sábado, 3 de septiembre de 2016

Si la cosa funciona, se prorroga

No tuve la suerte de poder disfrutar "Si la cosa funciona" en sus primeras temporadas, primero en el Teatro Alcázar y ahora en el Teatro Maravillas, donde ha sido prorrogada en septiembre. El texto original de Woody Allen se llevó a la pantalla en 2009, con la naturalidad que aporta la Nueva York natal en el director, es por ello que la city cobra un sentido tan relevante. Alberto Castrillo-Ferrer, declarado admirador de Allen, es consciente de la importancia de la ciudad de los rascacielos, por ello nos sitúa desde el primer momento con la genial "Sing, Sing, Sing" que escribió Louis Prima para Benny Goodman en 1935, para convertirse en uno de los grandes éxitos del jazz que merodea por nuestro imaginario habitual. Adaptar una película que se ha concebido y ha nacido para ello, puede resultar realmente laborioso, sin embargo el libreto de Allen es tan brillante, dialogado y estético, que Luis Colomina no ha tenido más que suprimir algunas escenas y reducirlas a un comentario que nos pone en situación. El personaje de Boris Yellnikoff es sin duda uno de los más jugosos de la filmografía de Woody, es ácido, pesimista, hipocondríaco y lo suficientemente educado como para saber como ser maleducado, y por encima de todo se trata un agudo retrato que el cineasta hace de sí mismo aportándole las pizcas de negrura adecuada. "Si la cosa funciona" es quizás una de las comedias de Woody que más buscan la risa junto con "Granujas de medio pelo" (Woody Allen, 2000), donde recurre a su exitoso humor físico, se trata de un díptico cómico para hacer reír al espectador. La adaptación teatral de la primera resulta una inteligente y mordaz adaptación sobre escenario único que busca las carcajadas en cada diálogo.


La mayor parte de esta versión levantada para las tablas recopila las ingeniosas frases que Woody Allen dejó para la posteridad en el film, con un cuidadoso trato a los chistes más favorables a las distancias cortas, aprovechando que esta vez, Boris, dispone de un público entregado a su disposición, no tiene porque hablar a una cámara como si fuese una sala de cine completa. Mientras yo jugaba a recordar los ingenios de Allen, disfrutaba con los espectadores, completamente entregados a una obra efectista, con una composición realmente divertida. Yo mismo me sorprendí con algunas de las astutas incorporaciones, como el encuentro entre personaje y autor (con la fantástica colaboración de Joan Pera, doblador habitual de Woody) al más puro estilo Unamuno y su suicida Augusto de "Niebla". Las interpretaciones están realmente a la altura, resulta muy complicado lograr la homogeneidad de un casting de Allen, él mismo acostumbraba a cambiar sus actores durante el rodaje, por ello en la versión dirigida por Castrillo-Ferrer vemos a un José Luis Gil espléndido como un Boris más directo, más familiarizado con la gesticulación teatral y haciendo gala de su magnífico dominio de la voz, como actor de doblaje que es el propio Gil. Aunque la gran innovación es la de una arrolladora Rocío Calvo, en el papel de una Marieta estridente, incisiva, desbordante y genial, una interpretación muy lejana a la de Patricia Clarkson, que nos lleva al punto del mejor sainete español, para algo producimos aquí la adaptación. Completan el reparto Ana Ruiz, como una Melody que guarda más carcajadas que la original (desprendiéndose de cierto cariño intimista), Ricardo Joven que resulta uno de los papeles más fieles al origina, y Beatriz Santana como las mujeres de Boris, con sus magníficas miradas a patio. La obra es pues un apetecible divertimento a la altura del film, una pieza que trata con brillantez un texto delicioso basado en la sencillez de su realización. Hasta el 18 de Septiembre pueden disfrutarla en el Teatro Maravillas (C/Manuela de Malasaña, 6) con un 20% de descuento si se compran los pases con venta anticipada.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Investidura: El tesoro de Sierra Madre

