ganas de más. Álex de la Iglesia asegura que "los episodios están concebidos como películas". Lo cierto es que resulta fascinante comprobar la gradación de los capítulos, la facilidad con la que logra llevarnos a un nuevo clímax extenuante. Si bien es verdad, esto es especialmente notable en las cuatro primeras entregas, después entramos en materia y la historia se aferra más a la continuidad. La clave está precisamente en esa materia. Muchas obras del terror se desinflan cuando enseñan "el monstruo", no es así en Carpenter, ni en Craven, ni en De la Iglesia. Los monstruos son, en 30 monedas, una prolongación de esa materia, esa confabulación vaticana que tiene al gran Manolo Solo a la cabeza. 


La mezcla de géneros, algo a lo que nos tiene acostumbrados –no tanto a los americanos, a los que les está explotando la cabeza–, es clave en la semiótica de la serie, porque, por encima de todo, estamos ante una serie de Álex de la Iglesia. A partir de los "cainitas", compone su propia teoría paranoica al más puro estilo Dan Brown, con el genial Antoñito como profeta de la condenación de Pedraza. Es este punto, el costumbrismo rural, el que tiñe de una negrura exquisita toda la trama, demostrando que en ocasiones el humor puede ser una forma sofisticada del terror. A medida que la serie avanza esto se pierde considerablemente. Ese "¿queréis que se rían de nosotros y nos llamen paletos?" desaparece, porque no importa, a nivel emocional los personajes se han olvidado de Twitter, de Facebook, de los complejos y de la vida cotidiana. Lo mismo nos pasa a nosotros al ver la serie. ¿Qué importa el Trending Topic del día cuando un conjunto de sacerdotes apócrifos quieren dominar el mundo? "¡Estamos endemoniaos!", dice, castizo, uno de los personajes. Para que esta evolución funcione es inevitable contar con un reparto tan exquisito como el de Álex, ya sea para un personaje episódico como el de Carmen Machi –sensacional– o uno central como el de Eduard Fernández, glorioso en cuerpo y alma, físico, racional y salvaje, carga con la serie de una manera inconmensurable. Los rostros habituales del director nos hacen sentirnos como en casa, Tallafé en la cantina, Jaime Ordóñez en la botica, Pepón Nieto en el cuartel, Mariano Venancio en el ayuntamiento, Enrique Martínez por ahí, es una gozada ver a los de siempre sumergiéndose en un mundo completamente desquiciante, haciendo las réplicas de las nuevas incorporaciones que se van engrasando poco a poco en esta creación demoníaca. Cosimo Fusco, escapado del Vaticano de Ángeles y demonios (Ron Howard, 2009) –una de mis favoritas en mi tierna infancia–, se incorpora por la puerta grande con una magnífica presentación de personaje. Aunque esta primera temporada, parece erguirse como la punta de un iceberg, como si toda ella fuese la presentación de unos personajes, un mundo, una confabulación, "el comienzo del fin", como dice Solo en un italiano exquisito. Macarena Gómez, a la que deseamos ver poseída desde el primer momento, es el personaje que más evoluciona, sin duda uno de los más atractivos para el espectador. Un antihéroe, una femme fatale enamorada, una bomba de relojería. Si tuviera que simplificar, diría que Álex dirige como nadie a la figuración. Si hace verosímil lo irreal es porque todo es uno, hasta la señora que corre en pánico por un banco en Ginebra está bien dirigida. 


No quiero extenderme demasiado. Las referencias de la serie son infinitas, desde el terror del culto al universo Marvel, los juegos de rol, pasando por Buñuel, sueños con ovejas en supermercados y cuchillas oculares, e incluso Berlanga. Como en 30 monedas, el tonto del pueblo también era elegido para revelar la gracia divina en Los jueves, milagro (Luis Gª Berlanga, 1957). Pero en realidad llamamos personalidad a todo el conjunto de esas obsesiones y referencias que compartimos de una forma u otra, así que podemos decir que se trata del más puro Álex de la Iglesia. Incluso puede que demasiado para no iniciados. Todo ello se explica mejor en el contenido adicional que presenta HBO junto con la serie, un exquisito –y breve– trabajo donde se puede ver el storyboard, la construcción de los monstruos (una pena que no puedan ser completamente mecánicos) y la concepción de la historia. Lo que más disfruto para mi, es el derroche de imaginación, las teorías ocultas como los pergaminos de los Reyes Magos, las monedas de Napoleón o Hitler –convertido en una suerte de Herodes–, es decir, la reescritura de la historia a través del fantástico. Álex ha convertido la religión en el LSD del pueblo. Pero no debemos olvidar, que ver solo puede aumentar nuestra fe. 


sábado, 16 de junio de 2018

Muerto el padre, se acabó la rabia

El pasado lunes acudí a la proyección de "Matar al padre" (Mar Coll, 2018) en la Academia de Cine, una miniserie exquisita que enmarca la reciente historia de España a través de la caída en desgracia de un homo hispanicus. La directora logra una narración limpia rebosante de una comedia deliciosamente aburguesada, cuyo primer acierto es matar a Freud después de llevarlo a la literalidad, para ofrecernos la imagen de un padre perdido dentro de su propia fórmula, la culminación de un cabeza de familia cuya extrema organización y perfección no hace más que abocarle al desastre. Se trata de una comedia amarga. Siempre he dicho que las mejores comedias son aquellas que no tienen ninguna gracia, la serie falta a esta máxima en algunos gags, pero la sigue en su trama principal. Una historia gris vertida sobre personajes con luz, la tristeza emana de una rutina puramente biográfica, no digo autobiográfica pues no se trata de la vida de su creadora —de la que probablemente haya muchos guiños— sino porque es una biografía común. En todos los personajes parece haber algo de nosotros mismos, nuestra psique encadena las distintas relaciones de la ficción a experiencias de la mundanalidad. Somos nosotros, nuestro padre, la psicóloga y el vecino místico, de ahí el drama y la comedia implícita en nuestra propia existencia. Hay un factor narrativo muy importante hasta llegar a este punto, una descripción muy precisa de los personajes y una capacidad brillante para las relaciones entre los mismos. Coll nos lleva a este sentimiento biográfico desde los títulos de crédito que simulan un pasado a los protagonistas de esta serie. Pero, por encima de todo está el acierto en la elección de Gonzalo de Castro, actor todoterreno, antihéroe y personaje central de la película. Y digo película, pues, pese a su duración, ha de verse del tirón, como hicimos en la Academia, es un mundo tan innegable que no se presta a la fragmentación por semanas. Movistar la ofrece, como buena VOD, a la buena fe del consumidor, pero háganme caso, cocinen una buena cena y dense un atracón, sólo así podrán disfrutar de la evolución real de nuestro personaje.