En la indigestión parlamentaria que sufrimos estos días no nos queda más que afrontar el nuevo curso electoral como un día de la marmota, al igual que Bill Murray hemos pasado los primeros efectos, el robo y el fracaso sexual fruto de la mecánica, la época estival y los pactos de Rivera se acercan más a los primeros síntomas de enamoramiento que Murray sentía hacia Andie MacDowell, el problema es que Sánchez (el Chris Elliott de turno) está especialmente celoso, y su porfía va camino de hacernos volver a las urnas en Navidad, viéndose así la cola de la marmota. El clima será entonces más parecido al de "Atrapado en el tiempo" (Harold Ramis, 1993), aunque el candor del hemiciclo se asemejará más a "El tesoro de Sierra Madre" (John Huston, 1948), todo un clásico que trataba con ferocidad los efectos de la fiebre del oro, transmitidos con total realismo en un relevante Humphrey Bogart, capaz de convertir la sobreactuación en un estado fílmico. Rajoy nos mira desde los ojos del sabio Howard (un espléndido Walter Huston, cuya elevada tonalidad le llevó a recoger el Oscar a Mejor Actor de Reparto), Mariano es ya un viejo resabido que conoce perfectamente esta situación, sumando los escaños que le concede Ciudadanos, llega a tener más posibilidades de las que tuvo Zapatero en su segunda legislatura. El problema está en una oposición inestable, obcecada en absurdos compromisos con el pueblo español, quienes no hemos hecho más que darnos cuenta de que estamos mejor que nunca con un gobierno en funciones. Tal vez porque gozamos con el sufrimiento ajeno, después de que Bogart asesine al joven Tim Holt huyendo con el oro, no hacemos más que disfrutar con su tambaleo por el desierto, investidura tras investidura vemos encantados como los políticos (¡esos hombres... y mujeres!) recortan sus vacaciones, excepto Pedro Sánchez, quien nos da margen para la crítica con cada una de sus fotos en camiseta y traje de baño, con su inseparable Begoña en una mano y un helado en la otra.


En "El tesoro de Sierra Madre" una vez más el experto Howard nos hace recapacitar, e incluso temer por la vida de un Bogart deshidratado que se ve solo ante los bandidos más despreciables del cine clásico, en una escena desbordante con interpretación animal incluida (¿los padres de la Mula Francis?). Volvemos de vacaciones sin gobierno, vemos imágenes del congreso como si de un tablao flamenco se tratase, aunque hiciese falta un representante popular que gritarse aquello de "Si me queréis algo, irse". El problema es que con la impecable Ana Pastor como única presidenta, no tenemos muy claro quienes son los bandidos y quien el Bogart deshidratado, lo único que vemos es cómo el oro, camuflado en la arena, vuela perdiéndose para siempre. Estamos en una situación completamente distinta a la de la anterior legislatura, y a la anterior, y la anterior de la anterior, sin embargo hasta los nuevos partidos parecen no comprenderlo. "Todo por el cambio pero sin el cambio", podría aplicarse perfectamente el eslogan del despotismo ilustrado, en algunos lugares se vive más que nunca, como Madrid que llena sus carteles publicitarios con refranes cervantinos, mensajes reciclatorios e imágenes de nuestros monumentos, olvidándose así de los estrenos cinematográficos, las cervezas Mahou y los celulares de Apple, que se ven desplazados a las fachadas en reforma. A todo esto el impulsor de este cambio (a peor... de momento) parece haberse cortado la coleta (en el sentido más figurado posible, por supuesto), destinado a su escaño, donde se dedica a alertarse ante alguna falacia ad hominem y a poner muecas y gestos ante los, no mucho más lucidos, discursos de sus contrarios. En este caso el sello de Podemos sería la marca que reciben los burros de la película, completamente inútil más que para reconocer quienes son los culpables de la historia. Esperemos que podamos colgar pronto el rótulo de The End a este simpar vodevil, para comenzar algún blockbuster navideño, de esos que tienen mucho y ruido y pocas nueces, pero que sirven para salvaguardar lo invertido.