Greta Fernández

Es curioso, porque en todo el contexto de "Matar al padre" persiste un poso literario, no filosófico ni cinematográfico, se trata de algo rigurosamente retórico. Coll escribe con buena letra, al alimón con Valentina Viso y Diego Vega, una serie divertida y reposada, su comicidad viene en muchas ocasiones de la larga meditación sobre todas las posibilidades que nuestro personaje central puede tomar, empezando por conocer las posibilidades del actor que lo interpreta. Así pasamos por varios perfiles que siguen una degradación notable, desde el bien posicionado abogado que narra sus batallas históricas en la mesa hasta el abuelo arruinado y mojado en el monte catalán. Hay en esta prosa de Mar Coll y sus colaboradores una influencia clara de una generación de escritoras con una notoria narrativa oral, sigue el rastro de la "Nubosidad variable" de Carmen Martín Gaite, en su manera de observar el mundo a través de personajes que cuentan sus experiencias a viva voz. Si la escritora salmantina utilizaba la alocada vena poética y filosófica de la psicóloga Mariana León en la novela citada, Coll cuenta aquí un hombre que vive todo en primera persona, su comunicación con el exterior —en este caso con el espectador— es pura y desaforada, consecuencia paradójicamente de su excesivo control. La propia Martín Gaite sentenció que para que una ficción fuera creíble no tenía porqué ser verosímil. Aquí estamos ante un "fenómeno Alcántara" pues, como a la familia de "Cuéntame cómo pasó", al protagonista le ocurren todas las desgracias posibles, desde el divorcio a la ruina por la estafa piramidal de Madoff. "Matar al padre" es sin duda una obra mayor y profunda, una comedia con la que ríes, recuerdas y disfrutas con el siempre genial Gonzalo de Castro, y en general con un reparto frescos, llenos de rostros que empiezan a sonar, jóvenes, y no tan jóvenes, que empiezan a matar al padre, como Greta Fernández, Marcel Borràs, Laia Manzanares y algunos rostros más de "Cites". Muerto el padre, se acabó la rabia. Al menos esto llegará a pensar el personaje en su fase hipocondríaca con referencias woodyallenescas. No dejen escapar esta serie en tiempos de cambio, político y climático.

Gonzalo de Castro junto a Mar Coll

jueves, 10 de mayo de 2018

Wild Wild Netflix

Los sirios no tienen Netflix, cuando la enorme empresa comercial estadounidense conquiste las pocas fronteras que a día de hoy se le resisten llegaremos a un tratado de paz mundial por sólo 7'99€ al mes. La multinacional con sede en Los Gatos, California, tiene poder absoluto sobre sus subscriptores, te hará ver lo que ella quiere que veas y lo peor de todo es que te gustará, lo recomendarás y harás que otros vean lo que ella ha querido. Por eso he sucumbido al atractivo salvajismo de "Wild Wild Country" (Chapman y Maclain Way, 2018), la serie documental de la que todo el mundo habla —como se vendería en los tiempos de la pop publicity—, un experimento adictivo que sorprende con cada una de sus revelaciones. El espectador asiste a su visionado como los rajnishes a los discursos del Osho, limpian su rutina con declaraciones sorprendentes, atónitos ante lo que una secta fue capaz de hacer desde un pueblo perdido del estado de Oregón, Estados Unidos. Los testimonios de algunos de los protagonistas que participaron en el tinglado son desgarradores, incluyendo a una voraz, cínica, impertinente y genial, Ma Anand Sheela. Estas declaraciones se contrastan con las de los habitantes de Antelope y demás personalidades que lucharon contra el movimiento del Bhagwan, siempre rociadas por un inevitable sentido del humor que hace más llevadero el asombro ante lo que esta secta puede llegar a hacer detrás de sus momentos de oración y de amor libre. "Me acusaron de crímenes terribles, más bien de intento de todos ellos", sentencia Sheela tras una de sus oscuras sonrisas. Sheela, secretaria de Bhagwan, responsable de mover los millones de las empresas del Osho. Este es el punto más interesante de Bhagwan, es probablemente el único líder espiritual abiertamente capitalista, punto clave lleno de humor que los hermanos Way utilizan para incitar a crear leyenda. ¿Por qué el Bhagwan no fue enterrado con su reloj de diamantes?

Ma Anand Sheela

He leído en algunos artículos que "Wild Wild Country" es un análisis sobre la religión y la inmigración que ayuda a comprender el episodio de Oregón. Personalmente, yo no había oído hablar de ninguna secta que bailaba vestida de naranja, lo más parecido que había visto eran los Hare Krishna que Woody Allen había retratado en "Hannah y sus hermanas" (1986). "No fastidies, tú un Hare Krishna. ¿Te vas a rapar la cabeza, ponerte una toga y bailar en los aeropuertos? Te confundirán con Jerry Lewis", decía el personaje de Allen en busca de una identidad religiosa. Los rajnishes, con sus ropas rojizas y su impostada sonrisa, no andan lejos de la aguda mirada del genio de Brooklyn. Por todo ello, "Wild Wild Country", va más allá de una religión de manual y un fraude migratorio, se trata de un relato sobre el poder y el orgullo. Sheela es la auténtica protagonista, no un místico fallecido hace décadas en sospechosas circunstancias. Se trata del retrato del ascenso de Sheela a la cabeza de la organización, cargándose a su predecesora, y de cómo, cegada por el orgullo, perdió al Osho en su plan por la conquista de la incorruptible América y del mundo (sic). La serie tiene todos los elementos de una ficción, arquetipos, fraude, sectas, secretismo, América, religión, consecuencias legales e incluso tentadores cliffhangers al final de cada episodio que hace el documental adictivo. Sin embargo, los hermanos Way huyen de lo fácil, se esfuerzan por mostrar una imagen lo más limpia posible, que el espectador saque sus conclusiones a partir de las declaraciones en bruto de los protagonistas de esta historia. La mejor muestra de ello es un borroso final ¿feliz?, en el que Sheela nos sonríe cuidando ancianos dementes en un centro suizo. "Era como una hermosa película de Fellini", esa frase de Sheela se me quedó grabada, me sorprendía según avanzaba en el documental y me daba cuenta de que Fellini era relevado en momentos por la dureza física y visual de Pasolini. Hagan caso a lo que les dice Netflix y, si no la han visto ya, vean "Wild Wild Country".

viernes, 30 de marzo de 2018

Fariña, sin cortar

La nueva serie de Antena 3 es todo un redescubrimiento, y digo "re" porque "Fariña" (Carlos Sedes y Jorge Torregrossa, 2018) es una vuelta a la mundialmente reconocida "Narcos" (2015), un estilo similar y mucha droga sin cortar. Volvemos a sentir la misma sensación de adicción, acrecentada por la morriña, las costas gallegas y los carallos en vez del malparido gonorrea. La serie ha sabido crear su propio ambiente, la referencia era obligada, pero "Fariña" respira mucho aire propio y navega por sus propias rías, como decían en uno de los primeros episodios, "aquí el único Escobar que conocemos se llama Manolo". La serie viene a demostrar aquello a lo que ya apeló Pilar Miró, fallecida hace más de dos décadas, el enorme valor histórico, cultural y literario de nuestro país, de nuestra tierra. "Fariña" ha demostrado que no es necesario ser gallego para emocionarse al escuchar el acento, ni para disfrutar de una producción de calidad, una apuesta fuerte y segura sobre un tema jugoso que parece haber traído a la actualidad aquellos tiempos de película. Todo el rollo jurídico que envolvió la publicación del libro homónimo a la serie de Nacho Carretero pare haber adelantado la emisión de la misma y, solo unas semanas después de que España pudiese ver el primer capítulo, se ha producido la detención de Tania Varela, importante narcotraficante gallega buscada por la Europol desde hacía años, que no ha tardado en ser relacionada con Laureano Oubiña y Sito Miñanco, protagonistas de la serie que se emite en el prime time de los miércoles. Los americanos cometieron el error de matar a Pablo Escobar, la serie sin él parece falta de vida, sin embargo, España siempre contará con el añadido de la picaresca literaria y la corrupción elevada a esferas insospechadas. Actualmente Sito Miñanco ha logrado suspender el juicio contra él por blanqueo de diez millones de euros y realiza una huelga de hambre desde un módulo de aislamiento.

Lourenzo y Rey en un fotograma de "Fariña"

El primer acierto de la serie de Antena 3 es la apuesta por una estética cinematográfica y muy marcada, un brillante tratamiento de la imagen que da coherencia a la serie en conjunto y permite disfrutarla como si se tratara de un producto cinematográfico. La calidad que parecía reservada al cine y a las series extranjeras ha logrado calar en estos narquiños que huyen del dogmatismo televisivo y los tonos hermanados y grises, sin olvidar las bases de la pequeña pantalla, los cliffhangers, la apertura de subtramas y el seguimiento de personajes. Este es el segundo punto fuerte de "Fariña", unos personajes variopintos, sinceros y respetables, que además cuentan con que son rostros que todos recordamos o hemos visto en algún momento, imágenes que por motivos publicitarios o informativos hoy vuelven a todas las cadenas (de Atresmedia, se entiende) trayéndonos la realidad y la dureza del momento. Recordándonos que la guerra entre narcos gallegos fue real, que ahí estuvo esa figura padrinesca de Terito, el terrorífico patriarcado de los charlasen o la jugosa figura de Miñanco, que como los mejores villanos consigue que estemos siempre de su parte. Incluso cuando en la trama policíaca tenemos a Tristán Ulloa al frente. Otro gran acierto de la serie, un reparto brutal, gallego y con unos papeles que exigen unas interpretaciones frenéticas que revalorizan a actores como Manuel Lourenzo o Antonio Durán "Morris", fantásticos como el magnánimo Vicente Otero y el brutal padre Charlín, respectivamente. Al frente de la serie Javier Rey, actor con recursos, como sus contemporáneos —ya vimos sufrir el método narco-colombiano a Tamar Novas—, que se ha convertido en un protagonista interesante. Este es el tipo de #MeToo que todos estábamos esperando, #NosotrosTambiénTenemosNarcos y molan más que los vuestros.