miércoles, 31 de agosto de 2016

...el verano lo dejó

Concluidos prácticamente los meses vacacionales podemos definirlos como nulos en el ámbito cinematográfico, si no fuera por esa deliciosa "Café Society" (Woody Allen, 2016) y las imágenes de su eminente proyecto VOD (video on demand), "Crisis in Six Scenes" que estrenará la plataforma Amazon el próximo 30 de Septiembre. Woody Allen, el cómico repudiado por su amado (para la sátira) país, el astuto judío neoyorquino cuyos finales siempre toman el camino correcto, ha tenido que ser el salvador del verano. El periodo estival se ha compuesto principalmente de blockbusters malogrados con alguna polémica alrededor para mayor lucimiento de las productoras, desde las féminas "Cazafantasmas" (Paul Feig, 2016) a la andaluza María León de "Cuerpo de élite" (Joaquín Mazón, 2016), hemos visto críticas por los shorts de Harley Quinn, por el color de Leslie Jones, e incluso por los "integrales" de algunos actores. El calor veraniego derrite gran parte del buen profesionalismo, del cine al periodismo, sin embargo durante el año se hace un enorme esfuerzo por recuperar cierta credibilidad. El cine ofrece su mejor repertorio tras los meses cálidos en los grandes festivales, de Venecia a San Sebastián (este año con una sección de Perlas, brillante), algunas de las películas más esperadas del año comienzan a rodar por las salas en la antesala de los premios. Llegan títulos estimulantes como "Tarde para la ira" (Raúl Arévalo, 2016), "El hombre de las mil caras" (Alberto Rodríguez, 2016), "La La Land" (Damien Chazelle, 2016) o "El porvenir" (Mia Hansen-Løve, 2016), pequeñas joyas cinematográficas que saciarán nuestra sequía hasta las habituales superproducciones que comenzarán a caer en noviembre.

Woody al más puro estilo James Dean, en un fotograma de la serie "Crisis in Six Scenes"

martes, 30 de agosto de 2016

Lo que la TV se llevó...

Cineastas de todo el mundo han coincidido en que el buen material audiovisual se consume hoy en día en la televisión, en nuestro país la pequeña pantalla va más allá, son las propias cadenas las que deciden el material que consumiremos. Es cierto que favorecen el creciente avance de la industria cinematográfica, sin embargo también reduce al mínimo las pocas reminiscencias artísticas que mantiene el cine de hoy en día. "Cuerpo de élite" (Joaquín Mazón, 2016) no es más que un subproducto televisivo presentado como un largometraje, una cinta creada con una plantilla efectiva, como se ha podido comprobar tras su exitoso primer fin de semana. Planteada como una sucesión de chistes fáciles que no llegan al gag, no hace más que recuperar algunos de los efectistas golpes de humor vistos en "Ocho apellidos vascos" (Emilio Martínez-Lázaro, 2014) o "Torrente, el brazo tonto de la ley" (Santiago Segura, 1998), sin llegar a la blancura de una ni a la caspa de la otra. Aunque sus guionistas, Adolfo Valor y Cristóbal Garrido, se empeñen en aclarar entrevista tras entrevista que el proyecto es anterior a la exitosa comedia autonómica escrita por Borja Cobeaga y Diego San José, sin dudar en ningún momento de la originalidad de ambas. Tengo en gran estima a los guionistas de nuestro país, habitualmente escondidos (no por voto propio) en las sombras, Adolfo Valor cultivo la poca acidez que desprende "Cuerpo de élite" en el genial programa del Gran Wyoming, "El Intermedio", teniendo un exitoso estreno en el cine, ya con Garrido, con "Promoción Fantasma" (Javier Ruiz Caldera, 2012), una inteligente vuelta al high school de los ochenta. Sin embargo la televisión hizo su irrupción, los dos prometedores guionistas comenzaron a participar en las novelas de la tarde, llevando a su literatura la planicie que acostumbra la televisión.