La "sociedad" completa, que tiemblen las Rías Baixas

martes, 27 de marzo de 2018

Y... Tamara desfalcó al "media"

"Es demasiado sincera y exagera las cosas"
Isabel Preysler, madre


La entrevista que Tamara Falcó concedió a Bertín Osborne en su programa, "Mi casa es la tuya", ha originado todo tipo de opiniones, portadas y tertulias, mostrando así una de las grandes dotes periodísticas que se debe detentar hoy en día, la capacidad de hablar e informar tanto del crimen del joven Gabriel como del fondo de armario de la hija de Isabel Preysler, con la misma efusividad y naturaleza indagadora. Todo el mundo parece tener una opinión sobre la socialité española que más ha dado que hablar en sus últimos años y, cual toro publicitario de la España más castiza, Osborne se encargó de compilar algunas de sus mayores hazañas, desde su accidente en el Starbucks a su iluminada llamada religiosa de los últimos años. En mi opinión un presentador algo iluso y simple que fue devorado por la personalidad arrolladora de Tamara. ¿Qué si es pija? Obviamente, y a mucha honra. ¿Qué no sabe pelar una cebolla? Uno no lo necesita si tiene a alguien que lo haga por él. El programa en sí intentó dar una imagen de una niña consentida y tonta que la propia Tamara desmontó con su enorme naturalidad, sin dejar de obviar de dónde viene y a dónde va. Ofreció un espectáculo divertido, morboso y genial, toreando desde la inopia a un astado que se revolvía furioso como si estuviese en un rancho en vez de en una plaza de toros. Se ha anunciado, no de manera oficial, que Mario Vargas Llosa se sentará en el programa de Bertín, puede entonces que lo de Tamara haya sido un requisito, pero la hija del Marqués de Griñón se ha adelantado a todos. Ha presentado Villa Meona —como Alfonso Ussía bautizó al palacio de la Preysler— a toda España, ha entrevistado al novio de su madre para Vanity Fair e incluso metió por primera vez un Nobel en casa (pues esa es la marca de uno de los implantes dentales que lleva).

Bertín señala la talla de Isabel Preysler

Con todo ello Tamara se ha hecho a los medios, se han vuelto locos, ya no son sólo los periodistas del corazón los que persiguen a la Preysler para obtener una exclusiva, la sección de cultura también se moviliza para ver como Vargas Llosa hace "una especie de taichí o arte oriental" en su rutina diaria, mientras los de Política confirman que Albert Rivera "lo hizo fenomenal" en la presentación del último libro del Nobel peruano, perseguido también por las feministas después de afirmar que "el feminismo es actualmente el más resuelto enemigo de la literatura". En definitiva, toda España está pendiente de lo que ocurre en casa de Isabel Preysler, esa mujer que no es que pelee es que "consigue todo lo que quiere a la fuerza". En su entrevista, Tamara Falcó, dejó entrever el poder del matriarcado filipino en la alta sociedad española y quién sabe en qué otro Estado, después de aquella cena con Kuczynski a la que hacía referencia Tamara en su entrevista con Mario, la imaginación corre a cargo de cada cual. Si entramos en su maravilloso mundo de frivolidad y exceso, donde uno debe confesarse todas las semanas aunque crea que no ha pecado, todo funciona como una especie de parque de atracciones en el que cada día se presenta como una nueva montaña rusa. Después de la exquisita y deliciosa entrevista que Tamara hizo a Mario Vargas Llosa para Vanity Fair, se ha anunciado que es el comienzo de una larga tanda de encuentros con distintas personalidades, un proyecto que se torna en una suerte de diálogos surrealistas y reacciones geniales, que esperamos con toda la emoción del mundo. Tamara no sólo se ha apropiado del share de Bertín, también se ha hecho con su programa, con los medios y ha fascinado a España después de mostrarse como un ejemplo de sinceridad e ingenuidad —que no ignorancia—. Además de traer a la orden del día adjetivos de nuestra lengua tan geniales como "peluqueada", probablemente influencia del taichí. 



En su momento, cuando sucedió el accidente del Starbucks, los medios recogían sus palabras: "Por favor, por favor, que no se entere mi madre", poco después tuvo que ser atendida por un ataque de ansiedad. La escena se tornaba en algo cómico en el programa de Bertín, Tamara relaciona el asunto a una etapa de su vida en la que reconoce que era una malcriada, la etapa pre-iluminación, antes de recorrerse varios conventos de Madrid en busca de la llamada de la que tantos confesores y religiosos cercanos hablaban. Todo parece girar alrededor de Tamara cuando ella habla, no lo hace por egolatría o narcisismo, es natural, "es la hija de la Preysler", como alguna acalorada fan le recordaba en las calles sevillanas. Pero el programa es de Bertín y cada cierto tiempo, cuando ella está al borde de ofrecer la exclusiva más jugosa, es cortada por su tosco humor de parra, "era sólo para demostrar que conducías mal", sentenciaba. Luego siguió el "¿sabes cortar unas patatas?", o la sorpresa: "¡Qué maravilla! ¡Hasta diez has pelado!". El señorito andaluz que esperaba a una pija de manual se encontró a una pija de Biblia y media, osea, a Tamara Falcó. Todo parecía evidenciar que la comedia provenía de otro lado, el programa no nos contó nada nuevo, tal vez el número de cuartos de baños (un total de catorce, creo recordar) que poseía la mansión, pero si algo quedó claro es que a Tamara no se la entrevista, se la deja hablar y distraerse, ser ella misma. Al final toda España esperaba las deliciosas tartas de Ramona y las desquiciantes intervenciones de la perra Jacinta. Cada frase de Tamara se imprimía como un nuevo versículo en el Nuevo Testamento del "Corazón". Desde el ya mítico "a Mami le gusta Mario" a la frase que ella misma recordaba de Julio Iglesias: "¡Qué poco te faltó para ser hija mía!", ya sólo queda consolarnos en las futuras entrevistas que la propia Tamara realizará para Vanity Fair. Y así, damas y caballeros, es como sin comerlo ni beberlo —tal vez esto último un poco sí— Tamara desfalcó al media español.

Tamara y Mario bajo la atenta mirada de la gran matriarca

jueves, 14 de septiembre de 2017

Kattegat, donde el tiempo vuela

El inminente estreno de su quinta temporada y con la reciente renovación para una sexta, "Vikingos" (creada por Michael Hirst en 2013) se ha convertido en otro fenómeno dentro del mundo seriéfilo. Las bárbaras incursiones de estos nórdicos en tierras conocidas por todos —incluida España— y sus variados y abundantes líos sentimentales han enganchado a millones de espectadores que, gracias a la Tierra Media de Peter Jackson y a "Juego de tronos" (creada a partir de las novelas de George R. R. Martin en 2011), han adquirido una ferviente devoción por la Edad Media y el salvajismo que la época concede. "Vikingos" cuenta además con el certificado de rigor del canal Historia, suficiente para que la mayoría crea que lo que sucede en la serie es completamente cierto, si a ello añadimos que Ragnar Lothbrok aparece en la Wikipedia como un "dios semilegendario", irremediablemente debemos tomar el serial cual dogma de fe. Como todas las series actuales, "Vikingos", ha optado por tomar un tono cada vez más oscuro y se ha decantado por ir barriendo los halos de bondad que nos unía a ciertos personajes para ir quitándoselos de en medio —corriente filosófica arraigada en Poniente—. Los últimos, el propio Ragnar y la dulce Helga. Pero que sus intérpretes, Travis Fimmel y Maude Hirst, no se asusten aún, pues mientras Floki (Gustaf Skarsgård) siga adelante pervivirá la esperanza de que sigan apareciendo en alucinaciones o incluso como retransmisión en directo desde el Valhalla. La serie está mudando la piel y fichajes como el de Jonathan Rhys-Meyers en el papel de un misterioso obispo, prometen un futuro igual de salvaje y adictivo.

Un momento del rodaje de la primera temporada

Floki
Hecho ya el daño, es curioso observar como corre el tiempo en el norte. Kattegat no era más que una granja hace tres temporadas y ahora se ha convertido en uno de los reinos más grandes de Noruega, por no hablar de la rapidez con la que crecen los infantes vikingos. Obviamente es una exigencia de guión, pero ahora que Ragnar yace embalsamado en veneno de serpiente no nos queda otra que imaginar todos esos años y horas perdidas, destruidas en favor al propio recorrido de la historia. Parece que fue ayer cuando Ivar (Alex Høgh Andersen) clavó su primer hacha a su compañero de juegos y ya ha matado a su hermano y tiene pretensiones de liderar el ejército. Resulta aterrador el poder que un guionista puede ejercer con un teclado, claro que aquí contamos con el salvoconducto del canal Historia, que nos libra de dragones y seres fantásticos pero no de leyendas y dioses nórdicos. "Vikingos" es un tono, una época y un motivo. Circunstancia clave que han hecho que nos maravillemos por un mundo en el que clamar por la independencia era carta blanca para arrancarte la cabeza de un hachazo, ¿quién no lo desearía hoy en día? Aunque las batallas sean cada vez más coreografiadas y estéticas, hay sangre, deformaciones y honor, todo lo que parece que hoy se busca en una serie. Kattegat sigue evolucionando a un ritmo vertiginoso, y no se preocupen si empiezan a faltar hijos de Ragnar, sus nietos esperan en la sombra. No se descuiden, tal vez en un par de temporadas los vikingos nos alcancen.

Cara que se te queda cuando vuelves a ver a Ragnar en el primer capítulo

martes, 5 de septiembre de 2017

¿Qué fue de Hollywood?

En los últimos años la industria del cine está comenzando a alimentarse de sí misma, una especie de Telecinco a gran escala. Tanto los grandes estudios como los autores reconocidos rinden homenaje al viejo Hollywood, una triste moda que deja en evidencia aquel famoso refrán —"uno no sabe lo que tiene, hasta que lo pierde"—. Los productores han encontrado su gallina de los huevos de oro en una época llena de historias perversas y estrellas decadentes que dejan en su estela el paso a jóvenes promesas, retratos miserables de un mundo que pervive en nuestra memoria lleno de glamour y grandes divas sonrientes. Un mundo que ahora se nos vende como una manzana envenenada, como las provocadoras columnas de Hedda Hopper, siempre dispuestas a descarnar cualquier sencillo rumor que corra entre las malas lenguas. Quizás por ello el personaje de Hedda sea uno de los más recurrentes en este nuevo resurgir del viejo Hollywood, ya no están las grandes estrellas, no existen. Por ello las que lo fueron hoy son leyenda, y los trapos sucios de una leyenda son hoy celuloide difícil de inflamar. Los hermanos Coen crearon un mundo de triunfadores insensatos rodeados por el enemigo comunista y protegidos por un pobre detective privado, una fábula blanca y triunfal, una comedia referencial que emulaba aquellos años que "¡Ave, César!" (Joel y Ethan Coen, 2016). Ahí estaba el personaje de Hopper, escondido tras un álter ego y un ridículo sombrero, encarnada por la voraz Tilda Swinton a golpe de pluma. Es normal que los Coen hayan hecho estallar este boom, al fin y al cabo su carrera iba ligada a otra época, su particular remake de "El Quinteto de la muerte" (Alexander MacKendrick, 1955) y su homenaje a la screwball comedy con "Crueldad intolerable" (Joel Coen, 2003), les habían merecido el derecho de explotar la burbuja.