"Cuerpo de élite" pretende dar la vuelta al cliché, demostrando que no siempre funciona, incluyendo alguna obscenidad cuando el gag va por mal camino. Soy el primer defraudado por atenerme a cualquier espectativa, el primer entristecido por ver a los geniales Carlos Areces y Joaquín Reyes atrapados en una comedia tan lejana la suya (aún teniendo los personajes más jugosos del film), el primero que sufre viendo diálogos transparentes en actores de la talla de María León o un Juan Carlos Aduviri (muy lejano ya de su tierra natal, "También la lluvia", Icíar Bollain, 2010). Soy el primero que deseaba ver algo de los geniales sketches de "Vaya Semanita", en el primer papel cinematográfico relevante de Andoni Agirregomezkorta, después de la desapercibida "Dos a la carta" (Robert Bellsolà, 2014) y un pequeño cameo en "Mi gran noche" (Álex de la Iglesia, 2015). Otro gran pesar es descubrir que el film cuenta con medios de sobra, nos deja algunas escenas de acción deliciosas, algunos sorprendentes movimientos de cámara, todos truncados con alguna broma innecesaria. Claro que su éxito en taquilla y la participación de actores tan televisivos como Miki Esparbé, Jordi Sánchez o Silvia Abril, pueden asegurarle algún reservado en televisión, como ya tuvo el film "Perdiendo el norte" (Nacho G. Velilla, 2015) o incluso "Ocho apellidos vascos" con la particular "Allí abajo" (Atresmedia, 2015-actualidad). Lo que quiere decir que no será fácil de olvidar, aunque recibiremos con los brazos abiertos cualquier proyecto futuro de su gran equipo, al servicio de la televisión.

lunes, 29 de agosto de 2016

Gene Wilder, el rostro de la comedia

Nunca he reído tanto ante una pantalla como cuando en ella deambulaba Gene Wilder, ya fuera satirizando a la industria como productor de Broadway, seducido por una hermosa oveja armenia o embriagado por el temor de haber despertado a un gigante de dos metros con el cerebro de A-Normal. Logró convertirse en la mayor estrella de los años setenta, llegó a coronarse como el rey de la comedia que todos calificaban de absurda y que, como muy bien comprendió junto con su mentor Mel Brooks, de absurda no tenía más que la velocidad. Su rostro le catapultó en el cine con la maldición de la comedia, maldición pues en aquella época era considerado un género menor, un entretenimiento grosso para mantener las butacas de los cines calientes, fue él como rostro de una generación quien comenzó a cambiar las tornas. Primero con su papel como rehén de "Bonnie y Clyde" (Arthur Penn, 1967) y consecutivamente con su nominación al Oscar como Mejor Actor de Reparto por "Los productores" (Mel Brooks, 1967), desde entonces no tuvo frenada. Los títulos largos y absurdos, llenos de matices que pronostican una mala comedia, fueron su especialidad, con ellos lograba voltearlos y hacerlos así mismo creando una fe de culto hacia esa comedia, con protagonistas tan significativos como el propio Brooks, Woody Allen, Zero Mostel, Cleavon Little o el magnífico Marty Feldman, cuya fundacional carrera quedó truncada por un marisco en mal estado ingerido en el fin de rodaje de "Los desmadrados piratas de Barba Amarilla" (Mel Damski, 1983), las órbitas se salieron de sus ojos. Wilder destacó como la mayoría de sus compañeros, alcanzando el éxito familiar con "Un mundo de fantasía" (Mel Stuart, 1971), un film definido como el interior de una pastilla de LSD, una película eclipsada en su momento por los éxitos que acontecieron, y que le devolvió a la fama en los últimos años.