Bette and Joan

Joan con el Oscar de Anne Bancroft
Es triste ver en nuestras pantallas como Hollywood se devora sin piedad, quema sus viejas historias del pasado, destruye sus leyendas por un público y una crítica que las consume hambrientos de metraje, de conocimiento. Fascinados, al mismo tiempo, por la leyenda. "Feud: Bette and Joan" (creada por Ryan Murphy, 2017) es el último producto que ha parido este peculiar movimiento, y aquí estoy yo, com toda la miniserie consumida y dispuesto a alabar cada uno de sus capítulos. Esta atracción que sentimos hacia el pasado se explica con una cita del excéntrico Jack Warner que interpreta Stanley Tucci, en la que viene a decir que a la gente le gusta el hagsploitation —thrillers protagonizados por "viejas glorias"— por ver la degradación de esas actrices. La creación del término se le atribuye al propio Warner, y es también el motivo por el que ahora nos aficionamos a estas producciones, nos dejamos arrastrar por el morbo. "Feud" es una serie brillante, estructurada conforme a dos leyendas como son Bette Davis y Joan Crawford, dos seres enfrentados por el talento y el aspecto. Susan Sarandon y Jessica Lange se implican hasta sudar como ellas —ahí entra su interés como productoras— y nos regalan dos interpretaciones magistrales, conducidas por un guión brillante, con diálogos brillantes construidos a partir de sus famosas frases. No importa que Sarandon lleve las tetas más altas que el moño en los canales de Venecia, para ser Bette Davis es capaz de bajárselas y caminar como ella. Tampoco importa el estirado rostro de Lange, durante los ocho episodios nadie puede negarle que es Joan Crawford. Ambas son un retrato magro de las dos divas.

Joan and Bette

Olivia y Bette
Personalmente soy un gran espectador de las películas sobre rodajes, lo que sin duda me atrajo a ver lo que se rescataba de uno tan comentado como el de "¿Qué fue de Baby Jane?" (Robert Aldrich, 1962). Una enemistad real que, como dice la dulce Olivia de Havilland de Catherine Zeta-Jones, no nace del odio, sino del dolor. "Feuds are about pain". Pero la eterna Melanie Hamilton de "Lo que el viento se llevó" (Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood, 1939) sigue viva y se ha manifestado contra el retrato de su persona en "Feud". Esta última genialidad de Havilland, que irá a los juzgados, no es más que el último coleteo de un Hollywood que se nos escapa, una industria con carácter, arriesgada y frívola. Son esta clase de testimonios los que nos llevan a ir corriendo a nuestro televisor. "Feud" se ve como una pieza única, un emotivo retrato del dolor que existía entre dos grandes actrices de las que hoy pervive su imagen. Woody Allen recurrió a la época para servirnos un elegante plato de nostalgia con "Café Society" (2016) y "Trumbo" (Jay Roach, 2015) recuperó un personaje ahogado por la historia y sacó los trapos sucios del macartismo, allí estaba también Hedda Hopper interpretada por Helen Mirren. "Feud" lo hace por necesidad, la historia se lo pide, y así se crece en una estética de cartón piedra, como el cine de la época. Las mejores películas son las que se notan que son películas, donde todo está a disposición de la historia y la cámara. Por lo que "Feud" rescata su época, su cine y sus leyendas en cuerpo y alma, no hay nada más morboso.

Susan Sanrandon as Bette Davis

Hedda y Joan
Cómo el propio Allen desdibujó en "Un final made in Hollywood" (Woody Allen, 2002), los grandes estudios tienen su fórmula y —verdaderamente, no sé cómo— seguimos tragándonosla con la misma emotividad que la primera vez. El final de "Feud" es totalmente hollywoodiense, un triste y sonoro reflejo de la soledad que nos persigue en los créditos, clavándose en nosotros como una astilla difícil de sacar. Y luego está esa imagen traída directamente de "El crepúsculo de los dioses" (Billy Wilder, 1950), las estrellas del pasado alrededor de una misma mesa mientras juegan al póker. En la escena original estaba la auténtica Hedda Hopper disfrutando de los resquicios que quedaban de su carrera como actriz, aquí está Judy Davis en su lugar, junto a Jack Warner, Bette Davis y una Joan Crawford que se despide como de verdad hubiera merecido. Es mayor la tristeza cuando nos damos cuenta de que la escena más bonita —el reconociendo más emotivo— es precisamente la que nunca existió. "Feud" no habla del enfrentamiento entre Bette y Joan, es un duro retrato de un viejo Hollywood al que admiran, un Hollywood repleto de las más grandes estrellas sumidas en su propia soledad. Claro que, como dice Susan Sarando, no necesito subtexto, sino un buen texto. Por lo que disfruten de la serie en su plenitud, déjense guiar por el morbo y ni siquiera se planteen qué fue de Hollywood.

Jessica Lange as Joan Crawford

domingo, 3 de septiembre de 2017

Una villa en la Riviera

Vanity Fair está escrito desde una sofisticada elegancia y un astuto sentido del humor, logran las entrevistas más exclusivas y sus reportajes se elaboran con un exquisito mimo que nos embauca y nos lleva a una divertida lectura de amor y lujo. Fue uno de estos artículos el que me llevó a "Riviera" (creada por Neil Jordan, 2017), una miniserie que comparte marco con el Vanity Fair y que presume de una imagen refinada y una trama negra escrita al limón por el propio Jordan y un veterano en la narrativa criminal, el gran John Banville —también conocido como Benjamin Black— premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2014, aunque esta sea sólo otra excusa para asomarse a esta historia ambientada en la Costa Azul. "Riviera" tiene un comienzo cuando menos convencional, un millonario, un yate, un cuadro, una explosión y una joven viuda con mucho por descubrir, ésta es Julia Stiles, cuyo rostro asociado a comedias románticas y a la saga "Bourne" (2002-2016) no ha hecho más que atraer al público equivocado. A medida que la trama avanza disfrutamos otra vez como si estuviéramos ante el Vanity, un eficaz retrato de un mundo en el que las drogas se mezclan con champán y los mafiosos son la mejor guardia personal que puedes contratar, una aguda trama que se desarrolla con astutos giros de guión que no siempre coinciden con el cliffhanger del episodio, un recurso televisivo cada vez más inútil en una era en la que escogemos cuando y cómo ver el material. La historia toma un ritmo frenético e imparable cuando aparece un disco duro —con llave por separado— que no no deja de ser un macguffin que suma suspense a este cinematográfico retrato de la jet set internacional.