La primera vez que recibí un meme de Internet con su rostro y una frase absurda bordeándole no entendí nada, el viejo Gene Wilder había llegado a las nuevas generaciones, una absurda e insustancial manera de darse a conocer, cuando su cine es visto hoy sin razón ni distancia. Sus papeles cómicos resultaban realmente delirantes y divertidos, sin embargo cuando la comedia surgía de un personaje serio mis lágrimas eran incontrolables, ya fuera doctor, productor o un rudo cowboy, siempre era capaz de exprimir su papel hasta el mejor de los gags. Entonces fue cuando comenzó a colaborar en los guiones, fue nominado al Oscar junto con Mel Brooks por "El jovencito Frankenstein" (Brooks, 1974), aprendió el oficio de primera mano y continuó regalando carcajadas. No fue casualidad que el propio Woody Allen contase con él para su film más satírico y desproporcionado, "Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo* pero nunca se atrevió a preguntar" (Allen, 1972), ni que su primera película como director fuese la gran parodia que desmitificarla al personaje más emblemático de la literatura universal, "El hermano más listo de Sherlock Holmes" (Gene Wilder, 1975) fue toda una declaración de intenciones. Su comedia fue heredera directa del camarote Marx, con look a lo Harpo incluido, sin embargo fue toda su generación la que hizo de ella un referente con miles de afiliados. Mientras ellos disfrutaban de una noche en la ópera o una caliente sopa de ganso. Su imagen siguió en primera fila, "El rabino y el pistolero" (Robert Aldrich, 1979) supuso la incursión en la comedia de su mítico director y de un joven Harrison Ford, guiados por el arrítmico cabalgar de Wilder. Incluso volvió a marcarse un pleno como director con "La mujer de rojo" (Gene Wilder, 1984), donde homenajeó la mejor comedia europea, donde realmente se midieron muchos de sus éxitos.


Sus rizos rubios, su mirada azul intenso y su sonrisa de medio lado le convirtieron en un icono, en el último tercio de su vida se vio acosado por una terrible enfermedad que él siempre llevó con una sonrisa de medio lado, dolorido, como siempre se había ocultado tras el celuloide. Pocos saben quien era en realidad el auténtico Gene Wilder, tal vez su última esposa Karen Boyer lo sepa, hoy toca despedirnos del hombre de rizos rubios, mirada azul intenso y sonrisa de medio lado, del hombre que nos hizo llorar de la risa, el cineasta que hizo de la parodia un género sin nada que envidiar al drama, el actor nos miró a los ojos, nos contó la verdad y soltó una tremenda carcajada como si de un chiste se tratase. Efectivamente nuestra vida no es más que un chiste, una broma que gana o pierde según quien la cuente y la gracia que tenga en hacerlo. Antes se ha hablado de un Wilder y un Sherlock Holmes, no se confunda con "La vida privada de Sherlock Holmes" (Billy Wilder, 1970), una espinita que el director de origen judío quiso sacarse adaptando al mítico personaje de Sir Arthur Conan Doyle, aquí quien es relevante es Sigerson Holmes, su hermano más listo. No quede pues más que despedirnos, un lento fundido a negro, pronunciamos suavemente Frau Blücher y esperamos la tormenta y el relinchar de los caballos, el sonido de un violín, unos dicen Aigor otros Igor, unos se empeñan en hacerse llamar Fronkonstin siendo verdaderos Frankenstein, Mary Shelley deambula perdida y solo cabe un nombre: Gene Wilder.

Maxcotas: The Secret Life of Toys

Cautivado por el sofisticado Nueva York de "Café Society" (Woody Allen, 2016) decidí no salir de la ciudad, ni del cine, y meterme de lleno en una historia de animación que sucede íntegramente en la emblemática ciudad que Illumination Entertainment ya había conquistado con "Los Minions" (Kyle Balda y Pierre Coffin, 2015). La productora, que promete ser uno de los mayores rivales de Pixar desde que DreamWorks fuese adquirida por Universal, se entrega este año con "Mascotas" (Chris Renaud y Yarrow Cheney, 2016), recordando desde el primer momento que ellos son los creadores de los políglotas seres amarillos con un cortometraje innecesario, muestra de la falta emocional que los diferencia de Disney Pixar (alabados internacionalmente por "Piper", Alan Barillaro, 2016, cortometraje que acompaña el film "Buscando a Dory", Andrew Stanton y Angus MacLane, 2016). No es demasiado difícil entretener a los niños, cada vez más pequeños, ya que los que tiene ahora seis años saben más que los de trece de antes, algunos quedan hipnotizados ante cualquier muestra de animación (ya sean los Minions o el fragmento anime de "Kill Bill", Quentin Tarantino, 2003), sin embargo sólo unos pocos largometrajes logran transmitirles sentimientos, siendo esos los que verdaderamente merecen la pena en un mundo que sufre una sobredosis de material audiovisual. Es entonces cuando uno ve "Monstruos S.A." (Docter, Unkrich y Silverman, 2001) o "Toy Story" (John Lasseter, 1995) por primera vez y suelta: "Esta estaba bien. ¿No hay otra igual?". Para lucimiento de sus creadores esas pequeñas obras maestras de la animación no abundan, "Mascotas" toma desde el primer momento la estructura argumental de "Toy Story", que bien podría haberse titulado "The Secret Life of Toys".