Lena Olin, anfitriona en la casa de su ex

Entre la Preysler y la Carrington
El principal fuerte de "Riviera" es su capacidad de sumergirnos en los distintos ámbitos de poder, de tal manera que llega a tomar el cauce sorrentiniano, con una estética más cercana a un catálogo de Ikea que al propio cine de Sorrentino. Destaca en este punto el personaje de la sueca Lena Olin, una maternal y poderosa mujer de sociedad, entre Isabel Preysler y la Joan Collins de "Dinastía" (creada por Richard Shapiro, 1981-89), señora dispuesta a todo con tal de salvar el caché de su apellido y seguir siendo invitada a los convites más influyentes de la zona. Con todo ello nos movemos por el alto mercado del arte, engorrosos problemas con Hacienda, paraísos fiscales, coches, fiestas y los muchos problemas que puede acarrear una herencia de millones de euros, para terminar componiendo un relato coherente y estilizado que termina por poner a cada personaje en su sitio. La principal muestra de que esta Europa no es la nuestra se resume en una frase que dice el hijo mayor del difunto millonario: "son sólo dos rayas de coca, mamá". La mayor decepción de "Riviera" es precisamente lo alejada que está del reportaje que me llevó a ella, imágenes de villas clásicas, reuniones de espías y Grace Kelly en la piscina mientras Somerset Maugham toma una copa junto a Winston Churchill en la fotografía anterior. Todo ello se releva por una estética plastificada y unos personajes al servicio de una —buena– historia, al final todo es como un anuncio de sí mismo. Pese a todo perviven la frivolidad y el exceso de aquella época, aunque la extravagancia y el cinismo se hayan perdido en esta adaptación. Sus referentes bien podrían ser Carmen Posadas o Boris Izaguirre, la elegancia y el protocolo son otro personaje. 

sábado, 15 de julio de 2017

La dieta Barrymore

A Drew Barrymore la hemos visto en todo tipo de papeles desde que nos enterneciera por primera en la mítica "E.T., el extraterrestre" (Steven Spielberg, 1982). Con "Santa Clarita Diet" (Victor Fresco, 2017) vuelve a uno de los papeles más sobrenaturales de su carrera, un personaje estrechamente relacionado con el alienígena de Spielberg, por su comportamiento infantil e impetuoso, sus vómitos y su peculiar relación con la muerte. Esta ha sido una de las grandes revelaciones del último Netflix, una comedia absurda con momentos de lucidez, plagada de un humor negro que se confunde por su simpática visión de los muertos vivientes, pero lo cierto es que a lo largo de esta primera temporada un agente inmobiliario es devorado vivo, se alimentan de zumos de carne humana y hacen vomitar a una anciana serbia. Todo ello contrastado con un exquisito conocimiento de la "serie B", que se emplea aquí como grotesco y burdo, de tal manera que sólo deja espacio para la sonrisa. Su análisis del procedimiento para asesinar es delicioso, casi abre el apetito, se bromea y se tontea mucho sobre el tema, pero lo cierto es que cuando llega el momento de hacerlo la serie no se priva en sangre, sesos y tripas, tiñéndolo todo de un rojo que ya quisiera Almodóvar. Toda la estética alrededor de la matanza recibe influencia directa de la desquiciada mente del Patrick Bateman de "American Psycho" (Mary Harron, 2000), con chubasquero incluido. Otro de lo fuertes puntos cómicos es la ligereza con la que toman "este pequeño problema" todos y cada uno de los personajes, lo que deja de ser una astuta caricatura de nuestra sociedad, ¿hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar la dieta de un vecino si podemos lograr algún beneficio? Esa facilidad para cargar con el muerto nos remite directamente a "Pero... ¿quién mató a Harry?" (Alfred Hitchcock, 1955), donde todos terminaban por asumir cierta culpabilidad de un cadáver que no era de nadie.

Drew Barrymore atendiendo una pequeña operación estética

El Sr. Bateman un ejemplo a seguir
La primera impresión que van a tener al ver los primeros episodios de "Santa Clarita Diet" es de que están ante una serie mala y no les faltaría razón si no fuera por su capacidad para crearnos una sonrisa adictiva, especialmente gracias a Drew Barrymore completamente desatada en naturalidad y una comedia cercana a lo físico, qué decir de esos últimos capítulos que remiten directamente a la genial "La muerte os sienta tan bien" (Robert Zemeckis, 1992). Mención a parte merece Timothy Olyphant, también cercano al personaje de Bruce Willis en el film de Zemeckis, dos hombres superados por las circunstancias dispuestos a cualquier cosa por sus mujeres. No se tratan de grandes interpretaciones, sino de sobreactuaciones cercanas a la vena más teatral de una comedia de vodevil que siente genial en verano. Ya era hora de que una mujer adoptase se convirtiese en un muerto viviente, después de años de cultura popular llena de zombies con sed de cerebro, llega una historia descerebrada con una muerta algo más sofisticada que esos bichos de "The Walking Dead" (Frank Darabont, 2010-actualidad). Sin duda es la comedia con muertos vivientes más divertida desde "Bienvenidos a Zombieland" (Ruben Fleischer, 2009), ambas muestra de un enfoque moderna, sin más pretensión que entretener, rápidas y frescas, no vamos a pedir más a este tipo de material audiovisual. Aunque quizás tienda a acercarse más hacia el juego de manualidades de "Zombies party" (Edgar Wright, 2004). Pese a estar rociada con este humor fácil no ha quedado exenta de polémica, el mismo cartel publicitario que ven bajo estas líneas causó estragos en las cuadriculadas mentes germánicas. No apta para los seguidores de Dukan o Atkins, lo cierto es que "Santa Clarita Diet" sorprende y alimenta... ¡y seguirá haciéndolo en una segunda temporada! La propia Barrymore tuvo la idea de un crossover (cuando aparece Peter Griffin en el Springfield de "Los Simpson") con "Stranger Things", eso ya se lo dejamos a Netflix.

Polémico cartel en Berlín. ¿Wurst?

lunes, 10 de julio de 2017

Cólico Netflíxico

Si empieza a sentir dolores agudos en la zona renal y fuerte escozor de ojos es probable que esté sufriendo un "cólico netflíxico", provocada normalmente tras largas horas de maratón seriéfila, intercalada con algunos de los conocidos títulos que nos ofrece la plataforma video on demand conocida como Netflix. Los primeros síntomas suelen ser la palidez en verano, la pérdida de noción de la realidad y del tiempo, como una droga termina por consumirnos con cada contenido, y cuando parece que has terminado con las series que entendías como preferidas descubres otra o simplemente lanzan "nuevos episodios". Netflix se ha convertido en un fenómeno por encima del resto de sus similares, un lugar por el que caminar eternamente al estilo "Matrix" (Lilly y Lana Wachowski, 1999), del que solo puedes librarte durante ese breve período en el que buscas una película y no la encuentras, porque hay que reconocer que en el aspecto del largometraje aún sigue un poco atrasada. Exceptuando sus originales o estrenos exclusivos, donde una vez más están a la cabeza. Sus títulos suelen estar cargados de un humor muy personal, sarcástico y negro, con personajes corrientes que se salen de una rutina que les tenía apresados, el viaje del héroe de toda la vida rociado con el –también absurdo y bufonesco– humor marca Netflix. Es el caso de títulos como "Lago Shimmer" (Oren Uziel, 2017) o "Ya no me siento a gusto en este mundo" (Macon Blair, 2017), esta última un despotrique cinematográfico brutal que recuerda al Schrader más brutal de "Como perros salvajes" (2016) unido a cierta comedia indie. Pequeñas joyas de Netflix en definitiva.

Elijah Wood y Melanie Lynskey "ya no se sienten a gusto en este mundo"

El cartel no hace al monje
Ese rastro de humor salvaje también conduce a algunas de sus series como "Santa Clarita Diet" (Victor Fresco, 2017) o la recientemente estrenada "G.L.O.W." (Liz Flahive y Carly Mensch, 2017), algunas más exageradas que otras. La crítica, el sarcasmo y la sátira siguen siendo su seña de identidad en sus grandes apuestas como "Máquina de guerra" (David Michôd, 2017), superproducciones que cuentan con rostros como el de Brad Pitt, o el de Tilda Swinton y Jake Gyllenhaal en el caso de "Okja" (Bong Joon-ho, 2017). Esta última se ha convertido en un fenómeno dentro de la plataforma, el prestigioso director surcoreano estrenaba así su película dando la seña autoral que desde hace tiempo se buscaba en Netflix y que terminará por conformarse con el estreno de "The Irishman" de Scorsese, todo un desplante a Cannes y las salas de cine. Aunque pienso, ¿que se estrene en una plataforma digital no tiene porqué quitar el film de las salas? La propia "Okja" tiene un alma de sala, grandes efectos especiales y una gran producción que le ha llevado a estrenarse en varios cines mundiales, que Netflix participe en una producción no tiene porqué ser el fin de la sala, que supone un ritual histórico mucho más profundo que la exclusividad de ver una película en casa. Pero Netflix tiene también un lado serie, digo serio, otras originales como "Stranger Things" (The Duffer Brothers, 2016), "Narcos" (Chris Brancato, Carlo Bernard y Doug Miro, 2015) o la reciente "13 Reasons Why" (Tom McCarthy, 2017), convertidas en auténticos éxitos virales, con cientos de admiradores que bien se merecen este producto que llega a extremos realmente cinematográficos, todas ellas tienen confirmada un temporada más.

Pero el cartel si hace al narco

Hasta aquí he citado algunos de los títulos más íntimos y personales de la plataforma, y si ya empiezan a sentir el cólico les aconsejo que dejen de leer en este punto. El enorme catálogo sigue sumando y a todo ello se unen por encima dos series originales que han ido creciendo hasta puntos desorbitados, hasta convertirse en títulos magnánimos del mundo de la serie. "House of Cards" (Beau Willimon, 2013-actualidad) y "Orange is the new black"(Jenji Kohan, 2013-actualidad" son dos obras excepcionales y los pilares fundamentales sobre los que se sostiene el gran poder de Netflix, además de ser los primeros en hacernos a sufrir los cólicos netflíxicos. La grandeza de esta plataforma está también en su facilidad para coger grandes títulos que han cobrado gran relevancia, así, sin ser de Netflix, podemos disfrutar en su catálogo de títulos como "Homeland" (Alex Gansa y Howard Gordon, 2011-actualidad) o "Vikingos" (Michael Hirst, 2013-actulidad). Todo ello ha llevado a enormes empachos producidos por el desmedido materia audiovisual, que nos somete a una tortura al estilo de la de "La naranja mecánica" (Stanley Kubrick, 1971), solo que permitida y provocada por nosotros mismos. Tras sufrir varios cólicos el próximo paso es el derrame netflíxico, por el que nuestro cerebro es capaz de consumir todo tipo de material audiovisual sin importar tiempo, calidad, ni imagen. Sobre el material español la plaga ha comenzado a extenderse poco a poco, "7 años" (Roger Gual, 2016) se convirtió en la primera película española con producción de Netflix, prácticamente una obra teatral —algo aburrida— rodada, y "La chicas del cable" (Ramón Campos y Teresa Fernández-Valdés, 2017) la primera serie estrenada a nivel mundial que apostaba por la ficción española de estilismos viejunos e historias de amor repetitivas, que sin embargo engancha de una forma increíble. No se pierdan a Concha Velasco doblada al inglés. Les felicito si han llegado hasta aquí, lo cierto es que yo dejé el piloto automático hace dos párrafos y estoy viendo una serie.

Las chicas del cable buscando señal para ver Netflix