Chloe, un pelín sobreactuada. 

Por lo demás, la última producción de Illumination no hace más que recoger varios clichés y chistes fáciles (con efectividad comprobada) para sacar adelante una buena historia que cumple perfectamente con su propósito. El reparto de "Mascotas" resulta el punto más original y creativo de la película, todo un reparto de personajes geniales que quizás no exploten todo su potencial, mientras otros son sobreexplotados, como la gata Chloe. El film fue cultivado para ser todo un éxito, los spots que se presentaban en los cines con casi un año de antelación tenían un punto naíf y artístico inusual, como el caniche Leonard, cultivado tanto en la música clásica como en el heavy, con un mítico gag que pasará a la historia pero que se queda ahí, como el resto de apetecibles trailers. Simplemente es una película más entretenida, y probablemente decepcionante en el sentido de las expectativas creadas. "Mascotas" rondó los 100 millones de dólares en su primer fin de semana en USA, un arranque estratosférico que dirigiría su futuro en el resto del mundo, donde ha ido acumulando espectadores con un tirón sensacional. La única maña noticia de todo ello es que se ha confirmado una secuela, ¿seguirá los pasos de "Toy Story 2" (John Lasseter y Ash Brannon, 1999)? En mi opinión mucho más cuidada y planeada que la primera. De momento nos quedamos con "Mascotas 1", una buena película que arranca con un magnífico plano entre edificios y sobre Central Park que nos deja otra pregunta, ¿por qué las cintas de animación siguen estándares habituales, pudiendo situar el objetivo donde quieran, mientras los grandes directores se rompen la cabeza para hacerlo en las grandes producciones? Actualmente no tienen mejor opción que "Mascotas" para verla a gusto, en familia, viendo disfrutar a los más pequeños y riendo con su felicidad.

sábado, 27 de agosto de 2016

Café Woody, two lumps of sugar

Woody Allen acude puntual a su cita anual. Su serie para Amazon, "Crisis in six scenes" (2016), parece estar ultimando su exhibición con él mismo como protagonista junto a Miley Cyrus, mientras el director neoyorquino ya ha comenzado la pre-producción de su siguiente film, con Kate Winslet al frente, la actriz que rechazó el papel de Scarlett Johansson en "Match Point" (Woody Allen, 2005). Parece pues que llega algo tarde a su encuentro con los espectadores que siempre debemos de contentarnos con su penúltima película, una hazaña que sus más fervientes admiradores agradecemos con devoción. El film que nos ocupa hoy es, por lo tanto, "Café Society" (Woody Allen, 2016), una comedia que nos devuelve a un Woody Allen desbordante, capaz de atreverse con el digital en la que es su película más clásica, una transición cómoda y económica que ha realizado con la ayuda del gran director de fotografía, Vittorio Storaro. El propio Woody se permite algún chiste técnico al respecto, como cuando se funde oportunamente la luz del apartamento para dejar a la pareja a la luz de las velas, recogida con suma elegancia por la cámara digital. Hasta en ese delicioso detalle podemos comprobar que estamos ante un film romántico, no es empalagoso sino dulce, el dulzor que aportan los dos terrones de azúcar en el café y que nos hace comprender que "la vida es una comedia, escrita por un cómico sádico", mientras saboreamos la nueva delicia cinematográfica que nos ofrece el implacable Woody Allen. Es cierto que algunos planos exceden de composición fotográfica llegando a parecer postales de época, es precisamente lo que busca el astuto cómico judío, una estética muy marcada que separa el romanticismo de la comedia más salvaje que hemos visto en el cine de Woody. El paso de la inmadurez del Hollywood amado a las "ventilaciones craneales" de los bajos fondos de Nueva York, siempre rociado por el amable dulce que unifica el film.


Todo el mundo necesita tomarse un "Café Society", no en su vida sino una vez al mes. Un Woody Allen romántico siempre es un Woody Allen divertido, por ello su nuevo film nos transportar a los años cuarenta (aunque los medios se empeñen en clarar que son los de "Días de Radio" (Woody Allen, 1987), a los night clubs con hermosas cantantes y dinosaurios disecados que bailan con jóvenes starlettes, a la jungla judía de Hollywood y la mafia de Nueva York, un decorado de fondo que se equipara a la historia principal de esta joven pareja, enferma de un amor jovial y desinhibido, donde el Woody Allen adulto aparta una gran dosis de racionalidad que triunfa frente a un escenario vacío. Para ello el director adopta un reparto exquisito, la química entre Kristen Stewart y Jesse Eisenberg ya era conocida antes del film, donde hacen gala de sus mejores coqueteos y sonrisas apoyados por los magníficos diálogos que acostumbra Woody. Tal vez el único director que vive la auténtica screwball comedy de diálogos que dan pie a situaciones, y no al contrario, tal vez por ello se permita un pequeño guiño al genial Howard Hawks que en su aparición estelar suelta un sonoro "seguro que no me conoces, soy guionista". Por otra parte volvemos al habitual semitismo filosófico, con expresiones hebreas incluidas, y el rescate del tío millonario que "no es un auténtico judío" (como en "El sueño de Casandra", Woody Allen, 2007), esta vez interpretado por un Steve Carell en estado de gracia que continúa con el ritmo frenético de "La gran apuesta" (Adam McKay, 2015), y que logra que Stewart se convierte en la auténtica mimesis del Woody Allen actor, con aspavientos y trabas incluidos. Un trío protagonista que está a la altura del enorme reparto de secundarios como la familia judía, brillante en cada una de sus ramas que completan el imaginario completo del director neoyorquino. Todos dispuestos a sacarnos una sonrisa, siendo la vena mafiosa de Corey Stoll la que se lleve las carcajadas del público.


La experiencia hollywoodiense y el retorno a la estimada Nueva York del protagonista muestra los tintes autobiográficos del film, el Woody Allen fascinado con Billy Wilder, Joan Crawford y Ginger Rogers y el Woody Allen decepcionado con la industria que corre de vuelta a su indispensable Manhattan (como ya satirizó en "Un final made in Hollywood", 2002), con el jazz que suena de fondo en su filmografía, como el late night con el que el protagonista encandila a su esposa, una mujer clásica que interpreta con discreta seducción Blake Lively. A lo largo de la carrera del cineasta hemos podido comprobar, sobre todo en los últimos años, su necesidad de incorporar un narrador a una historia que se escapa entre sus dedos, su forma de hacerlo ha sido criticada por activa y por pasiva con absurdos comentarios de la crítica de élite, enfrentándose a todos ellos esta vez es el propio Woody quien pone su voz para describir, detallar e introducir al espectador en esta hermosa película. Probablemente tenga que volver a verla para ser más objetivo, ya que la fuerza que desprendía el film por sí solo era tal que te cautivaba hasta los reconocibles créditos white over black. "Café Society" es un film hecho desde la plena madurez de Woody Allen, con la mentalidad de la joven promesa judía que marchó a California, al más puro estilo "Annie Hall" (Allen, 1977). Mi personaje favorito es sin embargo una extravagante y deslumbrante Parker Posey, como reina de la society neoyorquina que a su vez cumple con el papel de confesor y consejero del protagonista, el Corifeo de Creonte, si buscamos un referente en la amada tragedia griega de Woody. Vayan al cine y disfruten de la película en pleno, rían y añoren y al día siguiente póngale two lumps of sugar a su café.

Steve Carell y Kristen Stewart, incómodos, frenéticos, brillantes.